¿ Desglobalización ?

Mauro Guillén y Emilio Ontiveros

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Resumen / Summary (Spanish)

El 28 de abril de 2020, la Fundación Rafael del Pino organizó el diálogo online titulado “¿Desglobalización?” en el que participaron Mauro F. Guillén, catedrático de Dirección Internacional de Empresas en la Wharton School, y Emilio Ontiveros, catedrático de Economía de la Empresa de la Universidad Autónoma de Madrid. Emilio Ontiveros inició el diálogo comentando que la dinámica de la globalización había registrado una interrupción, una amenaza seria, cuando hace cuatro años, con la llegada a la Presidencia de Donald Trump, Estados Unidos adoptó una serie de decisiones que pusieron en cuestión el sistema económico internacional que había facilitado los flujos de comercio, personas e información. Un sistema que Estados Unidos contribuyó a construir y con el que estaba comprometido. Lo que ha ocurrido con la pandemia puede alterar esa dinámica. La primera manifestación de esta crisis fue una perturbación en las cadenas de valor globales, que son el paradigma de la nueva globalización, y que hoy todavía están interrumpidas. El sector del automóvil está siendo tributario de esa perturbación de la oferta. Por tanto, vamos a registrar una ralentización en los vectores de la globalización, no tanto en mercancías como en los flujos de inversión directa. Los gobiernos, además, han generado incentivos fiscales para la repatriación de la inversión directa. Ahora, se van a revisar las dependencias de procesos de producción en Asia, incluso en China. Va a haber una globalización más cuidadosa, las decisiones de internacionalización de las empresas van a ser más esmeradas para evitar situaciones como las que hemos visto. Mauro F. Guillén añadió que estas tendencias ya venían de atrás y esta crisis las acelera, por ejemplo, el proteccionismo comercial y el populismo. En lo que tiene que ver con las empresas que se nutren de aprovisionamientos globales en el exterior, esto es un cambio que ya se veía desde hace dos años como consecuencia de las guerras comerciales. Las empresas estaban acortando sus cadenas de aprovisionamiento, estaban diversificando los orígenes de los productos que adquirían. El gran perdedor de esto es China, mientras que los ganadores son Tailandia, Vietnam, México y Europa del Este. Ahora, las multinacionales le han visto las orejas al lobo y ya están trabajando para reconfigurar sus cadenas de valor para que sean más resistentes a este tipo de shocks. Esto ya lo vimos también en 2011 con el tsunami de Japón. Esto va a tener dos efectos, el primero un cambio de las estrategias de las empresas, pero también una reducción de la eficiencia y un aumento de los costes, y posiblemente de los precios de un gran abanico de productos y servicios para el consumidor final. Tendremos que aceptarlo a cambio de una mayor protección frente a estos episodios que general disrupciones generalizadas en las cadenas de valor, algo que no nos podemos permitir. Las empresas se van a alejar de las cadenas just in time para acercarse a cadenas seguras. Esto es algo que los gobiernos no deberían regular, salvo en sectores muy estratégicos, como equipamientos médicos. Ontiveros comentó que una de las consecuencias de esta menor globalización, de una integración menor de procesos productivos es que haya mayores costes y, por tanto, precios de consumo más altos. Pero el alcance de esto es menor porque estamos en tasas de inflación en mínimos históricos. De hecho, se está coqueteando con la deflación de forma descarada. La otra razón por la que el alcance es limitado es el impacto deflacionista que tiene la tecnología. La pandemia va a aumentar la alfabetización digital en todos los órdenes, las familias, las empresas, sobre todo el aumento de la propensión tecnológica de las mismas empresas, incluidas microempresas que sin salir de casa están tratando de localizar mercados exteriores. Lo que preocupa más es lo que supondría volver a la articulación de bloques nacionales o, simplemente, de alianzas o acuerdos regionales. Esa es la principal amenaza. Esa extensión de acuerdos comerciales no acaba siendo buena para el consumidor porque la libre movilidad de los factores y de los datos es buena. La dinámica de introspección implica una pedagogía mala, una vuelta a una suerte de guerra fría con China, con bloques, que implica tensiones comerciales, tecnológicas, de propiedad intelectual. En estos momentos, es preciso revisitar Bretton Woods, reclamar ese ecumenismo de Keynes de verdadera multilateralización. Respecto a ese último punto, Guillén recordó que Keynes tenía muy presente la lección de la Gran Depresión, que se debió en gran medida a la oleada proteccionista. Esto es algo que tenemos que resistir a toda costa. Una de las cosas más dañinas es que la gente piense que la globalización económica va en contra de sus intereses, en forma de caída del bienestar a largo plazo de la población. Por lo que se refiere a la intervención de los estados en los sectores estratégicos, Ontiveros advirtió de que se trata de un elemento nuevo e inquietante, que ahora surge con más intensidad que en la crisis anterior. No solo se trata de empresas que el gobierno pueda considerar estratégicas; ahora también se trata de dar autorizaciones para que la inversión extranjera directa pueda tomar participaciones de control en las empresas. También se están viendo mecanismos más sutiles, como ayudar no solo a las pymes a reestructurar sus pasivos, sino también a las grandes empresas. Son las empresas las que están reclamando esta tutela de conveniencia de papá estado para salir de la crisis. No es tanto una opción ideológica, sino un reclamo de las propias empresas. Habría que ser consciente de esas tentaciones. Detrás de esas estrategias también habría una pretensión de reducir el ámbito competitivo y el libre mercado. Habría que defender el mercado en su más amplia acepción, esto es, que se mueran los feos, como cantaban Los Sirex, y que el terreno competitivo es la escena internacional. Guillén advirtió que una cosa es tratar de salir de una crisis y otra es la nueva normalidad económica que tengamos después. Por eso, a todo lo anterior habría que añadir la dimensión de las ideas. Aquí tenemos el populismo con consecuencias bastante negativas, pero también tenemos el dirigismo, la idea de que un gobierno que tenga una economía dirigida, como la de China, va a salir mejor. También está la idea del mercantilismo, de cómo se estructura el libre comercio. La situación actual es peligrosa porque es terreno fértil para argumentos populistas, mercantilistas y dirigistas. Si hubiera menos desigualdad, la atracción de los populistas y demás sería menor. Pero esta crisis va a acelerar la desigualdad, va a aumentar la brecha tecnológica y va a incrementar otros muchos tipos de desigualdad. Por ejemplo, va a haber sectores que van a salir muy bien parados y otros que van a verse muy afectados, con colectivos de trabajadores más afectados que otros. Al final hay una batalla por las ideas económicas y nos pilla en un momento en que es muy fácil hacer ese tipo de argumentos. Esta situación es preocupante. La evidencia, según Ontiveros, pone de manifiesto que son diversas las formas de capitalizar la presencia en la dinámica de globalización. Hay economías a las que les ha ido muy bien en términos de PIB per cápita y otras a las que no. La evidencia también pone de manifiesto que a la globalización no se la puede dejar sola, que la defensa del libre comercio es compatible con correcciones como la formación para el trabajo, o el principio de igualdad de oportunidades. Lo que sí es verdad es que en economías como la estadounidense, o algunas de las europeas, la globalización sí ha ido pareja con un aumento de la desigualdad. Donde no ha sido así es donde ha habido un mecanismo de compensación a través, fundamentalmente, del sistema fiscal, por ejemplo, en Asia o en el norte de Europa, donde la formación del trabajo ha permitió el emparejamiento con las ganancias de productividad, y donde se ha hecho esa política fiscal. Sería un error caer en el papanatismo de decir que la globalización por sí sola garantiza el bienestar. Por eso tiene que haber mecanismos de compensación que garanticen el principio de igualdad de oportunidades. En este sentido, Guillén comentó que esta crisis pone nuevamente de relieve la importancia de que el estado tenga instrumentos para corregir ciertas dinámicas que no son las adecuadas, lo que no quiere decir dejarse llevar por el dirigismo. Esta crisis nos dice que necesitamos estados y mercados, estados con capacidad de actuar, de formar personas. Seguimos viendo que hay economías que también consiguen minimizar los efectos de las crisis y salen de ellas en condiciones muy favorables. En otro orden de cosas, Guillén señaló que en el mundo tenemos una gran batalla entre clases medias. Ahora tenemos unas clases medias emergentes, junto a las clases medias de Europa, Estados Unidos y Japón. Esas clases medias emergentes se han desarrollado con distintas dinámicas que las de los países avanzados, pueden tener un tamaño muy distinto, y todavía no tienen todavía el nivel de vida de Europa o Estados Unidos. Esta es otra pieza muy importante de la globalización en estos momentos. Estas clases medias, las antiguas y las emergentes, suponen la mayor parte del consumo del mundo. Operan a dos velocidades distintas, se originan en dos momentos distintos y no tienen objetivos similares en estos momentos. Eso es lo que lleva a la situación actual y es lo que está explotando el populismo. Aquí hay un juego económico, psicológico, y sociológico muy complejo. Tenemos un mundo a tres velocidades: economías avanzadas; China, India y el resto del sureste asiático y, por otro lado, las economías exportadoras de comodities de Latinoamérica y el África subsahariana. Ontiveros recordó las previsiones económias del FMI en relación con la crisis del coronavirus. De acuerdo con ellas, el PIB nominal va a registrar la mayor contracción en las economías avanzadas. Las economías emergentes, mientras tanto, van a crecer, pero muy poquito, del orden del 2% el 3%, lo que supone un problema para ellas. En PIB per cápita, la ausencia de mecanismos correctores en las economías emergentes está haciendo que la desigualdad sea más pronunciada. En ellas, el crecimiento del PIB per cápita es menor. Pero la excesiva desigualdad no es rentable, de la misma forma que el igualitarismo a ultranza es un obstáculo. Tolerar la exclusión sistemática genera perturbaciones, por ejemplo, en los sistemas financieros. La exclusión lleva a comportamientos en términos financieros que perturban la estabilidad financiera. El día después tenemos que estar preocupados por la reconstrucción y por la calma chicha en la que van a entrar los mercados de bonos, porque nunca hemos visto un nivel de endeudamiento público y privado tan elevado como el actual. Ontiveros, por eso, teme el día que el BCE diga que va a dejar de comprar bonos empresariales al ritmo actual. ¿Qué ocurre si el balance de los bancos centrales se empieza a nutrir de bonos basura? Esos bonos los emiten empresas cuya solvencia está cuestionada, por ejemplo, las energéticas estadounidenses. Esto genera un sentimiento de inseguridad en el sistema financiero, en los flujos crediticios, en la estabilidad, en el bono que se lleva a la cartera de ahorro. El mundo no va a ser más seguro, financieramente tampoco. Además, el cambio demográfico que va a hacer que una parte significativa de la población de las economías avanzadas sea mayor de 65 años, con los cambios en las decisiones de consumo, ahorro, hábitat, etc. que eso conlleva. España no tiene una situación particularmente delicada en endeudamiento privado. Es más delicada en China o Estados Unidos. Pero España sí la tiene en endeudamiento público. Además, la sensibilidad de la economía española respecto a lo que ocurra en Italia es muy alta, tanto en deuda pública como en el sistema financiero. E Italia ha pasado de ser un país muy europeísta a convertirse en euroescéptico. Referente a la demografía, Guillén dijo que en las sociedades que se ven más afectadas por la crisis actual, habrá una caída mayor de la natalidad y, probablemente también, una caída en la llegada de inmigrantes, lo que también va a reducir la natalidad. Esto va a ser una aceleración de la tendencia ya existente, incluso si las parejas solo postponen tener su bebé. El mero retraso en tener hijos también ralentiza el crecimiento demográfico y acelera el desequilibrio entre grupos de edad. En relación con los bancos centrales, Guillén comentó que en Estados Unidos se rumorea que, dados los altos niveles de endeudamiento, la Reserva Federal va a aceptar tasas de inflación más alta una vez que pase la crisis, hasta el 3% o el 3,5% para ayudar a salir de esta situación de endeudamiento. Ontiveros matizó que, con la contracción de la demanda, es muy difícil que se produzcan tensiones inflacionistas. Esa discusión acerca de la inflación era interesante cuando existía pleno empleo, cuando teníamos indicios de que la demanda se estaba calentando en Estados Unidos. Este no es el caso en Europa. Al BCE le vendría de maravilla que hubiera inflación para poder iniciar la normalización de la política monetaria. Lo que vamos a ver durante mucho tiempo es una política monetaria más cercana al cuadro clínico de estancamiento secular, a un cuadro a la japonesa en el que no hay inflación porque no hay demanda, porque el nivel de endeudamiento público es muy elevado y porque la estructura demográfica está muy dominada por los mayores. La única diferencia con los japoneses es que ellos son ahorradores y compran la deuda pública de su país. La precariedad financiera en la que nos vamos a meter en unos años preocupa por la sensibilidad de los equilibrios a circunstancias que alteren la solvencia pública y privada. Preocupa la posible revisión crediticia a la baja de compañías privadas, por ejemplo, las del sector del automóvil, o el sector bancario español y europeo, que está cotizando muy por debajo del valor en libros, porque esos sectores son vulnerables a cualquier alteración en esos equilibrios financieros. El mayor endeudamiento privado desde hace cuatro años se debe a empresas en sectores industriales donde la demanda ha caído más. No se da en empresas tecnológicas, sino en la economía del plan antiguo. Ahí va a haber una desigualdad enorme. Los bancos centrales son los grandes héroes de la crisis anterior y de esta crisis. Pero eso no puede ser indefinido. Sin recuperación real, el oxígeno monetario tiene un límite. En cuando al orden económico internacional, Ontiveros advirtió de que no se hagan piruetas innovadoras en aspectos como garantizar un orden multilateral. Tenemos instituciones que, aunque algunas de ellas naciesen hace mucho, han mostrado su virtualidad, actualizando su cometido a la realidad, como el FMI, el Banco Mundial, la OMC, … No hay que hacer una política de derrumbamiento, sino adecuarlas a la realidad. Los socios de esas organizaciones hoy son todos los países del mundo. Mejorémoslas. Revistar Bretton Woods significa apuntalar los pilares básicos que tenemos. La OCDE está poniendo ante los ciudadanos elementos de juicio para ver el grado de rigor con el que se mueven los estados, el grado de juego limpio, de tolerancia hacia casos inadmisibles. Un mundo global exige cesión de soberanía a esas instituciones. No es el momento de crear instituciones nuevas, sino de fortalecer Guillén añadió que necesitamos más colaboración, más coordinación, más intercambio de información. No tenemos que reinventar esas instituciones, sino reequilibrarlas. El elefante en la habitación es Estados Unidos. Si la primera economía del mundo está dirigida por un presidente que todo lo ve en términos bilaterales, sin ver el desequilibrio que puede provocar en el mundo, el problema no tiene solución. Las elecciones de noviembre suscitan dudas acerca de si los republicanos tienen la capacidad de mantener su mayoría en el Senado. Los demócratas pueden debilitar esa mayoría republicana. Eso supondría un horizonte distinto de aquí a seis meses en esta situación de falta de coordinación, de intercambio de información. Esto es lo primero que hay que desbloquear antes de plantearnos reformar estas instituciones. Estamos en un momento de transición en el contexto de equilibrio de fuerzas en el mundo que va a durar muchos años. La esperanza, para Ontiveros, reside en la aparición de un discurso más multipolar cuando se revitalizó el G-20, cuando se le tomó la medida a la crisis del 2008. El FMI ha sido más rápido en reflejar los cambios que esas instituciones informales. Si el poder político va a seguir derivando de la envergadura económica, de la concentración de PIB global, de la inversión internacional, de la capacidad tecnológica, etc., que van a tener China y Estados Unidos, entonces eso va a ser muy difícil de igualar. Creo que vamos a asistir a una nueva entente entre Estados Unidos y China si Trump sale de la Casa Blanca, sin un mundo que legitime el enfrentamiento sistemático entre dos grandes potencias. La coartada electoralista del equipo de Trump es la necesidad de tener un enemigo al lado. Eso no es necesario. Europa es un ejemplo desde el final de la Segunda Guerra Mundial. Hay que revisar los mecanismos de representación en esas instituciones. La propia dinámica de inserción internacional hace que vaya a ver tres actores muy importantes: Estados Unidos, que, ni mucho menos, está en plena decadencia; China; India y, quizá en algún momento, si corregimos, la Unión Europea. Para Guillén, la terminología de guerra fría no tiene sentido en este contexto. La relación China-Estados Unidos es una relación económica de integración, pero también financiera, educativa. Es una situación distinta. El mundo no puede funcionar si la relación entre Estados Unidos y China es de tensiones. Tendrían que sentarse a la mesa donde se toman las decisiones importantes sobre la arquitectura del mundo Estados Unidos, China, la Unión Europea, Reino Unido, Japón e India. El resto no pinta absolutamente nada. Reino Unido y Japón son fundamentales por el papel tecnológico y financiero que todavía juegan. Más allá de ellos, por motivos prácticos, por importancia tecnológica y financiera, ese es el grupo que necesitamos que colabore y nos ayude a esta transición. Tener un enemigo no es importante cuando, además, estás completamente integrado con tu enemigo. Tampoco tenemos conflictos globales de baja intensidad que sirvan de proxy para el conflicto entre las grandes potencias. Tenemos que evitar a toda costa emplear la terminología de la Guerra Fría. En tecnología se habla mucho de la rivalidad entre Estados Unidos y China. Pero ese campo todavía está dominado por Estados Unidos, Japón y Europa. China todavía está muy lejos en ese campo. Se teme a China por su potencial, pero todavía está muy dominado por esos tres. La situación está cambiando y China será un jugador más importante, pero esa rivalidad tecnológica está un poco exagerada.

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