Desaceleración entre profundos cambios estructurales: ¿Cómo responder desde la política?

Juergen B. Donges

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Resumen

El 9 de mayo de 2019 tuvo lugar, en la Fundación Rafael del Pino, la conferencia de Juergen B. Donges, catedrático emérito de la Universidad de Colonia, titulada “Desaceleración entre profundos cambios estructurales: ¿cómo responder desde la política?”

Según expuso Donges, hemos llegado al final del ciclo expansivo y hemos entrado en una senda de desaceleración económica. Esto está ocurriendo en un entorno en el que nuestras estructuras de producción se están transformando de forma vertiginosa, sobre todo de la mano de la digitalización. Esto tiene unas implicaciones muy importantes para la política económica, pero el Gobierno de España de esto todavía no se ha enterado.

Las previsiones de los organismos internacionales y las diferentes instituciones nacionales, que se hicieron en otoño, se han revisado a la baja de forma significativa. Tenemos dos escenarios más adversos de lo inicialmente percibido. Por un lado, tenemos la moderación de la actividad global, sobre todo en China y las grandes economías emergentes. Todo esto va acompañado de una subida de los precios del petróleo, que es algo que no es normal. Esto se debe a las sanciones de Trump contra Irán, que provoca un recorte de la oferta de petróleo que no quieren compensar los demás países de la OPEP.

Por otro lado, tenemos una enorme incertidumbre con el confuso proceso del Brexit. El parlamento británico no es capaz de definir lo que quiere. Tenemos también el futuro incierto de Italia y las tensiones comerciales de la UE con Estados Unidos. Además, tenemos una bomba de relojería, que es el enorme nivel de endeudamiento público en la economía global. Estamos en el 235% del PIB. Esto no es sostenible en el tiempo, porque hay que pagar intereses, amortizar la deuda, refinanciarla. Los gobiernos, sin embargo, todavía no han tomado nota de este problema.

El crecimiento del PIB en la Eurozona podría moderarse este año hasta el 1% o, incluso, menos. Estamos en una desaceleración acentuada. Lo que tranquiliza es que la actividad que tenemos viene de la mano de la demanda interna, gracias al buen tono del mercado laboral y de las subidas salariales que se observan en los países del euro. También la apoyan los bajos tipos de interés y la reducción de la tasa de paro.

La desaceleración afecta a los cuatro grandes países de la Eurozona. España todavía registra una tasa de crecimiento notable, del entorno del 2,4%, pero es más por inercia que por la actuación de factores positivos porque todos ellos están empeorando: el ahorro, el consumo, las inversiones, la cuenta corriente, el empleo en el sector privado, la productividad laboral, … Todo va en una dirección negativa, a lo que hay que añadir una política económica y fiscal que va en mala dirección. No son tiempos para aumentar el empleo público. Es un disparate revalorizar las pensiones con el IPC. Y es un mayor disparate aún anunciar subidas de impuestos. Esto va a pasar factura.

Francia, con un 1,3%, se mantiene como estaba. Italia va camino al estancamiento y está inmersa en una trampa de excesivo endeudamiento. Lo más preocupante es el enfriamiento de la actividad económica alemana, que es más acentuado del que se esperaba. Hay tres causas de la desaceleración alemana: la disminución de las exportaciones; el sector del automóvil alemán, que no se adaptó a la normativa comunitaria de emisiones de dióxido de carbono, y la carencia de mano de obra cualificada, consecuencia del problema demográfico y de permitir la jubilación anticipada a los 63 años. Sin embargo, no vamos a una recesión en Alemania ni en la zona euro, porque tenemos una demanda interna robusta.

El problema fundamental es a qué velocidad puede crecer una economía. Esta depende del potencial de crecimiento de una economía. Este potencial en la Eurozona se ha convertido en un problema porque está creciendo de forma muy moderada, del orden del 1,2% o 1,3% al año y con tendencia a la baja. En Estados Unidos, en cambio, el potencial de crecimiento está aumentando del orden del 2% anual y con tendencia al alza. En otras palabras, no estamos en un escenario keynesiano, en el sentido de que falta demanda, sino en un problema de oferta en nuestra economía. Los políticos, sin embargo, actúan como si estuviéramos en un escenario keynesiano. Todos ellos hablan de que necesitamos estímulos fiscales, pero si no hay capacidad productiva en las empresas, esos estímulos no aumentan la actividad económica. Además, estas políticas fiscales necesitan tiempo para que se pongan en marcha y, normalmente, llegan justo cuando ya no hacen falta. El otro problema es que estamos en una economía abierta, globalizada. La política fiscal expansiva, en este contexto, no funciona porque genera demanda en el resto del mundo y crea más déficit en el país.

Por lo que se refiere a la política monetaria, esta no tiene margen de acción porque el BCE no puede bajar unos tipos de interés que ya están al 0%. Estamos atrapados en una trampa de liquidez a la japonesa. El BCE quiere mantener los tipos de interés bajos, dar sustanciosas inyecciones de liquidez, etc., pero hay un problema fundamental. Esa mayor oferta de crédito no se traduce automáticamente en una mayor demanda de crédito por parte de los hogares y las empresas. La opción de tipos de interés negativos tampoco es viable a no ser que se elimine el dinero en efectivo, porque entonces los depositantes no se pueden escapar. Es decir, no hay margen de actuación en política monetaria.

El asunto más fundamental es el de los problemas de fondo que lastran la economía por el lado de la oferta. Por un lado, en todos los países de la zona euro tenemos cuellos de botella en infraestructuras económicas vitales, especialmente en las relacionadas con la digitalización, pero también en otras infraestructuras, debido a la reducción del gasto público en infraestructuras para hacer los ajustes presupuestarios. Esto ha reducido el potencial de crecimiento. La productividad laboral es demasiado baja a pesar del avance tecnológico, porque carecemos de sistemas educativos y de formación profesional adecuados, sobre todo en competencias digitales. Por último, tenemos el problema de la contracción demográfica. Para solucionar esto tendríamos que hacer tres cosas. Una es aumentar la tasa de participación de las mujeres en la actividad. También retrasar la edad de jubilación efectiva. Y, por último, gestionar la inmigración con criterios de eficiencia en términos de cualificaciones profesionales.

Sin cambios en la estructura productiva, no puede haber crecimiento económico sostenido porque, por un lado, tenemos cambios que vienen por los avances tecnológicos, pero también por cambios en la demanda a medida que aumenta nuestro bienestar. A esto se añaden los cambios porque, en los tiempos de la globalización, aparecen nuevos oferentes. El proceso de digitalización va a acentuar esto.

Siempre que ha habido cambios en el sistema productivo, han aparecido previsiones apocalípticas sobre el crecimiento, el empleo, etc. pero nunca ha sido así. Si las sociedades se han adaptado a estos cambios estructurales, todo ha ido mejor. El factor fundamental es la investigación y desarrollo, el I+D. Hoy la tecnología se crea en el seno de las sociedades, por investigación básica en las universidades, por investigación aplicada en las empresas y por formación del capital humano. Esto es lo que produce tecnología nueva. Para que esto funcione, debemos tener mercados abiertos, no proteccionismo. Si queremos aprovechar el dividendo tecnológico, tendremos que tener libertad económica. Son los emprendedores los que aportan valor añadido a la sociedad y lo harán cuantas menos restricciones tengan.

¿Cuáles son las restricciones que tenemos en la Unión Europea? La primera, que no tenemos un mercado de capital riesgo, nada comparable con Estados Unidos. Tampoco tenemos una Unión Europea de capitales. La segunda es la administración pública, una entidad que nos complica las cosas. Todavía no aprovecha el potencial de la digitalización para agilizar procesos.
En estos procesos de cambio, unos salen beneficiados y otros perjudicados, pero hay que explicar qué es lo que está pasando y por qué. Se benefician las personas con cualificación profesional que se corresponda con las necesidades cambiantes del mercado laboral. Aquí necesitamos mercados laborales flexibles, porque no sabemos cuáles son las nuevas profesiones. Por eso, hay que saber adaptarse. Los perjudicados son las personas de poca cualificación, o de cualificación obsoleta, o los jóvenes que ni estudian, ni trabajan, ni reciben una formación profesional. Pero si los jóvenes no quieren formarse, no hay población activa cualificada. Por eso es tan importante que el estado aplique políticas activas de empleo, tener un sistema educativo de calidad y una política activa de mercado de trabajo. Lo que no funciona son soluciones populistas, como el salario mínimo o las regulaciones que dificultan el despido.
El problema del salario mínimo es que no se puede decretar a cuántas personas emplean las empresas con ese salario mínimo. Las empresas comparan el salario con la productividad, y si no cuadra, se despide al trabajador y se le sustituye por una máquina. Es una de las consecuencias de subir demasiado el salario de las personas con productividad baja. Y si se intenta regular demasiado el mercado de trabajo, las empresas pueden reaccionar con la deslocalización de la producción. Si no queremos esos procesos, entonces habrá que tener mucho cuidado en no encarecer artificialmente la mano de obra.

Frente a esos cambios estructurales profundos, la posición en Europa es la de crear grandes campeones nacionales desde las esferas estatales. Esta es la política oficial del gobierno federal alemán y del señor Macron con su gobierno francés, sabiendo que esto nunca ha funcionado. No funciona porque el estado, o los funcionarios, no saben qué es lo que se necesita en el futuro. Lo único que se produce es un derroche de recursos públicos. Es mucho más inteligente utilizar el mecanismo descentralizado de generación y diseminación de conocimientos, esto es, el mercado. Así es como funciona Silicon Valley. Sus grandes empresas no son fruto del estado, sino de la creatividad privada de los individuos.

Lo que necesitamos son políticas de largo alcance. Implica reformas estructurales de calado, dentro de un marco de cultura de investigación, innovación, educación. También, una política monetaria que restaure la función de los tipos de interés. Asimismo, la sostenibilidad de las finanzas públicas a través de la racionalización del gasto, la supresión de los gastos superfluos, un sistema tributario eficiente con prioridad en los impuestos indirectos y nada de nuevas figuras impositivas tecnológicas. Entonces, la actual desaceleración podría ser transitoria.

Sea como fuere, si se quieren generar dinámicas de crecimiento sostenible, es inexorable que las empresas y la población activa se adaptan con rapidez al nuevo entorno tecnológico. Eso para por la educación y porque las políticas económicas apoyen estos procesos de adaptación.

La Fundación Rafael del Pino no se hace responsable de los comentarios, opiniones o manifestaciones realizados por las personas que participan en sus actividades y que son expresadas como resultado de su derecho inalienable a la libertad de expresión y bajo su entera responsabilidad. Los contenidos incluidos en el presente resumen, realizado para la Fundación Rafael del Pino por el profesor Emilio González, son resultado de los debates mantenidos en el encuentro realizado al efecto en la Fundación y son responsabilidad de sus autores.

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