Un imperio de ingenieros

Felipe Fernández-Armesto, Manuel Lucena y Maite Rico

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Resumen

El 30 de mayo de 2022, la Fundación Rafael del Pino organizó el diálogo “Un imperio de ingenieros: las infraestructuras del imperio español”, en el que participaron Felipe Fernández-Armesto, catedrático de Historia William P. Reynolds en la Universidad de Nôtre Dame, y Manuel Lucena, investigador del Consejo Superior de Investigaciones Científicas de España y profesor asociado del Instituto de Empresa/IE University y ESCP Business School Europe, con motivo de la publicación de su obra “Un imperio de ingenieros. Una historia del imperio español a través de sus infraestructuras”.

Fernández-Armesto inició el acto comentando una carta que había descubierto dirigida a Felipe II, escrita por el alcalde de una fortaleza española en lo que hoy es Irán, un rincón olvidado de la monarquía española. La misiva empieza diciendo que la fortaleza, situada en Ormuz, está hecha de barro y todos los años hay que reedificarla después de la temporada de lluvias. El alcalde tenía bajo su mando a siete portugueses y a cuarenta nativos y no era capaz de cumplir su misión. Le era imposible suministrar armas a su gente. Don Gerónimo, que así se llamaba el alcalde, se refería no a armas de fuego, sino a flechas, a pesar de que estaban en la década de los 80 del siglo XVI. Por último, el problema mayor que planteaba al rey era la necesidad de suministrar a su gente suficientes cantidades de opio, con el fin de que pudieran afrontar su difícil tarea.

Ese es el problema de todos los imperios preindustriales. Los imperios no eran estados poderosos, sino débiles. Cuanto mayores eran sus fronteras, más débiles eran los imperios. Uno de los métodos clave para sobrevivir era invertir en las infraestructuras para facilitar el desarrollo de nuevas iniciativas económicas y de la riqueza de los ciudadanos. Para ello, los españoles no tenían más modelo que el imperio romano. Los demás imperios imitaron al español. Las infraestructuras, por tanto, son fundamentales para entender esos imperios.

Desde esta perspectiva, Lucena comenta que hay muchos que explican cómo empiezan y terminan los imperios, pero nadie explica porqué duran, que es algo que trata de hacer el libro. Por ello, el primer capítulo tiene que ver con un hecho irónico y es que una vez que los españoles han llegado a América, tienen que pensar en cómo regresar a España y para ello hay que navegar. Una vez que se han establecido, hay que circular por el territorio, a través de caminos y de vías acuáticas interiores. Éstas últimas fueron fundamentales en América debido a los grandes ríos que hay allí. Luego hay que defender las fronteras, para lo que se necesita construir fortalezas. También hay que crear riqueza, para lo cual se precisan puertos estructurados de concesión marítima. Igualmente, hay que producir y hay que curarse, puesto que los españoles, al llegar a América, enfermaban, así es que se necesitaban hospitales. Después está la expansión religiosa, a través de las misiones, en lugares en los que nadie más quería estar. Por último, hay que nacionalizar el imperio porque hay imperio antes que nación.

En 1897, un año antes de la pérdida de Filipinas, se puso en marcha el último plan de carreteras de los españoles allí. El 3 de septiembre de 1898, dos ingenieros de caminos españoles fueron capturados por los tágalos porque estaban allí haciendo su trabajo. Cuando los Estados Unidos llegaron, descubrieron que ya había mil y pico de kilómetros de vías de alta calidad y se limitaron a ejecutar lo que los españoles ya habían planeado. Los tágalos, cuando se dieron cuenta que los dos ingenieros eran gente importante, los liberaron y estos pudieron volver a casa. Todo eso fue una larga secuencia de globalización fundamentada en el imperio español.

Se suele pensar que hay una cultura científica y otra humanística. Eso ha condicionado una cierta visión de la historia de la tecnología. Luego hay un mito del excepcionalismo español desvinculado de las tareas serias del progreso. El debate sobre la ciencia española en los siglos XIX y XX todavía tiene que ver con la negación de esa capacidad científica.

En este sentido, Fernández-Armesto destacó que España tiene un pasado honorífico en términos de investigación científica. La monarquía invertía mucho más en investigación e infraestructuras que cualquier otra monarquía europea. El imperio abarcaba una variedad impresionante de entornos y culturas en los que no se podía imponer una voluntad metropolitana con los recursos de entonces, sino que había que buscar la colaboración con las élites indígenas.

Por ello, indica Lucena, en la política de infraestructuras hay una decisión deliberada. Hay un cambio social que se genera a partir de la creación de infraestructuras, de una arquitectura mestiza para que haya una presencia permanente y para que haya instituciones. También hay obra pública para la integración social. Detrás de ello, hay un sistema de meritocracia.

En consecuencia, explica Fernández-Armesto, en el siglo XVIII se profesionaliza el proceso de construcción de infraestructuras. En los siglos XVI y XVII las construyen los frailes y los soldados. En el siglo XVIII vemos un aumento enorme en el número de ingenieros formados profesionalmente, especialmente con Carlos III.

Lucena añade que Felipe II daba tanta importancia al imperio que envió a su médico personal a buscar plantas y medicinas, a conversar con los sabios nativos. En esto, Felipe II es de una modernidad apabullante. En su angustia por contar con buenas infraestructuras llegó a que en el norte de Italia había una tradición de ingenieros. Alguien le cuenta que un tal Locatelli era un gran ingeniero. El problema para contratarlo era que se trataba de un salteador de caminos, a lo que Felipe II respondió que aquellos eran pecados de juventud y que lo que interesaba es que se trataba de un buen ingeniero.

Además, indica Fernández-Armesto, había cierta competencia entre las autoridades religiosas y las autoridades seculares. En Quito y Bolivia hay iglesias inmensas, como catedrales, que las poblaciones locales eran incapaces de llenar. Pero las construían así para que las autoridades religiosas no tuvieran que entregar a los indígenas a las autoridades seculares con la excusa de que hacían falta para esos inmensos proyectos patrocinados por los frailes.

El imperio español, añade Lucena, fue un imperio de ciudades. Los cabildos de las ciudades eran quienes se ocupaban de la construcción de infraestructuras. La ciudad de planta reticular era la ciudad moderna, saneada, en la que corría el viento. La ciudad es la tradición de la reconquista trasladada a América.

El Canal de Panamá, sigue Fernández-Armesto, fue otro de esos proyectos que se discutían durante siglos sin poder realizarlos. Si las condiciones hubieran sido un poco diferentes, también se podría haber construido. De hecho, recuerda Lucena, el debate en el siglo XVI era si hacer el canal por Panamá o por Nicaragua. En el siglo XVI también está el Canal del Dique, que salía al sur de la bahía de Cartagena de Indias. Es la historia de la intervención masiva.

Por ello, comenta Fernández-Armesto, hay que enfatizar el papel de la imaginación para dominar un entorno físico con montañas tan altas, selvas, ríos enormes. Hay que pensar lo que era encontrarse en medio de todo eso en el siglo XVI y reconfigurar aquellos paisajes. Es un triunfo de la imaginación.

Esa capacidad de imaginación y esa flexibilidad, concluye Lucena, opera en un contexto en el que hay que llevarse bien con las comunidades de indígenas, hay que traer materias primas, hay que saber qué lenguaje se va a hablar.

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