Conferencia Magistral Jonathan Haidt

La generación ansiosa

La Fundación Rafael del Pino organizó, el día 25 de junio de 2026, la Conferencia Magistral de Jonathan HaidtLa generación ansiosa. Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes.” con motivo de la publicación de su último libro de igual título editado por Deusto. Tras su intervención dialogará con Ana Ariño.

En La generación ansiosa, Jonathan Haidt analiza una de las grandes transformaciones silenciosas de nuestro tiempo: el profundo impacto que la infancia hiperconectada, marcada por los teléfonos inteligentes, las redes sociales y la pérdida de experiencias de juego libre, ha tenido en la salud mental de niños y adolescentes. Con una mirada clara, documentada y provocadora, Haidt muestra cómo el paso de una infancia basada en el juego a una infancia dominada por las pantallas ha contribuido al aumento de la ansiedad, la depresión y la fragilidad emocional entre los jóvenes, al tiempo que propone caminos concretos para recuperar espacios de autonomía, convivencia y desarrollo saludable. Una obra imprescindible para padres, educadores y todos aquellos interesados en comprender los desafíos de la nueva generación.

Jonathan Haidt es Catedrático Thomas Cooley de Liderazgo Ético en la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York. Lincenciado por la Universidad de Yale en 1985 y Doctorado por la universidad de Pennsylvania en 1992. Haidt es un psicólogo social cuya investigación se centra en la moralidad – sus fundamentos emocionales, las variaciones culturales, y curso de desarrollo. Comenzó su carrera estudiando las emociones morales negativas, como el disgusto, la vergüenza y la venganza, pero luego pasó a las emociones morales positivas poco estudiadas, como la admiración, el temor y la elevación moral. Él es el co-desarrollador de Moral Foundations Theory, y del centro de investigación YourMorals.org . Utiliza su investigación para ayudar a las personas a entender y respetar los motivos morales de las personas con las que no están de acuerdo. En 2012 Fue nombrado como “uno de los 100 mejores pensadores globales” por la revista Foreign Policy y uno de los 65 “World Thinkers of 2013” de la revista Prospect. Es autor de más de 90 artículos académicos y de dos libros: The Happiness Hypothesis: Finding Modern Truth in Ancient Wisdom, y The Righteous Mind: Why Good People are Divided by Politics and Religion. En NYU-Stern, está centrando su investigación sobre la psicología moral a la ética empresarial, preguntando cómo las empresas pueden estructurarse y funcionar de manera que sean resistentes a los fracasos éticos. Haidt también está trabajando en aumentar la diversidad de puntos de vista en la academia a través de Heterodox Academy, su nuevo proyecto colaborativo.

Ana Ariño es fundadora de EducAI y becaria de Excelencia Rafael del Pino. Experta en estrategia, innovación y desarrollo económico, ha desarrollado una destacada trayectoria internacional en los sectores público y privado. Ha ocupado puestos de alta dirección en la New York City Economic Development Corporation, donde fue Executive Vice President y Chief Strategy Officer, así como en ACCIONA y Bird, compañía en la que lideró las operaciones en España y Portugal durante una etapa de fuerte crecimiento. Anteriormente fue consultora en The Boston Consulting Group (BCG). Reconocida entre los Choiseul 100 Economic Leaders for Tomorrow y graduada por Johns Hopkins SAIS, centra actualmente su labor en promover la educación en inteligencia artificial y preparar a las nuevas generaciones para los retos de la economía del futuro.

Resumen:

La Fundación Rafael del Pino organizó, el día 25 de junio de 2026, la Conferencia Magistral de Jonathan Haidt, «La generación ansiosa. Por qué las redes sociales están causando una epidemia de enfermedades mentales entre nuestros jóvenes», con motivo de la publicación, por la editorial Deusto, de su último libro de igual título. Tras su intervención, el reconocido psicólogo social y profesor de la Universidad de Nueva York mantuvo un diálogo con Ana Ariño sobre los desafíos que la revolución tecnológica plantea para el desarrollo infantil, la educación y el futuro de las democracias.

Una nueva etapa en la transformación de nuestras sociedades

Jonathan Haidt abrió su intervención recordando su anterior visita a la Fundación Rafael del Pino en 2019, cuando trató de explicar las profundas transformaciones políticas y sociales que comenzaban a manifestarse en numerosas democracias occidentales. En aquel momento intuía que se había producido una ruptura histórica cuyo origen todavía resultaba difícil de identificar. Años después, afirmó, la evidencia acumulada le ha permitido comprender que una parte sustancial de ese cambio reside en la revolución tecnológica impulsada por la generalización del teléfono inteligente y de las redes sociales.

Según Haidt, el periodo comprendido entre 2010 y 2015 constituye un auténtico punto de inflexión en el desarrollo de las nuevas generaciones. Durante esos años no solo cambiaron los hábitos de comunicación, sino que se alteró profundamente el entorno en el que crecen los niños y adolescentes, modificando los procesos de socialización, aprendizaje y construcción de la personalidad.

Lejos de considerar la tecnología como un fenómeno neutral, sostuvo que el ecosistema digital actual ha transformado las condiciones mismas del desarrollo humano, configurando una generación cuya infancia ha transcurrido bajo la influencia constante de dispositivos diseñados para captar y retener la atención.

El desarrollo infantil depende del entorno

Uno de los ejes centrales de la conferencia fue la explicación del modo en que el cerebro infantil se adapta al ambiente en el que crece. Haidt recurrió a la metáfora de las raíces de un árbol para ilustrar cómo las conexiones neuronales se desarrollan siguiendo los estímulos que encuentran a su alrededor.

Del mismo modo que un árbol modifica su crecimiento para adaptarse al terreno, sostuvo que el cerebro de los adolescentes está siendo moldeado por un entorno dominado por las pantallas, la estimulación constante y la interacción digital permanente. Esta transformación no afecta únicamente al comportamiento, sino también al desarrollo físico, los hábitos de sueño, la capacidad de concentración e incluso la forma en que los jóvenes construyen sus relaciones sociales.

El profesor norteamericano advirtió que nunca antes una generación había atravesado la pubertad inmersa en un ecosistema diseñado para competir de manera permanente por su atención. Precisamente durante esa etapa crítica del desarrollo cerebral es cuando las plataformas digitales despliegan con mayor intensidad mecanismos orientados a maximizar el tiempo de uso mediante algoritmos de recomendación y sistemas de recompensa inmediata.

De una infancia basada en el juego a una infancia basada en el teléfono

Haidt resumió el fenómeno que describe en su obra como una «tragedia en dos actos». En primer lugar, las sociedades occidentales han reducido progresivamente la autonomía infantil, sustituyendo el juego libre por una supervisión constante de los adultos. Paralelamente, mientras se restringía la libertad en el mundo físico, se permitió un acceso prácticamente ilimitado al universo digital.

A su juicio, las familias han sobreprotegido a los niños frente a los riesgos del entorno real mientras los han dejado insuficientemente protegidos frente a los riesgos del entorno virtual. Esta combinación ha supuesto una alteración sin precedentes de la experiencia de crecer.

El resultado es una infancia mucho más solitaria, menos expuesta a la interacción cara a cara y con menores oportunidades para desarrollar habilidades sociales, afrontar pequeños riesgos cotidianos y adquirir la resiliencia propia de las experiencias compartidas con otros niños.

En este contexto, el juego espontáneo, la exploración y la independencia han sido sustituidos progresivamente por formas de entretenimiento individual mediadas por dispositivos electrónicos que concentran una parte creciente del tiempo libre de niños y adolescentes.

Evidencias de una crisis global de salud mental

Buena parte de la conferencia estuvo dedicada a presentar la evidencia empírica que, en opinión de Haidt, demuestra la estrecha relación entre la expansión de las redes sociales y el deterioro de la salud mental de los adolescentes. A partir de numerosos estudios internacionales, sostuvo que la evolución observada desde comienzos de la década de 2010 no puede entenderse como una mera coincidencia temporal.

Los datos muestran, explicó, un incremento abrupto de los trastornos de ansiedad y depresión entre los jóvenes universitarios estadounidenses precisamente a partir de 2012, tendencia que posteriormente se ha reproducido en numerosos países occidentales. A ello se suma el aumento de las autolesiones, los intentos de suicidio y los suicidios consumados entre adolescentes, especialmente entre las niñas, cuya incidencia experimentó un crecimiento sin precedentes en apenas unos años.

Para Haidt, estos indicadores no reflejan únicamente una mayor disposición de los jóvenes a expresar su malestar psicológico, sino un deterioro real de su bienestar emocional. La coincidencia temporal entre la generalización del smartphone, el auge de Instagram y la consolidación de la denominada economía de la atención constituye, a su juicio, un elemento explicativo de enorme relevancia.

Lejos de circunscribirse a Estados Unidos, subrayó que la tendencia puede observarse también en el Reino Unido, el norte de Europa y diversos países asiáticos y latinoamericanos. España tampoco constituye una excepción. Aunque el incremento registrado presenta menor intensidad que en otros países, los datos disponibles muestran igualmente un crecimiento significativo de los trastornos de ansiedad y depresión entre adolescentes durante la última década.

Especial relevancia concedió a diversas investigaciones realizadas en España que analizan la implantación progresiva de la banda ancha de alta velocidad en las distintas provincias. Según explicó, estos trabajos permiten aproximarse a una relación de causalidad, al comprobar que el aumento de los problemas psiquiátricos evoluciona de forma paralela a la expansión del acceso a internet de alta velocidad, especialmente entre las adolescentes.

En consecuencia, defendió que el debate ya no debe centrarse exclusivamente en si existe una correlación estadística entre redes sociales y deterioro psicológico, sino en cómo responder a una evidencia que considera cada vez más consistente desde el punto de vista científico.

La erosión de la atención y del capital humano

Aunque La generación ansiosa nació inicialmente como una investigación sobre salud mental, Haidt explicó que durante los dos últimos años ha llegado a la conclusión de que el problema de mayor alcance quizá no sea el incremento de la ansiedad o la depresión, sino el deterioro progresivo de la capacidad de atención y concentración de las nuevas generaciones.

En su opinión, la exposición constante a estímulos breves, recompensas inmediatas y contenidos diseñados para maximizar el tiempo de permanencia en las plataformas digitales está modificando profundamente los procesos cognitivos. La dificultad para mantener la atención durante periodos prolongados afecta tanto al aprendizaje como a la capacidad para desarrollar proyectos complejos, leer textos extensos o sostener un razonamiento continuado.

Como prueba de ello presentó diversos indicadores educativos internacionales. Las evaluaciones realizadas durante las últimas décadas muestran que los avances acumulados en el rendimiento escolar comenzaron a invertirse precisamente a partir de los años en que se generalizó el uso del smartphone entre los adolescentes. Si bien la pandemia agravó posteriormente la situación, Haidt sostuvo que el deterioro educativo ya era claramente visible antes de la crisis sanitaria.

Especial preocupación expresó por la evolución del rendimiento de los alumnos con peores resultados académicos, cuya pérdida de competencias resulta considerablemente superior a la registrada entre los estudiantes de mayor rendimiento. A su juicio, esta tendencia supone una amenaza directa para el capital humano de las sociedades avanzadas y compromete su capacidad futura de innovación, productividad y crecimiento.

Esta pérdida de atención no afecta únicamente a los jóvenes. Citando diversos estudios recientes, señaló que también entre la población adulta aumenta la dificultad para comprender textos relativamente sencillos o mantener la concentración durante tareas intelectuales prolongadas. En este sentido, advirtió que el problema trasciende el ámbito educativo para convertirse en un desafío cultural de primer orden.

Niñas y niños: dos formas distintas de vulnerabilidad

Otro de los aspectos desarrollados durante la conferencia fue la distinta manera en que el ecosistema digital afecta a niñas y niños. Aunque ambos experimentan un deterioro de su bienestar, Haidt sostuvo que los mecanismos que conducen a esa situación presentan diferencias significativas.

En el caso de las adolescentes, identificó las redes sociales como el principal factor de vulnerabilidad. Plataformas como Instagram intensifican la comparación constante con los demás, amplifican la presión por la imagen corporal y multiplican la difusión de rumores, conflictos y procesos de exclusión social. La agresividad relacional, tradicionalmente presente durante la adolescencia femenina, encuentra en las redes un instrumento extraordinariamente eficaz para extenderse y adquirir una dimensión permanente.

A ello se añade la exposición continuada a contenidos relacionados con trastornos alimentarios, modelos de belleza irreales o dinámicas de validación social basadas en la aprobación inmediata de los demás. Según Haidt, las propias investigaciones internas de algunas compañías tecnológicas muestran que sus responsables conocían el impacto especialmente negativo que determinadas plataformas ejercían sobre las adolescentes.

La situación de los chicos responde, en cambio, a una lógica diferente. Más que las redes sociales, el principal riesgo procede de un ecosistema dominado por videojuegos altamente inmersivos, pornografía de acceso inmediato, apuestas deportivas y otras fuentes permanentes de recompensa rápida. Este conjunto de estímulos altera progresivamente los circuitos de motivación y hace cada vez más difícil encontrar interés en actividades que requieren esfuerzo sostenido, como el estudio, la lectura o el trabajo.

El resultado es una creciente desconexión del mundo real que limita el desarrollo de habilidades personales, reduce la capacidad de compromiso y dificulta la incorporación plena a la vida adulta. En palabras del propio Haidt, una sociedad formada por hombres incapaces de desarrollar todo su potencial difícilmente podrá convertirse en una sociedad en la que las mujeres también puedan prosperar plenamente.

Recuperar la infancia: una agenda para familias, escuelas y gobiernos

Tras exponer el diagnóstico, Jonathan Haidt dedicó la parte final de su intervención a presentar las medidas que, a su juicio, permitirían revertir la transformación de la infancia producida durante la última década. Lejos de considerar que el fenómeno sea irreversible, defendió que todavía es posible reconstruir un modelo de desarrollo infantil basado en la autonomía, el juego y las relaciones personales.

Su propuesta parte de una idea central: el problema no puede resolverse únicamente mediante decisiones individuales de las familias. Mientras el acceso precoz a los teléfonos inteligentes y las redes sociales continúe siendo la norma, los padres seguirán enfrentándose a un problema de acción colectiva, sometidos a la presión de que sus hijos no queden excluidos respecto a sus iguales.

Por ello, propuso establecer cuatro principios compartidos: retrasar el acceso al teléfono inteligente hasta, aproximadamente, los catorce años; impedir el acceso a redes sociales antes de los dieciséis; mantener las escuelas libres de teléfonos móviles durante toda la jornada educativa; y recuperar espacios de juego libre, autonomía y responsabilidad en el mundo físico.

En el caso de España, expresó su satisfacción por el debate público que ya se está produciendo sobre estas cuestiones y valoró positivamente tanto las iniciativas impulsadas para restringir el uso de teléfonos móviles en los centros educativos como el interés mostrado por elevar la edad mínima de acceso a las redes sociales, en línea con otros países europeos.

Junto a las políticas públicas, subrayó la importancia del compromiso de las familias. Recomendó favorecer las actividades compartidas, recuperar la lectura, el cine y las narraciones largas frente al consumo fragmentado de vídeos breves, así como limitar el uso individual de tabletas y teléfonos durante la infancia. En su opinión, el auténtico desafío consiste en sustituir la lógica de la gratificación inmediata por experiencias capaces de fortalecer la atención, la imaginación y la convivencia.

Asimismo, defendió la necesidad de devolver a los niños mayores cotas de independencia. Recuperar el juego sin supervisión constante, permitir que asuman pequeños riesgos cotidianos y favorecer la construcción de relaciones espontáneas con otros niños constituye, a su juicio, una condición imprescindible para desarrollar la resiliencia y la denominada «antifragilidad», entendida como la capacidad de fortalecerse precisamente gracias a la superación de pequeñas dificultades.

La inteligencia artificial y el riesgo de una nueva dependencia cognitiva

Aunque el objeto principal de la conferencia fueron las redes sociales, Haidt dedicó una parte significativa del coloquio a analizar el impacto que la inteligencia artificial puede tener sobre las generaciones más jóvenes.

Advirtió de que muchas de las dinámicas observadas durante la última década podrían intensificarse considerablemente con la expansión de sistemas conversacionales cada vez más sofisticados. En su opinión, la inteligencia artificial no debe contemplarse únicamente como una nueva herramienta tecnológica, sino como un agente capaz de modificar profundamente la forma en que las personas aprenden, piensan y se relacionan.

Especial preocupación manifestó por la aparición de asistentes conversacionales diseñados para establecer vínculos emocionales con los usuarios. Estos sistemas, afirmó, pueden terminar sustituyendo parcialmente las relaciones humanas durante etapas especialmente sensibles del desarrollo personal, dificultando la adquisición de competencias sociales básicas y favoreciendo nuevas formas de dependencia psicológica.

Al mismo tiempo, alertó sobre el riesgo de una creciente delegación de los procesos intelectuales en la inteligencia artificial. Si durante los primeros años de internet los usuarios recurrían a la tecnología para facilitar determinadas tareas, la nueva generación de herramientas puede conducir, según explicó, a una auténtica renuncia al esfuerzo cognitivo. Cuando las máquinas elaboran respuestas, redactan trabajos o toman decisiones de manera automática, disminuye progresivamente la necesidad de ejercitar capacidades esenciales como el razonamiento, la creatividad o el juicio crítico.

Frente a este escenario, defendió una aproximación prudente al uso educativo de la inteligencia artificial. Los niños, sostuvo, necesitan primero desarrollar plenamente sus capacidades intelectuales y sociales en contacto con los libros, las personas y el mundo físico antes de incorporar tecnologías cuya influencia sobre el desarrollo humano todavía resulta incierta.

Un desafío para la democracia y el florecimiento humano

Durante el diálogo con Ana Ariño, la conversación trascendió el ámbito estrictamente educativo para abordar las implicaciones sociales y políticas de la revolución tecnológica. Haidt sostuvo que la fragmentación del espacio público provocada por las redes sociales ha debilitado la capacidad de las sociedades democráticas para compartir una comprensión común de la realidad.

Recuperando la metáfora bíblica de la Torre de Babel —que inspira también el título de su próximo libro— explicó que las plataformas digitales, lejos de conectar a los ciudadanos, han contribuido a dividirlos en múltiples comunidades informativas cada vez más aisladas entre sí. Esta pérdida de un lenguaje compartido constituye, en su opinión, uno de los mayores desafíos contemporáneos para las democracias liberales.

No obstante, el profesor estadounidense concluyó con un mensaje de optimismo. Si hace apenas dos años contemplaba con preocupación la magnitud del problema, hoy considera que se está gestando un movimiento internacional sin precedentes. La creciente implicación de familias, educadores, investigadores y responsables públicos demuestra, a su juicio, que las sociedades democráticas conservan la capacidad de reaccionar frente a los efectos no deseados de la revolución tecnológica.

La conferencia concluyó así con una llamada a recuperar una concepción de la infancia basada en el juego, la autonomía y las relaciones humanas. Para Haidt, preservar esas experiencias constituye una condición indispensable no solo para proteger la salud mental de las nuevas generaciones, sino también para garantizar el florecimiento personal, la calidad de la educación y la fortaleza de las democracias del futuro.

 

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