El debilitamiento de la democracia y la fractura del orden global

Ngaire Woods

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Resumen

Hace unos años, nadie se preocupaba por el futuro de la democracia, o por el del orden económico internacional. Desde que cayó la Unión Soviética a principios de la década de 1990, todo el mundo pensaba que la victoria de la democracia liberal y la economía de mercado eran absolutas, que ya no habría marcha atrás en ese sentido, y los políticos se instalaron en la autocomplacencia. Hoy, la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca ha suscitado el temor de que su política acelere la fractura del orden internacional y, además, ponga en peligro la propia democracia estadounidense.

Esta situación no es específica de Estados Unidos. La ola populista que ha llevado a Trump a la presidencia de la primera potencia mundial se repite, con mayor o menor intensidad, en otros países occidentales. En el Reino Unido, por ejemplo, se ha dejado sentir especialmente con el Brexit, mientras que en Francia la amenaza es que el Frente Nacional llegara a ganar las elecciones presidenciales. Estamos, por tanto, ante una situación difícil y complicada. Sin embargo, también nos hallamos ante una oportunidad extraordinaria para que las democracias empiecen a pensar en su reforma, lo mismo que el orden económico internacional, el cual debe apoyarlas. Eso es lo que piensa Ngaire Woods, década de la Escuela de Gobierno de la Universidad de Oxford.

Woods estuvo en la Fundación Rafael del Pino el 19 de febrero de 2018, para pronunciar una conferencia sobre “El debilitamiento de la democracia y la fractura del orden mundial” en la que analizó este problema. Para ella, la raíz de este se encuentra en la complacencia tremenda en la que se instaló la clase política tras la caída de la Unión Soviética. Los políticos, entonces, dejaron de escuchar a los ciudadanos y se olvidaron de que la democracia es un proyecto que debe implicar a todos.

La crisis financiera internacional cambió todo y supuso un antes y un después. Que una crisis financiera local, como la de las hipotecas ‘subprime’, se convirtiera en una global; que, además, surgiera en el epicentro del sistema, dejó patente que el sistema no funcionaba, de que el modelo se había roto. Como consecuencia, los países en desarrollo, que antes miraban a Occidente para ver qué pasaba en Estados Unidos o Europa Occidental, ahora ya no se preguntan qué sucede en esas áreas del mundo. Ahora lo que les preocupa es lo que ocurre en y con países como China o Singapur, algo impensable hace una década.

Hoy, el modelo global se cuestiona debido a la ausencia de una regulación financiera mundial, algo necesario cuando las relaciones e interdependencias que han surgido como consecuencia de la globalización convierten en crisis internacionales lo que antes eran problemas locales. Y eso supone un objeto de preocupación porque la historia de los últimos cien años nos ha enseñado que después de una crisis global aumenta el apoyo hacia los partidos de corte populista, como sucede ahora.
También es preciso añadir el deterioro de las expectativas de la gente. En el pasado, todo el mundo esperaba que su nivel de vida mejorase con el paso del tiempo e, incluso, que, gracias a ello, los hijos pudieran llegar a vivir mejor que los padres. Hoy, en cambio, esas expectativas no solo no se ven satisfechas, sino que la gente está asistiendo al declive de su nivel de vida. El cambio tecnológico y la globalización se han traducido, para muchas personas, en el estancamiento de su poder adquisitivo o, peor aún, en su disminución, con lo que su nivel de vida ha empeorado. Y esas personas votan.

Como consecuencia de ello, cuando se estudia cómo vota la gente, se aprecia un mensaje claro de desconfianza hacia el establishment, pero también el deseo de vivir mejor frente al empeoramiento de las condiciones de vida. Un ejemplo claro es lo que sucede en Estados Unidos, donde está aumentando la mortalidad infantil a causa de la reducción del gasto público en sanidad, mientras la esperanza de vida se reduce, en especial para los blancos.
Quienes apoyan a los populistas, quienes le dan su voto, no son los más pobres, sino unas clases medias a las que se les ha arrebatado el sueño americano, y que ven cómo el poder político solo se preocupa de las minorías, no de la clase media. En esta situación, el ambiente político y social se enrarece, se revoluciona. La cuestión es si esa revolución fortalecerá a la democracia o la debilitará.

Si queremos fortalecer la democracia, el establishment político deberá aprender tres lecciones de los populistas, tres cosas que hacen bien estas organizaciones. En primer lugar, los populistas hablan el lenguaje de la gente, se refieren a sus problemas, apelan a sus sentimientos. El establishment no actúa así, lo que demuestra lo lejos que se encuentra de la gente, de sus problemas, lo poco que se preocupa por ello.

En segundo término, los populistas usan mensajes simples y directos, aunque a menudo son simplistas y falsos. Pero se dirigen directamente a la gente, lo que lleva a la tercera lección. A través de ese lenguaje, los populistas envían un mensaje de transformación, de salvación, para movilizar una energía poderosa. Los políticos deben aprender rápidamente de los populistas acerca de cómo comunicar con la gente.

Ahora bien, cuando los políticos se decantan por el populismo y, además, dañan las instituciones fundamentales, como la independencia de los jueces o el imperio de la ley, eso resulta muy peligroso para el futuro de la democracia, porque se supone que en una democracia todos somos iguales ante la ley.

Otro peligro relacionado con el populismo es la defensa que este movimiento hace de la democracia directa, que suele adoptar la forma de convocatoria de referéndums. Frente a ello, hay que tener en cuenta que muchas decisiones políticas son difíciles, e implican elecciones que resultan en la aparición de ganadores y perdedores. Pero los gobiernos toman esas decisiones porque es su obligación y deben asumir su responsabilidad, sin olvidar que la democracia implicar estar en un proceso constante de consulta con los ciudadanos, y después tomar decisiones. Esto es todo lo contrario de lo que supone y representa un referéndum, en el cual el convocante elude la responsabilidad de gobernar.

El desafío populista es un desafío al imperio de la ley, que costó cientos de años desarrollar. Pero también es una oportunidad para renovar las democracias porque los partidos políticos tradicionales están colapsando. Esto abre espacio para el surgimiento de una nueva clase de políticos que sepa escuchar a la gente.

La cuestión es cómo pueden sobrevivir las democracias en un periodo de fractura global. La globalización, el cambio tecnológico y el empobrecimiento que suponen para una serie de personas, así como la inmigración, están dando lugar al auge del nacionalismo.

El mundo, además, necesita que haya un país central, como lo ha sido Estados Unidos desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Por desgracia, está abandonando ese papel, sin tener en cuenta, incluso, las consecuencias que le puede acarrear al país. Lo vemos porque antes Latinoamérica siempre miraba a EEUU, pero ahora lo hace hacia China. También, porque Estados Unidos ha demostrado que ya no se puede confiar en la lógica que respalda sus intereses. No obstante, EEUU pronto se dará cuenta de que necesita cooperar porque ningún país sale adelante por sí solo. La globalización ha mundializado las oportunidades, pero también las responsabilidades y eso hace que sea precisa la cooperación internacional y el apoyo a las democracias.

“La Fundación Rafael del Pino no se hace responsable de los comentarios, opiniones o manifestaciones realizados por las personas que participan en sus actividades y que son expresadas como resultado de su derecho inalienable a la libertad de expresión y bajo su entera responsabilidad. Los contenidos incluidos en el presente resumen, realizado para la Fundación Rafael del Pino por el profesor Emilio González, son resultado de los debates mantenidos en el encuentro realizado al efecto en la Fundación y son responsabilidad de sus autores.”