Cómo activar la recuperación económica y social

Ignacio de la Torre, Silvia Iranzo, Emma Navarro, Emilio Lamo de Espinosa

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Resumen

El 14 de octubre de 2021 se celebró el “II Foro sobre la economía global”, organizado por la Fundación Rafael del Pino y el Círculo de Empresarios. En el acto participaron Ignacio de la Torre, socio y economista jefe de Arcano Partners; Silvia Iranzo, consejera independiente de Indra y del ICO; Emma Navarro, ex vicepresidenta del BEI; Emilio Lamo de Espinosa, miembro de la Real Academia de Ciencias Morales y Políticas;  Bart van Ark, Managing Director del UK Productivity Institute; Martina Larkin, Senior Advisor to the President of the World Economic Forum y miembro del European Institute for Innovation and Technology; Belén Romana, consejera de Banco Santander, BME, SIX y Aviva, y Eric Chaney, asesor económico del Institut Montaigne.

El acto se inició con una mesa redonda sobre cómo activar la recuperación económica y social. En ella, Ignacio de la Torre indicó que estamos sometidos continuamente a medios que nos están asustando con todo tipo de noticias sobre la pandemia. La última de ellas es que las vacunas dejarían de funcionar al mes cuarto, lo que sería dramático para la economía. Pero no sé distingue que en las vacunas hay dos eficacias: una eficacia frente al contagio y una eficacia frente a la hospitalización y eventual muerte. Es cierto que las vacunas dejan de funcionar frente al contagio, pero no que dejen de ser eficaces frente a la hospitalización o la muerte. Los datos de Israel indican que, a los seis meses de la vacunación, la eficacia de la vacuna frente a hospitalización oscila entre el 91% y el 100%. Es muy importante tener claro esto porque lo que marca a la economía no son los contagios, sino las hospitalizaciones. Lo que marca la decisión individual de dejar de consumir, o la decisión de una empresa de dejar de invertir, es el riesgo de hospitalizaciones que lleve a confinamientos y eso va en una buena dirección. En las oleadas anteriores, por cada cien infectados, diez iban al hospital y dos morían. Ahora, por cada cien infectados, dos acaban en el hospital y fallecen 0,3. Por eso, poco a poco, la pandemia tiene cada vez menos influencia en la economía. No vamos a alcanzar la inmunidad de grupo. Se podría haber alcanzado con la variante anterior, no con la delta. Por tanto, el COVID se va a quedar como una endemia, igual que puede ser el sida o la gripe, y poco a poco tendrá menor incidencia, tendremos todos los años un búster adaptado a la mutación que haya habido ese año y conviviremos con ello como convivimos con la gripe, pero con una incidencia cada vez más limitada en la economía.

La economía mundial va a crecer el 6% este año y el 5% el que viene, lo que quiere decir que va a ser el crecimiento económico más fuerte desde la Segunda Guerra Mundial. La mala noticia es que un crecimiento económico mucho más fuerte de lo que preveían muchos economistas genera riesgos de inflación, que es lo que más preocupa hoy. En junio del año pasado ya existía ese riesgo como consecuencia de estímulos monetarios y fiscales que solo se habían observado previamente durante la Segunda Guerra Mundial, tras la cual ocurrieron inflaciones elevadas. La inflación ya está aquí, pero no va a estar en niveles muy peligrosos, sostenidamente. Hay una serie de factores coyunturales que van a hacer que la inflación empiece a remitir el año que viene y se quede a niveles del 2,5% en Estados Unidos y cercanos al 1,7%-1,8% en Europa. Son niveles más altos que los anteriores, pero son razonables para la nueva política monetaria. Mientras tanto, los bancos centrales van a tener intervenida la curva de tipos, lo que nos lleva a muchos años de tipos negativos de corto plazo y de largo plazo.

¿Por qué con un mercado laboral muy caliente en Estados Unidos no hay un riesgo de una inflación del 3% o del 4%? El principal coste de una compañía es el coste laboral. El mejor indicador de salarios de Estados Unidos es el Atlanta Wage Tracker, cuyo último dato es el 3,8%. Tendemos a asumir que, si los salarios van a subir el 3,8%, habrá que subir el precio de los bienes y servicios en el mismo porcentaje. Pero hay que restar el incremento de la productividad y, por fin, empezamos a tener muy buenas noticias en la productividad de Estados Unidos, con subidas superiores al 2%. Luego si los salarios suben el 3,8% y la productividad aumenta el 2,2%, la tendencia será a subir precios el 1,6%. Por eso, con salarios un poco más al alza, un nivel de inflación del 2,5% en Estados Unidos a futuro es razonable. Si no es así y los niveles son superiores, entonces la FED tendrá que actuar.

Por lo que se refiere a la escasez, hubo un parón económico en la primavera de 2020 y se comparó la situación económica con la de la Gran Depresión. En ese contexto, es normal que muchos productores de bienes redujeran su oferta porque, en caso contrario, podrían perder mucho dinero. Muchas curvas de oferta son rígidas, por lo que no se pueden retirar muchos barcos, o mucha capacidad en los procesos de producción, y luego traerla rápidamente. Esta crisis es una crisis exógena, que viene por un patógeno; no es una crisis endógena en la que nos hemos pasado de frenada con la deuda privada. En el momento en que ha desaparecido el patógeno, la gente ha reaccionado consumiendo mucho más rápidamente de lo que estimaban muchos economistas. Si aumenta la demanda con una oferta restringida, empiezan a generarse estas tensiones en las cadenas de suministros. La segunda derivada es que durante el confinamiento se tiende a consumir más bienes que servicios, lo que genera una presión en la demanda de bienes y no hay la oferta suficiente. En Estados Unidos, considerando base 100, que es consumo antes del COVID, pasaron a consumir 115 en bienes y servicios 93. Eso es lo que ha tensionado muchísimo las líneas mundiales de suministros. Ahora ya estamos en 110 en bienes y en servicios en 95. Por lo tanto, si la normalización sigue esta evolución, se demandarán cada vez menos bienes y cada vez más servicios, con lo que este problema se irá solucionando durante el año que viene. No hay una solución rápida, pero a finales de 2022 tendremos una situación mucho más normal en lo que respecta a la escasez.

Las implicaciones de este escenario son las siguientes. Una, si vamos a tener tipos de interés negativos durante unos cuantos años, que es una política que ayuda a los gobiernos a desapalancar la deuda pública, que es como se pagó la deuda de la Segunda Guerra Mundial, el ahorro puede sufrir, esté en cuentas corrientes o en bonos soberanos. Una parte de esos billones que hay invertidos en bonos tiene que emigrar a otros activos. Lo más obvio es ir al mercado inmobiliario. Por eso, estamos viendo incrementos de casas a niveles extremadamente altos, sobre todo en Estados Unidos, en el Reino Unido o en Alemania. A medio plazo, eso puede generar inestabilidad financiera.

La segunda consecuencia es que, cuando llegan las crisis y son muy intensas, es más por la deuda privada que por la deuda pública. Ahora nos preocupa la deuda pública, pero es más preocupante la deuda privada que, cuando llega a niveles de 1,8 o 1,9 veces el PIB eso acaba mal. El país que peor lo tiene es China; está en 2,1 veces y ha alcanzado un punto de inflexión en lo que al mercado inmobiliario se refiere. China construye once casas por cada mil habitantes cuando lo normal es hacer tres. Por tanto, si ese mercado corrige, la situación tiene muchas implicaciones para el mundo porque China es la mitad de la demanda mundial de materias primas. En el futuro, China puede crecer al 3% o 4%, con el riesgo de que experimente una recesión. Eso tiene muchas consecuencias para Latinoamérica y para los países de la Asean.

La última consideración es que, al final, la política monetaria intenta ayudar a que se recupere la demanda, que se vuelva a generar el nivel de empleo que había antes de la crisis, pero esto provoca una segunda consecuencia: se reduce el paro y la desigualdad de ingresos, pero aumenta la desigualdad de riqueza, porque aquel que tiene un activo ve que el precio de ese activo sube más. A medio plazo se va a quedar un paradigma con una sociedad con más desigualdad de riqueza y menos desigualdad de ingresos, lo que podrá generar cierta inestabilidad social.

Silvia Iranzo explicó que lo primero que provocó el confinamiento fue la detención total del comercio internacional porque los trabajadores portuarios estaban confinados y no había quien descargara los buques. A pesar de que ha habido una cierta desescalada, estamos viendo los coletazos del distanciamiento social, que muchas veces no se puede hacer el mantenimiento de los buques, la necesidad de cuarentena, etc. La pandemia ha afectado muchísimo al comercio internacional, del mismo modo que ha afectado al turismo, mucho más que a otros sectores. El indicador más importante es que el comercio internacional cayó el 5% en 2020, que es más que la caída del PIB mundial, que cayó el 3,1%. El comercio exterior, en este sentido, es un sector vulnerable ante un fenómeno como la pandemia.

En 2021 ha habido un rebote. La OMC habla de cifras de crecimiento para este año del 10,8% cuando antes hablaba del 10%. Es decir, ha revisado al alza esa previsión para todo el año. Para el año próximo prevé un crecimiento del 4,7%. En estas cifras hay un efecto rebote, lo que se conoce como efecto base, porque cuando en un periodo la variable es mucho más baja luego, para hacer el catching out, hay que crecer muchísimo. Esto es como una maratón, en la que todo el mundo está corriendo y alguien se lesiona, tiene que parar, y si luego quiere recuperar su posición en el pelotón va a tener que correr mucho más deprisa. Esto es, en cierto modo, lo que ha pasado con el comercio.

Lo que se está viendo en este momento en el comercio de bienes es que, a futuro, vamos a recuperar la tendencia que ya llevábamos en 2019 y en años anteriores. Esa tendencia era hacia una mayor desglobalización. Es decir, el comercio no está creciendo como el PIB desde la Gran Recesión del año 2008.

En ese sentido, el comercio internacional no parece que vaya a ser el motor del crecimiento de la economía mundial. En España, por ejemplo, hay una excepción. En 2020 y 2021 el comercio internacional sí que está siendo motor del crecimiento. El sector exterior está haciendo una contribución positiva al crecimiento del PIB, el déficit comercial está bajando, etc. Pero, a nivel mundial, no parece que el comercio internacional vaya a ser el motor.

Ahora bien, esto está sometido a un enorme grado de incertidumbre. La incertidumbre se deriva, primero, de cuando se van a descongestionar los grandes puertos. En China, el delta del río de la Perla sigue estando congestionado. Lo mismo sucede en Estados Unidos en Los Ángeles y en Long Beach. Esto se debe al incremento espectacular de la demanda en poco tiempo y la oferta no ha podido responder, pero se está ajustando poco a poco a ello. Hay incertidumbres grandísimas en torno a la pandemia. Hay un desconocimiento total, todavía importante, acerca de si va a haber nuevas variantes, cómo va a responder la economía, si vamos a tener nuevos confinamientos. Luego hay otros focos de incertidumbre, por ejemplo, los cuellos de botella en la producción. Estos cuellos de botellas, por ejemplo, en los microchips para automóviles, están afectando al comercio exterior. En España, por ejemplo, la producción de vehículos ha caído un 10% culpa de esos cuellos de botella. Es decir, el comercio internacional podría crecer más si desatascamos los puertos, si atendemos a los cuellos de botella derivados de la escasez de microchips.

Luego hay otro problema, el alza de precios. Los precios de la energía, sobre todo porque se trata de un bien transversal a toda la economía mundial. Si los precios crecen mucho, las compañías no pueden ser rentables. Hay, por ejemplo, compañías españolas que han tenido que cerrar la producción debido a ello, como Sidenor o Fertiberia, y esas compañías no van a poder atender a la exportación muchas veces. Por tanto, hay que deshacer todos estos líos por el lado de la oferta y ya se verá qué pasa.

Las cadenas de valor van a seguir con una tendencia que ya tenían desde antes de la pandemia. Ese proceso de fragmentación, de offshoring, de deslocalización que veíamos hasta la crisis financiera se ha detenido. Estamos desglobalizandonos y lo que estamos viendo, más bien, es un nearshoring, incluso un inshoring. La pandemia ha acentuado eso. Lo que hemos visto en bienes Covid, es decir, suministros médicos en general, es que no podemos depender de un país como China, de donde venía la mayor parte de los suministros. Hay estamos viendo una relocalización y no lo contrario. En cualquier caso, sí que está habiendo una redistribución de la deslocalización previamente existente desde China hacia otras áreas, por ejemplo, hacia Vietnam o Malasia como consecuencia de que los costes en China están aumentando mucho, está habiendo mucha más inseguridad jurídica, por ejemplo, en el sector tecnológico, y eso ha asustado a muchas empresas.

Estados Unidos ha vuelto a abrazar el multilateralismo, pero en la OMC no lo ha hecho tanto. De hecho, en febrero tuvo la oportunidad de volver a nombrar jueces para el organismo de apelación del mecanismo de resolución de disputas y no quiso hacer nombramientos. No lo ve claro todavía. La Unión Europea ha propuesto un nuevo mecanismo, pero no termina de prosperar: todavía no hay suficientes países y le falta un poco de legitimidad en ese sentido. En este periodo se han hecho cosas. Hemos visto el acuerdo de inversiones Unión Europea-China, que estaba paralizado por razones más bien políticas, hemos visto el RECEP en el área asiática de los países de la Asean más todos los grandes exportadores de esa área -China, Japón, etc.-, aunque va a tardar tiempo en materializarse en cuanto a todos sus objetivos, pero ahí no está Estados Unidos. Luego hemos visto el acuerdo Airbus-Boeing, que ha quitado durante cinco años los aranceles que se autopusieron Estados Unidos y la Unión Europea. Por último, está la solicitud que ha hecho China de ingreso en el CPTTP, que es la refundación del famoso TTP. O sea, que nos hemos encontrado que en el TTP ya no está EEUU, que quería dejar fuera a China, y, en cambio, quizá podría ingresar China. De momento no es obvio porque dos de los requisitos son reducir subvenciones a empresas públicas y que los datos fluyan entre fronteras. En esto, China tiene una cierta dificultad. Es curioso cómo estos elementos del comercio internacional, o bien involucran a China directamente, o China es un poco el elefante en la habitación.

Según Emma Navarro, la respuesta de política económica a la pandemia ha sido adecuada. Estábamos ante una crisis económica inédita y se necesitaba una respuesta contundente. De hecho, hay estudios, como el FMI, que muestran que sin todas estas medidas de política económica que se han puesto en marcha, el efecto hubiera sido muchísimo peor que lo que hemos visto, que la caída de la actividad podría haber sido tres veces mayor. En cuanto a política fiscal, casi todos los países han aplicado el mismo tipo de medidas, pero ha habido diferencias en cuanto a la intensidad de la respuesta, que ha dependido de la capacidad de cada país. En EEUU se han aplicado paquetes de estímulo más potentes que en Europa. Los estímulos que se han aplicado hasta el momento, sin contar con los planes que ahora se están tramitando, que tienen otra naturaleza, rondan el 28% del PIB de la economía norteamericana. Estados Unidos ya ha recuperado los niveles de renta previos a la pandemia y, aunque los niveles de empleo no se han recuperado totalmente, tiene un mercado con diez millones de vacantes, se ha planteado si el tamaño del plan de estímulo podría ser excesivo. En otros países ha habido el consenso de que esa respuesta era necesaria para mitigar la crisis y proteger el tejido productivo.

El reto que se plantea para la política fiscal es el incremento muy significativo de los niveles de endeudamiento de los países. Algunas economías, además, también han incrementado sus niveles de déficit estructural. Este es el caso de muchas economías de Europa. En el caso europeo, además, la política fiscal todavía tiene que jugar un papel el próximo año para recuperar los niveles de actividad. En Europa todavía no se han recuperado los niveles de PIB previos a la pandemia. La política fiscal tendrá que mantener el tono expansivo, pero debe volverse más quirúrgica, con medidas temporales y no con incrementos del déficit estructural. Hay que evitar fenómenos de zombificación de la economía. Las reglas del Pacto de Estabilidad se suspendieron para que los países pudieran poner en marcha medidas contra la crisis, pero ya se espera que vuelvan a ponerse en marcha en 2023. Eso va a suponer un condicionante importante para los gobiernos y para la política fiscal. Una vez que se consolide la recuperación, va a ser necesario reducir los niveles de deuda pública y los déficits estructurales que se han creado. Aquí los bajos tipos de interés suponen un cierto alivio. Los tipos de interés reales negativos ayudarán, pero estos niveles de deuda pública tan altos suponen un elemento de vulnerabilidad, porque no podemos confiar en que los tipos no vayan a subir y porque ese nivel de deuda pública supone unas obligaciones de refinanciación muy importantes. Además, se pierde capacidad de respuesta de política económica, lo que se conoce como margen fiscal, por tener economías tan endeudadas.

Un aspecto importante en Europa ha sido la respuesta conjunta que se ha dado. Primero, con una serie de programas de organismos, como la Comisión, el BEI, el MEDE, pero, sobre todo, a través de los fondos de recuperación Next Generation. Estos fondos tienen elementos que son muy importantes ante la coyuntura y los retos que tenemos por delante. Por un lado, son un instrumento de cohesión porque su tamaño es muy importante, casi 750.000 millones, y van dirigidos a las economías que están más afectadas por la crisis. Eso es muy relevante en el contexto actual porque uno de los riesgos de la pandemia es que acreciente las diferencias económicas, no solo en los niveles de endeudamiento que es una variable, sino también las divergencias en niveles de renta entre países. Además, aunque no son un instrumento de estabilización macroeconómica, que es necesario en la zona euro, estos fondos van a dar capacidad fiscal a las economías. El otro efecto positivo de los fondos es la combinación tan valiosa que tienen de un foco hacia inversiones como la transición verde o la digitalización, donde sabemos que va a ser necesaria mucha inversión en los próximos años y, por otro lado, las reformas estructurales que pueden permitir aumentar la capacidad de crecimiento económico, que es una de las debilidades que tiene Europa. Al generar crecimiento, se ayudará a corregir el desequilibrio fiscal que se ha acumulado.

La política monetaria también ha sido muy importante porque ha permitido que el crédito siguiera fluyendo y ha evitado crisis financieras. También ha sido clave para el éxito de la política fiscal, para financiar los programas de gasto, porque ha absorbido una parte significativa de la deuda que han emitido los gobiernos. Ahora lo que vemos es que la retirada de los estímulos que, en Estados Unidos parece próxima según las indicaciones que va dando la Reserva Federal, puede plantear retos para la política fiscal porque, aunque sea gradual y se retiren lentamente, hasta ahora los gobiernos han gozado de un apoyo importante por parte de la política monetaria.

Hay una serie de fenómenos que se van viendo, que también son un reto para la política económica. Por ejemplo, shocks de oferta, incrementos de precios de las materias primas, qué supone eso para la actividad económica, qué puede hacer la política fiscal, y otros fenómenos más estructurales, como la desglobalización, que exigen también tener capacidad de maniobra fiscal.

Por último, Emilio Lamo de Espinosa destacó que, a pesar de que la pandemia nos ha pillado desprevenidos, sí estábamos avisados. La OMS, los think-tanks, las estrategias de seguridad nacional de los países, todos ellos incorporaban la pandemia como un riesgo importante como el cambio climático, las emigraciones, etc. Sin ir más lejos, la estrategia de seguridad nacional española de 2017 lo señalaba, con el turismo, con una gran dependencia del sector servicios, el riesgo era mayor que en otros países. Pero no le hicimos caso. El resultado es que llegó la pandemia, que ha sido un tremendo test de estrés de todo, de todas las instituciones, de todos los mecanismos de gestión, de la gobernanza interior de los estados, del orden multilateral de las economías. Un test del que, en general, casi todas las instituciones han salido regular, quizá tirando a mal, con algún suspenso, quizá con dos excepciones. Una es las sociedades, donde la reacción ha sido magnífica, y la otra es la ciencia, que en once meses produjo una vacuna. Menos del 40% de la gente en el mundo está vacunada, y esto es muy importante para algunas regiones, por ejemplo, América Latina en donde la situación sigue siendo dramática en este momento.

Las instituciones multilaterales no tenían ni la capacidad, ni la fuerza para reaccionar. No lo hicieron Naciones Unidas, el G-20, la OMS. Tampoco la Unión Europea, si bien es cierto que la UE no tiene claras competencias en este tema. Schengen saltó por los aíres, hubo proteccionismo sobre el material sanitario en las primeras fases de la pandemia.

Ante la ausencia de gestión, las sociedades han buscado refugio en las instituciones donde siempre se encuentra refugio. Cuando las familias tienen problemas, se refugian en los hogares; cuando las colectividades tienen problemas, se refugian en los estados. Son las dos instituciones que proporcionan seguridad en última instancia. Durante meses y meses hemos estado confinados en los hogares y recibiendo las instrucciones de los estados, sin nada entre medias. Ha habido una hogarización forzosa, facilitada por la digitalización, y una clarísima estatalización. Al final, los estados han tenido que asumir la responsabilidad porque no había otra institución que pudiera hacerlo.

Esto ha supuesto una re estatalización muy potente, en términos políticos, estados de excepción, medidas excepcionales sin controles parlamentarios. El Parlamento inglés estuvo abierto durante toda la Segunda Guerra Mundial, a pesar de los bombardeos. Nosotros lo cerramos durante un periodo largo y vamos a ver si es constitucional. Son medidas que desbordan claramente los marcos constitucionales. Medidas políticas, pero también económicas, porque la necesidad de hacer frente a la pandemia ha dado lugar a una renacionalización de la economía, medidas de excepción, deuda pública extraordinaria, empresas estratégicas. Eso, probablemente, va a continuar. De hecho, un informe de Freedom House habla de la democracia confinada, de cómo la pandemia había producido un confinamiento de las democracias. En más de ochenta y tantos países se ha producido un deterior del grado de la calidad democrática. Otro informe de una de las grandes instituciones que monitorizan la calidad de la democracia en el mundo habla de que la autocraticación deviene viral y habla de una palabra, autocracia, que había desparecido del lenguaje político. Por tanto, tenemos un problema de reforzamiento de los estados.

En el ámbito geopolítico, estamos ante una evidente reorientación. Aquí no hay cambios sustanciales, sino más bien la aceleración de un cambio geopolítico que se ha venido gestando durante varias décadas. Ese cambio tiene mucho que ver con la relación entre Estados Unidos y China, pero también es consecuencia de cambios dentro de ambas sociedades. China tiene problemas y, como consecuencia de ellos, proyecta hacia fuera buena parte del malestar. Taiwán es un elemento muy importante en esa política. Y no digamos en Estados Unidos. Cuando Trump ganó las elecciones nos preguntábamos en los think-tanks si Trump era un tropiezo en la historia política de los Estados Unidos, igual que el Brexit, o es algo estructural. Los que defendíamos que era un tropiezo estábamos equivocados. No era un tropiezo; es estructural. Joe Biden tiene serios problemas. El modo de atraerse a esa población es proyectas esos problemas en un proteccionismo y el America First empieza a ser el America Only. Esto está claro y hay una reorientación de la geopolítica de los Estados Unidos.

China ha aguantado la pandemia relativamente bien, pero el giro de Estados Unidos hacia Asia, que comenzó con Obama y con Hillary Clinton de pronto ha saltado, en parte como consecuencia de la pandemia. La relación de Australia con China también ha tenido que ver en todo ello. El hecho es que lo que se estaba gestando de forma latente, en este momento es manifiesto. Es decir, el vector geopolítico central en este momento es la tensión entre una potencia emergente y una potencia declinante. Es decir, es lo que en teoría de juegos es ese juego agónico de la trama de Tucídides, el historiador griego, cuando hablaba de las tensiones entre Atenas y Esparta. Cuando una potencia declinante ve que otra puede pasarle por delante, la tentación de hacerle la guerra para acabar con ella antes de que la supere es muy fuerte. Hay estudios empíricos que acreditan que, en numerosas ocasiones de trampa de Tucídides que ha habido a lo largo de la historia, eso ha dado lugar a guerras. La tensión está ahí.

Estados Unidos se reorienta claramente, abandona Afganistán prácticamente sin consultarlo con los aliados, y se centra en el Indo Pacífico, entre Malaca y Taiwán que es, en este momento, el núcleo de tensión entre los unos y los otros. En los think tanks americanos se empieza a hablar expresamente de si se puede ganar la guerra a China, lo cual ya es algo preocupante. Se habla de una nueva guerra fría. En todo caso, el riesgo de identificar al otro como enemigo es que lo transforma en enemigo. Es decir, la trampa de Tucídides puede acabar siendo una profecía autocumplida y esto es muy preocupante. En este momento, la política de Biden con China es muy agresiva. El acuerdo del AUKUS es, claramente, un aviso a China, advirtiendo de que se va a vigilar el mar de China con submarinos nucleares, pero es también una gran bofetada a Europa que se la dan en el trasero de Francia. Lo que se está articulando en este momento, con Europa que se queda fuera, es lo que Churchill llamaba la angloesfera. La angloesfera son los tres del AUKUS -Estados Unidos, el Reino Unido y Australia-, los cuatro del QUAD -Estados Unidos, Australia, Japón e India- y, finalmente, los cinco de los Five Eyes -Estados Unidos, Reino Unido, Australia, Nueva Zelanda y Canadá-, que comparten espionaje, tecnología, etc. Eso es lo que está articulándose en este momento y Europa queda fuera por completo.

La gran preocupación, en este momento, es si Europa tiene capacidad de actuación. La cuestión es cómo Europa puede recobrar autonomía estratégica. No parece fácil que Europa tenga una política exterior y una política de seguridad común. No se trata de gastar más. Europa gasta tres veces más que Rusia, tenemos millón y medio de soldados. Por tanto, nos sobra gasto. Pero a la vista está la rentabilidad que obtiene Rusia con el tercio de gasto que tenemos en la Unión Europea. No se trata de gastar más, sino de gastar mejor y de tener la voluntad de utilizar eso, porque de nada sirve tener un gran ejército si no se es capaz de mandarlo a la guerra porque los soldados no pueden combatir. Este es el problema de fondo. No es fácil que Europa aprenda a hablar el lenguaje del poder.

El gran problema de los próximos treinta o cuarenta años es hacerle sitio a China. China no va a desaparecer. Son mil trescientos millones, están ahí, son muy activos, tienen tecnología, tienen fuerza y hay que hacerles sitio. Tenemos que hacer que se encuentren razonablemente cómodos en el orden internacional. En este momento, la política de Estados Unidos no parece caminar en esa dirección.

La segunda mesa redonda se dedicó a la reflexión sobre los desajustes estructurales. Bart Van Ark resaltó que, durante la pandemia, la tecnología digital ha sido crucial para salir del paso. Sin ella, no podríamos haber hecho nada. De hecho, el crecimiento de la productividad no ha sido tan malo como lo ha sido el del PIB o el del empleo. Saliendo de esta pandemia hay una oportunidad para seguir utilizando la tecnología digital como una manera de impulsar la productividad. Pero si esto no lo hacemos bien, la tecnología digital podría ser una base para la desigualdad e, incluso, podríamos terminar con menos empresas y negocios en el mundo.

Durante la pandemia hemos visto un descenso tremendo del PIB, del orden del 11%, y lo mismo en el número de empleados. La productividad, sin embargo, se ha mantenido más o menos igual que antes. Se han cerrado los sectores menos eficientes de la economía, como servicios, alojamiento y ocio. Pero las compañías que se han transformado más, de manera digital, las que están mejor equipadas para esta crisis, se han visto menos afectadas por esto. Son las compañías que han invertido más en tecnología digital antes de la pandemia, compañías que han tenido una fuerza laboral más cualificada y con mayor experiencia en compras y ventas digitales.

Cuando pasamos a trabajar desde casa, las empresas tenían muchos sistemas en marcha para que esto pudiese hacerse más rápido. Cuando la gente llegaba a casa, podía acceder a sus sistemas, trabajar más rápido con las cualificaciones y las herramientas que necesitaba. Estas empresas pudieron moverse más rápido a un modelo de ventas digitales en cuestión de meses y pudieron lidiar con algunos de los temas de resiliencia que estábamos teniendo en la economía, como las cadenas de suministros.

Esto no se ha dado solo en el sector privado. En el sector público, los colegios y las universidades, que no habían hecho tanto en el mundo digital, han podido ayudar mucho mejor a los alumnos. También en el sector servicios, que se vio muy afectado por esto.

Hemos visto cambios en la tecnología digital, por ejemplo, la telemedicina. Pensemos en todas las cosas que no hubiesen tenido lugar si no hubiese aparecido la pandemia. Hemos hecho las cosas un poco más rápido de lo que lo habríamos hecho. Esto es el aspecto positivo.

En la parte más preocupante, parece que no todo el mundo, no todas las personas, no todos los trabajadores, no todas las empresas, no todos los sitios se han visto beneficiados de la misma manera de este tremendo uso tecnológico. La brecha digital no es una novedad, ya la teníamos antes de la pandemia. Lo preocupante es que, después de estos dieciocho meses, esta brecha digital se ha hecho más pronunciada. Hay gente que no ha podido trabajar a distancia, hay gente que ha tenido que volver a su puesto de trabajo, hay gente que podría trabajar desde casa, pero no tenía acceso a internet, o no tenían espacios para trabajar. Los alumnos no podían tener el equipo apropiado para poder seguir su formación online. Las pequeñas empresas se han visto afectadas por este paso a las tecnologías digitales. Han aprendido rápido, por supuesto, y es increíble la gran cantidad de cambios que han hecho, pero estos cambios han sido tácticos, no estratégicos. Así es que la cuestión es qué parte de estos modelos digitales que se han puesto en marcha han llegado para quedarse después de la crisis.

Lo que preocupa de la recuperación es que tiene forma de K. Hay unas compañías, unas personas, unas regiones que están en la parte superior de la K y otras que están en la parte inferior. Por eso, la brecha se ha ampliado más. Así es que puede que terminemos en una situación peor.

Tenemos que gestionar bien la recuperación para evitar que la desigualdad aumente. Para ello, debemos centrarnos en la productividad, pero en la productividad inclusiva. Esto quiere decir producir más, pero de una manera distinta, más eficiente, para que las ganancias de productividad alcancen a más gente. Tenemos que involucrar a más gente en el proceso de crecimiento, tenemos que hacerles más productivos. Estamos viviendo un periodo en el que tenemos una gran cantidad de gente desempleada y España es un ejemplo de ello, o Estados Unidos, donde hay siete millones de personas en paro más que antes de la crisis. Pero también necesitamos personas que trabajen no solo de temas digitales, sino también de camioneros, de personas que trabajen en almacenes. Así es que tenemos que hacer un par de cosas para poder reducir estas desigualdades, para traer a más gente al mercado laboral y volvernos más productivos.

Lo primero es incluir más cualificaciones digitales. Hacer que la gente sea más flexible. Las empresas pueden hacer mucho en este sentido para poder cambiar el mundo, la formación laboral. Formarse mientras se trabaja es muy importante y los líderes deben tener esto en cuenta. Los trabajadores pueden aportar nuevas ideas y hay que saber que, si hay más diversidad, incluyendo gente más joven, lidiando con la brecha de género y la brecha racial, esto va a tener un impacto positivo sobre la productividad, teniendo en cuenta que hay que formar a los empleados. Si se teme que si se invierte en las competencias digitales de los empleados estos luego pueden irse a la competencia, hay que tener en cuenta que la competencia también está en la misma situación. Así es que tenemos que trabajar todos juntos porque nos va a permitir a todos aprovecharlo. El sistema educativo y el gobierno pueden ser parte de la ecuación, dando formación profesional y llegando a la gente que no tiene acceso a internet, que carece de los recursos para invertir en su propia educación.

Las opciones que tenemos de salida de la pandemia son una recuperación para todo el mundo o una recuperación solo para algunos. La tecnología digital puede ayudarnos mucho para que sea una recuperación general, pero vamos a tener que hacer mucho trabajo desde el punto de vista de la política, con el sistema educativo.

Martina Larkin indicó que la innovación desempeña un papel fundamental como motor de la productividad. La tecnología puede mejorar la producción de bienes y servicios, pero la pregunta clave es de qué tipo de innovación estamos hablando.

El FMI ha dicho que la inversión en I+D ha bajado. Hay una posible explicación para esto y es que el tipo de investigación importa. La innovación no ocurre en el vacío, sino que se basa en investigación básica, por lo que es muy importante comprender que hay una diferencia entre conocimiento aplicado, investigación aplicada e investigación básica. La investigación básica es la fuente fundamental de muchos esfuerzos multiplicados. La innovación nos da el producto final, pero la investigación es lo que nos da la multitud de opciones que tenemos. Por ejemplo, la vacuna no se desarrolló en un silo, sino que se basa en décadas de investigación básica. De la misma forma, la tecnología de los GPS se basa en la teoría de la relatividad de Einstein.

Es fundamental fomentar mucho más la investigación básica. Tiene que haber más inversión en ella, pero se ha reducido tanto la inversión privada como la pública. Para la empresa es muy difícil aprovechar los beneficios de esta investigación porque, una vez realizada esta investigación, puede estar en distintos conceptos alrededor del mundo y en distintos sectores. Las empresas, por tanto, no tienen muy claro cómo pueden interiorizar los beneficios de estas inversiones. La política pública entra ahí, para fomentar más esa inversión, para generar el entorno adecuado. La investigación básica también puede ser clave para el crecimiento o la tecnología verdes. Tiene un papel fundamental en la economía verde.

Cuando vemos los países más innovadores del mundo, los cinco principales están en Europa. Es decir, Europa debe estar haciendo algo bien. Pero, a la vez, tiene un papel muy diferente que Estados Unidos o China. Tiene que haber una estrategia diferente en Europa para poder transformar esta investigación para las empresas que también generan valor y riqueza. La Unión Europea tiene una nueva estrategia de innovación, en la que quiere ser una Europa más soberana, seguir siendo la que establece las reglas cuando, por ejemplo, llegue el reconocimiento facial o muchas otras cosas. Alguien dijo que Estados Unidos ya ha perdido la carrera del liderazgo tecnológico. Si es así, entonces Europa la ha perdido aún más, pero todavía hay espacio para definir marcos de cómo operan estas tecnologías. Cuando adoptamos estas nuevas tecnologías verdes, sobre todo, adaptación al clima y el medio ambiente, esto desempeña un papel muy importante.

A la hora de hablar de las empresas, hemos visto un periodo de transformación inmensa. Esto no ocurre con mucha frecuencia. Hay un aspecto fundamental de esta crisis que afecta, sobre todo, al sector servicios, que se ha visto más afectado que el sector industrial. Mucha de esa transformación necesaria va a tener lugar a través de la innovación, pero también la digitalización y esa digitalización hay que promoverla. Las empresas pueden hacer mucho más al respecto. Podemos ofrecer más valor, pero ¿cuál es el papel del sector privado en cuanto a la provisión de más investigación? También está la cuestión del empleo, no solo de cómo generar más empleo, sino de que estos empleos sean buenos, estén bien remunerados.

La innovación puede hacer mucho, pero el entorno empresarial tiene que basarse en estas políticas públicas. El sector empresarial tiene que estar invirtiendo más y hay que crear empleo. Hay muchas oportunidades nuevas en muchos campos, pero estos empleos tienen que ser más inclusivos. Hay que ser más flexibles en el futuro, hablar con distintas personas de forma diferente, para que podamos aprovechar nuevos desarrollos como una economía más verde o la digitalización en esas áreas donde creemos que está el futuro y en las que queremos ver más crecimiento.

Belén Romana recordó que, en 1970, Friedman definió la empresa como un órgano que tiene que dedicarse exclusivamente a maximizar la riqueza de sus accionistas. Un órgano no muy sospechoso que es el Círculo de Empresarios norteamericano afinó en 2019 la definición de la empresa. Es una definición mucho más multifactorial. Habla no solo de los accionistas, sino también de los clientes, del medio ambiente, por supuesto de los empleados, de la sociedad en su conjunto. Este intento de nueva definición ya se viene produciendo desde hace un tiempo. Ya se hablaba de capitalismo del consumidor, lo que quiere decir que las empresas tienen que dedicarse a maximizar el bienestar de sus clientes. Otra posibilidad es que las empresas tienen que dedicarse a maximizar su papel positivo sobre el medio ambiente en un sentido amplio, no solo el medio ambiente físico, sino también el social y el del gobierno.

Ahora estamos en eso. Estamos en una sociedad que está preocupada por un fenómeno que no es solo el calentamiento global, sino también el exceso de residuos. Los países desarrollados generamos un volumen de residuos que no puede replicarse en el resto del mundo sin llevar a un colapso total. Los mares de plástico tienen que ver con la política de residuos de los países occidentales, que se han generado cuando mandábamos todo a China y China ha dicho que ya no puede más.

Con un debate que sigue abierto, en la sociedad hay un sentimiento general de que hay que empezar a hacer las cosas de otra manera. Las empresas juegan un papel fundamental, como para casi todo.

¿Cómo va a afectar esto desde el punto de vista del marco? Pues va a afectar a la financiación, a la regulación, al gobierno de las empresas y a los modelos de negocio.

Uno de los graves problemas que tenemos cuando hablamos de sostenibilidad es que no sabemos lo que es porque no hay una única medida aceptada universalmente. Tenemos que medir muchas cosas muy difíciles de medir y, además, cada uno está generando su propia forma de medir. Hay que medir la parte medioambiental, que es la que está relativamente más desarrollada. Pero la parte social es muy complicada de medir, el impacto sobre la sociedad es muy complicado de medir. Estamos, entonces, en una multiplicidad de factores, muchos de ellos difíciles de medir, y, además, sin una unicidad de criterio, donde hay una carrera geopolítica de a ver cómo definimos esto. Es lo mismo que cuando se define la forma de medir los flujos financieros: a nadie se le ocurre que cada uno en su empresa mida los flujos financieros como le parezca conveniente, tanto la cuenta de pérdidas y ganancias como el balance, sino que hay unas medidas comúnmente aceptadas que permiten la comparación. Incluso, cuando esas medidas no son perfectas, hay una manera de traducirlas. Pues esto que está clarísimo desde el punto de vista de los flujos financieros supone que vamos a tener que tener una forma de medir comparable de los flujos no financieros, con todas las implicaciones que ello tiene.

Ahora mismo ha aparecido una maraña de instituciones que proponen formas de medir. Está la Comisión Europea con una taxonomía y una definición de ‘green label’. Está el World Economic Forum tratando de crear una serie de pautas homogéneas. Está SASDI, el TCFT. Es decir, hay una auténtica maraña de instituciones que están tratando de intervenir en esta batalla, que es crucial. Si alguien sabe algo de contabilidad, sabe que una IFRS distinta te puede cambiar notablemente el aspecto financiero de una compañía. Pues esto a ser lo mismo. Por eso, esto es geopolítico y Estados Unidos y China han dicho que ellos van a definirlo según lo que a ellos les interesa.

Esto ya está teniendo efecto sobre los mercados financieros y, por tanto, sobre la estructura financiera de una compañía, desde cualquier punto de vista. Si miras ‘equity’, los ‘asset managers’ están siendo muy activos en términos de hacer paquetes de inversión resilientes. El mayor inversor del mundo, que se llama Black Rock, Larry Fink, lleva un par de años diciendo que esto se lo toma muy enserio y que quiere, además, que las empresas reporten sus efectos en términos de ES, que el consejo defina una estrategia y saber a quién hay que mirar si no se cumple. Es la carta de este año de Larry Fink a los inversores. Luego, desde este punto de vista de los emisores de ‘equity’, ya tienen a los inversores, a unos grandes inversores, diciendo que esto es un elemento que van a tener en cuenta, lo cual cambia el precio relativo.

Pero no solo está el ‘equity’. También están los mercados de renta fija. El mercado de renta fija que más ha crecido en el mundo es el mercado de los bonos verdes. Por ejemplo, la Unión Europea está financiando gran parte de los Next Generation Funds con bonos verdes. Muchos países han dicho dónde hay que apuntarse que yo me apunto. El mercado de renta fija también está siendo directamente afectado por estos criterios, pero también la financiación bancaria, por varias razones. El año que viene, el BCE va a hacer un ejercicio de stress testing en relación con el cambio climático. Este año, la PRA, que es la entidad de solvencia del Reino Unido, está haciendo un stress test sobre las entidades financieras, no solo sobre bancos sino también sobre las entidades aseguradoras. Por tanto, los bancos van a tener que contestar a la pregunta de cuál es el impacto sobre su cadena de valor, no solo en su actividad pura, sino en su cadena completa de valor, lo cual incluye el riesgo de crédito. Lo cual incluye, por tanto, a aquellos que se financian con financiación bancaria. Desde el punto de vista financiero, por tanto, da igual el tramo de financiación que se mire porque está siendo afectado.

Desde el punto de vista del gobierno de las empresas, si hay algo que se ha disparado, debido a las redes sociales, es el activismo político, que también está afectando a las empresas. Por ejemplo, Exxon Mobile perdió dos sitios de consejo en manos de un hedge fund activista. Chevron, en su junta general de accionistas, sus accionistas votaron a favor de una propuesta, que no era del consejo sino de uno de los accionistas presentes, para llevar a cabo una política de recorte de emisiones de carbono. Shell ha sido objeto de una decisión de una corte holandesa porque había hecho una promesa de recorte de emisiones de carbono para el 2050. Hubo un activista que consideró que el 2050 era mucho tiempo, lo llevó a un juez y el juez dijo que, efectivamente, eso era mucho tiempo, y fijó 2030. Es decir, una corte holandesa le ha dicho a Shell 2030. Por tanto, desde el punto de vista de las empresas esto va muy en serio.

Para concluir, Eric Chaney dijo que estamos reduciendo las emisiones de dióxido de carbono. En los últimos veinte años han descendido, las midamos como las midamos, bien sea huella de carbono, emisiones nacionales, por territorio. Se han estado reduciendo en la mayoría de economías desarrolladas. Europa está todavía mejor que Estados Unidos. Así es que hemos hecho un buen trabajo, que no es suficiente, pero estamos por el buen camino.

La pregunta fundamental es cómo podemos hacerlo para acelerar la reducción de emisiones con el mínimo coste posible. El sexto informe del IPCC lo deja muy claro. En primer lugar, confirma que los informes anteriores estaban en lo cierto. Esos informes nos dicen que, si queremos evitar que la temperatura aumente dos grados, tenemos que conseguir un cero neto en 2050. Esto es la ciencia. Si no lo conseguimos, las consecuencias serán terribles.

Un economista estadounidense dijo que lo que había que hacer es un análisis coste-beneficio, para que quienes contaminasen pagasen el precio del daño que le están imponiendo a la comunidad. En el caso del dióxido de carbono es un poco complicado porque es una externalidad global negativa; no estás contaminando el rio de tu vecino, sino la atmósfera de todo el mundo. Así que hay que computar el daño a futuro que hace una tonelada que se emite ahora. Pero hay muchísima incertidumbre acerca de los posibles daños futuros del carbono

Una solución es tener un precio del carbono en todo el mundo, pero hay muchos países, como Brasil e India, que no quieren implementarla. La segunda cuestión es cómo se computan los daños. Así es que la mejor solución es decir que, por lo que se refiere a nosotros, en Europa, vamos a llegar a cero emisiones en 2050. Para asegurarnos de ello, vamos a obligar a las compañías a comprar derechos de emisión de dióxido de carbono. Estas cuotas se van a calcular para que caigan a cero en 2050. Así es que para entonces deberíamos estar a cero si todos los sectores se someten a este sistema de derechos de emisiones.

De momento, solo se está incluyendo en el sistema a los grandes productores energéticos y a las grandes industrias que producen mucho dióxido de carbono. Pero el plan de la Comisión Europea, que han aceptado la mayoría de países, incluye un segundo plan para transporte y servicios inmobiliarios, con lo que se cubrirá el 80% de la economía.

Esto parece una buena solución. Sabemos hacia dónde nos dirigimos y gracias a este sistema podemos hacerlo con el mínimo coste posible. Si cualquier compañía tiene el deseo de emitir y le resulta rentable, puede comprar los derechos. Pero si otra compañía tiene una tecnología propia que le permite reducir sus emisiones, vende los derechos.

Ahora bien, hay un problema y es que este sistema introduce una nueva incertidumbre, que es el precio del carbono. Hace dos años, una tonelada de dióxido de carbono era menos de veinte euros; ahora son sesenta y cinco. Para las compañías que hacen esto, que tienen que hacer inversiones a largo plazo en los próximos diez o veinte años, esto dificulta la toma de decisiones.

Así que, ¿cuál es la solución? Hay que tener un precio base para el carbono que envíe a las empresas el mensaje de que se ha puesto un suelo. Para poder poner un suelo hay que tener una autoridad, que se llamaría la Autoridad Europea de Carbono, elegida por un jurado internacional para que no haya ninguna duda sobre sus competencias. Si tenemos un suelo, las compañías sabrán cuál es el precio mínimo de aquí a diez o veinte años. Esa es la mejor solución posible.

Un tema que hay que abordar es el de los consumidores. Incluso si las compañías tienen que comprar los derechos de carbono, el consumidor acaba pagando el precio. Esto está oculto, la gente no quiere pensar en esto. Tengamos un impuesto sobre el carbono, o un sistema de derechos de emisión, al final los consumidores pagan.

Si tenemos un sistema de carbono para el 80% de la economía, tiene que ser el mismo para los bienes importados. Por tanto, tiene que haber mecanismos de ajuste de carbono en las fronteras.

Todo esto es necesario para poder evitar el tener distintos precios de carbono y para tener una situación equilibrada para todos los participantes. Los impuestos de carbono generan protestas, así es que la solución es redistribuir los impuestos de carbono a la gente. La única forma de hacerlo es el principio de subsidiariedad, devolviendo los impuestos de carbono a la gente. Las decisiones las tienen que tomar los países, sus votantes, sus parlamentos nacionales. Lo inteligente sería centrarse en la redistribución del dividendo del carbono hacia la población de renta más baja, no a la gente que consume energía. Estamos tentados de evitar un levantamiento de los chalecos amarillos, pero, en ese caso, se pierde el incentivo a reducir las emisiones de carbono.

Para llegar ahí necesitamos tecnología, que será resultado de investigación básica e investigación aplicada e inversión. En consecuencia, parte de los beneficios debería utilizarse para financiar esa investigación que necesitamos porque, a día de hoy, no se sabe qué tecnologías vamos a tener de aquí a veinte años para evitar emitir carbono. Puede que esta tecnología venga de investigación básica, de descubrimientos de hace diez años que nadie podría haberse imaginado.

Tenemos que invertir mucho dinero en descarbonizar la economía para evitar catástrofes. Debido a que la Unión Europea es el mayor mercado para los exportadores, con el ajuste por el carbono hay un incentivo para que estos países sigan nuestro ejemplo. De hecho, los chinos están empezando a diseñar su propio sistema de tributación del carbono. Si llegamos aquí tenemos que gastar dinero, y para gastar dinero necesitamos crecimiento, para lo cual tenemos que aumentar la productividad, fomentando todo lo necesario, incluyendo la educación científica, en la que Europa está un poco atrasada.

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