¿Qué nos deparará la Revolución Digital?

Carme Artigas, Elena Pisonero, Javier Andrés y Rafael Doménech

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Resumen / Summary (Spanish)

El 10 de noviembre de 2020, la Fundación Rafael del Pino organizó el diálogo entre Carme Artigas, secretaria de Estado de Digitalización e Inteligencia Artificial; Elena Pisonero, presidenta ejecutiva de Taldig y ex presidenta de Hispasat; Javier Andrés, catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universidad de Valencia, y Rafael Doménech, responsable de Análisis Económico de BBVA Research y catedrático de Fundamentos del Análisis Económico de la Universidad de Valencia, con motivo de la presentación del libro “La era de la disrupción digital. Empleo, desigualdad y bienestar social ante las nuevas tecnologías globales”, del que son autores Andrés y Doménech.

Carme Artigas indicó que todas las revoluciones tecnológicas al final generan más empleo del que destruyen, pero la cuestión es cuánto tiempo tiene que pasar para que se produzca ese hecho. Por ello, se necesitan políticas activas de empleo. La velocidad del cambio es mucho más acelerada y la capacidad de la sociedad para absorberlo es la clave del éxito. Muchos trabajos actuales van a desaparecer. Muchas de las capacidades que necesitamos aún no las hemos incorporado a los contenidos educativos, con unos contenidos más basados en habilidades que en descripción. Hay que incluir las competencias digitales a lo largo de todos los niveles educativos, porque los puestos de trabajo que vienen serán de más cualificación. La clave reside en un gran plan nacional de habilidades digitales, con refuerzo de la formación profesional, y en aprovechar la fuerza laboral existente y transformarla. Uno de los riesgos es la brecha de capacidad digital. Nuestro gran reto es dotar al mercado de esas competencias digitales para que no haya ese gap durante mucho tiempo.

Para Elena Pisonero, el foco en la capacitación es fundamental. A lo largo de las revoluciones tecnológicas, la tecnología no ha sido sinónimo de desempleo y todo indica que no lo va a ser ahora. La aceleración de los cambios es exponencial, lo que hace que sea más difícil de gestionar, que sean difíciles de entender y de explicar a los demás. Este es el gran reto al que nos enfrentamos. Pero el cambio tecnológico no va asociado al desempleo, sino al crecimiento económico y al progreso. Todo depende de cómo se gestione, de cómo se utilice la tecnología y de cómo se organice. La otra parte es que la distribución de la renta va en varias etapas. Por eso, hay que centrarse en las fases previas de educación y sanidad y, en una segunda fase, permitir que las organizaciones se adapten a ese entorno cambiante. Lo que está en el corazón del debate es que las organizaciones tradicionales están enfocadas a trabajar en una realidad que ya no existe. Las políticas de mercado no deben ser una traba, sino facilitar la transición para que la gente no quede fuera. Hay que proteger a las personas, no a los puestos de trabajo. Hay que ayudarlas para que sean capaces de funcionar en este entorno de disrupción.

Javier Andrés señaló, al respecto, que los riesgos del cambio tecnológico no minimizan la importancia de sus éxitos. El problema es que hemos educado a las personas para que sean muy especializadas, para hacer una cosa concreta. Ahora estamos volviendo a educar a las personas en conocimientos transversales, porque tendrán que saber gestionar su tiempo, sus finanzas, sus relaciones con la Seguridad Social, … algo muy parecido a la antigua artesanía. Esto es complicado. Ahora sabemos que lo que antes requería una cierta cualificación, ahora puede hacerlo un robot, lo que genera confusión para quien pierde su trabajo y para quien se está formando respecto a en qué formarse. Esa polarización se está notando porque crece el empleo en la parte más cualificada de mano de obra, aunque también en la menos cualificada que requiere trato personal.

Rafael Doménech advirtió que, aunque el balance sea positivo, la tecnología no tiene efectos neutrales sobre el empleo y la desigualdad. Hay cambios muy importantes. Algunas ocupaciones desaparecen, otras se transforman muy radicalmente, lo que tiene efectos sobre los trabajadores, las empresas y el conjunto de la sociedad, aunque el balance sea positivo. Esta disrupción desde hace años está sustituyendo a trabajadores por robots, premia a los trabajadores mejor preparados en detrimento de otros. A pesar de todos estos cambios, el balance hoy por hoy parece positivo y, por tanto, no podemos anticipar un balance negativo que conduzca a una situación de desempleo masivo. Los países que están liderando este cambio son los que tienen tasas de desempleo más bajas y niveles de desigualdad más reducidos. Si esos países tienen niveles de productividad y empleo muy elevados, gracias a las nuevas tecnologías y niveles de desigualdad muy reducidos, los países que aún estamos lejos de esa frontera podemos albergar cierto optimismo de que el paro tecnológico y la desigualdad no son inexorables.

Elena Pisonero añadió que la Administración tiene la obligación de dar ejemplo. En este caso, tiene una capacidad enorme de gestionar el cambio y la sociedad en su conjunto. Es importante hacer una administración verdaderamente digital; la educación también lo es. La Administración puede hacer esto porque tiene la capacidad de movilizar recursos. El esfuerzo debe hacerse desde la colaboración entre lo público y lo privado. Todas las organizaciones deben transformarse. Las empresas deben interiorizar esos modelos y transformarse. Las políticas regulatorias de mercados tienen que facilitar esa transformación en lugar de impedirla. Por ejemplo, tendemos a disparar a las plataformas tecnológicas porque están fuera de lo que estamos acostumbrados a ver. Las empresas se tienen que involucrar en la transición, pero tienen que hacerlo de la mano de la Administración, de una Administración más ágil y capaz de utilizar las tecnologías.

Carme Artigas comentó al respecto que lo primero que debe hacer la Administración es no molestar. Esto revierte en la modernización del país. La tecnología nos propone cambios exponenciales pero las organizaciones solo son capaces de absorber cambios lineales. En la pandemia hemos multiplicado por 500 los trámites online, y se ha hecho con 200.000 funcionarios trabajando desde casa cuando nunca antes habían teletrabajado. La Administración debe ser catalizador y reducir las barreras administrativas. Lo clave en políticas públicas son las políticas de empleo, para ayudar a la economía a transformarse en la economía del dato, a aumentar la empleabilidad, a eliminar las brechas de género. Las pymes son un gran reto en este sentido, pero se puede tener éxito ayudándolas a acceder al mundo digital. La diferencia entre una pyme y una start-up no es el tamaño sino la mentalidad, el liderazgo. La regulación no debe inhibir el desarrollo de sectores, sino garantizar la competencia y los derechos de los consumidores. También necesitamos una fiscalidad más justa y adaptada al siglo XXI. Lo digital es transversal. Eso hace que las industrias verticales desaparezcan. En esa transición hay que acompañar a las empresas del país a esta economía del dato. Lo industrial y lo digital se han fusionado. También debe haber planes digitales territoriales, para que la banda ancha llegue a todos los puntos del territorio, que el 5G llegue a los pueblos. La innovación es una infraestructura de país que hay que desarrollar con políticas de transformación de cadenas de suministro, invertir en lo disruptivo, en plataformas de datos. Todo esto genera un riesgo de ciberseguridad y de ver mermados ciertos derechos de la ciudadanía. Por eso hay que hacer una traslación de derechos del mundo analógico al digital y, además, generar nuevos derechos.

Rafael Doménech añadió que lo que tiene que hacer el sector público es sacar todo el potencial de innovación del sector privado. La educación para asegurar la igualdad de oportunidades, que todo el mundo pueda beneficiarse de las oportunidades de la revolución digital. La carrera laboral va a ser más larga y cambiante, por lo que hay que tener la capacidad de aprender permanente. El mercado de trabajo tiene que ser eficiente y equitativo, por lo que el papel de las políticas activas de empleo es crucial. Para que los beneficios de la disrupción digital lleguen a toda la sociedad necesitamos que los mercados funcionen eficientemente. Haciéndolo bien en todos estos ámbitos, las políticas que conforman el Estado del Bienestar tienen que funcionar también de forma muy eficiente. El capital humano tiene que mejorar para que podamos poner esas tecnologías en favor del mercado de trabajo. Los datos tienen que ayudar a mejorar el Estado del Bienestar, que sea mucho más eficiente.

Javier Andrés destacó que la dificultad es el cambio que está suponiendo la revolución digital en la naturaleza del negocio. Hay un gran coste fijo para generar un algoritmo, pero el coste de reproducción es cero. Esto es la receta para el monopolio. Estos monopolios no están basados en barreras legales o tecnológicas, sino en la superioridad de unas empresas sobre otras. Estamos asistiendo a una polarización en que unas pocas empresas dominan el mercado y junto a ellas hay otras pequeñas que sobreviven como pueden. Por tanto, armar una narrativa de la regulación contra el monopolio va a ser más difícil, porque el poder de mercado ha ido acompañado de un desarrollo tecnológico que nos ha beneficiado mucho. El proceso de transmisión tecnológica a las pymes se está cortando por ese dominio de mercado, lo que puede ser un riesgo para la propia innovación. La nueva regulación que requiere la nueva competencia es dónde estamos un poco en mantillas, en qué hacer para tener lo mejor de los dos mundos.

Elena Pisonero añadió que hay un tema muy importante y es que el sistema de bienestar está basado en un modelo que se está viendo superado por esas nuevas empresas, que, de una manera polarizada y concentrada, son las que están generando el nuevo crecimiento del siglo XXI. Por eso, tenemos que redefinir el Estado del Bienestar sobre unas bases crecientes y no decrecientes. El origen del bienestar procede de gestionar adecuadamente el progreso técnico. Pretender mantenerlo sin alimentar y cuidar lo que genera la base para poder alimentar esa financiación es un sinsentido.

Por lo que se refiere a la crisis del Covid, Carme Artigas dijo que ha acelerado los cambios porque era necesario actuar con rapidez y que la reconstrucción del país debe ser digital. Hemos demostrado que podemos ser ágiles, desarrollar aplicaciones en semanas, habilitar cambios legislativos en muy poco tiempo. Ha de haber un equilibrio entre la garantía de los sistemas que tiene la administración y el uso de los recursos públicos. La Administración tiene que ser más ágil, por ejemplo, en la ejecución del gasto público. No hubiéramos podido hacer nada sin la colaboración público-privada, que debe estar aquí para quedarse. Sin ella, no podremos ejecutar las decisiones necesarias. La otra cosa es que nos faltan datos. Han faltado datos sobre la pandemia que estuvieran disponibles en tiempo real. Disponer de datos es estratégico para poder tomar las decisiones adecuadas. Lo último es que nunca hasta este momento ha habido una colaboración científica internacional sin precedentes.

A nivel global, destacó Elena Pisonero, lo que se plantea es cómo poner el foco en lo importante. Hemos vivido una situación muy difícil en la que se ha puesto de manifiesto nuestra fragilidad. Las tecnologías deben estar al servicio de ese propósito final al servicio de todos. La regulación no puede convertirse en un impedimento para la consecución de ese fin último que es la salud, la calidad de vida de las personas. En EEUU han utilizado la inteligencia artificial para conseguir algo más sofisticado que tener que quedarnos en casa. Si la regulación lo impide, habrá que hacer algo radicalmente diferente, porque en 2050 puede alcanzarse el límite de la sostenibilidad planetaria. Hay que poner la tecnología al servicio de las personas con todas las garantías posibles. Ese es el gran reto que tiene Europa, porque esa es la base de su bienestar sostenible. Lo que cambia la digitalización y la economía del dato es que ya no podemos proyectar el pasado, sino anticipar el futuro. Para eso, todas las organizaciones tendrían que incorporar la inteligencia artificial.

Javier Andrés señaló al respecto que los resultados en el corto plazo en salud, empleo, son muy deprimentes. Pero la economía está dando indicios de por dónde hay que ir, creando nuevos sectores que han demostrado la capacidad de hacerlo mejor en estas situaciones. No solo se está creando empleo en esa dirección, sino que la valoración en bolsa de empresas que demuestran saber actuar en situaciones de este tipo está siendo mejor. Lo que van a preguntar a la gente en las entrevistas de trabajo es si saben manejar un ordenador, no si saben conducir. La digitalización y la transición verde van a ser sectores con un potencial de creación de riqueza y empleo.

Rafael Doménech concluyó que una de las grandes lecciones de esta crisis, es que los países que han sido capaces de utilizar mejor estas nuevas tecnologías, en la sanidad, para sostener la actividad de la economía, del sistema educativo, del bienestar social, son las que se han beneficiado de su uso en la gestión de la pandemia. La crisis del Covid reafirma los grandes mensajes del cambio tecnológico. España necesita reducir esta distancia con los países que ya están en la frontera tecnológica.

La Fundación Rafael del Pino no se hace responsable de los comentarios, opiniones o manifestaciones realizados por las personas que participan en sus actividades y que son expresadas como resultado de su derecho inalienable a la libertad de expresión y bajo su entera responsabilidad. Los contenidos incluidos en el resumen de esta conferencia, realizado para la Fundación Rafael del Pino por el profesor Emilio González, son resultado de los debates mantenidos en el encuentro realizado al efecto en la Fundación y son responsabilidad de sus autores.

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