La respuesta económica de la Unión Europea a la crisis del COVID-19

Luis Garicano

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Resumen / Summary (Spanish)

Garicano señaló que las pandemias no son algo nuevo en la historia. Las hemos tenido en el pasado. Por ejemplo, la Plaga de Justiniano, que afectó al imperio bizantino y a otras partes de Europa, Asia y África entre 541 y 543; la Peste Negra, que afectó a Europa y Asia; la Plaga Italiana, de 1629-1631, o la Gripe Española. Lo bueno que tiene, en este caso, la crisis del Coronavirus es que el capital físico no se ha destrozado y las pérdidas en capital humano son relativamente pequeñas. Esta pandemia también es bastante especial por otra razón. En una guerra, nunca se le pide a la gente que se quede en casa, ni se reduce voluntariamente la producción. Todo lo contrario. En Estados Unidos, por ejemplo, durante la Segunda Guerra Mundial las mujeres salieron masivamente para incorporarse a trabajar y no detener la producción. El virus tiene un aspecto económico interesante que es la idea de la externalidad. Una externalidad se produce cuando se toma una decisión que tiene consecuencias para los demás, pero que no se pone precio a esas consecuencias. El salir a la calle en una epidemia es un caso de externalidad que tiene un coste importante. Por ejemplo, cuando los jóvenes salen despreocupadamente a la calle, sin mascarillas, sin preocuparse de contagiar o contagiarse. Pero también, si uno quiere estar protegido, puede ir en la dirección contraria y decir prefiero contagiarme antes que después, lo que puede llevar a que la gente salga más. La cuestión es que la gente no internaliza el coste de sus acciones. Por esa razón, el confinamiento se impone desde el gobierno, dada la necesidad de congelar la expansión del virus. Esta situación está produciendo una contracción económica. Vemos que la oferta cae, que la gente que no produce se queda en su casa. A causa de ello, cae la demanda, y esto va de vuelta a la oferta. En España, los gastos han caído muchísimo, un 60% el gasto nacional y un 100% el extranjero. Hay actividades que caen muchísimo y otras menos, dependiendo de la composición de la demanda. También hay un impacto en forma de salida de capitales muchísimo mayor que en la crisis financiera. La inversión en los países pobres ha caído muchísimo. Las decisiones que han tomado los países para afrontar esta situación económica han tratado de evitar que sea permanente, porque la gente pierde sus ingresos, las empresas se endeudan y todo lleva a un fortísimo incremento de la deuda pública. En España crecerá en más de veinte puntos del PIB, ya que las fuertes caídas de la oferta y la demanda afectan a los ingresos. Si esta situación dura poco, será fácil de gestionar; si dura más, será un problema. La clave de la salida reside en cuenta protección contra la enfermedad se mantiene y cuanta gente está expuesta. En este sentido, hay tres escenarios. Si el confinamiento termina en verano, hay distanciamiento social, se viaja menos, hay teletrabajo y se produce un rebrote en otoño que se pueda controlar, la economía repuntará en la segunda mitad del año. El peor escenario sería que el confinamiento volviese en invierto y no se controlara el rebrote. Entonces se produciría otra caída del PIB. Pero si el virus muere, entonces la situación mejorará rápidamente porque todo volvería a la normalidad. Las decisiones de política económica que se están tomando tienen unos objetivos claros. Si se deja que la enfermedad siga su curso, es malo para la salud, pero la recesión es más suave. Si se ataca la enfermedad, es bueno para la salud, pero la recesión es más profunda. Teniendo esto en cuenta, el objetivo ha sido que caiga la economía para proteger la salud y que tengamos una recesión en forma de V, como ha pasado en China. A partir de ahí se han tomado una serie de decisiones, que vienen explicadas por tres problemas. El primero es que el flujo de renta de los hogares a los negocios se para porque el gasto cae. El segundo es que se detiene también el flujo de sueldos y salarios. Por último, se congelan los préstamos a los negocios. Por ello, lo que hay que hacer es proteger a los trabajadores y sus ingresos, incluso estando en cuarentena y quedándose en casa. Segundo, hay que garantizar la liquidez de las empresas. Tercero, hay que apoyar al sistema financiero para que no se hunda. Son las acciones que se han estado tomando estos meses. Los sectores en los que el empleo se ve más afectado son construcción, hostelería, arte y cultura. En los servicios, el efecto sobre el empleo es menor. Y en las industrias primarias y los sectores que pueden funcionar con teletrabajo es todavía más pequeño. La crisis tiene impactos muy diferentes en los países dependiendo de cuál sea la estructura económica de cada uno de ellos. En España, el 70% de los trabajos no se pueden realizar desde casa, debido al peso del comercio, el transporte, los hoteles y el turismo. Un país que tiene muchos empleos de ese tipo es un país que sufre más. España, por ello, es el tercer país más vulnerable. Los empleos que más se conservan son los de mayores ingresos. De los de más bajos no se conserva casi ninguno. Por eso, la tasa de desempleo es más alta en los tramos de salarios bajos que en los altos. Para proteger a las personas se han adoptado medidas relacionadas con el mercado laboral como las bajas por enfermedad, la ampliación del seguro de desempleo, los subsidios salariales, las medidas de protección del empleo, como los ERTEs y los minijobs, porque se pretende que se mantenga el vínculo entre trabajador y empresa. Así se reducen los despidos y se permite que la relación laboral continúe, pero con el trabajador cobrando de otra parte. Un segundo grupo de medidas está destinado a proteger a las empresas, en particular de transporte y a las tiendas. Lo que piden los empresarios es que se les ayude a pagar impuestos, alquileres, cotizaciones sociales. Las pymes se sienten frágiles financieramente; solo tienen dinero para aguantar cerradas mes o mes y medio. Las principales medidas, en este sentido, han sido préstamos, avales públicos para que las empresas puedan acceder al crédito, desgravaciones fiscales y devoluciones de impuestos, incluso más allá de lo pagado. La tercera respuesta a nivel global ha consistido en ayudar a los bancos, proporcionándoles liquidez para que puedan apoyar a las empresas con préstamos. Esto ha permitido que haya muchísimo más acceso al crédito. Por lo que se refiere a la Unión Europea, ésta tiene tres líneas de defensa. Primero, está la respuesta del BCE, que ha podido actuar con gran agilidad. Los bancos centrales han actuado de manera muy rápida, con medidas muy radicales. El Reino Unido, incluso, permitió que el Banco de Inglaterra financiase directamente a su gobierno. El BCE no puede hacer eso, pero sí está comprando la deuda que emiten los gobiernos. Aun así, esto restringe capacidad para financiar a los gobiernos, porque el banco solo puede adquirir hasta un 33% de cada emisión. Además, el BCE tiene una segunda restricción, y es que en cada programa de compra solo puede destinar a cada país un porcentaje igual al de su participación en el capital del banco. Para superar estas restricciones, el BCE puso en marcha un nuevo programa de compra de deuda por 870.000 millones, con validez hasta diciembre de 2020. Si no se hace esto, se puede entrar en una espiral de deuda que podría desembocar en una crisis terrorífica, porque los estados miembros tienen muchas necesidades de préstamo. Se trata de evitar el circulo vicioso en el que unos tipos de interés altos suscitan en los mercados expectativas de impago y, por tanto, de salida del euro, con lo que piden tipos aún más altos. Para evitar esos problemas, el BCE ha creado el programa de compra de la pandemia. El problema es que se va a acabar antes de lo previsto, porque está comprando más deprisa de lo que pensaba. Además, la sentencia reciente del Constitucional alemán ata bastante las manos al BCE, al pedirle justificación sobre los programas anteriores. Esto sume a la política monetaria en una gran incertidumbre. La segunda línea es la política fiscal. Las políticas fiscales son nacionales y se coordinan, pero por ser nacionales hay un riesgo de redenominación por subida prima de riesgo. También hay un sesgo asimétrico en política fiscal, con unos países que gastan poco y otros que gastan mucho, con lo cual la coordinación muy poco fluida. Además, la cantidad de actores que intervienen en materia de política fiscal en la UE dificulta la coordinación. El Eurogrupo, por eso, ha tardado un poco más en hacer tres cosas: un programa del Banco Europeo de Inversiones (BEI) para dotar de liquidez a las empresas, el programa SURE de la Comisión Europea para proteger a los trabajadores y las empresas y el MEDE para financiar programas sanitarios. El BEI aporta 21.000 millones en garantías a préstamos para empresas, pero resulta pequeño. El SURE lo financia Europa y presta a los estados miembros, si bien es complicado porque el tratado pone algunos obstáculos. La UE no se puede endeudar mucho. Solo puede gastar el 1,16% del PIB, y un punto más si hay una emergencia. Ya lo está gastando y la financiación la consigue en los mercados con garantía de los países miembros. Por lo que se refiere al MEDE, este mecanismo tiene bastante dinero, pero lo presta con condiciones. Por eso, se considera un estigma político el pedir ayuda al MEDE. Se ha puesto un MEDE especial para la crisis con condicionalidad muy suave, con el fin de financiar gastos en costes directos e indirectos de la pandemia. España e Italia se niegan a utilizarla porque quieren fondo de recuperación, sin condiciones, pero no tiene mucho sentido porque hay países que se niegan. Además, entrar en el MEDE tiene un efecto estabilizador sobre los tipos de interés porque BCE puede participar en él. Es lo que ha sucedido con Chipre. La tercera línea de defensa es un plan de recuperación y reconstrucción. Los países del norte lo rechazan porque no quieren mutualizar la deuda y tienen cierta razón, porque no tienen capacidad decisión sobre lo que hacen España o Grecia con el dinero. Los tratados europeos también dificultan el conseguir que se compartan las deudas, debido a la obligación de que el presupuesto de la UE esté equilibrado y a la prohibición de rescates a países. Teniendo en cuenta esto, Garicano propone la creación de un fondo europeo para la reconstrucción en forma de préstamos. Se financiaría con una emisión de deuda conjunta de la UE a largo plazo, cuyos intereses se pagarían con nuevos recursos propios de la Unión Europea. Estos procederían de nuevos recursos verdes y digitales.

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