4. Nuevas tecnologías de diagnóstico: biosensores, wearables e implantables

Los biosensores para el diagnóstico de enfermedades buscan detectar y monitorizar los cambios en estos factores, pero todavía deben superar diferentes desafíos.

La tecnología wearable o vestible cada vez forma parte de la vestimenta diaria. Desde las pulseras inteligentes, que prácticamente han redefinido el nombre del reloj, hasta anillos, pieles electrónicas, biosensores y la tecnología implantable, estos dispositivos son los nuevos compañeros invisibles de nuestra vida. Todos esos dispositivos son más que un simple accesorio, tienen la misión de susurrarnos en todo momento cómo nos encontramos. Los wearables son capaces de detectar nuestra posición y movimiento, de medir la salud cardiovascular, e incluso algunos pueden analizar nuestro estado de ánimo y estrés a través del sudor. Por ello, su integración en el día a día ha tenido un enorme impacto en el ámbito de la salud. Gracias a los wearables, cualquier persona puede monitorizar y comprender en todo momento su bienestar. Es decir, han democratizado el acceso a los datos de salud y, con ello están fomentando una cultura de prevención y autocuidado.

Además, medir de forma constante los parámetros de la salud supone otra ventaja, ya que cuanto mayor es el número de datos que se tienen en una situación normal, más sencillo es detectar alteraciones que puedan suponer un riesgo. De este modo, la recopilación masiva de información, junto con los avances en inteligencia artificial, han resultado en el desarrollo de algoritmos capaces de interpretar la ingente cantidad de datos y predecir situaciones que puedan poner en peligro a las personas, como caídas o alteraciones cardiacas.

Es por esto que una buena implementación de la tecnología wearable tiene el potencial de revolucionar el sistema de salud. Sin embargo, su ubicuidad también plantea retos éticos y de privacidad que deben situarse en el centro de las futuras investigaciones, dado que la gestión responsable de los datos que generan es fundamental para garantizar la confianza y la seguridad de las personas usuarias.

POR DENTRO. Monitorizar la salud con dispositivos de consumo y nanotecnología

En todos los armarios hay zapatos, camisas, faldas y pantalones. Piezas de vestir con las que salir a la calle, que transmiten nuestra personalidad, o que muestran (o no) nuestra afinidad con la moda actual. Pero en esta última década ya no sólo llevamos ropa encima. Las tecnologías vestibles o wearables han ganado una enorme popularidad, ya que nos ofrecen, además de una nueva prenda con la que mostrar al mundo quiénes somos, el control sobre datos que produce nuestro cuerpo. Los wearables recogen en su interior décadas de investigación y avances científicos que les permiten, desde triangular nuestra posición, hasta medir el latido de nuestro corazón. Estos parámetros, sumados a un teléfono móvil presente en el bolso o bolsillo de casi cualquier persona, permiten mantener una monitorización constante de nuestra salud. Datos que, analizados correctamente, pueden detectar a tiempo y avisar de forma autónoma en el caso de que una persona sufra una caída, vaya a tener un infarto o tenga los niveles de glucosa bajo mínimos. En definitiva, estos nuevos accesorios y prendas de ropa no sólo son pura estética, sino que la aúnan funcionalidades muy interesantes.

Echando la vista atrás, el reloj, tanto en su versión de bolsillo (de alrededor del siglo XV), como de pulsera (atribuido al virtuoso relojero Abraham-Louis Breguet para Caroline Murat, la hermana menor de Napoleón Bonaparte en 1812[i]), podría considerarse unas de las primeras formas de tecnología vestible. Los relojes hacían bien su función e informaban a su usuario de la hora siempre que lo quisiera, sin tener que acudir a una estancia con un reloj de pie o, en caso de que se encontraran a la intemperie, sin depender de otras formas más rudimentarias y menos precisas de medición del tiempo.

Aunque importantes para la época, este avance nos puede saber a poco en la actualidad y, por ello, para ver una evolución significativa en la tecnología, hemos de avanzar hasta principios del siglo XXI, cuando se produjo una fantástica combinación entre la miniaturización de los ordenadores y un entusiasmo generalizado por lo relacionado con la tecnología. Era la época de la popularización de los teléfonos móviles, el inicio de ordenadores portátiles personales y de un internet que expandía constantemente sus raíces. Los ordenadores salieron de su estancia habitual, los despachos, para lanzarse al mundo y, con la era digital, comenzó la computación ubicua. Siempre habría un ordenador listo para recopilar y analizar datos cerca del usuario. Con este cambio en la realidad cotidiana, también aparecieron nuevas oportunidades y posibilidades para las empresas que supieron ver el enorme potencial.

El desarrollo de sensores miniaturizados, baterías de larga duración y sistemas de comunicación inalámbrica han logrado crear una comunión entre los dispositivos inteligentes y el cuerpo humano. Una comunión que está revolucionando el bienestar personal y la sanidad, y permite a atletas de élite y a profesionales de distintos sectores alcanzar su máximo potencial. En la actualidad, nos encontramos en un entorno en el que la tecnología se vuelve una extensión de la persona, una era de los datos que define la sociedad contemporánea.

En la actualidad la variedad de tecnologías vestibles sigue en aumento. Las más comunes son aquellas accesorias, como pulseras o anillos que han popularizado los gigantes de la tecnología. Estos wearables también actúan como complementos y están sujetos a modas o trends. Tienen, por lo general, un número elevado de funciones y, generalmente, sacrifican la precisión en sus funcionalidades por este motivo. Excepto en casos contados, no se trata de dispositivos con grado médico, pero sí que ayudan a dar una idea del estado de salud global, o de si se está cumpliendo un plan de deporte determinado.

En el caso concreto de la práctica de deporte, el uso de bandas, parches y camisetas inteligentes cada día es más común. Ofrecen una doble función: por un lado, ayudan a adecuar el entrenamiento de un deportista a su estado en tiempo real; y, por otro, permiten detectar irregularidades en el funcionamiento del cuerpo derivadas del exigente trabajo físico que ha de soportar. De este modo, tanto los deportistas como sus entrenadores pueden saber a ciencia cierta que están aprovechando al máximo las capacidades del atleta.

Por último, también se encuentran los biosensores portátiles o implantables. Estos suelen estar más especializados en realizar una tarea concreta, como medir la glucosa en sangre. Los usuarios los pueden llevar por tener una condición médica conocida, como la diabetes. Tanto los sensores como los dispositivos son distintos según el parámetro que tengan de detectar y la función que deban cumplir[ii].

Para comunicarse con el dispositivo receptor, que analizará los datos, los wearables utilizan emisores bluetooth, ciertas radiofrecuencias, o la tecnología NFC, similar a la que emplean las tarjetas contactless. De este modo, no necesitan almacenar y analizar la información que recogen, sino que el esfuerzo computacional recae sobre el dispositivo móvil, la tablet o el ordenador más cercano. En la actualidad, esta información normalmente se envía a la nube a través de internet, donde es analizada en los servidores centrales de cada compañía.

Se trata de los dispositivos más comunes y han ido ocupando paulatinamente el espacio de los relojes de muñeca de antaño por su diseño y su versatilidad. Además de ofrecer la hora, muchos de estos relojes inteligentes incluyen una tecnología óptica denominada fotopletismografía que permite detectar la cantidad de sangre que fluye bajo la piel. El mecanismo tras esta técnica es sencillo, pero a su vez muy ingenioso. Las personas más curiosas habrán notado que, cuando el reloj comienza a medir la frecuencia cardíaca enciende una luz verde dirigida hacia la piel. Esta luz incide en una región del dorso de la mano denominada anastomosis radiocarpiana dorsal, que une los vasos sanguíneos de la arteria radial y la arteria interósea dorsal. El gran número de conductos se traduce en un gran volumen de sangre recorriendo la zona y, por tanto, una oportunidad para medir parámetros relacionados con la salud, como la frecuencia del latido cardíaco o la cantidad de oxígeno en sangre.

Esta tecnología es posible porque la sangre es de color rojo, porque absorbe todas las longitudes de onda de la luz menos la roja. Por tanto, si enfocamos hacia la sangre una luz verde, la absorberá y, a mayor cantidad de sangre, mayor absorción de luz verde. Acompañando a los LEDs, unos fotodiodos son capaces de detectar la cantidad de luz que vuelve al reloj y, con ello, el volumen de sangre que hay en ese momento bajo la piel. La luz, que parpadea cientos de veces por segundo, realiza cientos de mediciones y, con ello revela las sutiles variaciones que se producen durante el latido del corazón y consiguen mostrarlo, en directo, en la pantalla. Para la concentración de oxígeno en la sangre, la fotopletismografía también detecta variaciones en la intensidad del color de la sangre. La sangre tiende a tener un color rojo más intenso en función de su nivel de oxigenación[iii].

Además de estos sensores, algunos smartwatches de empresas conocidas también incluyen electrodos capaces de realizar un electrocardiograma. Estos sensores están aprobados por la FDA, por lo que tienen validez médica, y son muy útiles para llevar un control en personas con antecedentes cardiacos. Pueden detectar irregularidades en el latido (fibrilación auricular) o incluso situaciones previas a un infarto. No son tan sensibles como los electrocardiogramas convencionales, puesto que estos últimos realizan mediciones simultáneas de 12 o más áreas del corazón y el reloj sólo analiza una. Pero los ensayos clínicos que realizaron ambas compañías dieron unos resultados muy similares a los sanitarios. La ventaja es que este dispositivo lo podemos llevar encima cómodamente y no requiere electrodos.

Por último, los relojes inteligentes también incluyen otras funciones como el podómetro, termómetro y un registro de posición GPS y movimiento. Algunos de ellos tienen esta tecnología incorporada en la propia pulsera, mientras que otros delegan la función al teléfono móvil. Con todos estos datos, más los de la sangre, pueden hacer estimaciones acerca de la cantidad de los pasos y distancia recorrida, el nivel de estrés, las calorías quemadas, la calidad del sueño, o detectar caídas y avisar al sistema sanitario. La fiabilidad de los datos depende, en gran medida, de lo afinado que esté el software de análisis y de los algoritmos propios de cada aplicación utilizada para el dispositivo.

En la misma línea que los relojes y pulseras, los anillos inteligentes ofrecen una versión miniaturizada con prácticamente la misma funcionalidad. En este caso, el anillo únicamente contiene los detectores y un sistema bluetooth para comunicarse con el dispositivo móvil, que es el que aporta toda la capacidad de computación para analizar los datos de los detectores. Una de las mayores diferencias es que los anillos no tienen pantalla y, por tanto, dependen completamente del teléfono móvil. También ofrecen, de forma limitada, las mismas funciones que las pulseras, aunque su diseño minimalista puede atraer a más personas a la tecnología wearable, ya que al usuario puede resultarle más cómodo depender de un anillo que de una pulsera o reloj.

Recientemente, debido a la cantidad de datos que manejan estas tecnologías, varias empresas están empleando machine learning y otros tipos de inteligencia artificial para poder ordenar y dar sentido a la información, o para mejorar la experiencia de usuario. De este modo, pueden ofrecer recomendaciones personalizadas tanto en materia de salud, como de estilo de vida, y comunicarlas con un lenguaje natural. La implementación de la IA es, todavía, parcial y ofrece un mundo de oportunidades para que se puedan obtener todavía más utilidades a partir de los sensores.

La Universidad de Washington St. Louise y la de Texas ofrecen, respectivamente una ventana a este mundo, ya que, en la actualidad, están llevando a cabo dos proyectos que podrían beneficiar a miles de personas. En la primera, un equipo que aúna ingeniería, ciencia de datos y ginecología está creando un sistema para averiguar el riesgo existente de que se adelante un embarazo a partir de cambios en los patrones del sueño de la futura madre[iv]. En Texas, en cambio, utilizan estos mismos datos para advertir de las sutiles diferencias entre una persona enferma que todavía no ha empezado a mostrar síntomas. De este modo, podrían prevenir de forma más eficaz la posible transmisión de epidemias[v]. Se trata de dos claros ejemplos de la unión entre IA y los datos de los dispositivos wearables, y no son los únicos. Otras universidades también están encontrando correlaciones entre sutiles cambios de la postura y el ritmo de caminar con enfermedades neurodegenerativas como alzhéimer o párkinson[vi], ofreciendo así un posible diagnóstico y tratamiento temprano.

Ahora bien, con estos sistemas también existe cierto riesgo, porque en ocasiones puede ser complejo diferenciar entre un usuario sufriendo una crisis o un usuario que está en su estado normal. Debido al potencial de falsos positivos de los wearables sin grado médico, los hospitales pueden malgastar recursos médicos en atender falsas emergencias. Los datos recogidos por estos dispositivos son altamente sensibles, ya que recogen información médica importante, así que es vital que estén adecuadamente cifrados y anonimizados para que no acaben expuestos y vendidos en portales.

Además de los wearables más populares, también ha llegado recientemente al mercado todo un mundo de dispositivos electrónicos centrados en la monitorización constante de datos médicos. Estos dispositivos, pensados para pacientes que requieren monitorización durante un período de tiempo o para personas con enfermedades crónicas, han de cumplir tres condiciones: comodidad y discreción para el usuario, y precisión en la toma de datos para el personal sanitario. El Gráfico 1 repasa las principales propiedades que se buscan en los materiales con los que se fabrican y el Gráfico 2 recopila algunos ejemplos de biosensores en medicina. La opción más común son los parches, que adhieren los sensores a la piel y proporcionan datos en tiempo real sobre ciertos parámetros útiles, como los ya mencionados. También se están desarrollando sistemas más avanzados, como las pieles o tatuajes electrónicos, en los que los sensores flexibles pueden adaptarse mejor a las imperfecciones del cuerpo humano y cubrir áreas en las que se generan grandes tensiones, como las articulaciones.

Hasta ahora, hemos tratado métodos de detección ópticos (como la fotopletismografía) o mecánicos (como los sensores de movimiento), pero muchos de los dispositivos centrados en salud se basan en el análisis de biomarcadores, es decir, análisis químicos o biológicos de sustancias que expulsa el cuerpo. Entre ellos destaca el análisis de los solutos presentes en el sudor ya que este contiene metabolitos, como lactato o urea, y minerales, que proporcionan una visión no invasiva del estado de salud fisiológico del cuerpo[vii]. No obstante, todavía existe una gran incertidumbre para el análisis de datos, ya que la composición y cantidad de sudor dependen de un gran número de variables y, por tanto, es posible que la información analizada no sea concluyente. Por ello, los expertos todavía piden prudencia a la hora de tratar de obtener datos deportivos o médicos a partir de este fluido.

Entre las posibles soluciones a estos problemas destacan la creación de sensores que son capaces de medir de forma simultánea los solutos del sudor y otros parámetros físicos, como la impedancia de la piel. También se está investigando el uso de la microfluídica para monitorizar varios marcadores presentes en la sudoración a tiempo real, mientras se recoge fluido de forma rápida y continua. De este modo, se sortearían los problemas de imprecisión y la fiabilidad que ocurren en los métodos tradicionales.

Los biosensores no sólo pueden medir sustancias o los parámetros físicos, sino que también pueden recoger datos de la propia composición de la piel. Recientemente se ha demostrado que un biosensor tipo venda puede detectar la tirosinasa, una enzima necesaria para la producción del pigmento melatonina en la superficie de la piel. Para ello, se detecta el producto de la reacción enzimática, la benzoquinona, con el que es posible averiguar la actividad de la reacción[viii]. Este tipo de sensor puede ser muy útil para distinguir los primeros estadios de un melanoma, ya que, en ese caso, se produce un gran aumento de dicha actividad enzimática. En este (y prácticamente en cualquier) tipo de cáncer, la detección temprana es vital para que los tratamientos sean efectivos, por ello, poder monitorizar de forma constante una zona sospechosa podría ayudar en el tratamiento y la recuperación del paciente.

Además de los parches, los textiles inteligentes también se erigen como una de las plataformas más prometedoras en el ámbito deportivo y de la salud. Debido a sus métodos de fabricación adaptables y su amplio potencial de aplicación se trata de dispositivos con una gran flexibilidad tanto en sus propiedades como en su diseño. En los textiles inteligentes, las propias fibras pueden incluir dispositivos electrónicos y circuitos integrados que detecten parámetros médicos en todo el organismo, para así medir desde la temperatura en distintas zonas del cuerpo, hasta hormonas, como el cortisol[ix].

Otro tipo de tecnología son los wearables implantables, que son aquellos dispositivos que se introducen en el interior del organismo. Requieren de una intervención quirúrgica mayor y son, en la actualidad, un último recurso para tratar una dolencia o una enfermedad. Un claro ejemplo son los marcapasos, con millones de usuarios en todo el mundo y que se encargan de controlar el ritmo cardiaco. En la actualidad, también se están desarrollando implantes neuronales, que detectan las corrientes cerebrales y, mediante una interfaz cerebro-ordenador, conectan el mundo biológico y el computacional. De este modo, se ha logrado que personas que habían perdido una extremidad, recuperen parte de su funcionalidad, o personas que habían perdido la voz debido a la ELA, puedan volver a comunicarse con el mundo exterior.

Es el caso de Casey Harrel, que perdió la capacidad del habla por culpa de la ELA con 42 años. Según dijo en una entrevista al portal de noticias de la UC Davis, no poder comunicarse era frustrante y desmoralizador. «Es como estar atrapado», sentenciaba. Por ello se apuntó a un estudio pionero para probar un neuroimplante capaz de transformar sus pensamientos en palabras[x]. De forma similar, describía su experiencia Noland Arbaugh, que quedó completamente paralizado tras un problema en una inmersión. Arbaugh fue la primera persona en recibir un implante neural de Neuralink, la empresa de transhumanista fundada por Elon Musk. Ambos, en la actualidad, pueden comunicarse a través de la interfaz cerebro computador. Lamentablemente, en el caso de Arbaugh una serie de problemas relacionados con la cicatrización del tejido cerebral alrededor del implante han puesto en riesgo el sistema, y puede que sea necesario repetir la cirugía en los meses venideros.

Estas tecnologías han de enfrentarse a grandes obstáculos, ya que, por un lado, los materiales han de ser resistentes y biocompatibles para adherirse al tejido sin provocar daños. Pero a su vez han de evitar el biofouling, es decir, la adhesión de proteínas a los sensores que puedan bloquear las señales (como está sucediendo en el caso de Neuralink). Además, los problemas no son sólo técnicos, sino que también plantean interrogantes éticos acerca del tratamiento de los datos facilitados por el dispositivo.

El futuro de la monitorización personal, en definitiva, parece avanzar hacia una integración cada vez mayor de la tecnología en la vida cotidiana. Las pulseras, anillos, y dispositivos más especializados están adentrándose en el sistema sanitario y ofreciendo a sus usuarios una visión novedosa acerca de su estado de salud. De forma paralela, la colaboración entre ingenierías y ciencias biomédicas es una tierra fértil para la aparición de nuevas tecnologías y la mejora de las existentes. Dichos avances auguran un futuro prometedor en la detección de enfermedades, la medicina personalizada y, en definitiva, la mejora de la calidad de vida.

EN ACCIÓN. Colaboración a gran escala para impulsar los biosensores

Las interacciones entre todos los sistemas fisiológicos, en particular entre el sistema neuroendocrino y el hipotálamo, controlan variables fisiológicas como el crecimiento y el desarrollo, las vitaminas, la termorregulación, el equilibrio energético, la oxigenación, la desintoxicación, el equilibrio ácido-base y la osmorregulación. Los biosensores para el diagnóstico de enfermedades[xi] buscan detectar y monitorizar los cambios en estos factores, pero todavía deben superar diferentes desafíos. En Estados Unidos, la FDA (Administración de Alimentos y Medicamentos) sólo había autorizado 96 dispositivos con sensores totalmente implantables entre 1982 y 2023[xii]. El Parlamento Europeo ha abordado las medidas posibles para mejorar la vida de las hasta 36 millones de personas de la UE viven con una enfermedad rara, según la Agencia Europea de Medicamentos. En más del 90% de los casos, carecen de suficientes herramientas de diagnóstico y tratamiento, por el alto coste de la investigación y el desarrollo (I+D) y la baja tasa de éxito, que crea fallos de mercado conocidos como “necesidades médicas insatisfechas”[xiii].

La mayoría de los sistemas de monitorización de las constantes vitales existentes en todo el mundo solo proporcionan información global y no consiguen monitorizar tejidos profundos ni trabajar en tiempo real. Asimismo, no es fácil obtener una cantidad suficiente de objetivos de prueba y la contaminación del entorno puede afectar los resultados, de modo que resulta imprescindible estudiar las correlaciones entre las pruebas y los objetivos de detección buscados.

Su papel puede resultar clave, no obstante, en el seguimiento y tratamiento de enfermedades con impacto crítico en el bienestar de la población. Alrededor de 1,5 millones de personas mueren cada año directamente a causa de la diabetes, la mitad de ellas antes de cumplir los 70 años. Dicha dolencia provoca también complicaciones como enfermedades renales y cardiovasculares e hipoglucemia, que pueden producir daño cerebral y cardiaco agudo. La enfermedad renal crónica (ERC) se ha identificado como una enfermedad epidémica mundial en las últimas tres décadas[xiv]. Alcanza a más de 800 millones de personas, aproximadamente al 10% de la población mundial, y en 2040 podría haber pasado de ser la decimosexta causa principal de muerte a la quinta.

Las enfermedades cardiovasculares, siguen siendo la principal causa de mortalidad a nivel mundial, en el 85% de las ocasiones por accidentes cerebrovasculares y ataques cardíacos[xv], y la hipertensión afecta aproximadamente al 30%-45% de la población adulta mundial, según la OMS. Los tratamientos actuales, en el primer caso, siguen basándose en stents vasculares e injertos implantables sintéticos para tratar los vasos sanguíneos cuando se bloquean. Los beneficios económicos pueden ser enormes si se encuentran soluciones alternativas, porque el mercado de stents se estima en 12.730 millones de dólares y el de injertos en 5.400 millones[xvi].

La carrera de la innovación propone, como vía alternativa, en ambos casos, la introducción de biosensores para la monitorización vascular en tiempo real, capaces de simular las funciones de un electrocardiograma en el propio hogar[xvii]. No hay que olvidar que, gracias a los avances en microfabricación, por ejemplo, un marcapasos moderno puede medir tan solo 2,5 cm y pesar menos de 15 gramos. Sin embargo, el único dispositivo que había recibido la autorización de la FDA para monitorizar a pacientes con insuficiencia cardiaca hasta 2023 era el CardioMEMS intraarterial[xviii].

En el ámbito neurológico, entre 150.000 y 200.000 personas en todo el mundo tienen implantes de estimulación cerebral profunda (ECP) para tratar diversas afecciones neurológicas, como el parkinson, el temblor esencial, la distonía y el trastorno obsesivo-compulsivo (TOC). Se trabaja en píldoras inteligentes ingeribles para el seguimiento preciso de medicamentos, e incluso en herramientas implantables diseñadas para restaurar nervios dañados.

No sólo se trata de factores intrínsecos los que movilizan la innovación en este campo. Hay que considerar otros externos como el aumento de las temperaturas, uno de los fenómenos extremos asociados al cambio climático. La tecnología de monitorización constante puede contribuir a prevenir los golpes de calor, tanto para el público en general como para los trabajadores de alta intensidad, como los empleados de la construcción y los bomberos[xix].

Si se identifica la predisposición genética de un paciente a un estado de salud particular y se combina con datos en tiempo real de biosensores portátiles, los sistemas de salud pueden predecir, prevenir o controlar enfermedades con una precisión sin precedentes[xx]. Se habla, en ese sentido, de una Salud 5.0 que incorpora el control y la detección y se refuerza con la atención virtual y la gestión sanitaria inteligente[xxi]. Lo que hoy se conoce como computación ubicua (pervasive computing) podría elevar la aplicación y el rendimiento de los biosensores[xxii], en un contexto de atención médica personalizada.

Los avances en inteligencia artificial (IA) y en el internet de las cosas médicas (IoMT) están imponiendo un cambio de paradigma. Cada vez resulta más asumible disponer de grandes cantidades de datos y eso hace que los servicios de salud se estén alejando gradualmente de los sistemas centralizados tradicionales. Las plataformas sanitarias integradas combinarán datos de biosensores portátiles e implantables con la información de los historiales médicos electrónicos para proporcionar a los profesionales sanitarios una visión integral de la salud del paciente.

En esa tarea, podrían recibir la ayuda de los algoritmos de aprendizaje automático diseñados para identificar patrones, predecir la evolución de las enfermedades y optimizar los planes de tratamiento. A medida que la tecnología evolucione, se incrementará el potencial para empoderar a las personas y animarlas a participar activamente en su atención médica, fomentando la alfabetización en salud y la autogestión. Además, las interacciones de nuevos fármacos y tratamientos podrán comprenderse y monitorizarse mejor mediante el uso de estos dispositivos, tanto en ensayos clínicos con personas como con animales, lo que introducirá mejoras en los procedimientos de prueba actuales.

El camino para el desarrollo de estas nuevas soluciones resulta, no obstante, complejo y está repleto de dificultades, más allá del ya de por sí intrincado proceso de innovación, que implica múltiples etapas, como la investigación, la creación de prototipos, las pruebas y la validación. Uno de los problemas de partida es que los sensores implantables no se suelen utilizar en la práctica clínica de forma generalizada, principalmente debido a su disponibilidad limitada. Muchos centros médicos carecen de la infraestructura, los recursos y la experiencia necesarios para ofrecer estos dispositivos a sus pacientes. Como consecuencia de ello, la prevalencia de los sensores implantables no es homogénea, y varía aún entre países[xxiii]

Esta circunstancia se traslada inevitablemente al coste de los sensores implantables, que puede hacerlos inasequibles para muchos pacientes y sistemas de salud. Se estima que los costes de I+D, regulatorios, de fabricación, de marketing y ventas, y legales y de patentes superan los 100 millones de dólares en algunos casos. De hecho, el coste de desarrollo capitalizado medio esperado por dispositivo médico terapéutico complejo en Estados Unidos es de 522 millones de dólares[xxiv], la mayor parte de los cuales se destina a la etapa de desarrollo no clínico. Como se puede observar en el Gráfico 3, este país lidera las publicaciones médicas que incluyen los términos implantación y sensor.

A la limitación de su mercado, se une que estos biosensores tienden a ser más caros también debido a la naturaleza invasiva de su implantación en algunos casos. Y para los pacientes con enfermedades crónicas, que requieren de monitorización a largo plazo, el inconveniente de los costes no deja de acumularse con el tiempo. Solo las grandes empresas de dispositivos médicos con considerables recursos financieros suelen poder comercializar estas tecnologías. La evidencia es que la tecnología de sensores implantables aún no está ampliamente disponible en los países en desarrollo, pese a que, paradójicamente, acaban resultando más rentables a largo plazo.

Otra categoría de problemas para los sensores implantables, cuyas aplicaciones se pueden ver en el Gráfico 4, tiene que ver con los aspectos éticos y legales, que se abordan en muchos países aplicando la Declaración de Helsinki para la investigación médica en seres humanos. En algunos casos, los médicos son reacios a utilizar estos dispositivos porque son partidarios de una sanidad que fomente los pacientes «libres de dispositivos» y evite las recetas innecesarias. Cada vez más voces defienden un marco regulatorio estricto que garantice la seguridad de los biosensores, así como su correcto funcionamiento y uso. 

La realidad demuestra que esto último no está resulta sencillo para los legisladores. La UE, que cuenta con 24 redes de referencia (RER) para reforzar la coordinación en I+D, regula los biosensores generalmente como productos sanitarios (biosensores independientes y biosensores en combinación con productos sanitarios)[xxv], aunque también aparecen mencionados en leyes no estrictamente dirigidas a ellos[xxvi]. La FDA norteamericana ha establecido clasificaciones para aproximadamente 1.700 tipos genéricos diferentes de dispositivos médicos, agrupados en 16 especialidades médicas, y los ha repartido en tres clases regulatorias. Los dispositivos de Clase I representan el menor riesgo, y a los dispositivos de Clase III, entre los que se encuentran los biosensores implantables, se les atribuye el mayor riesgo.

En ambos casos, el proceso de revisión y aprobación de estos dispositivos antes de su uso en entornos clínicos es largo y costoso, como en otros ámbitos de la salud, y acaba convirtiéndose en un obstáculo para las pequeñas empresas y los investigadores. Además, las directrices para estos dispositivos cambian con frecuencia, lo que dificulta que las empresas se adapten al proceso regulatorio. Ciertas tecnologías médicas modernas, de hecho, están tratando de sortear este entorno legal intrincado con soluciones de código abierto o DIY (do it yourself), con el apoyo de comunidades online

Uno de los efectos de todo lo anterior es que existe una falta de datos del mundo real sobre la aplicación de sensores implantables en medicina y eso constituye, en sí mismo, otro grave obstáculo para su proliferación. Por ejemplo, los implantes ortopédicos inteligentes, con propiedades de detección, se han utilizado exclusivamente como herramientas de investigación. Esto puede dificultar la toma de decisiones informadas por parte de médicos y organizaciones de atención médica, y acaba dificultando la obtención de financiación para estos dispositivos, lo que limita su aplicación en el contexto clínico. Es el problema del pez que se muerde la cola. 

Los datos deben integrarse, además, como parte de un flujo de trabajo clínico normal para ser efectivos. La UE trabaja en un Espacio Europeo de Datos Sanitarios (EHDS) para apoyar la salud pública y para su uso en la regulación de medicamentos[xxvii]. Es consciente de que, si no actúa en este ámbito, podría convertirse en una región poco atractiva para la industria global de las ciencias de la vida, y las terapias y tecnologías innovadoras no llegarían a los pacientes europeos con la misma agilidad que en otras regiones. Pero el campo es relativamente nuevo y evoluciona rápidamente, no existen estándares establecidos para la implantación, calibración o monitorización de los dispositivos de monitorización más sofisticados, de modo que la práctica clínica puede experimentar variaciones significativas y dificultar la comparación de resultados entre diferentes estudios o instituciones.

Por si todo esto fuera poco, la ausencia de materiales útiles limita también la creación de dispositivos de alto rendimiento para biosensores biodegradables implantables. Los componentes y el formato de los biosensores tradicionales son incompatibles con los biodegradables implantables. Aquéllos son pesados ​​y voluminosos, éstos deben ser pequeños y ligeros para una integración perfecta en el cuerpo. Los sensores convencionales diseñados para superficies rígidas no son adecuados para tejidos humanos blandos y curvilíneos. Se requieren materiales sensores suaves y elásticos, con propiedades mecánicas idénticas a las de los tejidos y capaces de adaptarse a la forma no plana de la anatomía humana sin desencadenar ninguna respuesta somatosensorial[xxviii].

El caso es que el auge de los biosensores ha desatado una apasionante carrera para descubrir los materiales de la salud personalizada del futuro. La estructura química de la seda, por ejemplo, la hace interesante como base para transistores y una amplia gama de dispositivos fotónicos y, de hecho, científicos de todo el mundo están creando una amplia gama de patrones de sensores portátiles sobre sustratos flexibles y textiles[xxix]. De igual forma, la gelatina y la goma laca se han aplicado en diversos ámbitos relacionados con los biosensores implantables, como la creación de fibras coaxiales y los recubrimientos de electrodos, un aspecto especialmente sensible por el riesgo de infección debido a un fenómeno conocido como «bioincrustación»[xxx]. Para evitarla, se ha estudiado una variedad de recubrimientos y antimicrobianos alternativos, incluidos iones de plata, óxido nítrico, anticuerpos bioactivos y otros compuestos bactericidas[xxxi]

Los polímeros sintéticos están cobrando importancia también para crear plataformas electrónicas compatibles con organismos vivos y como sustrato o recubrimiento para dispositivos implantables, fotodetectores, transistores, diodos emisores de luz y sensores. En la misma línea, la innovación ha dirigido la mirada hacia los semiconductores orgánicos. Se utilizan como capas activas para reemplazar los dispositivos tradicionales, aunque los transistores de silicio siguen siendo fundamentales en aplicaciones como los sensores de presión, para amplificar los cambios en las señales fisiológicas[xxxii].

Los avances en la secuenciación del ADN están ayudando en el desarrollo de moduladores optoelectrónicos, capaces de manipular las propiedades de la luz. Aparecen también nuevos candidatos interesantes a materiales dieléctricos, que funcionan como aislantes gracias a su baja conductividad eléctrica. Una opción notable de estos últimos es la albúmina, que se encuentra en las claras de huevo de gallina, útil en el proceso de construcción de microláseres. La melanina, por último, puede utilizarse eficazmente como capa activa para la detección de pH. Se considera ventajosa para aplicaciones bioelectrónicas debido a su biocompatibilidad, entre ellas los dispositivos electrónicos que interactúan con sistemas biológicos, como las neuronas cerebrales.

Encontrar los materiales adecuados, en cualquier caso, no resolverá todos los desafíos asociados al impulso de los biosensores. Las técnicas de microfabricación convencionales tampoco son aplicables a la mayoría de los materiales biodegradables debido a su solubilidad y sensibilidad a altas temperaturas. Se ha avanzado en campos como la litografía suave, la serigrafía y la impresión por transferencia. Sin embargo, las técnicas basadas en la litografía no pueden producir microestructuras finas ni interconexiones complejas en los sensores, y los métodos basados ​​en la impresión son costosos y su fabricación requiere mucho tiempo. Hacen falta, por consiguiente, mejoras en las técnicas de impresión 3D y 4D que faciliten en el futuro la fabricación de bajo coste, escalable, confiable y reproducible. Esto allanará el camino para la comercialización de sensores biodegradables.

La impresión por inyección, con una formulación optimizada de tinta de nanopartículas, permite hoy la producción en masa de biosensores robustos y flexibles que se han demostrado válidos para monitorizar el impacto de fármacos terapéuticos en pacientes con cáncer[xxxiii]. En el campo de la impresión de biosensores, la serigrafía tiene un coste relativamente bajo y resulta más fácil de usar que los métodos de deposición más avanzados, lo que la convierte en una opción mucho más escalable y comercialmente viable para su uso en dispositivos de monitorización sanitaria[xxxiv]. Un enfoque novedoso, en este sentido, propone la creación de una red de sensores producida mediante impresión por inyección de tintas nanofuncionales sobre un sustrato semipermeable, con tecnología de comunicación de campo cercano (NFC) inalámbrica y sin batería, para la lectura de datos a través de smartphones. Los sensores se pueden integrar en una membrana bioinspirada en los mejillones con adhesivo natural que se fija fácilmente a la piel, garantizando una recopilación de datos fiable y continua. 

En cuanto al paciente, la innovación debe tomar en consideración la forma en la que percibe y se adapta al uso de sensores implantados, un terreno al que se han dedicado un creciente número de investigaciones psicológicas. Por ejemplo, se ha demostrado que los pacientes pueden experimentar distintos niveles de ansiedad e incomodidad antes y después de la implantación, y que su aceptación puede verse influida por los beneficios percibidos y el control que tienen sobre su uso. Hay aspectos relacionados con la visión subjetiva del paciente como la calibración continua de los sensores biodegradables implantables para que proporcionen información fiable, una tarea compleja[xxxv]. Las infecciones, la inflamación y la contaminación post-implante constituyen un riesgo a vigilar, y el rendimiento de los sensores disminuye debido al envejecimiento del material, el desgaste mecánico y la encapsulación tisular.

La conectividad se presenta como otra de las líneas clave para la innovación en el campo de los biosensores. En algunos casos, utilizan tecnología bluetooth como sistema de transmisión de datos inalámbrico vinculado a aplicaciones para smartphones. La comunicación bluetooth utiliza claves a largo plazo, claves de resolución de firma de conexión y claves de resolución de identidad durante el proceso de emparejamiento, pero no todo el hardware permite su lectura y decodificación, de modo que se necesita avanzar este ámbito.

El desarrollo de la comunicación de datos de alta velocidad también es crucial para los nuevos dispositivos médicos, pero hay que garantizar la seguridad y la privacidad en las redes inalámbricas de área corporal (WBAN), prestando especial atención al almacenamiento seguro de datos y a un control de acceso preciso. La compañía WiTricity está explorando la transferencia de potencia inalámbrica y la comunicación mediante para sensores e implantes biomédicos. Toda la información intercambiada entre el biosensor y el mundo exterior debe estar cifrada para que los implantes sean seguros para el uso diario. Si eso se garantiza, la versatilidad y el potencial transformador de los sensores implantables serán enormes y sentarán las bases de una nueva era en la atención médica personalizada y proactiva[xxxvi].

Otro desafío fundamental tiene que ver con la carga eléctrica de estos dispositivos. Los biosensores implantables sin batería desempeñarán un papel importante en el futuro de la atención médica y la investigación biomédica, pero para los que todavía la necesiten la recolección de energía por radiofrecuencia (RFEH) es una vía de innovación prometedora debido a su naturaleza no invasiva y al uso de energía ambiental. Aunque persisten los interrogantes acerca de su eficiencia e integración del dispositivo.

Surgen también técnicas como el aprovechamiento de campos magnéticos cerca de líneas eléctricas y generadores termoeléctricos (TEG), que pueden transformar el calor corporal en electricidad[xxxvii]. Sin embargo, como sucede en otros casos, también aquí hay que considerar el escenario de dispositivos biodegradables implantables, que requieren fuentes de alimentación biorreabsorbibles, como baterías, recolectores de energía o circuitos flexibles.

Un avance notable, en este sentido, es el uso de sudor o soluciones equivalentes al sudor como electrolitos[xxxviii]. Tanto en ese caso como en el de los generadores eléctricos a partir del movimiento mecánico del cuerpo[xxxix], tienen diversas desventajas: son voluminosos en comparación con el propio sensor, pierden su funcionalidad rápidamente al colocarse en biofluidos y carecen de la flexibilidad necesaria. Otras líneas de investigación se dirigen a crear sistemas flexibles de recolección y almacenamiento de energía, como células de biocombustible epidérmicas, baterías basadas en tatuajes, supercondensadores, microrredes de energía basadas en textiles y sistemas de energía híbridos multimodales.

La convergencia de líneas multidisciplinares de investigación científico-tecnológica en el campo de los biosensores implantables es actualmente sensacional. Desde ciencias de los materiales a comunicación inalámbrica, transferencia de energía inalámbrica, ingeniería biomédica, electrónica y atención médica, el desarrollo de sistemas electrónicos implantables inalámbricos se está acelerando[xl]. De esa ola de transformación se están beneficiando los biosensores dérmicos para tatuajes.

Se trata de plataformas prometedoras para la monitorización de biomarcadores en tiempo real. Son una evolución de las soluciones tradicionales basadas en el uso de pequeñas moléculas como biosensores y eliminan la necesidad de extraer fluidos corporales para la medición. Los tatuajes suelen estar presentes a una profundidad de 0,4 a 2,2 mm en la dermis, una capa de piel que contiene una variedad de células, vasos sanguíneos y nervios rodeados de líquido intersticial (ISF). El auge de la biología sintética permite ahora el empleo de bacterias modificadas genéticamente como herramientas analíticas vivas[xli]. Las bacterias modificadas genéticamente se encapsulan en microesferas de hidrogel a escala micrométrica preparadas mediante microfluídica escalable. Estos biosensores pueden detectar tanto señales bioquímicas (biomarcadores modelo) como biofísicas (cambios de temperatura mediante termómetros de ARN), con lecturas fluorescentes[xlii].

El tatuaje es naturalmente degradable, porque incorpora enzimas de degradación de hidrogeles, y para alterar los biosensores en aras de una mayor personalización basta cambiar el circuito genético de las bacterias, incorporando nuevas puertas lógicas y elementos biocomputacionales más avanzados, así como sistemas que permiten un control más estricto de la expresión genética. Un dispositivo microfluídico montado en la piel, desarrollado en la UC San Diego y comercializado por Innovosens, permite la medición de metabolitos del sudor para el deporte y el fitness. Las yemas de los dedos son uno de los puntos más sudorosos del cuerpo y ya es posible la detección rápida de la concentración de cortisol en el sudor natural en ese punto del cuerpo[xliii].

Las «tintas» son biocompatibles y pueden detectar una gama más amplia de estímulos durante períodos de tiempo más largos en comparación con los biosensores basados ​​en moléculas pequeñas[xliv]. Incorporando enzimas de degradación de hidrogeles en microgeles, se obtiene un tatuaje naturalmente degradable. Todos estos métodos permiten una mayor personalización de la plataforma de tatuaje, lo cual es vital para crear un sistema de biosensor ampliamente utilizado.

EN ESPAÑA. Un país de componentes e investigación avanzada

España es sede de compañías que producen componentes clave para la fabricación de biosensores. La planta madrileña de Sigma-Aldrich, del grupo Merck, trabaja en biosensores y tecnologías de bioimagen para detectar patógenos, toxinas y biomarcadores en diferentes contextos biomédicos y medioambientales al nivel molecular. Ha proporcionado reactivos para proyectos de I+D en colaboración como el destinado a producir biosensores destinados a prevenir los golpes de calor en los empleados de la construcción. En ese mismo proyecto se utilizaron disolventes procedentes de la planta de Scharlab, también en Madrid.

En el ámbito de la investigación, opera desde 2015 la red temática ELECTROBIONET, especializada en sensores y biosensores electroquímicos. La integran grupos de investigación españoles que cubren desde la investigación fundamental al diseño y desarrollo de aplicaciones en dispositivos. En ese sentido, por ejemplo, la Fundación PKU OTM, junto al laboratorio de Enfermedades Metabólicas Hereditarias del Hospital Sant Joan de Déu y la Universitat Autonòma de Barcelona, trabajan en un biosensor de amonio para mejorar la atención domiciliaria de los pacientes detectando con más rapidez los episodios de hiperamonemia e hiperfenilalaninemia.

Un equipo multidisciplinar de cuatro países europeos, entre ellos España a través del centro tecnológico Tecnalia, ha desarrollado una plataforma de biosensores de alta sensibilidad en el marco del proyecto DeDNAed[xlv]. Se utilizará para detectar biomoléculas y se espera que detecte toxinas alimentarias y biomarcadores de enfermedades con mayor sensibilidad, versatilidad y un enfoque óptico ultrarrápido. La estructura del sensor DeDNAed cuenta con varios componentes que se ensamblan con precisión nanométrica gracias al origami de ADN, plegable como el del papel, pero compuesto de una sola hebra de ADN y dispuesto en 2D o 3D. DeDNAed colocar con precisión en sus “extremos pegajosos” un elemento de biorreconocimiento, como los anticuerpos con nanoclústeres atómicos desarrollados por Tecnalia y eso permite disponer de un sensor muy sensible, capaz de detectar concentraciones muy bajas del analito. 

El proyecto H2Train, financiado por la Unión Europea, se centra en tecnologías digitales habilitadoras para la salud, el estilo de vida, la motivación y la asistencia a la supervisión, apoyadas por redes de IA[xlvi]. Está coordinado por España a través del Instituto Universitario de Microelectrónica Aplicada (IUMA) de la Universidad de Las Palmas de Gran Canaria. Participan 35 instituciones públicas y privadas en el consorcio, entre ellas pymes y grandes empresas de seis Estados miembros de la Unión Europea (Austria, Alemania, España, Finlandia, Francia, Italia, Polonia).

Entre los principales objetivos de H2TRAIN, el mayor proyecto de este tipo financiado por la Ley de Chips de la UE, se encuentra el desarrollo de nuevos prototipos de biosensores inteligentes fabricados en grafeno que puedan estar adheridos, como una pegatina a la piel, o formar parte del tejido en la ropa. Su destino será la monitorización continua de deportistas, así como de pacientes crónicos o de personas en procesos de rehabilitación. Se quiere medir, entre otras cuestiones, las señales fisiológicas de su cuerpo, así como biomarcadores relacionados con el estrés, a través del sudor, controlando el cortisol, el lactato y la proteína C reactiva). Los electrodos adheridos a las prendas captarán parámetros eléctricos propios de la fisiología humana, y deberán ser capaces de recuperar de energía mediante la termoelectricidad y piezoelectricidad. En su caso, se utilizarán para monitorizar a la población de personas mayores que precisan atención médica de manera periódica.  Por último, el CIC biomaGUNE, la Universidad Complutense de Madrid, el BCMaterials, la Universidad del País Vasco, y el grupo NanoSelf del CICA Universidade da Coruña participan en el proyecto internacional ECLectic[xlvii]. Una de las líneas de trabajo es la detección de biomarcadores de sepsis mediante mediciones de electroquimioluminiscencia (ECL). Para este fin, se desarrollarán nanopartículas basadas en carbono (carbon-dots) en el centro de San Sebastián, mientras que en la UDC se evaluarán distintos materiales de grafeno modificados químicamente para la construcción de los electrodos. ECLectic aborda el problema mundial de la sepsis y la infección bacteriana desde paradigmas de diagnóstico totalmente nuevos. Según sus impulsores, cerrará la brecha entre la investigación innovadora en el campo de los materiales nanoestructurados y su aplicación en la tecnología de biosensores nanoestructurados.


[i] (2016) El Primer Reloj de Pulsera, El País. Disponible en: https://elpais.com/elpais/2016/10/22/eps/1477087542_147708.html (Accedido el 30/06/2025)

[ii] Smith, A.A., Li, R. & Tse, Z.T.H. (2023) Reshaping healthcare with wearable biosensors. Sci Rep 13, 4998. doi: 10.1038/s41598-022-26951-z (Accedido el 30/06/2025)

[iii] Abay, T.Y. and Kyriacou, P.A. (2022) ‘Photoplethysmography in oxygenation and blood volume measurements’, Photoplethysmography, pp. 147–188. doi:10.1016/b978-0-12-823374-0.00003-7. (Accedido el 30/06/2025)

[iv] Warner, B.C. et al. (2025) ‘Validation of sleep-based actigraphy machine learning models for prediction of preterm birth’, npj Women’s Health, 3(1). doi:10.1038/s44294-025-00082-y.

[v] Vesinurm, M. et al. (2025) ‘Terminating pandemics with Smartwatches’, PNAS Nexus, 4(3). doi:10.1093/pnasnexus/pgaf044. (Accedido el 30/06/2025)

[vi] Wang, Q. et al. (2025) ‘A wireless, self-powered smart insole for gait monitoring and recognition via nonlinear synergistic pressure sensing’, Science Advances, 11(16). doi:10.1126/sciadv.adu1598. (Accedido el 30/06/2025)

[vii] Smith, A.A., Li, R. and Tse, Z.T. (2023) ‘Reshaping healthcare with wearable biosensors’, Scientific Reports, 13(1). doi:10.1038/s41598-022-26951-z. (Accedido el 30/06/2025)

[viii] Ciui, B. et al. (2018) ‘Wearable wireless tyrosinase bandage and microneedle sensors: Toward melanoma screening’, Advanced Healthcare Materials, 7(7). doi:10.1002/adhm.201701264.

[ix] Libanori, A. et al. (2022) ‘Smart textiles for personalized healthcare’, Nature Electronics, 5(3), pp. 142–156. doi:10.1038/s41928-022-00723-z

[x] Pellicer Roig, D. (2025) Científicos Han logrado Devolver La Voz a UN Paciente de Ela Mediante UN Neuroimplante, National Geographic España. Disponible en: https://www.nationalgeographic.com.es/ciencia/cientificos-estadounidenses-han-logrado-devolver-voz-a-paciente-ela-mediante-neuroimplante_25264 (Accedido el 30/06/2025)

[xi] Yameng Xu et al. Implantable and Semi-Implantable Biosensors for Minimally Invasive Disease Diagnosis, Processes, 21 de julio de 2024, doi.org/10.3390/pr12071535

[xii] David Yogev et al. Current state of the art and future directions for implantable sensors in medical technology: Clinical needs and engineering challenges, Scilight, 27 de septiembre de 2023, doi.org/10.1063/5.0152290

[xiii] www.europarl.europa.eu/RegData/etudes/ATAG/2023/747441/EPRS_ATA(2023)747441_EN.pdf

[xiv] Sen A., Raghavan R.”What Is Chronic Kidney Disease?, Springer, 2023

[xv] “Cardiovascular diseases (CVDs) fact sheet, WORLD HEALTH ORGANIZATION, 17 Mayo 2017

[xvi] Ali Mana Alyami, Implantable Biosensors for Vascular Diseases: Directions for the Next Generation of Active Diagnostic and Therapeutic Medical Device Technologies, Biosensors (Basel), 25 de febrero de 2025, 10.3390/bios15030147

[xvii] Molloy A. et al. Challenges to the Development of the Next Generation of Self-Reporting Cardiovascular Implantable Medical Devices, IEEE Rev. Biomed. Eng., 20 de enero de 2020, doi: 10.1109/RBME.2021.3110084

[xviii] Fezzi, S., M. Lunardi, F. Sharif. «Implantable sensors for hemodynamic monitoring.» Card. Interventions Today, 2022

[xix] Gabriel Maroli, Wearable, battery-free, wireless multiplexed printed sensors for heat stroke prevention with mussel-inspired bio-adhesive membranes, Biosensors and Bioelectronics, 15 de septiembre de 2024, doi.org/10.1016/j.bios.2024.116421

[xx] Pires, IM et al. Editorial: wearable and mobile data analysis methodologies for personalized medicine, Front Digit Health, 20 de septiembre de 2023, doi: 10.3389/fdgth.2023.1271659

[xxi]  V. V. Popov et al. “Industry 4.0 and digitalisation in healthcare”, Materials, 14 de marzo de 2022, doi.org/10.3390/ma15062140

[xxii] Ghorbanizamani, Faezeh et al. Material Design in Implantable Biosensors toward Future Personalized Diagnostics and Treatments, Applied Sciences, 6 de abril de 2023, doi.org/10.3390/app13074630

[xxiii] A. P. Baumann et al., FDA public workshop: Orthopaedic sensing, measuring, and advanced reporting technology (SMART) devices, J. Orthop. Res., enero de 2021

[xxiv] A. Sertkaya, R. DeVries, A. Jessup, T. Beleche, Estimated cost of developing a therapeutic complex medical device in the US, JAMA Network Open, 14 de septiembre de 2022, doi.org/10.1001/jamanetworkopen.2022.31609

[xxv] Vaishnavi Pawnikar, Mital Patel, Biosensors in wearable medical devices: Regulatory framework and compliance across US, EU, and Indian markets, Ann Pharm Fr., 26 de febrero de 2025, DOI: 10.1016/j.pharma.2025.02.007

[xxvi] www.europarl.europa.eu/RegData/etudes/ATAG/2023/747441/EPRS_ATA(2023)747441_EN.pdf

[xxvii] “European medicines agencies network strategy to 2025”, EMA, 2020

[xxviii] Ghorbanizamani, F. et al. Material Design in Implantable Biosensors toward Future Personalized Diagnostics and Treatments, Appl. Sci, 6 de abril de 2023, doi.org/10.3390/app13074630

[xxix] Khosravi, S et al. Screen-printed textile-based electrochemical biosensor for noninvasive monitoring of glucose in sweat, Biosensors, 27 de junio de 2023, doi: 10.3390/bios13070684

[xxx] Benjamin Boettner, “Implantable biosensors get a major longevity boost”, Wyss Institute, 13 de marzo de 2025, revisado el 11/06/2025

[xxxi] Hartl, H. et al. Antimicrobial adhesive films by plasma-enabled polymerisation of m-cresol. Sci. Rep., 9 de mayo de 2022, doi.org/10.1038/s41598-022-11400-8

[xxxii] Lixia Cheng et al. A Flexible Pressure Sensor Based on Silicon Nanomembrane, Biosensors, 12 de enero de 2023, doi.org/10.3390/bios13010131

[xxxiii] Wang, Minqiang et al. Printable molecule-selective core–shell nanoparticles for wearable and implantable sensing, Nature Materials, 3 de febrero de 2025, doi.org/10.1038/s41563-024-02096-4

[xxxiv] Liam Critchley, “Printable Sensors: A Key Technology for Health Wearables?”, Wevolver, 5 de febrero de 2025, consultado el 11/06/2025

[xxxv] Fahmida Alam et al. Recent Progress and Challenges of Implantable Biodegradable Biosensors, Micromachines, 30 de marzo de 2024, doi.org/10.3390/mi15040475

[xxxvi] Fahmida Alam et al. Recent Progress and Challenges of Implantable Biodegradable Biosensors, Micromachines, 30 de marzo de 2024, doi.org/10.3390/mi15040475

[xxxvii] Ijemaru, G.K., Ang, K.L.-M. Seng, J.K. Wireless power transfer and energy harvesting in distributed sensor networks: Survey, opportunities, and challenges. Int. J. Distrib. Sens. Netw., 26 de marzo de 2022, doi.org/10.1177/15501477211067740

[xxxviii] Manjakkal, L. et al. A Wearable Supercapacitor Based on Conductive PEDOT:PSS-Coated Cloth and a Sweat Electrolyte, Adv. Mater., 11 de mayo de 2020, doi.org/10.1002/adma.201907254

[xxxix] Yu, Y. et al. Biofuel-powered soft electronic skin with multiplexed and wireless sensing for human-machine interfaces, Sci. Robot., 15 de abril de 2020, DOI: 10.1126/scirobotics.aaz7946

[xl] Kim, H. et al. Advances in Wireless, Batteryless, Implantable Electronics for Real-Time, Continuous Physiological Monitoring. Nano-Micro Lett., 15 de diciembre de 2023, doi.org/10.1007/s40820-023-01272-6

[xli] Matthew E Allen et al. Engineered Bacteria as Living Biosensors in Dermal Tattoos, Adv Sci (Weinh), 17 de junio de 2024, 10.1002/advs.202309509

[xlii] Matthew E Allen et al. Engineered Bacteria as Living Biosensors in Dermal Tattoos, Adv Sci (Weinh), 17 de junio de 2024, 10.1002/advs.202309509

[xliii] Tang, W et al. Touch-based stressless cortisol sensing, Adv Mater, 30 de marzo de 2021, doi: 10.1002/adma.202008465

[xliv] Rabia Omer et al. Engineered Bacteria-Based Living Materials for Biotherapeutic Applications. Front. Bioeng. Biotechnol., 28 de abril de 2022, doi.org/10.3389/fbioe.2022.870675

[xlv] “Investigadores europeos combinan física y biología para desarrollar nuevos biosensores”, Asebio, 3 de septiembre de 2024

[xlvi] “La ULPGC lidera un proyecto internacional de biosensores textiles para la monitorización inteligente de pacientes y deportistas”, ULPGC, 5 de julio de 2024

[xlvii] “La red ECLectic aborda el diseño de nuevos biosensores rápidos y fiables para luchar contra las infecciones hospitalarias”, UDC, 6 de junio de 2023