Libertad, igualdad, debates de nuestro tiempo

Isabel Díaz Ayuso

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Resumen

El 10 de junio de 2021, la Fundación Rafael del Pino organizó el diálogo “Libertad, igualdad, debates de nuestro tiempo” con Daniel Lacalle, economista jefe en Tressis.

Para Lacalle, la inmensa mayoría de los ciudadanos son liberales. Solo se puede convencer a una persona de ser antiliberal desde la política de utilizar los mismos mecanismos que el maltratador. Estos mecanismos son dos: decirle a una persona que no puede y que nadie la va a querer más que él. Todo el mundo está de acuerdo en defender los principios liberales, que son el respeto a la libertad individual, el respeto a los contratos, el imperio de la ley, el respeto a la capacidad de que cada individuo lleve a cabo su proyecto de la manera en que considere mejor porque es quien mejor sabe gestionar los recursos para su bienestar y el de sus seres queridos. Liberalismo es querer para la sociedad, el Estado y el gobierno lo mismo que se quiere para la familia. Se quiere liberta de crecer, de llevar a cabo el proyecto y ser responsable de la gestión de los recursos para que los miembros más desfavorecidos se conviertan en generadores de riqueza y prosperidad que hagan exactamente lo mismo.

El neoliberalismo no existe. Ante las ideas de Hayek y Mises un grupo de gente creó una corriente que intentaba llamar neoliberalismo a la socialdemocracia. Se utilizan esos argumentos peyorativos para dulcificar algo tan atroz como que una persona se declare abiertamente marxista, como Varoufakis, que para defender el marxismo tiene que decir que es bastante liberal. Al socialismo siempre se le compara con sus mejores intenciones y al capitalismo con sus peores resultados. Es la dulcificación de la idea que ha fracasado siempre mientras se critica algo que funciona.

La utilización de adjetivos tiene también un objetivo divisor, que es decir que uno no es suficientemente liberal. Cuanto más divididos estén los liberales, mejor para los anti libertad, que están unidos sin la más mínima duda.

El liberalismo no es solamente libertad de hacer lo que uno considere que quiere hacer. Es, también, responsabilidad y el valor como persona cristiana del libre albedrío, que se nos concede como el bien más precioso que tenemos. Eso es clave para entender que todos somos liberales y la única manera de convencernos es mediante la extorsión y la propaganda.

Solo hay dos sistemas, un sistema de libre mercado o uno de economía dirigida. Históricamente, desde el imperio romano, el dirigismo siempre ha llevado al fracaso. Parte de la base de negar la realidad del ser humano e intenta generar un ser humano distinto y uniforme mediante ingeniería social que actúe de acuerdo a las expectativas de un grupo de intelectuales. La historia económica del mundo, las guerras, todos los episodios devastadores vienen del intervencionismo máximo, como la revolución francesa. Es esencial recordarles eso a los ciudadanos. Cuando los intervencionistas dicen que hay otra forma de hacer las cosas, no están mostrando nada nuevo. Están intentando vender el mismo lobo de siempre con piel de cordero. La competencia, la destrucción creativa, la innovación como un incentivo pesan mucho más. Lo primero que hay que hacer es evitar las decisiones mesiánicas porque con ellas todo el mundo se equivoca. El libre mercado funciona mejor porque es el único sistema que no está basado en un dogma que busca moldear a un ser humano diferente.

El capitalismo, como cualquier sistema económico, nunca va a ser perfecto. Solo Grasmci imagina ese mundo idílico, o Marx, que no trabajó nunca. Cuando alguien tiene la idea de que no va a tener ningún fallo, fracasa. El capitalismo ahora tiene mala prensa porque se da por hecha la prosperidad. También se trata de convencer al ciudadano de que, con la intervención, no va a estar peor que ahora. Eso es un gran error. El estado natural del ser humano no es la riqueza, sino la pobreza más abyecta, la pobreza absoluta, la mortalidad infantil brutal, la destrucción de la economía de las familias por élites extractivas. Lo que hay que hacer es recordarle a la gente que están equivocados cuando piensan que nunca han estado peor, cuando se les dice que la generación actual vive peor que la de sus padres.

Estas apreciaciones resultan de tres errores. El primero es el presentismo, el decir que lo que ocurre ahora es lo más grande de la historia. El segundo es la nostalgia, la idea de que en el pasado se vivía mejor. El tercero es la distopia, la idea de que todo se va al garete, que esto es horroroso. De las estimaciones que hicieron en los años ochenta los grandes expertos del Club de Roma de lo que iba a pasar en el año 2000 no se ha cumplido ninguna. La distopia se vende por gente que se beneficia de que se le entregue la libertad política, gente que no va a ser responsable de sus errores cuando se contraste con la realidad. Es muy importante recordarle a la gente que la prosperidad actual no está garantizada. Eso es lo que ha hecho que haya un movimiento de cambio muy importante, en Holanda, Luxemburgo, Ecuador, que se están moviendo para salirse de la promesa del cielo, que, al final, siempre te ofrece el infierno.

Se puede tener un sistema capitalista en lo económico, que sea antiliberal en otros aspectos. Existen sistemas en África y Oriente Medio que son capitalistas en lo económico y, a la vez, antiliberales y antisociales. Al capitalismo se le critica porque, dicen, genera monopolios. Los monopolios no tienen nada que ver con él; solo pueden existir si los impone el Estado. Lo que no le gusta a mucha gente del capitalismo es la intervención del poder político, con lo que quieren dar más poder a los políticos, pero a otros políticos. Esto es una contradicción. Como se ataca ese dogma es hablando populismos anti libertad, porque se tiende a dulcificar al enemigo.

Lo que llaman justicia social es aleatoriedad política. Hay que dar la batalla de las ideas porque la batalla está ocurriendo, por ejemplo, con la manipulación del lenguaje. Hay que recordarle a la gente que no puede entregar su libertad ante una promesa que, cuando se incumple, el socialismo recurre a tres acciones inmediatas: la represión, la propaganda y más intervención. Hay que luchar contra eso porque todo el mundo está de acuerdo con las ideas fundamentales de los liberales.

La idea de que las cosas tienen que ser cien por cien públicas o cien por cien privadas es una estupidez. Una escuela no es cien por cien pública porque los ordenares, los materiales, la comida son privados. Lo importante no es la titularidad, sino la gestión y el servicio. El problema es que los que quieren que todo sea público tienen que tener en cuenta que los recursos públicos no son infinitos, ni que todo se puede hacer imprimiendo dinero. Los ciudadanos reaccionan inmediatamente a esas cosas. Queremos que el beneficio para la mayoría sea máximo con recursos limitados. Eso solo se puede hacer con la eficiencia, la competitividad y la competencia. La sociedad debe estar basada en el beneficio; el beneficio es la demostración de la sostenibilidad. Una sociedad basada en el beneficio es sostenible, una sociedad basada en pérdidas no lo es.

Una de las cosas de las que nos están intentando convencer es de que el avance de las inversiones sostenibles son cuestiones que nos tratan de imponer desde el poder político, pero lo cierto es que viene desde hace tiempo de los inversores, de los bancos. No hay ninguna inversión a largo plazo que sea rentable socialmente si no lo es económicamente, y no lo será si no es respetuosa con todos los que están a su alrededor. Cuando una empresa de grandes proyectos va a África, construye infraestructuras sociales alrededor de su proyecto. Eso ha existido toda la vida y se impulsa porque los inversores defienden que cada vez sea un factor más importante. Lo que no se puede hacer es pensar en eliminar el ánimo de lucro, porque no hay más factor de sostenibilidad que él, porque significa que vas a tener reservas para invertir en el futuro.

La idea de que las grandes empresas tecnológicas actuales son una novedad que nunca ha existido es falso. Tampoco son inexpugnables ni omnipotentes porque las cosas pueden cambiar en cualquier momento. No hay que armonizar las grandes tecnológicas. Algunas de esas empresas han decidido acercarse a las posiciones más populistas para que les dejen en paz per eso es un error porque no les van a dejar en paz. Eso es un grandísimo error porque los populistas después no lo agradecen. Lo que tienen que defender es la mayor generación de valor para todo el mundo jamás generada en menos tiempo, con los beneficios que conlleva. Es la mayor evidencia de la democratización del acceso a la cultura y al conocimiento. Cuando una aplicación no gusta, puede aparecer otra que la sustituya. La otra parte también es un error, que líderes empresariales digan que no hay que comer carne pensando que, así, se les va a dejar en paz, porque no se les va a dejar.

La igualdad de oportunidades es un pilar fundamental del orden liberal, pero no significa que todo el mundo empiece igual, siga igual y termine igual. No se debe bajar al mínimo común denominador a los que tienen ventajas competitividad simplemente porque lo que se quiere es igualar, por ejemplo, en la educación, porque penaliza a los que tiene mayores capacidades y a los más desfavorecidos. La igualdad de oportunidades no significa que los cimientos de dos casas sean iguales, sino que se tenga la misma capacidad de ponerlos.

La gente tiende a olvidar el valor actual neto de algo que te ofrecen gratis porque, en realidad, es negativo. Se ha prometido algo que no se puede dar y se eliminan las posibilidades de que en el futuro uno pueda valerse por sí mismo. La sociedad siempre ha tenido mecanismos de redistribución. El primero y más importante es el empleo. La desigualdad no solo no es negativa, es positiva, porque la desigualdad mimética es lo que nos hace progresar. Luego hay una desigualdad por intervención, porque el gobierno, al elegir entre ganadores y perdedores, introduce a una persona entre los perdedores por decreto. Contra eso no se puede hacer nada. Todos hemos pasado algún momento en nuestra vida en el que hemos tenido necesidad de una ayuda para poder continuar. Eso es como hay que funcionar, no decir al que va adelantado que pare, ese es el problema. Tenemos que hacer que los mecanismos no sean desincentivos. La renta básica universal es un subterfugio perfecto para eliminar la competencia a las élites, porque los hijos de los perceptores nunca llegarán y los de la élite sí.

Suena muy bien eso de China de sustituir democracia por datos, pero eso es un horror. Quien dice eso nunca ha estado en China, porque China es el capitalismo salvaje para quien está cerca del gobierno, pero no para los demás. Ahora hay una protesta masiva en las universidades porque han bajado su valoración y eso dificulta a los futuros egresados que puedan encontrar un puesto de trabajo. El modelo chino no es replicable. Una economía super dirigida desde el gobierno no es inexpugnable.

La razón por la que hemos vivido la primera pandemia de la historia en la que no ha habido hambruna ni carencia de suministros no es el Estado, sino la capacidad de las empresas de dar respuesta a la situación. El papel del estado no es decidir sino vertebrar. El gobierno no tiene mejor información que el privado y tiene todos los incentivos para malgastar y para intentar mantener lo que existe ahora mismo a costa del futuro. Esa es la razón por la que Europa está perdiendo la batalla tecnológica.

La Fundación Rafael del Pino no se hace responsable de los comentarios, opiniones o manifestaciones realizados por las personas que participan en sus actividades y que son expresadas como resultado de su derecho inalienable a la libertad de expresión y bajo su entera responsabilidad. Los contenidos incluidos en el resumen de esta conferencia, realizado para la Fundación Rafael del Pino por el profesor Emilio González, son resultado de los debates mantenidos en el encuentro realizado al efecto en la Fundación y son responsabilidad de sus autores.

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