Un proyecto para España

Eduardo Serra, Ana Palacio, Javier Gomá, Joaquín Leguina y Javier Ruiz

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Resumen

El 30 de octubre de 2019 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino el diálogo titulado “Un proyecto para España”, en el que participaron Ana Palacio, ex ministra de Asuntos Exteriores; Javier Gomá, director de la Fundación Juan March, y Joaquín Leguina, ex presidente de la Comunidad de Madrid. El primero en intervenir fue Javier Gomá, quien indicó que, si tenemos que preguntar por la esencia de lo español, tendremos que acudir a la historia de España. En su opinión, para poder responder, tenemos que recuperar la capacidad de asombro sobre los logros históricos españoles. Entre ellos, Gomá destacaría la Transición, que la describió como una revolución que tuvo lugar entre 1975 y 1978. Esa revolución implicó un desplazamiento súbito de la soberanía desde el jefe del Estado al pueblo. La Transición es una revolución que mejora revoluciones anteriores, como la inglesa, la americana, la francesa o la rusa. Las mejora porque la Transición española se hizo a través de la ley, no mediante la violencia como en los otros casos. De esta forma, España dio un ejemplo, tardío pero excelente, de una revolución pacífica que significo la mayoría de edad de España como país moderno. Gracias a la Transición, en España se vive mejor que nunca. En paralelo al progreso económico se produjo un progreso moral. Por tal se entiende la sustitución de la ley de la naturaleza, que es la ley del más fuerte, por la ley del amor, que es la ley del más débil. Esto nos hace vivir una vida mejor y más digna de ser vivida. La paradoja reside en que, aunque vivimos en el mejor momento de la historia, se extiende una sensación de tristeza, descontento, indignación, cólera. Esto se debe a que, en la medida en que nuestro sentimiento de la dignidad es cada vez más importante, mayor es el número de cosas que consideramos inaceptables. Por último, está el problema del cortoplacismo. A los políticos les preocupa el plazo parlamentario de cuatro años y a las empresas el balance anual. Por tanto, ¿quién se hace cargo del largo plazo? Es aquí cuando aparece la importancia de contar con una ciudadanía ilustrada. Una sociedad que descansa en una ciudadanía que no ha sido educada bien, no es sostenible, por mucho que tenga buenas leyes. Si las leyes y las instituciones no descansan en una sociedad ilustrada, todo es inútil. Una ciudadanía ilustrada es, por encima de todo, una sociedad que es consciente de su dignidad, que hace de su ciudadano ilustrado un buen votante que distingue entre buenos y malos partidos políticos, que discrimina entre las empresas que tienen buenas prácticas y las que no, que diferencia entre medios de comunicación que ayudan a formar la opinión pública de aquellos otros que tratan de manipular la verdad. A continuación, intervino Joaquín Leguina, ex presidente de la Comunidad de Madrid, quien dijo que los currículums de los actuales diputados no le llegan a la suela de los zapatos a los de los diputados de la Transición. Para arreglar eso, los partidos se inventaron las primarias, que son un fraude total, porque quienes participan en ellas no representan al electorado del partido, sino a la facción más sectaria del mismo. Además, una vez que es elegido el líder en un plebiscito, éste se adueña del partido y elimina a los que no están con él. Los líderes políticos españoles, además, se miran más el ombligo que a la sociedad. No son capaces de ponerse de acuerdo. Son unos incompetentes incapaces de formar un gobierno porque anteponen los intereses personales a los de la sociedad. Esto se arreglaría con una ley de partidos de verdad, porque los partidos carecen de obligaciones. Además, una persona no puede ser representante de la ciudadanía si no ha trabajado en su vida. Sin embargo, el porcentaje de representantes que nunca ha trabajado va creciendo inexorablemente y, a este paso, va a llegar al cien por cien. Esto no puede ser. Por ello, hay que exigir reglas dentro de los partidos, que han de ser democráticos en su funcionamiento y su composición, porque el sistema asambleario, plebiscitario no tiene que ver con la democracia. La última en intervenir fue Ana Palacio, ex ministra de Asuntos Exteriores. A su juicio, no somos conscientes del privilegio que supone ser español. También denuncio que hoy, en España, tenemos una relación entre los ciudadanos y los poderes públicos que se asemeja cada vez más a la relación consumidor proveedor de servicios. La Transición, dijo, fue un éxito mayúsculo y en la reconciliación se vio el papel de las élites. Había una conciencia tácita. Los españoles, además, queríamos ser como el resto de los europeos, no ser diferentes de ellos. Eso implicaba estar en dónde siempre hemos pertenecido, pero con una democracia, porque España era ontológicamente Europa y había contribuido a configurarla desde los romanos. Aún así, los españoles necesitamos vernos en el espejo de los extranjeros. Esto forma parte de la peculiaridad de ser español. Los tres ejes que han definido España son nuestro anclaje en la cuenca mediterránea, nuestro ser europeo y la vocación ultramarina, que es lo que define al genio español. Eso hay que tenerlo en cuenta en un proyecto para España. Ese proyecto se imbrica en un mundo que está en mutación. En estos momentos no está claro qué va a deparar esa mutación. Por tanto, no podemos buscar el crear cualquier proyecto sin tener en cuenta ese mudo que está cambiando. En ese contexto, el descontento es nostalgia. Por lo que se refiere a Europa, estamos en un momento en que la construcción europea no proyecta, no prende. Estamos en un momento intergubernamental en el que lo que está primando son los intereses nacionales. Por eso hay que jugar el anclaje mediterráneo, por ejemplo, con África donde podemos tener un papel fundamental. España tiene que jugar sus cartas según los intereses de España sin perder de vista que España es muy pro europea. Respecto a los españoles, Ana Palacio se muestra optimista porque se conservan esas redes primarias de relación que nos han permitido atravesar la crisis mucho mejor que otros. Redes como la familia o las relaciones de vecindario. No somos ingleses ni franceses, ni lo vamos a ser nunca. Lo que necesitamos es proyectar autoestima, pero tenemos mimbres para hacer ese proyecto de país, que tiene que ir vinculado a los jóvenes. Pero hay que tener en cuenta que un proyecto no va a ser nunca atractivo para el cien por cien de la sociedad. Lo que tiene que ser es atractivo para una mayoría.

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