6. La biotecnología en alimentación como sistema de defensa

Las crisis recientes, el incremento de la incertidumbre en las cadenas de suministro y los episodios extremos asociados al cambio climático han demostrado que la garantía de alimentos se ha convertido en una cuestión geoestratégica clave.

La población humana se ha duplicado en los últimos 50 años, de 4.000 millones de personas a 8.000. De seguir la tendencia, los modelos poblacionales indican que para 2060, es probable que la población alcance los 10.000 millones. Este aumento, sumado a las incertidumbres que provienen del cambio climático, el acceso a agua potable y el deterioro del medio ambiente, generan una gran inseguridad en el acceso a alimentos en varias regiones y países del mundo. Por ello, la agricultura del siglo XXI requiere de una actualización que culmine con un acceso a alimentos seguros y sostenibles.

En este clima enrarecido, la bioingeniería y la biotecnología ofrecen posibles soluciones a muchos de los problemas actuales. Desde la modificación genética de organismos para que sean más resilientes a las condiciones adversas, hasta su mejora en las propiedades nutricionales y organolépticas. En la actualidad, modificar un organismo es más sencillo y seguro que nunca, por lo que un número creciente de grupos de investigación se han centrado en lograr variedades de plantas que permitan prevenir y soportar los retos del futuro.

Pero además de la agricultura, cada vez se están explorando un mayor número de fuentes de proteínas alternativas más amables con el medio ambiente. En los laboratorios actuales se cultivan algas, hongos y levaduras que ofrecen unos valores nutricionales similares a la carne y con un potencial escalable para alimentar a miles de personas. Con estas propiedades sobre la mesa, prometen garantizar el consumo de proteínas de calidad a la población. Aunque entre ellas destaca el cultivo de carne de laboratorio, hecho con células iguales a las que contiene el ganado vacuno o porcino, pero que no se desarrollan en un animal, sino en un biorreactor. Esta alternativa, más ética y sostenible, es una idea interesante que, junto con las anteriores, permitiría reducir el consumo de recursos y la huella de carbono de la humanidad para garantizar un futuro sostenible.

POR DENTRO. La próxima fase de la evolución de los bionutrientes

Los humanos hemos modificado el genoma de plantas y animales de forma artificial al ir seleccionando sus rasgos más atractivos. Frutas cada vez más grandes y sabrosas, hortalizas con un mayor rendimiento, o animales más dóciles son el resultado de miles de años de la mano del ser humano amoldando la naturaleza a sus necesidades. Estas modificaciones eran lentas, pero poco a poco fueron dando lugar a la enorme variedad y clases de frutas, verduras y razas de los distintos animales que podemos encontrar en la actualidad.

Con el descubrimiento de los compuestos mutágenos y de la radiación, a principios del siglo XX, los investigadores de la época comprendieron que ya no hacía falta esperar a que la naturaleza generara las variaciones en las plantas de forma azarosa. Podían acelerar el proceso mediante procesos químicos y físicos y dar origen a miles de plantas distintas. Tras ello, comenzaba la laboriosa tarea de escoger aquellas variedades que eran más adecuadas para el cultivo.

Sin embargo, a finales del siglo XX, con un conocimiento cada vez más extenso de la naturaleza, de la fisiología vegetal y de la genética, se incrementó notablemente la capacidad de dirigir las modificaciones y se produjo un cambio de paradigma en nuestra comprensión de la agricultura. En el Gráfico 1 se repasan los desafíos para habilitar la investigación y la innovación en biología sintética.

Ahora ya no hacía falta buscar variaciones ocurridas de forma natural en las plantas, sino que se pueden generar estas modificaciones de forma artificial, suprimiendo o activando genes para crear organismos modificados genéticamente (OMG[U1] ). Dentro de los OMG hay un tipo concreto de modificaciones que se denominan transgénicos, los cuales se crean tomando un gen de un organismo e introduciéndolo introducen en otro. De este modo, se pueden incluir ciertas características ventajosas que pueden darle una nueva propiedad al alimento que no se habría podido conseguir de forma natural. El caso más conocido de organismo transgénico de las últimas décadas es el denominado Golden rice o arroz dorado, una variedad de arroz (Oryza sativa) que fue creada para que sus granos produjeran el precursor de la vitamina A, beta-caroteno. Para ello, se diseñó mediante ingeniería genética la cascada de reacciones que producen esta sustancia y se introdujo en la planta del arroz, cuyos granos mostraban un color amarillento.

La patente para su producción está liberada para situaciones humanitarias, ya que la idea inicial era combatir la deficiencia de la vitamina A. Esta condición, común en regiones pobres con acceso muy limitado a una comida variada, puede dar lugar a trastornos entre los que destaca la ceguera. Sin embargo, la acogida no fue buena por parte de agricultores y asociaciones, que quemaron cultivos piloto y provocaron un enorme retraso en su implementación. Entre los argumentos que enarbolan se encuentra que el arroz no contiene una cantidad suficiente de beta-caroteno como para que sea eficaz a la hora de combatir la ceguera por deficiencia de vitamina A y que éste se degrada con rapidez. Además, temen que se perderán variedades autóctonas y tradicionales por estos cultivos, ya que podrían cruzarse y transmitir su ADN en el medio. Por ello, abogan por otros métodos como la introducción de dietas más equilibradas. En el otro extremo, los científicos sostienen que el arroz dorado no trata de ser un remedio milagroso ni único, sino una herramienta útil para afrontar el problema desde varios ángulos.

Otros cultivos también han tratado de solucionar problemas nutricionales de ciertas poblaciones con difícil acceso a una variedad de alimentos adecuada. Así se han creado otras variedades de arroz modificado genéticamente, como el biofortificado [U2] con zinc y hierro[i], o el arroz púrpura, suplementado con antocianinas, (compuestos antioxidantes), que tienen el potencial de prevenir carencias y enfermedades como el cáncer[ii]. Ninguno de estos se ha llegado a comercializar hasta la fecha, aunque ello no ha impedido que hayan ido apareciendo más variedades, tanto de arroz, como de otras plantas, hongos y animales.

En la actualidad, las herramientas de edición genética derivadas de CRISPR han permitido la democratización de la ingeniería genética. Estas herramientas, descubiertas por el investigador alicantino Francis Mojica en arqueas halladas en Santa Pola fueron adaptadas para su uso en eucariotas por las ganadoras del Premio Nobel de Química de 2020 Jennifer A. Doudna y Emmanuelle Charpentier. El descubrimiento supuso un antes y un después en la modificación genética de organismos, ya que empleando CRISPR los costes necesarios para modificar un genoma se redujeron notablemente. Eso abrió las puertas a cientos de laboratorios en todo el mundo a emplear esta tecnología.

Gracias al CRISPR se han podido desarrollar plantas más resistentes a sequías o inundaciones, variedades que requieren menor cantidad de fertilizantes y pesticidas, o alimentos que tardan más tiempo en perder propiedades organolépticas una vez recogidos. Y no sólo plantas, sino que también hongos, levaduras e incluso animales pueden beneficiarse de estas herramientas para ser más eficientes, sabrosos, o incluirles alguna propiedad con la que garantizar la seguridad alimentaria.

Además, el CRISPR presenta una ventaja con respecto a los métodos tradicionales de modificación genética: no deja rastro en el organismo. Es decir, no se puede distinguir una modificación genética realizada con CRISPR de una variedad de planta conseguida por selección artificial. Por ello, las regulaciones de este tipo de alimentos pueden ser mucho más sencillas que para los transgénicos.

Como ejemplo de esta celeridad en las regulaciones tenemos el caso de los champiñones creados por el científico Yinong Yang en 2016. Yang utilizó CRISPR/Cas9 para desactivar el gen de la polifenol oxidasa, una enzima que provoca que el champiñón se vuelva marrón ante pequeños golpes o estreses. Debido a la técnica utilizada, los champiñones no se trataron como transgénicos (ya que no se había introducido ningún gen) y apenas cinco meses tras su creación ya estaban en el mercado. Gracias a estos champiñones no se desperdicia tanto alimento, ya que aumenta su vida útil[iii]. Por hacernos una idea de la rapidez burocrática, el salmón genéticamente modificado por la empresa AquAdvantage, que incluía un gen de crecimiento más rápido, tardó 20 años en superar las regulaciones de la FDA[iv].

Como se puede ver en el Gráfico 2 la bioingeniería está cambiando nuestra relación con las plantas de una forma radical. Tras 10 años de CRISPR, se han desarrollado y comercializado un gran número de variedades de vegetales para consumo humano y animal. Algunos ejemplos son:

  • Plátano que no oscurece. El Departamento de Agricultura y Oficina de Industria Vegetal de Filipinas ha autorizado la creación de plantaciones de plátanos modificados para enlentecer su oscurecimiento una vez recogido. La empresa que comercializa el plátano, Tropic Bioscience, en colaboración con Syngenta, espera su comercialización en los próximos años.
  • Sorgo resistente a la Striga. El sorgo es un cereal omnipresente en África. Se emplea tanto para consumo humano como para consumo animal. Pero su cultivo se puede ver afectado por una planta parasítica del género Striga que la debilita y reduce su rendimiento. Por ello, en Kenia se han generado variedades de sorgo resistente que actualmente están siendo probadas en campos controlados.
  • Judía de careta para cultivo mecanizado. Uno de los problemas de las judías de careta (Vigna unguiculata) es que la planta desarrolla varias cosechas de forma simultánea en cada planta. Esto dificulta el cosechado automatizado ya que las máquinas recolectoras no pueden distinguir las vainas maduras como las inmaduras. Y su separación posterior es muy compleja. Viendo este problema, la compañía BetterSeeds ha desarrollado una variedad que únicamente genera una cosecha.
  • Cerdos resistentes a enfermedades: En materia animal, la biotecnológica inglesa Genus ha desarrollado una raza[U3]  porcina editada por CRISPR resistente al virus del síndrome respiratorio y reproductivo porcino. Estos animales no expresan en sus células la proteína que permite entrar al virus y, por tanto, no pueden infectarse ni desarrollar la enfermedad.

Existen muchos más ejemplos, como aguacates que no se oxidan, trigo sin gluten, tomates con vitamina D o patatas que no generan acrilamida aunque se guarden en frío, perfectas para freír sin que se produzcan carcinógenos, así como otras variedades resistentes que, en un futuro, podrían estar en los supermercados.

Pero no todo son buenas noticias. Los consumidores suelen repudiar este tipo de alimentos porque no los consideran naturales o porque creen que pueden ser perjudiciales para la salud. Los agricultores, por su parte, temen que se pierdan variedades tradicionales debido al cultivo de OMGs, y que la compraventa de semillas tienda a un oligopolio en el que las grandes biotecnológicas obtengan más beneficios y empobrezcan el sector. Además, el activismo en contra de los transgénicos ha realizado acciones muy contundentes (quema de campos pilotos, sabotaje de instalaciones…) por lo que se han llegado a abandonar varios proyectos de mejora vegetal.

El desarrollo de tecnologías para la aplicación de microorganismos es otro de los grandes agentes de cambio en el mundo de la nutrición. Los primeros indicios de la utilización de microorganismos datan de hace 13.000 años en un yacimiento arqueológico de la cueva de Haifa, en Israel. En esta cueva, asociada a la cultura natufiense, además de cerca de 30 restos de individuos enterrados sobre camas de flores, los arqueólogos encontraron una serie de morteros tallados en piedra con un contenido muy interesante. Adheridos a sus paredes, los recipientes contenían restos de almidón y fitolitos, partículas vegetales microscópicas que concuerdan con la transformación de cereales en una bebida alcohólica.

La producción de alcohol supuso un antes y un después en la seguridad alimentaria, ya que el bajo contenido alcohólico destruía los patógenos presentes en las aguas. Posteriormente, el desarrollo del yogur y los quesos permitió que un alimento de alto valor nutricional, como son los lácteos, pudiese tener su lugar en la gastronomía, y el desarrollo del vinagre proporcionó un nuevo método de conservación. Estos alimentos se desarrollaron sin una comprensión de los mecanismos biológicos, y no fue hasta el siglo XIX, cuando científicos de renombre como Louis Pasteur identificaron los microorganismos implicados.

En un cultivo, cada bacteria o levadura actúa como una pequeña fábrica en la que se le ofrece un recurso y esta crea un producto de interés, como etanol, ácido láctico, o ácido acético. Sin embargo, conociendo exactamente los mecanismos moleculares y genéticos que dirigen estas conversiones, la biotecnología ha podido desarrollar un enorme abanico de microorganismos que pueden generar productos de alto valor añadido.

El proceso implica técnicas que ya hemos visto en este capítulo, pero en este caso, están completamente enfocadas a crear un producto de la forma más eficiente posible, sin tener que generar un organismo completo. La denominada fermentación de precisión permite generar enormes cantidades de proteínas y compuestos como colágeno, caseína, y un larguísimo etcétera, idénticos a los que producen los animales, pero todo dentro de un biorreactor. Así se producen proteínas como la albúmina, presente en el huevo, enzimas para panadería, lactasas que descomponen la lactosa en alimentos y los vuelven aptos para personas intolerantes, o mioglobina de origen bacteriana, sustituta de la que se encuentra en la carne.

El método presenta ciertas ventajas, como que la producción tiene un control mucho mayor y, por tanto, es más estable, o que la huella de carbono suele ser mucho menor. Además, también reduce los tiempos de espera para la obtención del producto y permite cambiar dicha producción según los procesos que sean de máximo interés. Sin embargo, también están sujetos a distintos riesgos, como posibles contaminaciones, que significan la pérdida total del biorreactor, o la dependencia total del acceso estable a la electricidad y a los sistemas de control.

Respecto al marco normativo, varía dependiendo de la región, pero en general exige una exhaustiva evaluación de seguridad para garantizar que el producto sea seguro tanto para los consumidores como para el medio ambiente. En la Unión Europea, una normativa específica establece los criterios para evaluar la seguridad de los ingredientes alimentarios derivados de microorganismos modificados genéticamente. Esto incluye garantizar que las cepas de producción no sean detectables en los productos alimenticios finales.

Las proteínas unicelulares (PUC) son una masa de células secas que también se puede denominar bioproteína, proteína microbiana o biomasa. Para producir PUC se emplean microorganismos que crecen también en biorreactores, como algas, levaduras, hongos y bacterias, pero cuya función es únicamente la producción del mayor número de proteínas posible. Normalmente los hongos y las bacterias son los microorganismos de los que se obtiene un mayor rendimiento por la rapidez de su crecimiento. Las PUC también contienen otras sustancias, como carbohidratos, vitaminas y minerales, y se puede modificar su producción para favorecer la producción de ciertos aminoácidos esenciales como la lisina, metionina o treonina.

Incluyendo PUC como ingrediente a ciertos alimentos (bien añadido o como sustitutivo a otros ingredientes) se pueden mejorar sus propiedades nutricionales y realizar aportes proteicos extra que permitan garantizar una alimentación equilibrada. Por ello, se está estudiando su inclusión en piensos y en preparaciones pensadas para consumo humano[v].

Otra ventaja es que la producción de PUC normalmente emplea residuos agrícolas. Aunque existe debate acerca de si esto se trata de una ventaja ya que, en cierto modo, también puede significar que su producción hereda la huella ecológica, hídrica y de carbono de la agricultura tradicional. Sin embargo, existen métodos con los que producir los microorganismos de forma independiente o mediante el reciclaje de otros residuos con los que volverlos más eficientes. De todos modos, la eficiencia de la agricultura celular es, por lo general, mucho mayor que la tradicional. Esto se muestra en estudios realizados por varios investigadores que han demostrado que la producción de proteína microbiana impulsada por energía fotovoltaica podría utilizar 10 veces menos tierra para una cantidad equivalente de proteína en comparación con el cultivo de soja[vi].

Sin embargo, además de la oportunidad, también emergen nuevos riesgos que hay que tener en cuenta ya que pueden poner en riesgo la salud humana. Pueden ser de dos tipos: contaminantes en el cultivo, e impurezas y riesgos específicos de las rutas metabólicas que se emplean. Por ello, se ha de realizar un control exhaustivo de todos los productos y subproductos que crean los microorganismos. En todos los casos, la innovación en la producción de alimentos debe ir acompañada de una evaluación exhaustiva de la seguridad alimentaria[vii].

En el mundo de los biorreactores hay un tipo muy especial que, en vez de bacterias o levaduras, cultiva células eucariotas como las que conforman los mamíferos. En ese caso, el producto son las propias células, que después se amalgaman en la llamada «carne de laboratorio». Es decir, se trata de las mismas células que conforman la carne, pero que no proceden de un animal vivo. Uno de los proyectos más interesantes acerca de la carne de laboratorio culminó su primera fase en agosto de 2013, cuando se presentó por primera vez una hamburguesa de carne de vacuno enteramente cultivada mediante este método. La hazaña tuvo lugar en la Universidad de Maastricht por un equipo dirigido por el investigador Mark Post, y en aquel momento se vendió como “la hamburguesa del cuarto de millón de euros” puesto que fue aproximadamente el precio que costó desarrollarla.

Para crear la carne, los investigadores introdujeron células madre de vacuno en un biorreactor. Estas células son capaces de reproducirse y transformarse en las células musculares, adiposas y tejido conectivo que conforma una hamburguesa normal. Una vez los investigadores tienen un número suficiente de células, las aplastan y las unen en una masa similar a la carne picada que conforma la hamburguesa. 10 años después de la hazaña, existen más de 60 empresas dedicadas a la producción de carne de laboratorio que tienen un mayor o menor éxito. [viii]

Las carnes cultivadas en laboratorio reproducen cortes enteros como filetes, chuletas o sashimi. Sus propiedades organolépticas y nutricionales son razonablemente cercanas al producto original, aunque su adopción está todavía en sus primeras fases, y deben superar barreras regulatorias y de coste. Además, aunque se vendan como «carne 100% libre de animales» lo cierto es que durante su cultivo generalmente se ha de emplear una sustancia denominada «suero fetal bovino» que se extrae de la sangre de fetos bovinos durante su sacrificio. El cóctel de hormonas presente en esta mezcla garantiza que las células del biorreactor se dividan. En la actualidad, se están estudiando métodos para la sustitución de esta sustancia por otras de origen químico o vegetal.

Por último, diversas culturas de todo el mundo consumen insectos como parte de su dieta. Debido a su fisionomía, los insectos tienen una gran cantidad de proteínas en relación a su peso, lo que los convierte en alimentos muy interesantes a la hora de incluirlos en la alimentación del futuro. Sin embargo, la población, al menos en España, parece reticente a aceptar su presencia en los supermercados a pesar de sus muchos beneficios.

Entre estos beneficios destaca su cría, ya que producir una granja de insectos es muy eficiente tanto en lo que se refiere al espacio necesario como al uso de recursos hídricos y alimento. Otra ventaja es que, debido a su metabolismo, los insectos pueden convertir el alimento en biomasa de forma eficiente, lo que se traduce en una elevada producción. Además, de ellos se puede obtener una gran cantidad de productos, tanto para ganadería, como para consumo humano.

Aunque las nuevas formas de producción de alimento pueden resultar chocantes, ya que difieren en gran medida con lo que se entiende por la agricultura y la ganadería, son una evolución interesante a la hora de lograr un futuro más ético y sostenible. Estas tecnologías permiten crear productos de alta calidad en menor espacio y tiempo, en ocasiones empleando residuos como su fuente de alimento. Estos sistemas también garantizan un mayor control en la producción y, por ello, pueden ser claves para asegurar la seguridad alimentaria.

La confluencia de edición génica avanzada, los biorreactores, y los insectos, augura un futuro con unos perfiles nutricionales óptimos para garantizar que los alimentos vayan de la mano con la salud. Para lograr este futuro, será necesario que tanto científicos la industria y las agencias reguladoras también remen en la misma dirección para escalar estas soluciones y alcanzar un sistema alimentario resiliente ante un futuro que evoluciona hacia la incertidumbre.

EN ACCIÓN. Producir donde se consume y garantizar la cadena alimentaria

Los alimentos pueden usarse como arma militar y diplomática[ix]. Las crisis recientes, el incremento de la incertidumbre en las cadenas de suministro y los episodios extremos asociados al cambio climático han demostrado que la garantía de alimentos se ha convertido en una cuestión geoestratégica clave. Se desperdicia hasta el 30% de la producción mundial de los principales cultivos básicos: trigo, arroz, maíz, papa y soja, y hasta el 70% de las pérdidas de rendimiento en los principales cultivos se deben a condiciones ambientales adversas. Y la dependencia de los productos de terceros países sigue siendo un factor condicionante de primer nivel. A mediados de 2025, Estados Unidos elevó su previsión de déficit comercial agrícola para el conjunto del año fiscal a 49.500 millones de dólares[x]. Europa se movía en enero de 2025 entre el superávit de 2.200 millones de euros en el comercio de alimentos y bebidas con terceros países y el déficit de 2.600 millones en materias primas, muchas de ellas vinculadas con la alimentación[xi]. Fortalecer la bioindustria constituye, en ambos casos, una de las vías para asegurar la independencia alimentaria.

En respuesta al crecimiento de la población mundial y a la demanda acelerada de alimentos y productos agrícolas, el campo ha conseguido incrementar su producción acentuando las estrategias de intensificación y adoptando medidas para diversificarse y globalizarse. El sector ha introducido prácticas de agricultura regenerativa y consigue extraer cada vez más provecho de los datos y las aplicaciones digitales para consolidar la agricultura de precisión. Pero no es suficiente.

Los productos de la nueva bioeconomía emergen como una alternativa fundamental en la carrera para garantizar la seguridad del suministro. Pueden contribuir a cubrir esta necesidad, introduciendo más flexibilidad y una mayor variedad de herramientas para el campo[xii]. La ingeniería de plantas, células de mamíferos y microorganismos abre la puerta a nuevos alimentos e ingredientes producidos de forma sostenible, respetuosa con el medio ambiente y sin animales. Junto a ellas, tecnologías cada vez más maduras, como la edición genómica y la producción de alimentos basada en microbios ocupan un puesto destacado ya en la exploración de sustitutos de la carne y los lácteos[xiii]. Se investiga el uso de la agricultura celular, es decir, la producción de alimentos mediante cultivos celulares, para obtener ingredientes nuevos y funcionales adaptados a las necesidades de los lactantes[xiv] que no pueden ser amamantados, por ejemplo, pocos objetivos pueden ser más fundamentales y estratégicos para un país que ese. Por eso, los organismos públicos están cada vez más dispuestos a facilitar las cosas: el primer producto cárnico cultivado (pollo cultivado con células) fue aprobado en 2020 por la Agencia de Alimentos de Singapur y el aceite Calyno de Calyxt abrió el camino para el suministro de los productos de plantas con genoma editado en Estados Unidos.

La biotecnología y las tecnologías de mejora humana (BHE) no son en absoluto nuevas, pero sí el ritmo sin precedentes de la innovación en torno a ellas, impulsada ​​por la convergencia con la inteligencia artificial (IA). Como se puede observar en el Gráfico 3, la inversión en este ámbito corrobora la percepción de potencial de crecimiento. La biorrevolución emergente transformará nuestra sociedad, desde la atención médica y la salud pública hasta la fabricación de procesos industriales, pasando por la seguridad y la defensa[xv]. Esa es precisamente la visión de la OTAN, que imagina un mundo en el que la biofabricación y la biología sintética ofrezcan alternativas ecológicas a la dependencia de terceros países en la cadena de suministro. En febrero de 2024, los ministros de defensa aliados aprobaron la Estrategia BHE de la OTAN[xvi], el primer acuerdo internacional que rige la biotecnología emergente en defensa y seguridad. Se comprometieron a impulsar el desarrollo y el uso de estas tecnologías con fines defensivos y pacíficos, y como una vía de protección frente a los riesgos de proliferación.

Un sistema alimentario robusto, seguro y adaptable será fundamental para la seguridad civil, la estabilidad global y los intereses estratégicos de las sociedades a largo plazo. Las biotecnologías para la producción de alimentos contribuirán a reforzar la resiliencia de la cadena de suministro y reducir los riesgos de bioterrorismo agrícola[xvii], que amenaza a las prácticas tradicionales, ya sea mediante ataques a infraestructuras de producción o mediante la introducción de patógenos animales. Tras el anuncio del Departamento de Defensa (DoD) norteamericano de que invertirá 1.000 millones de dólares en biofabricación durante los próximos años, el Good Food Institute (GFI) le recomendó que priorizara la producción de alimentos basada en biotecnología e invirtiera en métodos seguros, eficientes y diversificados.

Frente a las vulnerabilidades de la cadena de suministro, la fermentación, la fabricación de alimentos a base de plantas y la agricultura celular requieren menos insumos y eslabones. Con más opciones alimenticias se reducirá el riesgo de conflictos futuros relacionados con los alimentos y se abrirá la vía para impulsar la producción local, ya sea en puntos desplegados sobre el terreno allí donde se precise, ya sea en el mar e incluso en el espacio. La ubicación de las instalaciones de producción será adaptable y no dependerá estrictamente de factores ambientales. Con ese enfoque de «diseñar en cualquier lugar, crecer en cualquier lugar», la biofabricación distribuida permitirá a las regiones capitalizar sus fortalezas específicas, promover la autosuficiencia y reducir el desperdicio. Esto no solo impulsará el desarrollo económico de comunidades rurales, sino que permitirá una respuesta rápida y la producción de suministros durante emergencias o desastres naturales.

Para desarrollar ese nuevo modelo de suministro local, habrá que superar, no obstante, barreras técnicas, como la de replicar bioprocesos que actualmente se llevan a cabo en otros lugares y adaptarlos a las condiciones locales de clima y materias primas disponibles. También se requerirá la transición de instalaciones de propósito único a instalaciones capaces de ejecutar múltiples procesos de los que se obtenga una cartera de productos variada.

No se trata sólo de una cuestión geoestratégica, sino también económica, porque ampliar las opciones basadas en biotecnología podría ayudar a contrarrestar la creciente concentración del sector alimentario, y disminuir el impacto de posibles escaseces o interrupciones. Las proteínas alternativas, como las asociadas a la soja, los guisantes o las legumbres, por ejemplo, ofrecen soluciones sostenibles a la creciente demanda y permiten un uso más eficiente de los recursos terrestres y hídricos. Asimismo, la fabricación distribuida basada en biología sintética podrá aprovecharse para obtener productos que no requieren producción industrial, como el propano, la electricidad, el tratamiento de agua o la gestión de residuos.

Un informe de McKinsey[xviii] de 2020 analizó una cartera de alrededor de 400 aplicaciones de biología sintética. Según sus estimaciones, podrían tener un impacto económico directo de entre dos y cuatro billones de dólares a nivel mundial por año a lo largo de los próximos 10 a 20 años. Para ello, será necesario cambiar su actual modelo de archipiélago y focos de investigación aislados, por un enfoque más conectado y coordinado. Uno de los impulsores clave de ese proceso debería ser la disponibilidad de financiación, aunque la búsqueda de rentabilidad a corto plazo por parte del capital de riesgo es a menudo incompatible con los plazos de la biología sintética, que requieren años para alcanzar la escala y ser financieramente viable. En 2021, tras la pandemia de COVID-19, la inversión global de capital de riesgo en biología sintética alcanzó un máximo de más de 20.000 millones de dólares; pero en 2023, esa cifra había descendido a poco más de 5.000 millones de dólares. Bancos y fondos de pensiones están empezando a estudiar cómo invertir en biología sintética, y en el Congreso de Estados Unidos está en estudio una legislación que propone «BioBonds» (bonos gubernamentales para investigación biomédica)[xix].

La producción bioindustrial se ha convertido ya en un sector crucial para la bioeconomía estadounidense, con un peso superior al 5% del PIB y un valor de más de 950.000 millones de dólares, por encima del sector de la construcción y equivalente al sector TIC[xx]. Para mantener y ampliar el liderazgo en biotecnología y biofabricación, Estados Unidos ha tomado medidas como la reciente Orden Ejecutiva para el Impulso de la Bioeconomía[xxi] y las disposiciones incluidas en la Ley de CHIPS y Ciencia, así como de la Ley de Reducción de la Inflación.

El país norteamericano ha sido históricamente líder en innovación, investigación y regulación en biotecnología alimentaria, tiene más patentes, empresas y ganadores del Premio Nobel en biotecnología que cualquier otro país, pero mantener y reforzar esa posición requerirá un aumento de la inversión pública[xxii]. Países como China, Israel y Singapur están priorizando crecientemente estas inversiones. Un dato significativo podría ser que, en 2022, los gobiernos invirtieron globalmente, 635 millones de dólares en tecnologías de proteínas alternativas a nivel mundial, mientras que la inversión acumulada de Estados Unidos solo alcanzó 45 millones. Para adaptarse a los nuevos tiempos, la National Security Commission on Emerging Biotechnology (NSCEB) del Senado de EEUU ha sugerido ya la creación de una Oficina Nacional de Coordinación de Biotecnología, una inversión de al menos 15.000 millones de dólares los próximos cinco años, una optimización del marco regulatorio y ha pedido que se lancen señales más claras al mercado, especialmente en la intersección de la IA y la biotecnología.

El presidente del Partido Comunista Chino (PCCh), Xi Jinping, ha identificado la biotecnología como un sector crítico en la apuesta de China por convertirse en una superpotencia científica mundial. Su estrategia Fusión Militar-Civil facilita la transferencia directa de datos y tecnologías de vanguardia al Ejército Popular de Liberación (EPL), y la biotecnología es fundamental en este sentido. Para respaldar sus ambiciones biotecnológicas, China ha construido un marco legal y regulatorio integral que garantiza el control total sobre la gestión de los recursos genéticos y biológicos. La Ley de Bioseguridad de 2020 permite un control estricto de sectores críticos relacionados con la biotecnología y su alineación estratégica con las prioridades nacionales. En 2017, el FBI advirtió de que China había obtenido un acceso significativo a datos genómicos y muestras biológicas estadounidenses mediante colaboraciones de investigación, inversiones, fusiones y adquisiciones[xxiii]. La Academia Nacional de Ciencias de EEUU se hizo eco en 2022 de estas preocupaciones.

Según el CSIS norteamericano, el enfoque de China hacia la biotecnología es de carácter estratégico y vinculado a la defensa: si no es capaz de producir innovación en un determinado campo, adquiere la propiedad intelectual en el extranjero; a continuación, entidades estatales inyectan capital en empresas biotecnológicas nacionales para lanzar a las cadenas de suministro globales sus productos. Durante la última década, China ha incrementado drásticamente sus inversiones en biotecnología. La I+D biofarmacéutica se ha multiplicado por 400 y el valor de mercado de las empresas biotecnológicas se multiplicó por 100 entre 2016 y 2021, hasta el punto de alcanzar en la actualidad un valor colectivo de 300.000 millones de dólares. Preocupa que se extienda al ámbito de la alimentación la dependencia actual del 79% de las empresas farmacéuticas estadounidenses, que necesitan comprar a empresas chinas componentes esenciales para su fabricación.

El Gobierno de China apoya a su industria nacional biotecnológica mediante financiación, simplificación regulatoria y apoyo diplomático. La estrategia de Fusión Militar-Civil del PCCh pretende utilizar tropas impulsadas por biotecnología (lo llama «guerra inteligente») para convertir al EPL en un «ejército de clase mundial» en 2049[xxiv]. Ha creado más de 100 parques de investigación biotecnológica y 17 clústeres industriales[xxv] . El CEO del gigante tecnológico chino Baidu, Robin Li, fundó BioMap[xxvi], una empresa de ciencias biológicas e IA con oficinas en Pekín, Suzhou, Hong Kong y Palo Alto que anunció el primer modelo fundacional de IA para ciencias biológicas capaz de alcanzar más de 100.000 millones de parámetros, el más grande del sector. En 2024, BioMap firmó un acuerdo con Hong Kong Investment Corporation, un fondo estatal, para lanzar un programa aceleración de innovación en bioinformática en Hong Kong.

En menor medida, podría decirse que la Unión Europea sigue los pasos de Estados Unidos. Su bioindustria se enfrenta a retos como los prolongados plazos de I+D necesarios para desarrollar el producto y el modelo de producción, los bajos márgenes de beneficio iniciales y la necesidad de escalar el volumen de producción rápidamente en medio de enormes barreras para ampliar la capacidad de fabricación[xxvii]. A las empresas les resulta todavía difícil intercambiar conocimiento, atraer inversores en las primeras etapas, así como acceder a infraestructura e instalaciones nacionales de bioproducción, biofabricación y bioprocesamiento a escala comercial.

Dentro de la UE, diferentes comités científicos han proporcionado evaluaciones y opiniones a la Comisión Europea[xxviii], y organizaciones como EUSynBioS están mapeando todos los laboratorios, instituciones y organizaciones de investigación en biología sintética. Pero el ecosistema es heterogéneo, disperso y está rezagado en número de patentes de «biología sintética» en comparación con EEUU, que a finales de la pasada década representaba casi la mitad del total aprobadas a nivel mundial, seguido de Japón. Los países europeos en conjunto sumaban aproximadamente una cuarta parte de las patentes mundiales, con Suiza en ascenso. Entre las empresas involucradas en la producción de bioproductos, tanto para fines industriales como alimentarios, se encuentran Biosyntia, AMSilk, Insempra, Mosa Meat, Meatable, Biocleave, EVbiotech o Gourmey. 

El Gobierno de Reino Unido está siendo el más activo en Europa. Ha dotado 2.000 millones de libras para una estrategia que contempla la construcción de sistemas biológicos nuevos o rediseñados, como células o proteínas. Incluye, asimismo, una regulación propicia a la llegada al mercado de productos derivados de la biología de la ingeniería. El país ha proclamado su intención de ser líder mundial en innovación en biología basada en ingeniería responsable en 2030[xxix]. Constituye, de hecho, una de sus cinco tecnologías críticas, al nivel de la inteligencia artificial, las telecomunicaciones futuras, los semiconductores y las tecnologías cuánticas[xxx].

Los enfoques de la biotecnología celular incluyen la biología sintética y la fermentación de precisión. En lo que se refiere a este último campo, las levaduras son uno de los espacios de innovación más dinámicos, impulsadas por los avances en ingeniería metabólica que han simplificado la transferencia desde la fuente natural a un huésped de producción. Se han desarrollado herramientas computacionales para facilitar esa transferencia; métodos para descubrir y modificar enzimas que pueden ser portadas desde plantas; bibliotecas de piezas de precisión; técnicas para ensamblar e integrar grandes vías multigénicas; y modelos de edición genómica para redirigir el flujo de carbono[xxxi].

La gama de aditivos alimentarios que se obtienen de la levadura diseñada está creciendo rápidamente, con productos emergentes que contienen vitamina E (DSM), stevia (Amyris y DSM) y suero de leche (Perfect Day). La transferencia mediante la fermentación facilita el acceso a sustancias químicas presentes en bajas cantidades en la naturaleza y sirve como plataforma para producir nuevas moléculas. La fermentación de biomasa permite producir alimentos ricos en proteínas, mientras que la fermentación de precisión genera proteínas específicas, enzimas, compuestos de sabor, vitaminas, pigmentos y grasas.

Son muchas las expectativas que se están levantando en torno a este campo tecnológico emergente. Se estima que, a partir de 2030, muchos productos podrían concebirse como sistemas con células diseñadas para trabajar juntas e integrarse en materiales no vivos o electrónica. La hamburguesa del futuro podría cultivarse utilizando consorcios de bacterias, hongos y células de ganado, similares al yogur o al queso, que trabajen juntas para construir estructuras táctiles y sintetizar moléculas que cumplan las funciones de nutrición, sabor y fragancia[xxxii]

Las tecnologías de IA han venido para dar una nueva escala a todo el proceso. Crean modelos predictivos para analizar el comportamiento y las interacciones de sistemas complejos, con la ventaja de que los algoritmos de aprendizaje automático (ML) pueden evaluar cada vez más las incertidumbres de sus predicciones y mejorar de ese modo el diseño de los experimentos[xxxiii]. Varios laboratorios de biotecnología automatizada, como Emerald Cloud Lab, Recursion, Ginkgo BioWorks y OpenTrons están revolucionando la forma en que se lleva a cabo la investigación tradicional al ejecutar millones de experimentos automatizados a través de laboratorios en la nube, donde se generan cantidades masivas de datos.

El modelo admite el desarrollo de experimentos simultáneos y su integración en gemelos digitales de sistemas vivos para aumentar la productividad y reducir los costes. Toda esa actividad se puede controlar, además, de forma remota desde cualquier parte del mundo. La comunicación entre los laboratorios en la nube y la posibilidad de redirigir datos de una instalación a otra permite que centros de investigación con funciones especializadas puedan operar en conjunto dentro de una red.

No todo puede digitalizarse, sin embargo. Las biotecnologías requieren inevitablemente la creación de productos físicos, a diferencia de los análisis computacionales que se llevan a cabo en un entorno puramente electrónico, lo cual puede plantear desafíos significativos de recursos, datos, habilidades y conocimiento. Incluso así, la IA está demostrando una facilidad mejorada para la generación de hipótesis, la obtención de información, el diseño y la ejecución de experimentos digitales y en el mundo real, y la adaptación iterativa basada en los resultados.

Como sucede en otros ámbitos tecnológicos, como el de la salud, la limitación de los repositorios de datos abiertos disponibles está suponiendo, sin embargo, un obstáculo para el desarrollo de modelos biotecnológicos, al menos en Europa. Los criterios de anotación y clasificación no son homogéneos, los silos son abundantes, faltan metadatos y suelen producirse fenómenos de sobrerrepresentación de colectivos y de subrepresentación muchas diversidades genéticas dentro de las especies individuales, con los consiguientes sesgos. La experimentación automatizada y la curación de datos están ayudando a suplir este problema y aportan recursos de datos para la I+D biotecnológica[xxxiv]. El siguiente paso será dar acceso a los laboratorios biológicos a recursos informáticos y datos como los que proporcionan los superordenadores, porque los conjuntos de datos requeridos para modelos predictivos crece rápidamente, a escalas de terabytes y petabytes, y acabarán sobrecargan los recursos existentes[xxxv].

El Pacto Verde Europeo establece el objetivo político de lograr que al menos el 25% de las tierras agrícolas se dediquen a la agricultura ecológica en 2030. En 2022, ese porcentaje estaba en el 10,5%. Las investigaciones han demostrado que es poco probable que el objetivo del 25% de tierras orgánicas garantice una producción alimentaria sostenible en la UE si se excluye la biotecnología moderna[xxxvi]. En Estados Unidos, la red BioCATALYST ha sido concebida para proporcionar recursos de IA y análisis de datos de alto rendimiento, así como para generar conjuntos de datos a gran escala y recursos experimentales. Se prevé que ayude a investigar en materiales de origen biológico y en sistemas vivos con nuevas funciones para aplicaciones de seguridad nacional y defensa.

Cuando se obtengan resultados fiables, llegará el momento de entidades como la Oficina de Tecnologías Biológicas (BTO)[xxxvii] de la DARPA de EEUU, cuya misión es facilitar la transición de investigaciones fundamentales en ámbitos como la biología, para responder a las necesidades urgentes y a largo plazo la defensa y la seguridad nacional. La BTO ha comunicado que estudiará, entre otras, las propuestas relacionadas con las amenazas emergentes al suministro mundial de alimentos y agua y con el desarrollo contramedidas que puedan implementarse a escala regional o mundial.

A medio plazo (5-10 años), la OCDE estima que una mayor reducción de los costes de síntesis de ADN podría acelerar y abaratar el proceso de investigación, que actualmente constituye un importante obstáculo para los innovadores en los países en desarrollo[xxxviii]. A largo plazo (más de 10 años), las capacidades avanzadas en el diseño de nuevos genomas podrían permitir la construcción ascendente de células sintéticas e incluso de nuevos organismos sintéticos.

El auge de la biología sintética como tecnología de plataforma general podría tener un impacto tan drástico en la sociedad como la revolución digital. No obstante, es clave mantener siempre activas las posibles interrelaciones entre la seguridad alimentaria y la bioseguridad, que actúa como una salvaguardia de aquella, pese a que en muchas ocasiones acaba siendo la gran sacrificada[xxxix]. La definición de seguridad alimentaria citada con frecuencia por la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO) establece que la seguridad alimentaria es «el acceso físico y económico seguro a suficientes alimentos inocuos y nutritivos que satisfagan las necesidades dietéticas y las preferencias alimentarias para una vida activa y saludable para todas las personas, en todo momento». La creciente adopción de especies no nativas que acompaña a la producción cada vez más distribuida, incluidos los organismos genéticamente modificados, puede exacerbar las presiones sobre la bioseguridad. 

La iniciativa ‘Una Bioseguridad’[xl] incluye una visión integrada de la producción de alimentos y del respeto a los propios límites del planeta. Según advierte, la biología sintética podría suponer nuevos riesgos para la naturaleza. Si se implementa o gestiona de forma deficiente, podría, por ejemplo, introducir rasgos genéticos indeseados en especies nativas, poniendo en peligro su persistencia. Otros riesgos podrían ser indirectos, como el uso de la biología sintética para abrir nuevas fronteras agrícolas, lo que amenaza la biodiversidad mediante la conversión de tierras. Pero, por otro lado, la biología sintética podría abrir nuevas oportunidades para la conservación de la naturaleza. Por ejemplo, podría ofrecer soluciones a amenazas a la biodiversidad que actualmente no tienen solución, como las causadas por especies exóticas invasoras y enfermedades. Estas oportunidades también podrían ser indirectas, tal vez al permitir la intensificación sostenible de la agricultura y, por lo tanto, reducir la presión sobre los ecosistemas naturales en otras zonas. La garantía del suministro alimentario, para dar estabilidad a las sociedades, exigirá la búsqueda de un equilibrio medioambiental nuevo, tendrá que hacerse de acuerdo con la Naturaleza.

EN ESPAÑA. Del campo a la mesa con un nuevo valor añadido

En España, la bioingeniería aplicada a los nutrientes es una línea de innovación habitual en la industria agroalimentaria que ha conseguido establecer una alianza sólida con los centros de investigación públicos y privados. Proyectos como SYNTHBIOMICS (Innovaciones disruptivas de Biología Sintética para impulsar la salud, la alimentación, la energía sostenible y la descarbonización industrial), impulsado en Navarra por el Centro Nacional de Energías Renovables (CENER) y el CNTA, exploran estas innovaciones biotecnológicas para abordar desafíos en salud y alimentación. El Instituto de Biología Molecular y Celular de Plantas (IBMCP), ha logrado desarrollar un método para aumentar hasta 30 veces el contenido de beta-caroteno en las hojas de las plantas, lo que permitirá incrementar su aporte de vitamina A. En el proyecto BOILÀ, el centro tecnológico AINIA ha desarrollado nuevas estructuras grasas más saludables y sostenibles, capaces de mantener las propiedades tecnológicas y sensoriales de las grasas sólidas tradicionales, para sustituir ingredientes como la mantequilla, el aceite de palma o las grasas hidrogenadas, por alternativas con mejor perfil nutricional y menor impacto ambiental

En un sector tan estratégico para la industria española como, como parte de esa ola de transformación tecnológica están surgiendo empresas que transforman la visión convencional del sector. Tebrio, por ejemplo, es una compañía biotecnológica pionera en la producción y transformación del insecto Tenebrio molitor. Instalará en Salamanca la granja de insectos más grande del mundo, con una superficie total de 90.000 metros cuadrados cuando tenga finalizadas sus seis fases, cinco de ellas destinadas a la cría y una a la transformación. Alcanzará una capacidad de producción anual superior a las 100.000 toneladas anuales de proteínas de alta calidad y lípidos para la elaboración de productos destinados a alimentación animal, biofertilizantes 100% orgánicos y quitosano, con aplicaciones en los sectores farmacéutico, cosmético y de bioplásticos.

Los ejemplos de emprendimiento innovador son muy abundantes. La startup Impact Upcycled Foods ha lanzado al mercado Impact Oat, la primera gama de ingredientes alimentarios derivados del proceso de elaboración de la bebida de avena; Yuït utiliza ingredientes como la proteína del guisante y la mezcla de vegetales para diseñar los perfiles nutricional; la biofactoría de Naturae et Salus utiliza biotecnología para extraer de hongos y vegetales vitaminas, minerales y moléculas bioactivas para la industria alimentaria; AlgaEnergy se centra en sacar el máximo provecho a las microalgas, tanto en cosmética como en alimentación; y Foody’s y Cocuus han lanzado al mercado BACON! un alimento elaborado mediante bioimpresión 3D.

La startup navarra MOA Foodtech fue una de las 71 empresas seleccionadas a principios de 2025 por el European Innovation Council (EIC) para recibir subvenciones e inversiones de capital[xli]. Servirán para desarrollar su proyecto Non-GMO Directed Fermentation, que utiliza inteligencia artificial (IA) para la transformación de subproductos de la industria agroalimentaria en ingredientes de alto valor añadido. Lo hace diseñando procesos y dirigiendo la fermentación hacia un producto especifico, sin necesidad de utilizar microrganismos modificados genéticamente. De ese modo, puede ampliar su gama de ingredientes de un alto valor nutricional, evitar barreras regulatorias para su puesta en mercado y adoptar un enfoque de economía circular. Precisamente, Navarra ha introducido algunos de los campos de actuación previstos para la biología sintética en su Estrategia de Especialización Inteligente (S4) y ha diseñado un Plan Empresarial de Biología Sintética, BioSintNA[xlii], al frente del cual se sitúa la empresa pública Sodena. Incluye hasta 65 acciones y seis ámbitos de actuación. Además, el Gobierno foral ha ubicado el laboratorio de biología sintética en un complejo empresarial llamado Polo de Innovación Digital IRIS[xliii], recientemente inaugurado. Además de ser el centro que concentra todo el conocimiento de la región en materia de innovación y digitalización, se constituye como una “ventanilla única” para impulsar la transformación digital del tejido empresarial.


[i] Trijatmiko, K., Dueñas, C., Tsakirpaloglou, N. et al. Biofortified indica rice attains iron and zinc nutrition dietary targets in the field. Sci Rep 6, 19792 (2016). doi: 10.1038/srep19792 (Consultado: 03/07/2025).

[ii] Zhu, Q. et al. (2017) ‘Development of “purple endosperm rice” by engineering anthocyanin biosynthesis in the endosperm with a high-efficiency transgene stacking system’, Molecular Plant, 10(7), pp. 918–929. doi:10.1016/j.molp.2017.05.008. (Consultado: 03/07/2025).

[iii] Waltz, E. Gene-edited CRISPR mushroom escapes US regulation. Nature 532, 293 (2016). doi: 1038/nature.2016.19754 (Consultado: 03/07/2025).

[iv] Medicine, C. for V. (no date) Aquadvantage Salmon fact sheet, U.S. Food and Drug Administration. Disponible en: https://www.fda.gov/animal-veterinary/aquadvantage-salmon/aquadvantage-salmon-fact-sheet (Consultado: 03/07/2025).

[v] Sharif, M. et al. (2021) ‘Single cell protein: Sources, mechanism of production, nutritional value and its uses in aquaculture nutrition’, Aquaculture, 531, p. 735885. doi:10.1016/j.aquaculture.2020.735885. (Consultado: 03/07/2025).

[vi] Leger, D. et al. (2021) ‘Photovoltaic-driven microbial protein production can use land and sunlight more efficiently than conventional crops’, Proceedings of the National Academy of Sciences, 118(26). doi:10.1073/pnas.2015025118.

[vii] Fytsilis, V.D. et al. (2024) ‘Toxicological risks of dairy proteins produced through cellular agriculture: Current State of Knowledge, challenges and future perspectives’, Future Foods, 10, p. 100412. doi:10.1016/j.fufo.2024.100412. (Consultado: 03/07/2025).

[viii] Carne cultivada en laboratorio: Cómo se elabora y cuáles son sus pros y sus Contras (no date) Eufic. Disponible en: https://www.eufic.org/es/produccion-de-alimentos/articulo/carne-cultivada-en-laboratorio-como-se-elabora-y-cuales-son-sus-pros-y-sus-contras (Consultado: 03/07/2025).

[ix] Messer, E., & Cohen, M.  Food as a Weapon, Oxford Research Encyclopedia of Food Studies, 18 de junio de 2024, doi.org/10.1093/acrefore/9780197762530.013.17

[x] https://www.eleconomista.com.mx/empresas/duda-integridad-usda-retraso-cambios-reporte-sobre-deficit-comercial-agricola-20250609-762866.html

[xi] https://ec.europa.eu/eurostat/web/products-euro-indicators/w/6-18032025-ap

[xii] https://www.syngenta.com/products/biologicals

[xiii] “The future of food”, Nature Reviews Bioengineering, 9 de noviembre de 2023

[xiv] Lucile Yart, Cellular agriculture for milk bioactive production, Nature Reviews Bioengineering, 9 de octubre de 2023, doi.org/10.1038/s44222-023-00112-x

[xv] Sydney Reis, Zoe Stanley-Lockman, “Healthier, cleaner, greener: a NATO strategy for the coming bio-revolution”, NATO Review, 30 de mayo de 2024

[xvi] https://www.nato.int/cps/en/natohq/official_texts_224669.htm

[xvii] “Defense Production Act: The Department of Defense should invest in food biomanufacturing to advance national security”, Good Food Institute, diciembre de 2023

[xviii] Chui, M. et al. “The Bio Revolution: Innovations transforming economies, societies, and our lives”, McKinsey, 2020

[xix] https://www.congress.gov/bill/118th-congress/house-bill/7539

[xx] “Safeguarding the Bioeconomy”, National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine, 2020, https://doi.org/10.17226/25525

[xxi] https://www.whitehouse.gov/briefing-room/presidential-actions/2022/09/12/executive-order-on-advancing-biotechnology-and-biomanufacturing-innovation-for-a-sustainable-safe-and-secure-american-bioeconomy/

[xxii] Marcia McNutt, “Winning a noble race”, PNAS, 21 de diciembre de 2023, doi.org/10.1073/pnas.2321322120

[xxiii]  “Prepared Statement of Edward H. You, Supervisory Special Agent, Biological Countermeasures Unit, Countermeasures and Operations Section, Weapons Of Mass Destruction Directorate, Federal Bureau Of Investigation, Safeguarding the Bioeconomy: U.S. Opportunities and Challenges”, U.S.-Economic and Security Review Commission, 16 de marzo de 2017

[xxiv] International Security Advisory Board, «Report on Biotechnology in the People’s Republic of China’s Military-Civil Fusion Strategy», U.S. Department of State, 12 de noviembre de 2024

[xxv] Anna Puglisi, Daniel Chou, “China’s Industrial Clusters. Building AI-Driven Bio-Discovery Capacity”, Center for Security and Emerging Technology (CSET), junio de 2022, doi.org/10.51593/20220012

[xxvi] https://www.biomap.com/en/

[xxvii] Michael A. Fisher, “Advancing the U.S. Bioindustrial Production Sector”, FAS, 20 de enero de 2023, consultado el 26/06/2025

[xxviii] Stefano Donati et al., Synthetic biology in Europe: current community landscape and future perspectives, Biotechnology Notes, 2022, doi.org/10.1016/j.biotno.2022.07.003

[xxix] https://www.gov.uk/government/news/government-publishes-2-billion-vision-for-engineering-biology-to-revolutionise-medicine-food-and-environmental-protection

[xxx] https://www.ukri.org/what-we-do/browse-our-areas-of-investment-and-support/synthetic-biology-for-growth/

[xxxi] Christopher A. Voigt, Synthetic biology 2020–2030: six commercially-available products that are changing our world, Nature Communications, 11 de diciembre de 2020, doi.org/10.1038/s41467-020-20122-2

[xxxii] Christopher A. Voigt, Synthetic biology 2020–2030: six commercially-available products that are changing our world, Nature Communications, 11 de diciembre de 2020, doi.org/10.1038/s41467-020-20122-2

[xxxiii] National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine. “Strategic Report on Research and Development in Biotechnology for Defense Innovation”. The National Academies Press, 2025, https://doi.org/10.17226/27971

[xxxiv] “Artificial Intelligence and Automated Laboratories for Biotechnology: Leveraging Opportunities and Mitigating Risks: Proceedings of a Workshop—in Brief”, National Academies of Sciences, Engineering, and Medicine, 2024

[xxxv] Rajeeva, A. “AI Datasets Need to Get Smaller—and Better”, InfoWorld, 15 de junio de 2024, consultado el 02/02/2025

[xxxvi] De La Cruz, V.Y.V. et al. “Yield gap between organic and conventional farming systems across climate types and sub-types: A meta-analysis”, Agric. Syst., octubre de 2023, doi.org/10.1016/j.agsy.2023.103732

[xxxvii] https://www.darpa.mil/about/offices/bto

[xxxviii] Douglas K. R. Robinson, Daniel Nadal, “Synthetic biology in focus: Policy issues and opportunities in engineering life”, OCDE, marzo de 2025, dx.doi.org/10.1787/3e6510cf-en

[xxxix] Marnie L. Campbell, Chad L. Hewitt, Chi T.U. Le, Views on biosecurity and food security as we work toward reconciling an approach that addresses two global problems for a sustainable outcome, Cell Reports Sustainability, 27 de septiembre de 2024, doi.org/10.1016/j.crsus.2024.100218

[xl] Philip E. Hulme, “One Biosecurity: a unified concept to integrate human, animal, plant, and environmental health”, Emerg Top Life Sci, 28 de octubre de 2020

[xli] “La startup navarra MOA Foodtech recibe el compromiso de inversión 14,8 millones de euros de la Comisión Europea”, Revista Alimentaria, 19 de febrero de 2025

[xlii] “Navarra proyecta el Plan Empresarial de Biología Sintética ‘BioSintNa’, liderado por Sodena, con 65 acciones estratégicas”, biotech-spain.com, 28 de marzo de 2025

[xliii] www.navarra.es/es/-/nota-prensa/polo-de-innovacion-iris-10-millones-de-euros-en-una-infraestructura-unica-en-espana-para-el-desarrollo-digital-y-de-la-biologia-sintetica