Conferencia Magistral Christopher Clark

Una Nueva Europa

La Fundación Rafael del Pino organizó, el 6 de junio de 2024, la Conferencia Magistral «Una Nueva Europa» que impartió Christopher Clark con motivo de la publicación de su última obra titulada “Primavera revolucionaria. La lucha por un mundo nuevo 1848-1849”, editada por Galaxia Gutenberg, en la que el autor recrea un periodo histórico que presenta muchas similitudes con la situación actual que vive Europa. El profesor Clark evoca los acontecimientos que hicieron tambalearse a la sociedad europea en unos años en los que, tanto el fermento de nuevas ideas, como la reacción contra ellas, perfilaron uno de los momentos más apasionantes de la historia de Europa, del que se pueden extraerse valiosos aprendizajes.

Christopher Clark, es catedrático de Historia en la Universidad de Cambridge. Es autor del bestseller Sonámbulos. Cómo Europa fue a la guerra en 1914 (Galaxia Gutenberg, 2014), Tiempo y poder (Galaxia Gutenberg, 2019) y de otros libros, entre ellos Kaiser Wilhelm II: A Life in Power (2000) y El reino de hierro. Auge y caída de Prusia, 1600-1947 (2006). Vive en Cambridge, Reino Unido. En 2024 publica Primavera revolucionaria. La lucha por un mundo nuevo, 1948-1948 (Galaxia Gutenberg, 2024).

Resumen:

El 6 de junio de 2023, la Fundación Rafael del Pino organizó la conferencia magistral titulada “Una Nueva Europa”, impartida por Christopher Clark, catedrático de Historia en la Universidad de Cambridge, con motivo de la publicación de su última obra titulada “Primavera revolucionaria. La lucha por un mundo nuevo 1848-1849”.

Por su combinación de intensidad y extensión geográfica, las revoluciones de 1848 fueron únicas, al menos en la historia europea. Ni la revolución francesa de 1789, ni la revolución de julio de 1830, ni la comuna de París de 1871, ni las revoluciones rusas de 1905 y 1917 desencadenaron una cascada transcontinental comparable. 1989 parece una mejor comparación, pero su impacto directo se limitó a los estados del Pacto de Varsovia

En 1848, por el contrario, estallaron tumultos políticos a la vez en todo el continente. Fue la única revolución verdaderamente que ha existido y sus efectos se dejaron sentir mucho más allá de los límites del continente europeo. Los africanos de Martinica no esperaron a que el decreto llegara de París. Se sublevaron y conquistaron su libertad con sus propias manos. Se produjo para los habitantes de Martinica, Reunión, Senegal, Argelia y los demás habitantes de las posesiones del imperio francés. La decisión de abolir la esclavitud en las colonias francesas tuvo grandes consecuencias.

1848 es el retrovisor, metafóricamente, porque nos permite conectar lo que tenemos delante con lo que nos queda detrás. Todo esto puede sonar un poco extraño. Al fin y al cabo, el siglo XIX ha quedado oculto tras el alba del siglo XX. En muchas facultades de Historia de Estados Unidos, la historia europea del siglo XIX está en declive. Reflexionar sobre la relevancia contemporánea de estas revoluciones es porque esta época está más cerca de nosotros que hace treinta o cuarenta o cincuenta años.

La cuestión de Oriente vuelve a estar entre nosotros. Fue un tema recurrente de las relaciones internacionales del siglo XIX, que agrupaba los problemas derivados del debilitamiento gradual del imperio otomano y, en particular, del equilibrio de poder en el Mediterráneo oriental. A lo largo del siglo XX, esta cuestión quedó eclipsada. El imperio otomano ya no existía, Turquía fue admitida en la OTAN y, a la luz de la bipolaridad de la Guerra Fría, la problemática del equilibrio de poder en el mar Mediterráneo dejó de parecer de gran importancia. Pero, en los últimos años, ha vuelto a surgir. Lo vemos en el aumento de la tensión política en el Mediterráneo oriental, en las disputas entre Egipto y Turquía sobre el futuro de Libia y en el lenguaje de los textos neo-otomanos del presidente Erdogán.

Nuestra época está marcada por el retorno de una auténtica multipolaridad como no habíamos conocido desde 1955. Esta multipolaridad tiene muchas dimensiones. Han surgido nuevas potencias regionales, decididas a dar forma a los acontecimientos en sus propias esferas. Turquía e Irán son dos ejemplos importantes. La transición desde la política de contención de Den Xiaoping bajo la máxima “esconde tu poder y sé siempre paciente”, hasta el comportamiento descarado, agresivo, de la China actual es otra faceta de la multipolaridad actual. El régimen de Vladimir Putin ha abierto un nuevo y espantoso conflicto para el que no se vislumbra una solución evidente. Como resultado de la invasión de Ucrania, los puertos de exportación de grano del Danubio vuelven a ser noticia, como lo fueron a principios de la década de 1850, en vísperas de la Guerra de Crimea.

Esta vuelta de la multipolaridad nos preocupa. Para la gente del siglo XIX, era todo lo que conocían. Los fenómenos del siglo XIX que han resurgido en nuestra época son las constelaciones políticas fluidas con una disciplina de partido mínima, el retorno de la cuestión social, el problema de la pobreza de los trabajadores, aunque tengan trabajo, el robo de madera, aumento de precios de los alimentos básicos, la inquietud en torno a la desigualdad social, fusiones hábiles de política y religión y el despertar a pesar de la globalización del nacionalismo clásico. Rusia ya no es un modelo contra revolucionario, como lo fue en la época de la Unión Soviética, un sistema de gobierno cuya ideología marxista materialista aún ejercía cierta atracción sobre los partidos de la izquierda occidental. Hoy, por el contrario, Rusia es lo opuesto, como lo fue en el XIX, el polo reaccionario de Occidente.

Los niños clarividentes con poder de señalización global son un rasgo distintivo de ambas épocas. Greta Thunberg es la Bernadette Soubirous del presente. En 1858, a la niña de catorce años Soubirous se le apareció la Virgen María. Su relato de esta experiencia fue tan persuasivo, tan claro y contundente, que superó el escepticismo del clero local que sentó las bases de un movimiento de peregrinación mundial, la peregrinación a Lourdes. Desde 2018, Greta Thunberg, que entonces tenía quince años, ha hablado a las conciencias de millones de personas. La aparición de la Virgen de Lourdes y la actual crisis climática no son fenómenos equivalentes.

Esta lista podría ampliarse aún más. Algunas de las conexiones son más fuertes que otras. Lo que importa, simplemente, es que la historia no se mueve en línea recta. Hay momentos en los que una historia que parece acabada, enterrada en el pasado, aparece de repente junto a nosotros.

Teniendo en cuenta esta idea, volvemos a centrar nuestra atención en las revoluciones de 1848, inmediatamente nos viene a la mente una serie de puntos en común. Lo interesante, pero difícil y frustrante, de estas revoluciones es su polivalencia, el hecho de que tantas pasiones, programas y aspiraciones se expresasen de manera simultánea. Algunos eran progresistas, otros todo menos progresistas, otros liberales, radicales, conservadores o reaccionarios. Durante décadas, los mandos policiales de toda Europa se habían preparado para una revolución planeada de antemano por conspiradores, pero se estaban preparando para revoluciones equivocadas. Centraron su atención en redes clandestinas, en revoluciones secretas, y descubrieron o se implicaron en muchas de ellas utilizando espías. Pero las revoluciones del 48 no fueron fruto de una conspiración. De haberlo sido, hubieran estado mejor organizadas. En realidad, fueron convulsiones pansociales, momentos de una desinhibición general frente al orden político existente.

La imagen más conmovedora de las revoluciones de mediados del siglo XIX es, quizá, “La libertad guiando al pueblo”, de Eugene Delacroix. El lienzo conmemoraba la revolución parisina de julio de 1830. Las revueltas de 1848 no produjeron ningún cuadro de intensidad alegórica comparable. En 1851, la historiadora Marie Dague, autora de la mejor historia contemporánea de estas revoluciones, observaba que las artes se habían mostrado absolutamente incapaces de plasmar de forma visible la idea que había animado la revolución del 48.

Las revoluciones de 1848 fueron impulsadas por fuerzas que entraban en conflicto, que eran incompatibles o, simplemente, se anulaban mutuamente. La movilización política de aquel año adoptó muchas formas: nuevos ministerios, clubes radicales, violencia en las calles, campañas electorales y debates parlamentarios, clubes de mujeres, ataques a policías, ataques a funcionarios de aduanas y soldados, caricaturas mordaces, agresiones a diputados, peleas entre guardias nacionales y miembros de las legiones civiles, ataques a ciudadanos judíos y a sus propiedades o, simplemente, a extranjeros y forasteros. En las zonas boscosas del sur de Francia estalló la llamada Guerra de las Muchachas, entre campesinos vestidos de mujer y funcionarios forestales del Estado. Esto también pertenece a las revoluciones de 1848, aunque los campesinos luchaban contra la administración forestal del Estado y, por tanto, contra la recién formada República.

Los liberales temían a la reacción, pero también a la democracia y, a veces, no sabían a cuál temían más de las dos. Los radicales se sentían atraídos por las turbas enardecidas, pero también recelaban de ellas. Las coaliciones que se formaban en marzo del 48 pronto se dispersaron en diferentes direcciones. Nada cuajó. Para los contemporáneos, a menudo era difícil distinguir la dirección general de la marcha. Tan paradójicas y contradictorias eran las fuerzas que las revoluciones habían desencadenado. Incluso, se podía decir que la revolución y la contrarrevolución nacieron gemelas en una misma cama. De ahí la complejidad del 48.

Dicha complejidad no estaba en función de la dificultad intrínseca de los problemas a los que se habían enfrentado las sociedades pre revolucionarias, sino que era el resultado de la gran cantidad y diversidad de grupos y perspectivas políticas. Durante estas revoluciones nacieron muchos periódicos nuevos que generaron una superabundancia de nuevas ideas y narrativas que despertaron cierta ambivalencia entre los contemporáneos. El mundo político aun no había sido estructurado y disciplinado por los grandes partidos de masas. La diversidad de voces y programas resultaba apasionante, pero era fácil sentirse abrumado. Es interesante la frecuencia con la que uno encontraba, incluso en los periódicos liberales, escepticismo ante la nueva libertad de prensa. A muchos les preocupaba el tono crecientemente mordaz. De repente, en Viena se puso de moda denunciar a las personas por su nombre en la prensa. Era algo nuevo. Por primera vez, las cartas anónimas y amenazadoras circulaban por la ciudad. En este sentido, los ciudadanos del 48 son contemporáneos nuestros.

En París, como en casi toda la Europa del 48, el resultado de las elecciones celebradas ese año fue una amarga decepción para la izquierda. Los radicales se habían unido a los liberales para exigir la ampliación del sufragio, pero esa ampliación dio lugar a asambleas dominadas por intereses moderados y conservadores en lugar de los radicales. Fue un duro golpe del que la izquierda europea luchó por recuperarse. En mayo de 1848, los intrusos que asaltaron el parlamento parisino anunciaron que el gobierno en funciones quedaba disuelto y que el nuevo gobierno esperaba entre bastidores para tomar el poder. La guardia nacional llegó y los dispersó y pronto se reanudaron los trabajos parlamentarios. Es similar al asalto al Capitolio estadounidense el 6 de enero de 2021. En ambos casos, la democracia liberal quedaba cuestionada de la forma más dramática.

Las revoluciones del 48 parecían tan antiguas como el Egipto faraónico. Su complejidad era un garabato fútil y anticuado incapaz de generar el tipo de narrativa que nutre a la gente de nuestros días. Pero algo ha cambiado. Estamos resurgiendo de algo que la gente del 48 aun no conocía: la era de la alta industrialización, el auge de las grandes formaciones ideológico partidistas, el ascenso del Estado Nación y del Estado del bienestar, el auge de los grandes periódicos y de la audiencia televisiva nacional. Estas cosas, que solíamos llamar modernidad, están cambiando. Su control sobre nosotros está disminuyendo. La vieja trigonometría de izquierda y derecha, que antes utilizábamos para trazar y describir nuestros caminos como seres políticos, ya no funcionan. La perplejidad generada por los nuevos movimientos, las manifestaciones de Trump, occupy Wall St., las protestas contra la vacunación, la perplejidad es un síntoma de esta transición. Pero si las leemos con el telón de la agitación de las revoluciones de mediados del siglo XIX, parecen menos desconocidas. La toma del Capitolio tuvo muchos ecos: el rechazo del proceso electoral como una trampa y una mentira, la teatralidad improvisada y los atuendos extravagantes, las posturas eufóricas unidas a apelaciones a altos principios (libertad, derechos, la constitución, todo ello recordaba a los tumultos del 48.

Las inestables estructuras de liderazgo, la fusión parcial de ideologías dispares, y la calidad móvil, proteica, improvisada de gran parte de la disidencia política actual recuerdan a 1848, al igual que los esfuerzos de los intelectuales por darles sentido. Ross Douthat, columnista del New York Times describe el conway de la libertad como la última batalla de una nueva guerra de clases entre virtuales, gente educada, y prácticos, gente que hace cosas con sus manos. Esta dicotomía recuerda la oposición entre holgazanes e industriales, invocada por los seguidores del sabio socialista Saint Simon. En un artículo que publicó para la revista Atlantic, George Packer observa que la clase obrera se ha convertido en terra incógnita para las élites cosmopolitas, inteligentes, de las ciudades. Esta observación recuerda a la literatura de misterio de la década de 1840, en la que los escritores invitaban a sus prósperos lectores a reflexionar sobre el mundo desconocido de los barrios más pobres de sus ciudades. En general, la mayor conciencia ambiental, de la precariedad, y la preocupación por la menguante cohesión social recuerdan los sombríos diagnósticos de la década de 1840.

Hoy en día, las medidas adoptadas por los distintos gobiernos para afrontar el cambio climático se juzgan no solo por su eficacia para alcanzar ese objetivo, sino también por su impacto social, por sus efectos distributivos. Es difícil conciliar el fin del carbón con los intereses políticos, y esta resistencia se produce en todos los niveles de decisión porque no será solo una cuestión de acuerdos internacionales, sino también de difíciles compromisos internos. Y la búsqueda de una solución global se hace aun más difícil por le hecho de que los medios empleados para resolver un problema pueden empeorar simultáneamente otro. Un artículo que escribió en la década de 1840 sobre la industria forestal en Renania, el joven Karl Marx escribió: “La multiplicidad de facetas desconcertantes del mundo está en función de la unilateralidad de las numerosas partes que lo componen. El carácter polifacético distorsionante del mundo está en función de la unilateralidad de las numerosas partes que lo componen”. Con ello quería decir que, si los problemas de la economía política son tan complejos, es porque las personas y los grupos afectados por ellos se aferran obstinadamente a sus intereses en conflicto.

Una mirada retrospectiva a 1848 pueda mostrarnos cómo salir de la actual policrisis histórica mundial. Pero nos ofrece la imagen de una crisis completa y nos invita a reflexionar sobre la tensa relación entre las necesidades particulares y las generales. Entre el pueblo de 1848 y nosotros, se extiende la época de la alta modernidad. Ellos estaban en vísperas de esta era de transformación. Nosotros estamos al final, estamos a punto de despedirnos de algo que ellos aun no conocían. Quizá por eso vemos resonancias entre nuestra época y la suya. Queda por ver si la salida de esta era será tan tumultuosa como nuestro viaje hacia ella y a través de ella. Pero, a medida que dejamos de ser criaturas de la alta modernidad, nuevas afinidades se hacen posibles. Resulta apasionante, incluso instructivo, contemplar a las personas en las situaciones del 48. La fisura y la modernidad de su política, la agitación y el cambio sin un sentido fijo de la dirección a seguir, las ansiedades en torno a la desigualdad y la finitud de los recursos, el enredo letal de tumultos civiles con las relaciones internacionales, la irrupción de la violencia, la utopía y la espiritualidad en la política, sí se avecina una revolución, y parece que estamos muy lejos de una solución no revolucionaria, la policrisis a la que nos enfrentamos actualmente puede que se parezca a la de 1848: mal planificada, dispersa, irregular y realizada de contradicciones.

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