El futuro del capitalismo

Paul Collier y Jose Ignacio Torreblanca

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Resumen

El 20 de noviembre de 2019 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino el diálogo con Paul Collier, catedrático de Economía y Políticas Públicas en la Blavatnik School of Government de la Universidad de Oxford y académico asociado en el St. Anthony's College, con motivo de la presentación de su libro “El futuro del capitalismo”. Según Collier, el libro habla de dos divisiones sociales que empezaron a gestarse en la década de los 80 y que se han hecho más profundas en los últimos años, en especial en la mayor parte de las economías avanzadas. Una de estas divisiones es de carácter espacial, entre las áreas metropolitanas muy ricas, como Madrid o Barcelona, y las ciudades de provincias. La otra división que ha surgido muy recientemente es entre personas con un alto nivel educativo, que han desarrollado cualificaciones avanzadas que son muy valiosas, y que han dejado atrás a las personas que no han tenido la suerte de recibir esa educación. Estas últimas son personas que saben trabajar con sus manos, pero esas capacitaciones cada vez valen menos. Por tanto, hay una división espacial y hay una división educativa y ambas se autoalimentan porque si eres un niño nacido en el medio rural tratas de irte a una metrópoli. Esto agrava los problemas en las regiones que quedan rezagadas. Este libro es muy oportuno, dijo Collier, porque es su propia vida. Él estoy a caballo entre estas dos divisiones. Ahora vive en Oxford, una ciudad muy rica, pero nació en Sheffield, una ciudad desgarrada. Es una zona que se está muriendo. Sheffield fue una ciudad muy rica y avanzada, pero como la industria siderúrgica se fue a Corea del Sur, la ciudad entró en declive. Respecto a la división educativa, Collier la suerte de ir a la universidad, pero su familia no. Sus padres tuvieron que dejar el colegio cuando tenían doce años. Así es que Collier experimentó esta división tan amarga y lo triste es que no se ha hecho nada para evitarlas, por lo que se han hecho más profundas y han provocado que las personas que se han quedado atrás se hayan amotinado, por ejemplo, a través del Brexit, o de la revuelta de los chalecos amarillos en Francia. El problema es que las revueltas no conllevan soluciones; son solamente una expresión de ira. Por tanto, lo que quizá pase con el Brexit es que los británicos se queden en una isla en medio de la nada. Y es que el Brexit no es una estrategia contra Bruselas, sino una expresión de ira contra el desdén y la actitud de las clases bien educadas de las metrópolis. ¿Es el capitalismo el responsable? El capitalismo lleva existiendo doscientos cincuenta años y en diez mil años de historia del ser humano, es el único sistema que hemos encontrado capaz de elevar el nivel de vida y bienestar de las personas. El capitalismo es una combinación de la capacidad de aprovechamiento de las economías de escala y de la especialización. Las empresas, por tanto, son un elemento esencial del capitalismo. La genialidad de este sistema es que combina una cierta disciplina resultado de la competencia con un sistema descentralizado de toma de decisiones, pero también permite mucha colaboración entre las empresas. El otro sistema que combinaba las economías de escala con la especialización era el comunismo, pero no funcionó bien porque no había un sistema descentralizado de toma de decisiones, ni existía la disciplina de la competencia. El capitalismo, por tanto, es un sistema muy valioso, pero no funciona en modo piloto automático. Cada cierto tiempo se descarrila, y en los doscientos cincuenta años de capitalismo se ha descarrillado peligrosamente tres veces, al menos. La segunda vez fue la Gran Depresión. La tercera vez es la que vivimos ahora, con estas divisiones que empezaron en los años ochenta. El primer descarrilamiento se produjo en las ciudades industriales del norte de Inglaterra, en la zona que fue la cuna del capitalismo. La ciudad de más éxito en toda Europa en el siglo XIX era Bradford. Era una ciudad muy productiva, pero, en 1840, las condiciones de vida de la gente eran terribles, porque vivía hacinada, sin infraestructuras públicas. En 1849, se produjeron brotes de cólera, la gente empezó a morir y la esperanza de vida se desplomó a 19 años. Esta experiencia del alcalde le transformó totalmente. Era un industrial muy rico y regaló toda su fortuna, en parte a sus empleados. Construyó una ciudad totalmente nueva para ellos. El resto de su fortuna la dedicó a mejorar las infraestructuras. La gente respondió a ello muy bien: los trabajadores le eran leales y la gente le adoraba como a un héroe. Si vamos a Westley, la cuna del movimiento corporativo, en 1840, allí encontramos las mismas angustias. Las familias decidieron que había que hacer algo y lo que hicieron fue construir un sistema de mutualidades. Ese movimiento corporativo mutualista se convirtió en la funeraria más grande de todo el país. Así fueron solucionando las nuevas angustias propiciadas por el capitalismo. Si ahora vamos a Halifax, también en la década de 1840, allí vemos que se creo una cooperativa de ahorro, en la que la gente podía pedir prestado y también depositar su ahorro. Esa cooperativa se convirtió en el banco más grande del Reino Unido. Así es que, en aquellos tiempos, había un sentido de responsabilidad moral muy arraigado en empresarios, políticos y la sociedad en general, ante las nuevas angustias del capitalismo. Pero no había ninguna utopía, sino pragmatismo ante las cosas que podían salir mal. Esa es la naturaleza del capitalismo: las cosas van mal, se estudian soluciones, se aplican y persisten las que funcionan. La peculiaridad en el descarrilamiento actual es que no se ha hecho nada. Se ha dejado que las cosas se pudran durante cuarenta años. En el pasado, en especial después de la Segunda Guerra Mundial, había una idea de comunidad, de hablar de nosotros, y los ricos, por lo tanto, se veían como personas que aceptaban sus obligaciones, aunque implicaran impuestos altos. Lo que hemos visto recientemente, sin embargo, es que las personas de alto nivel educativo de las metrópolis dieron la espalda a las personas más desfavorecidas. Manifestaron un desdén tremendo hacia personas que se sienten abandonadas. Para conseguir un capitalismo ético necesitamos muchos niveles de colaboración moral, que incluyan los gobiernos, las empresas, las familias y las comunidades locales. Los seres humanos han evolucionado para convertirse de forma natural en grupos cooperativos en los que se crean relaciones de confianza. Ahora somos mucho más sociales que cualquier otra especie, es la característica distintiva del homo sapiens. La economía no ha interpretado correctamente esta evolución. Parece creer que hemos evolucionado para convertirnos en personas vagas, o en personas avariciosas, pero esto no es así. Esta es la visión que ha prevalecido en las teorías económicas y empresariales. De ahí se derivó un sistema de contratos y supervisión, tanto en el sector privado como en el público, que fue una catástrofe, porque falta la confianza. Hemos pasado de un sistema en el que la empresa era responsable éticamente a otro en el que a la empresa solo le preocupa maximizar los beneficios para el accionista. La empresa ha desaparecido como entidad ética, ya no hay sitio para la moral. Lo mismo ha sucedido con las familias, bajo el peso del individualismo. Tenemos el Estado, que se cree que es el único capaz de soportar obligaciones, al que se le han traspasado todas las obligaciones. Por tanto, la política moderna se configura mediante la tensión entre el Estado, al que se le sobrecarga de obligaciones, y el individuo, que demanda libertad. Esta estructura no puede funcionar. La genialidad del movimiento mutualista es que los derechos que se obtenían casaban con las obligaciones que se asumían. Ahora las obligaciones han ido hacia el Estado y los derechos se han desplomado. Destruyendo la confianza y la mutualidad, el capitalismo amenaza a las empresas, a las familias y a los estados. El capitalismo necesita a la democracia, pero no le importa mucho que la haya porque puede prosperar sin ella, como demuestra el ejemplo de China. La tragedia es que nuestra democracia se ha polarizado en dos ideologías rivales. Ha dejado de ser movida por el pragmatismo de intentar resolver las ansiedades de la gente corriente. Ese ha sido el gran fracaso. La derecha dice que los mercados funcionan con el piloto automático y, por tanto, lo único que hay que hacer es desregular. Eso es lo que pasó en la década de 1980. Por su parte, la izquierda se convirtió en el paternalismo social. La derecha y la izquierda han estado hablando de ideologías, mientras que la única corriente que ha abordado las nuevas angustias de la gente ha sido la de los políticos populistas, que son los que han hablado de las cosas correctas, las cosas que le preocupan a la gente de la calle. Los populistas, sin embargo, no tienen ninguna solución. Lo que tenemos que hacer es que los partidos tradicionales hablen de los problemas reales de la gente de la calle y aporten alguna solución. El problema es que a los políticos no les gusta hacer experimentos, para ver qué funciona, y evaluar sus resultados. Lo que están haciendo los populistas es crear un enemigo dentro de casa, al decir que los inmigrantes son abominables. Ahora bien, no todas las consecuencias de la emigración son positivas. Es importante que la inmigración no ponga en peligro el sistema de obligaciones recíprocas. Además, la gente tiene un sentido de pertenencia geográfica muy fuerte. La Unión Europea es un activo impresionante, pero la construcción europea tiene dos significados potenciales: ¿es un complemento o es un sustituto de la identidad nacional? Si es un complemento, es fantástico. Es una extensión del sentido de obligación moral. Pero si es un sustituto de la identidad nacional es, potencialmente, muy peligroso, porque si las personas de éxito de las metrópolis dicen que ellas no tienen nacionalidad, sino que son ciudadanos del mundo, lo que están diciendo es que no tienen obligaciones para con los demás miembros de la sociedad.

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