Economía política y lucha por un mundo mejor

Paul Krugman y Mauro F. Guillén

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Resumen / Summary (Spanish)

El 18 de febrero de 2020 tuvo lugar, en la Fundación Rafael del Pino, el diálogo entre Paul Krugman, premio Nobel de Economía en 2008, y Mauro F. Guillén, Dr. Felix Zandman Professor of International Management de la Wharton School of Management, sobre “Economía, política y la lucha por un futuro mejor”, con motivo de la presentación del libro de Krugman del mismo título. Según Krugman, en Estados Unidos los zombis están siempre a la derecha del espectro político porque lo que les mantiene caminando es el dinero. Por ejemplo, el país tiene un presidente que ha bajado mucho los impuestos a los ricos, alegando que es algo fantástico. Como resultado de ello, la deuda pública ha experimentado un crecimiento explosivo. El Partido Republicano, por ejemplo, también niega la existencia del cambio climático. Y cree que es imposible garantizar la sanidad a los ciudadanos y que las reformas que se hicieron en el pasado no han funcionado. A pesar de ellos, la economía funciona bien. La salida de la crisis financiera internacional fue más lenta de lo que podría haber sido a causa de la austeridad, ya que los republicanos insistieron en recortar los impuestos y no gastar en infraestructuras. Después, cuando ganaron las elecciones y llegaron a la Casa Blanca, se olvidaron de todo ello. Trump criticó el déficit público cuando los republicanos estaban en la oposición, pero cuando se convirtió en presidente se olvidó de ello y lo incrementó aún más. Así es que se ha generado crecimiento económico dando dinero a las empresas. Eso, sin embargo, es un estímulo keynesiano para la economía. Es un estímulo tan grande como el que se aplicó en la era Obama, pero entonces el paro era del 9% y ahora lo es del 4%. Los republicanos, por tanto, sabotearon la economía antes de las elecciones para arreglarla después. Gastar dinero, por tanto, es bueno, aunque sea para una tontería. Ahora bien, el programa de levantar un muro contra nuestro vecino México con gasto público va a causar más daño que beneficios. Si Trump quisiera destinar el dinero público a reparar las carreteras y los ferrocarriles tendría el apoyo de casi todos los demócratas en el Congreso. Por desgracia, no quiere hacer ese tipo de cosas. A lo que estamos asistiendo en la actualidad es a la culminación de un proceso que lleva desarrollándose desde hace ya mucho tiempo. El Partido Republicano es un brazo de un movimiento más grande, el conservadurismo, que abarca también a la Fox y a una serie de organizaciones que operan al unísono. El partido ha ido avanzando hacia tendencias autoritarias. El Partido Republicano, de hecho, es un partido autoritario y lo lleva siendo durante mucho tiempo. Todo esto ya estaba presente antes. La sorpresa respecto a Trump es que es un personaje que no tiene pelos en la lengua, que es vulgar, ordinario y zafio. Aún así, en Estados Unidos, dice Krugman, tienen suerte porque si Trump fuese más listo la democracia estaría perdida. Trump, además, es un personaje que se arredra cuando se enfrenta a alguien que le planta cara y le puede devolver el golpe. Es lo que ha pasado con la guerra comercial con China, o con la renegociación del Nafta, aunque a veces cuando da marcha atrás hace lo correcto, como no ir a la guerra contra Corea del Norte o contra Irán. Por lo que se refiere a las políticas de austeridad, Krugman indicó que nunca funcionan. Ayudan a evitar una crisis de deuda, pero esas crisis son problemas muy distantes. El pánico de 2011 en los mercados financieros, del que España fue parte, desapareció no porque se redujeran los déficits presupuestarios, sino porque Mario Draghi dijo que se haría lo que hiciera falta. La austeridad tampoco crea más puestos de trabajo de los que desaparecen por su causa. También se suponía que la austeridad iba a impedir una espiral de deuda, pero como los tipos de interés están por debajo de las tasas de crecimiento, esto impide que surja esa espiral. La deuda, de hecho, se diluye si hay mayores tasas de crecimiento. La espiral de deuda, por tanto, es un mito y las premisas sobre las que se sustenta la política de austeridad se revelan falsas. La realidad es que la economía de Estados Unidos va mejor que la europea porque en Estados Unidos se ha estimulado el gasto público, aunque con ello se haya incrementado el déficit presupuestario. Europa, en cambio, se ha mantenido en la austeridad y, por tanto, ha crecido menos que Estados Unidos. A Japón le sucede lo mismo. Antes se sabía qué hacer cuando había una depresión económica y, por ello, se utilizaban estímulos fiscales. Pero una gran parte de los economistas dijeron que si los mercados y la gente son racionales esas cosas no suceden. Muchos de los profesores universitarios estadounidenses estuvieron inventando falacias al respecto, haciéndolas pasar por ideas muy brillantes. Así es las muchas cosas que se aprendieron en la Gran Depresión luego cayeron en el olvido. Cuando se tiene un tipo de cambio fijo lleva mucho más tiempo recuperarse de una crisis e implica mayores niveles de paro. Esa es la historia reciente de España, y esa no es una historia de éxito. Salirse del euro no es una opción. Si Italia decidiera hacerlo, habría una huida masiva de capitales y se crearían muchos problemas con los contratos en euros, en especial los firmados con personas o entidades extranjeras. Haber vivido y trabajado en el euro durante veinte años hace que abandonarlo resulte costosísimo. Para apoyar el euro debería haber una unión fiscal, aunque eso es algo que, en estos momentos, se antoja más allá de lo posible. Lo que no es excusa es que no haya una unión bancaria, con un fondo europeo de garantía de depósitos. Una unión fiscal sería algo bueno, ya que aportaría una red de seguridad en situaciones de crisis para los países que la padezcan. Esa red no existía cuando estalló la última crisis y por eso pasó lo que pasó. Pero como las diferencias de renta en la UE entre los países más ricos y los más desfavorecidos son muy grandes, y no hay un verdadero sentido de cohesión, resulta difícil convencer a los primeros de que ayuden a los segundos. La globalización provoca ganadores y perdedores. Las importaciones de China, por ejemplo, desplazan a los trabajadores estadounidenses. A pesar de ello, China no es la fuente de los problemas de Estados Unidos. La fuente es la rigidez ideológica que ha limitado la política económica norteamericana. El crecimiento económico chino se basa en una acumulación de capital increíble y eso es algo que va a hacer que China se estrelle en algún momento. Ahora bien, como los chinos carecen de esas limitaciones ideológicas, no tienen problema alguno en volverse keynesianos si la economía se desacelera y empezar a construir infraestructuras. Por lo que se refiere al cambio climático, Krugman no se mostró muy favorable de ideas como la energía verde o los impuestos sobre el carbono. Desarrollos tecnológicos como la energía solar no son fruto solo de inversiones privadas. El gobierno también destinó muchos recursos a ello. Eso, sin embargo, es algo que el impuesto sobre el carbono no hace por sí solo. Además, una política como la del cambio climático no se puede basar solo en el sacrificio. También tiene que tener algo positivo. Por eso, Krugman se mostró a favor de una solución más ecléctica, no de una de libro de texto porque eso es algo que no existe. Por lo que se refiere a la desigualdad, Krugman recordó que el cambio tecnológico siempre afecta al empleo, pero lo cierto es que, al final, se crean más puestos de trabajo de los que destruye, pero en otras actividades. Cambios como la introducción de las grúas gigantes en los puertos, para sustituir a los estibadores, son más disruptivos de lo que lo es ahora Silicon Valley. Por eso, la revolución tecnológica actual está teniendo menos impacto sobre el empleo que las revoluciones anteriores. Quizás algún día los robots se hagan con los puestos de trabajo de la gente. Entonces sí que habría que hablar de renta básica universal. Crearla ahora, en cambio, resultaría muy caro y, probablemente, no estemos dispuestos a ello. Esta es una cuestión que deberíamos plantearnos cuando los robots ya estén aquí, pero ahora mismo es una solución muy poco realista a un problema imaginario. Además, la renta básica universal aumentaría la desigualdad porque la gente que no la necesitara podría ahorrar y la que la necesitase no.

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