Las claves del poder mundial tras la Gran Epidemia

Joseph S. Nye y Álvaro Renedo

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Resumen / Summary (Spanish)

El 14 de mayo de 2020 la Fundación Rafael del Pino organizó el diálogo con Joseph Nye, profesor de Gobierno de la Kennedy School de la Universidad de Harvard, que trató sobre “Las claves del poder mundial tras la Gran Epidemia”. El profesor Nye se refirió al orden mundial y el impacto que la Gran Pandemia puede tener sobre él. Según dijo, nos encontramos en la primera parte de una representación que tiene otros muchos actos, por lo que cualquier estimación que podamos hacer en estos momentos puede ser incorrecta. En este sentido, convendría recordar que, en 1918, cuando tuvimos aquella gran gripe que mató a más gente que la Primera Guerra Mundial, se trató de una segunda oleada que acabó con más vidas que la primera. Por esto, todavía no podemos saber cuál será el resultado final. La otra cuestión histórica que es interesante recordar es que, a pesar del daño tan terrible que provocó la epidemia de gripe de 1918, ésta no tuvo un gran efecto sobre las sociedades, ni sobre el equilibrio de poder global. La Primera Guerra Mundial sí tuvo un gran efecto, pero la pandemia de gripe no. Por eso, corremos el riesgo de que intentemos pensar que, porque algo es tan grande como la crisis actual del coronavirus, va a tratarse de un acontecimiento que va a tener grandes efectos. Hay ocasiones en la historia en las que pequeños acontecimientos desencadenan grandes efectos y otras en las que los grandes acontecimientos generan efectos no tan grandes como esperábamos que fuesen. Por eso, no cree que esto vaya a ser un acontecimiento geopolítico por el cual China vaya a superar a Estados Unidos. Tampoco creo que vaya a suponer el fin de la democracia, como ha proclamado alguna gente. La Unión Europea le preocupa un poco, aunque no cree que vaya a ser el fin de la Unión Europea. No obstante, el caso reciente del Constitucional alemán es preocupante. Hay muchas cuestiones sobre las que no podemos asegurar nada. Pero es pronto para lanzarnos a pensar que el mundo va a cambiar de arriba abajo, porque parezca que lo está haciendo ahora. Por lo que se refiere a la Unión Europea, Nye señaló que hemos visto en el pasado muchas situaciones en las que parecía que la UE iba a fallar, pero todavía hay un compromiso muy fuerte con el proyecto europeo en su conjunto. Eso le lleva a pensar que, en efecto, va a haber una segunda parte del partido más fuerte, en la que la UE saldrá a ganar. Para conseguirlo hay que dar algunos pasos difíciles. Habría que crear un fondo europeo de recuperación. La Comisión Europea ha hablado de tres billones de euros. Eso es necesario, pero quizá no suficiente. También debería haber eurobonos, en forma de bonos perpetuos, en vez de añadirlos a la deuda. Esto sería un paso en la buena dirección. Esto podría hacerse, pero la respuesta todavía no ha sido tan fuerte como debería. Si se tiene en cuenta su historia, la UE será capaz de hacer algo, pero todavía tienen que tomarse decisiones difíciles que puedan justificar esa fe en la UE. Para Nye, el nacionalismo es un problema constante. La forma en que los líderes afronten el nacionalismo puede transformarlo de una fuerza negativa en otra positiva. Las decisiones extraordinarias adoptadas por Jean Monnet tras el final de la Segunda Guerra Mundial facilitaron la integración de Alemania, a pesar de que había sido invadida por Francia por tercera vez. Monnet tuvo la inteligencia de darse cuenta de que esa situación de ocupación de Alemania podía volver a estimular el sentimiento nacionalista germano si no compartían los recursos de carbón y acero. Entonces no tendrían ese tipo de nacionalismo y, en efecto, eso fue lo que sucedió. Ese nacionalismo alemán que se desarrolló después de la Guerra Fría se identificó a sí mismo con Europa. Un político dijo que una Alemania fuerte tendría que ser europea. En este sentido, lo que tendríamos que estar viendo ahora son líderes que no nieguen el nacionalismo. Todos los países tienen sentimientos nacionales. Los líderes deben canalizar ese nacionalismo en direcciones positivas. Nye ha analizado esta cuestión en su último libro “Do morals matter?”. En él plantea la cuestión de que se puede decir de la idea de Donald Trump de America First. La respuesta es que cada país tiene que decir que sus intereses son lo primero. Macron tiene que decir que Francia primero. La diferencia no es si un líder elegido por la gente antepone los intereses de su país. La cuestión es cómo define esos intereses. Ahí es dónde aparece el componente moral y dónde los grandes líderes dicen que pueden defender los intereses de su nación, pero que tienen que ponerlos en un contexto más amplio que incluye los intereses de otros. En el caso de Estados Unidos después de la Segunda Guerra Mundial, eso significó el Plan Marshall, que fue bueno para los americanos, pero también para los europeos. Volviendo al ejemplo de Jean Monnet, esto significa que hay que darse cuenta de que Monnet, De Gasperi, Schuman, estaban defendiendo los intereses nacionales, pero veían un interés europeo más amplio. Veían que estos intereses antitéticos podían combinarse. Lo que necesitamos ahora son líderes que digan sí, esto es una gran crisis y tenemos que defender los intereses aquellos que nos han elegido, pero la mejor forma de defenderlos no es oponerse a Europa, sino fortaleciéndola, definiendo los intereses nacionales en ese contexto europeo más amplio. Nye no cree que el estado-nación vaya a ser reemplazado en el siglo XXI. El fuerte sentimiento nacional de la gente no va a evaporarse, ni va a disminuir mucho. Pero, probablemente, esta es una forma equivocada de pensar. Más que hablar de reemplazar al estado-nación, deberíamos pensar en cómo incorporarlo en un marco global más amplio que no tenga los límites del pasado. Ha habido momentos en los que el nacionalismo ha apoyado la democracia cuando el nacionalismo es una fuerza positiva. Pero también ha habido otros momentos en los que el nacionalismo ha sido negativo y ha socavado la democracia. El papel clave de los líderes es enmarcar los intereses nacionales en instituciones más amplias, de forma que no sean unos u otros, sino ambos. Steve Bannon, uno de los asesores de Trump, en 2016 habló de la diferencia entre lo que él llamó nacionales americanos reales y los cosmopolitas implacables. De hecho, sin embargo, esos americanos reales son capaces de mantener múltiples lealtades al mismo tiempo. Nos sentimos parte de nuestras familias, de nuestras regiones, de nuestras naciones, de nuestros grupos profesionales o religiosos y eso es así porque somos capaces de mantener múltiples lealtades de forma simultánea. En ese sentido, la cuestión clave para los líderes es definir fuertes adhesiones nacionales, pero como parte de Europa, teniendo en cuenta que Europa es parte de un mundo mucho más amplio. El problema de la actitud de Trump durante esta crisis es que está teniendo un punto de vista muy estrecho de los intereses americanos, retirando a Estados Unidos de la Organización Mundial de la Salud, o dejando de financiarla. Eso es un desastre de respuesta. Tratar de culpar a China de que Estados Unidos tuvo cifras peores al inicio de la crisis no conduce a nada. La cuestión es que líderes adoptarán el estilo Monnet, en vez del que vemos hoy a Trump. Lo que estamos viendo en la crisis del COVID-19 es un gran temor de la gente, que hace que las sociedades se vuelvan introvertidas. Eso es natural, pero no tienen que permanecer mirando solo hacia sí mismas. Trump negó la crisis desde el principio y trató de culpar a los chinos. Xi Jiping también hizo lo mismo: primero negó la realidad y después trató de trasladar las culpas a otros. Pero imaginemos que estos dos líderes se hubiesen acercado a Europa, Japón, Australia y otros países y hubieran abogado conjuntamente por la creación de un fondo de cobertura bajo Naciones Unidas, un fondo masivo que hubiera estado disponible para todos los países pobres. Entonces alguien se preguntaría por qué alguien de estos grandes países estaría de acuerdo con esto. Pues porque sería del interés del país y, al mismo tiempo, sería una cuestión humanitaria. Si el coronavirus no se gestiona de forma adecuada en la mitad pobre del sur del mundo, esa parte se convierte en una reserva de virus que se expandirá estacionalmente hacia el norte año tras año: Pero esto no nos interesa ni a nosotros, ni a ellos. Si en lugar de que los líderes hubieran culpado a otros, se hubieran reunido en el Consejo de Seguridad, o en el G-20, y hubieran prometido grandes fondos para que los países pobres pudieran afrontar el coronavirus, todos estaríamos mucho mejor. Este es un ejemplo de definición del interés nacional con un contenido moral. Es decir, se trata de decirle a la gente que hay una visión más amplia del interés nacional. Henry Kissinger dijo, en un artículo en el Wall Street Journal, que necesitamos un Plan Marshall. Este es un ejemplo de cómo los líderes pueden realizar un cambio en la política internacional. Hemos perdido esa oportunidad, pero si se producen nuevas oleadas de coronavirus, esa oportunidad podría volver. Respecto a las relaciones transatlánticas, Nye indicó que ya había dificultades en la relación entre Estados Unidos y Europa antes de la elección de Trump. Pero es cierto que Trump es el primer presidente desde 1945 que se ha mostrado escéptico de las alianzas y de las instituciones multilaterales. Si es reemplazado en noviembre, eso podría ser el principio de la reparación de esas relaciones. En otro caos, tendremos que navegar por aguas turbulentas. A Nye le gusta la idea de mantener relaciones personales de alto nivel entre Estados Unidos y Europa, personas que no estén vinculadas con una determinada burocracia. En el servicio diplomático europeo hay gente muy capaz, pero esto es un poco distinto cuando se desciende al nivel de la burocracia gubernamental en oposición a las relaciones personales al más alto nivel. Un primer ministro, un canciller, puede transmitir mensajes que no hayan sido necesariamente elaborados por una burocracia. En ese sentido, se podría pensar en complementar el servicio diplomático con representantes de alto nivel. En ese sentido, resultó muy interesante cómo lo hizo Javier Solana, pero eso se debió a su talla personal y fue antes de que hubiera un aparato completo de servicio diplomático europeo. Esto no son cosas antitéticas. Se pueden tener las dos, pero se necesita complementar la una con la otra. Si se contempla el mundo con una visión amplia, China es una potencia en auge. Es la segunda mayor economía del mundo, sin contar a la UE como bloque porque no es una economía nacional. Por otra parte, no hay dos partes del mundo que compartan más valores que Estados Unidos y Europa. China merece crédito por lo que ha conseguido, sacando a cientos de millones de gente de la pobreza. Pero todavía tiene una visión autoritaria a la hora de usar la tecnología para controlar a la gente. Estados Unidos y Europa tienen una visión distinta. De vez en cuando, pueden tener diferencias, pero sus valores básicos tienen mucho en común. El peligro es que China divida, o trate de dividir, a Europa y Estados Unidos mediante incentivos económicos. Los europeos se dan cuenta de que hay valores muy importantes en juego y por eso resulta tan importante mantener una alianza entre Europa y Estados Unidos. No es probable que China sobrepase a Estados Unidos. Si Estados Unidos y Europa se mantienen juntos, el autoritarismo no se impondrá a la democracia. Los europeos, por eso, deben trabajar estrechamente con los estadounidenses. Lo preocupante es la fragmentación o las divisiones en el seno de Europa, como, por ejemplo, el caso del Constitucional alemán frente al Tribunal Europeo de Justicia. Eso es más preocupante que el auge de China. Si europeos y estadounidenses se mantienen juntos, se puede ser optimista respecto al futuro.

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