El futuro del capitalismo»

Anne Case y Angus Deaton

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Resumen / Summary (Spanish)

El 12 de noviembre de 2020, la Fundación Rafael del Pino organizó la conferencia de Anne Case, catedrática Emérita de Economía y Asuntos Públicos de la Universidad de Princeton, y Angus Deaton, Premio Nobel de Economía 2015, con motivo de la publicación de su obra "Muertes por desesperación y el futuro del capitalismo".

Según explicaron, antes de la crisis del Covid-19, ya se estaban destruyendo las vidas de los estadounidenses que carecían de un título universitario. Un grupo este que supone dos tercios de la población de entre 25 y 64 años. Queremos ver qué implicaciones acarrea esta realidad en términos de desesperación y de exceso de mortalidad, y cuáles son las fuerzas a largo plazo que hay detrás de esta situación.

Durante el siglo XX, la tasa de mortalidad de los estadounidenses de ambos sexos de edades comprendidas entre 45 y 54 años se redujo desde 1.400 fallecimientos anuales por 100.000 personas en 1900 a menos de 400 en 2000, con la única excepción de la pandemia de gripe española. Este mismo patrón se repite en otros países desarrollados, incluso en países angloparlantes como Canadá, Reino Unido e Irlanda, y se extiende también a los primeros años del siglo XXI. Sin embargo, la tasa de mortalidad de los blancos estadounidenses a partir de la década de los 90 cambia de tendencia. Sus tasas de mortalidad son más altas de lo que deberían y empiezan a aumentar.

¿Qué ha sucedido en Estados Unidos? La esperanza de vida se ha reducido durante tres años consecutivos, entre 2014 y 2017, algo que no había ocurrido en Estados Unidos durante un siglo, desde el final de la Primera Guerra Mundial y la Gripe Española. La causa fundamental hay que buscarla en lo que ha sucedido con la mortalidad entre los adultos de edades comprendidas entre los 25 y los 64 años. Esto significa que los beneficios en términos de reducción de la tasa de mortalidad que se derivan de los avances en la lucha contra las enfermedades se han visto compensados por otros factores. En concreto, por el aumento del consumo de drogas, el alcoholismo y el suicidio entre la población blanca sin título universitario. De hecho, el poseer o no un título universitario es algo que marca la diferencia en este sentido.

Este hecho se repite desde comienzos de la década de 1990 para todos los grupos de edad de entre 25 y 64 años. Incluso, empieza a aparecer también en los tramos de edad de entre 65 y 69 años y 70-74 años desde el inicio del siglo XXI. Como consecuencia, en 2018 se registraron 158.000 muertes por drogas, suicidio y alcohol, frente a las 65.000 que se produjeron en 1995.

Cuando se observa esta situación por año de nacimiento, en vez de por grupos de edad, se aprecia que mientras las personas nacidas en la década de 1940 presentan tasas de mortalidad más bajas, las nacidas en la de 1950 ya son más altas, y van creciendo década tras década, siendo las más altas las de las personas nacidas en 1985. Esa tendencia, en cambio, no se reproduce entre los grupos de personas con título universitario, para los cuales las bajas tasas de mortalidad han sido una constante durante todo el periodo objeto de estudio.

De acuerdo con la teoría establecida, las causas del suicidio residen en una falta de integración social y de regulación social. Este hecho es más probable que tenga lugar en tiempos de gran convulsión. Lo que se aprecia en Estados Unidos es que, ahora, este fenómeno aparece en todos los estados de EEUU y que afecta tanto a varones como a mujeres, aunque con más intensidad a los primeros que a las segundas. La diferencia obedece, en parte, al aumento del desempleo entre los varones.

Subyacente a las tasas de mortalidad, lo que se aprecia es un incremento del dolor y de los niveles de aislamiento, así como unas condiciones de salud mental pobres, entre las personas que carecen de título universitario.

La principal causa de desesperación es el declive a largo plazo de las condiciones laborales para las personas sin carrera universitaria. Es un declive que se manifiesta tanto en el salario como en la tasa de ocupación. Las pérdidas salariales y de niveles de ocupación proceden de la pérdida de empleos y de su sustitución, por ejemplo, mediante la externalización de actividades de transporte, seguridad y servicios de comida. Estos nuevos trabajos son peores porque hay menos compromiso entre trabajadores y empresarios, porque resulta difícil percibir estos trabajos como parte de una buena vida y los trabajadores pierden el sentido de pertenencia a una ‘gran’ compañía.

Este proceso no es tanto de pérdida de bienestar material como de pérdida de sentido y de estatus a través del trabajo. Al mismo tiempo, se produce un declive en las tasas de matrimonio, mientras aumenta el número de hijos fuera del matrimonio y se pierde el sentido de comunidad. Es decir, se reduce la estabilidad de los hogares y de las comunidades. Una situación que tiene muchos paralelismos con la de la pérdida de empleo entre la comunidad afroamericana a finales de los 60 y la década de los 70.

¿Qué le ha sucedido a la clase trabajadora blanca? Su situación laboral se ha debilitado a causa de la globalización y de la automatización. Esto, sin embargo, también ha sucedido en otros países, pero en ellos no se han disparado las tasas de mortalidad.
¿Por qué la situación en Estados Unidos es diferente?

Una de las razones es la epidemia de opiáceos. Las muertes por alcohol, drogas y suicidios ya estaban creciendo antes de la llegada del Oxycontin, pero la crisis se hizo mucho más aguda con su aparición. El opiáceo encontró terreno fértil para que se abusara de él.

Una segunda razón es que Estados Unidos tiene el sistema de salud más caro del mundo, pero los estadounidenses tienen la peor salud de entre todos los países ricos. Así es que la esperanza de vida en EEUU se reduce no a pesar de lo que se gasta en salud, sino como consecuencia de lo que gastamos en atención y cuidados médicos.

Estados Unidos gastó el 17,8% de su PIB en salud en 2018. Suiza, el siguiente país con el gasto más elevado, dedicó el 12,4% y su esperanza de vida es cinco años más elevada que la de los estadounidenses. La diferencia entre ambos países, en términos de gasto, es de un billón de dólares anuales, lo que implica más de 8.300 dólares por familia. Ese exceso de gasto equivale a la mitad de todo el presupuesto militar.

Ese dinero procede de los salarios, de los beneficios empresariales y de los impuestos. La gente puede pensar que el seguro médico que le facilita su empresa es un regalo, pero ese regalo se deduce, total o parcialmente, de lo que debería ser su nómina. Una parte del declive del empleo de baja remuneración tiene que ver con el aumento de la prima del seguro médico. De hecho, muchas empresas que tienen que afrontar su parte (el 71%) de los 21.000 dólares anuales que supone la prima del seguro médico, deciden externalizar los empleos de baja remuneración. Los empleos externalizados no son buenos trabajos.

La prima del seguro médico no varía mucho en relación con el sueldo del trabajador. Por tanto, es como una especie de impuesto fijo por persona, pero sobre esta cuestión no se discute: solo se hace respecto del salario mínimo. Financiar el sistema de salud de esta forma es destruir el mercado laboral para los trabajadores menos cualificados.

Si los gobiernos estatales deben pagar su parte del sistema de salud (Medicaid), con el fin de proveer de servicios médicos para los pobres, entonces les queda menos presupuesto para las escuelas, las universidades públicas y las infraestructuras. Medicaid, de hecho, pasó de suponer el 20,5% del gasto estatal en 2008 al 28,9% en 2019.

A la luz de los acontecimientos, hay que arreglar el capitalismo, hacerlo más justo. La reforma del sistema de salud está en el centro de este proceso. El Covid puede ser una oportunidad para hacerlo, pero hay que tener presente que hay cinco lobistas del sistema de salud por cada miembro del Congreso. En términos más generales, el auge del lobismo y el declive de los sindicatos ha dejado casi sin representación en Washington a los trabajadores de sueldos bajos.

La Fundación Rafael del Pino no se hace responsable de los comentarios, opiniones o manifestaciones realizados por las personas que participan en sus actividades y que son expresadas como resultado de su derecho inalienable a la libertad de expresión y bajo su entera responsabilidad. Los contenidos incluidos en el resumen de esta conferencia, realizado para la Fundación Rafael del Pino por el profesor Emilio González, son resultado de los debates mantenidos en el encuentro realizado al efecto en la Fundación y son responsabilidad de sus autores.

The Rafael del Pino Foundation is not responsible for any comments, opinions or statements made by third parties. In this respect, the FRP is not obliged to monitor the views expressed by such third parties who participate in its activities and which are expressed as a result of their inalienable right to freedom of expression and under their own responsibility. The contents included in the summary of this conference, written for the Rafael del Pino Foundation by Professor Emilio J. González, are the result of the discussions that took place during the conference organised for this purpose at the Foundation and are the sole responsibility of its authors.

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