Voces liberales. Sobre la calidad de la democracia española

Cayetana Álvarez de Toledo, María Blanco y Carlos Rodríguez Braun

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Resumen

El 24 de septiembre de 2021, la Fundación Rafael del Pino organizó el diálogo titulado “Voces liberales: sobre la calidad de la democracia española”, en el que participaron Cayetana Álvarez de Toledo, diputada del PP por Barcelona; Carlos Rodríguez Braun, catedrático de Historia del Pensamiento Económico en la Universidad Complutense de Madrid, y María Blanco, profesora de Historia e Instituciones Económicas en la Universidad CEU-San Pablo.

Carlos Rodríguez Braun recordó lo que le decía su madre cuando le preguntaba por el peronismo. Su madre le decía que los pueblos tienen los gobiernos que se merecen. Desde que empezó la democracia, siempre ha habido personas inquietas por sus resultados. El marqués de Condorcet era un demócrata, un revolucionario, un liberal, creía que hay que reformar la sociedad. Estaba con la reforma educativa, con la laicidad, redactó una constitución, apoyó el voto femenino, pero estaba con los girondinos. En 1793 lo encarcelaron estos protodemócratas. Desde entonces se dieron que cuenta que había algún problema con esta cosa de traducir las preferencias de las personas al poder político. Lo metieron preso y murió en la cárcel.

¿Cuál es el problema de todo esto? El problema es que la libertad tiene que ver con la limitación del poder y no queda claro hasta qué punto la democracia lo limita. Cuando Pedro Sánchez habló ante la Asamblea de Naciones Unidas, dijo que había que aumentar el poder, que había que aumentar el Estado. No le pareció que esto tuviera ningún problema. Cuando terminó, identificó como si fuera un solapamiento lineal la democracia con la libertad. No le pareció que hubiera ningún problema. Pero los hay, como se dieron cuenta Condorcet y muchísimos especialistas en la tradición de la elección colectiva, desde Tocqueville a Antoine de Jasay, pasando por Kenneth Arrow.

Una y otra vez la gente que pensaba levantó la mano y dijo el voto puede dar como resultado lo que pasa, que la gente cada vez vota más y elige menos. Seguimos hablando de una cosa que se llama democracia liberal, pero la cuestión es un poco complicada cuando resulta que estos procesos han dado lugar a unos sistemas híbridos de política y sociedad, de Estado y de mercado, de capitalismo y socialismo. La cuestión es si este proceso de generalización de la democracia no está arriesgando y está amenazando derechos y libertades de las personas.

La izquierda, desde el principio, siempre se ha aferrado a la idea de la democracia, pero ¿cómo es posible que sea tan demócrata y, al mismo tiempo, esté propiciando un crecimiento ilimitado del poder? Si votamos, ¿no será que todo esto se ha producido por nuestra culpa? ¿No será que hemos pedido gestos y hemos obtenido gestos? ¿No será que hemos votado porque nos suban los impuestos? En todos los países, la gente dice que no quiere pagar más impuestos, pero paga más. Los poderosos no se habrían salido con la suya sin alguna complicidad nuestra. En cierta medida, sí que somos culpables, cómplices, porque hemos ido los principios básicos del liberalismo.

Hemos ido abandonando la idea de que hay que respetar al prójimo, su propiedad, sus derechos. Hemos ido renunciado a eso cuando hemos dicho que suban los impuestos a los ricos. Creemos haber encontrado la salida del laberinto en lo que es un mero señuelo creado por el poder, pero fomentado por la abdicación generalizada del liberalismo. Nos hemos tragado el anzuelo de que el problema no es el Estado, sino su debilidad. Algo tiene que estar mal para que identifiquemos la democracia con el recorte de las libertades. Al final, vamos a creer que la democracia resuelve los problemas sin crearlos. Si creemos eso, vamos a pedirle a la política que haya más.

Lo que importa son nuestras ideas y nuestros valores que, al final, desembocan en opciones políticas y no al revés, y no buscar atajos que son falsos. Se puede cambiar, pero primero tenemos que cambiar nosotros. Para eso hay que votar por la libertad y para eso hay que quererla, hay que merecerla.

Cayetana Álvarez de Toledo comento que, en el siglo XVII, se utilizaba una palabra para analizar los problemas españoles, que es “declinación”. No utilizaban decadencia. Estamos en una etapa de declinación vinculada a la crisis de la democracia. Pero todo es susceptible de mejorar, siempre que haya la voluntad de mejora. La política emite señales que no permite a los ciudadanos.

Tenemos, por una parte, la banalidad de la política. La política se ha convertido en una mezcla de Twitter, zascas y Neflix, donde hay ministros que encaran su labor como si fueran capítulos de una serie de televisión, o discursos en el Parlamento que se convierten en un hilo de Twitter. Primero se hacen los tuits y luego se hacen los discursos. Los periodistas también lo hacen; primero van los tuits y luego va la columna detrás.

Por otra parte, está la mentira. No solo la mentira. Hoy en día no importa ni la mentira, ni la verdad. La mentira no tiene un castigo, no hay un coste para la mentira.

La tercera es la pura gestualidad, el marketing, la conversión de la política en algo puramente gestual, donde se sustituye el fondo, las ideas, los principios, las convicciones por lo puramente táctil de imagen. Es la tiranía de la imagen. La política está disolviéndose en todo eso.

¿Por qué ocurre? ¿Cuáles son los dos grandes flagelos contemporáneos que están degradando la democracia? Uno es algo de lo que se habla mucho que es el culto a las emociones, a los sentimientos, por encima de la razón, de los argumentos. Es una especie de fe en lo subjetivo. Lo subjetivo está por encima de los hechos. Es una interpretación puramente sentimental de la democracia. La democracia es solo el derecho a votar y punto. Pero eso es falso.

La democracia no es simplemente mis sentimientos y mis convicciones puestas encima de la mesa del debate público, sino es límite al poder como expresa John Adams cuando dice “gobierno de la ley, no del hombre”, que viene a matizar el concepto de que esto es simplemente votar. El enorme lío que se montó en Cataluña fue por la interpretación puramente sentimental de la democracia cuando se dice “es que yo me siento así, me siento independiente, me siento catalán y no español y, por tanto, tengo derecho a votar, a que mis opiniones se manifiesten libremente y esto es democracia”. Por ello, hay que empezar a hacer la pedagogía básica para explicar lo que es realmente la democracia porque ahora es el virus de los sentimientos y de las emociones por encima de las razones.

El otro gran flagelo, que converge con éste, es la idolatría de las identidades. Es el mal contemporáneo, como lo que causó mayores devastaciones en el siglo XX fue la identidad, los nacionalismos y que ahora tiene todo tipo de ropajes. El separatismo es una fuerza que se manifiesta en distintos animalitos. Uno es el nacionalismo, que es una fuerza que nosotros hemos padecido de manera especialmente virulenta a lo largo de las últimas cuatro décadas. Pero tiene otros: los feminismos radicales, los indigenismos, todos estos movimientos que lo que buscan, al final, es segregar a la ciudadanía en colectivos que se proclaman a sí mismos víctimas, que se enfrentan a otros colectivos de la sociedad. Son colectivos que, como se sienten víctimas, tienen el derecho a censurar, a callar la boca a los que opinan distinto. Eso lleva a la polarización, a la fragmentación de las sociedades y, con ello, se destruye el suelo democrático.

Esos dos procesos, los sentimientos por un lado y la identidad como el objeto, convergen en este caos en el que estamos sumidos no solo en España, sino también en Chile, donde se han metido en un proceso constituyente solamente por razones puramente sentimentales e identitarias, y como eso tantos otros países. El resultado es que se destruye el objetivo, la verdad, la ciencia como eje vertebrador, la ley.

Estamos viviendo un claro repliegue de Occidente. Lo que pasó en Afganistán es sintomático de un repliegue total, no solamente físico, sino también moral, político, intelectual. Es un Occidente que dice que sus valores no valen lo suficiente como para ser defendidos dentro del interior de mis propias sociedades. Eso merece una autocrítica y una reacción profunda, pero ha habido muy pocas. Hay una necesidad de intervención moral que nos compromete con lo que pase en otros sitios porque esos valores de la Ilustración, los valores liberales, no son buenos porque hayan nacido en Occidente, sino porque son buenos en sí mismos y son los que permiten la prosperidad y la felicidad de la gente y de las sociedades.

Eso requiere actitud de coraje. La libertad tiene un coste asociado, la asunción de responsabilidad. Eso compete, primeramente, a los ciudadanos, que son los que votan. Los ciudadanos no son clientes que siempre tienen la razón. Uno de los grandes problemas de la democracia hoy es que los políticos tratan a los ciudadanos como si fueran clientes, están todo el día viendo qué es lo que quiere el cliente. Como el cliente siempre tiene la razón, ven primero lo que opina el cliente y van de ese lado en lugar de intentar liderar la sociedad, establecer lo que es correcto y conseguir que haya más gente detrás de esa causa.

Por último, está la responsabilidad de la propia política. Los ilustrados y los liberales son ‘homeless’ políticos y eso es culpa de los ciudadanos en parte, pero principalmente de la política. Falta convicción y organización en torno a la batalla cultural, que defiende a los valores más modernos frente a los reaccionarios. Hoy podemos trazar esa distinción entre los reaccionarios y quienes defienden, a través de la razón, la modernidad, que es la vanguardia. Esa batalla hay que darla no solo desde la sociedad civil sino también desde la propia política. No va a haber solución si la política no se aplica también a esa solución. Hace falta que esa batalla se dé también desde dentro de los partidos políticos, porque es desde la política desde donde se tiene que solucionar esta deriva. Frente al adanismo, frente a la resignación, una alternativa con un liberalismo beligerante, porque lo que está en juego es que de este caos iliberal que estamos viviendo, esta fragmentación de las sociedades entre grupitos enfrentados surja un orden también iliberal.

María Blanco indicó que el Estado no solamente crece, sino que muta cuando ve una oportunidad y ocupa otro terreno privado. Va mutando y cogiendo terrenos que siempre han sido privados y nunca han debido dejar de serlos. Una vez que pone el pie no hay quien se lo quite. El retroceso es muy difícil, casi imposible. Casi.

El problema en nuestro país de este crecimiento es la tendencia. No es que las personas que ocupan las instituciones del Estado estén comportándose como marcianos. Están haciendo lo que hacemos todos, que es instalarnos en nuestra zona de confort. El Estado se afianza en su zona de confort, se atrinchera y va cogiendo terreno como los perros cogen terreno del sofá y terminan echándote.

¿Por qué tenemos que estar los ciudadanos en política? ¿Estamos por defecto? En principio, los sistemas representativos no tienen por qué ser malos si existe una protección del ciudadano, si existe ese Estado de Derecho que evita que las democracias se conviertan en democracias tiránicas, porque no toda democracia es una democracia sana. Hay sitios como Venezuela en los que se pisotea el concepto de democracia sana.

Uno de los problemas más grandes que tenemos es que creemos que, una vez alcanzados todos los tips -democracia, tribunal constitucional, parlamento, partidos, libertades- ya está, ya podemos echarnos a dormir, y no nos damos cuenta de que las instituciones son como seres vivos, evolucionan, y hay que estar pendientes. Hay que asegurarnos de que se respeta el tribunal constitucional, hay que asegurarnos de que el tribunal constitucional es eficiente y rápido en sus decisiones.

Para que la democracia funcione, no vale el que no se puede hacer nada. Se tiene que poder hacer algo, se tiene que poder exigir cuentas, se tiene que poder que los políticos que mienten rindan cuentas, que los que roban vayan a la cárcel y devuelvan lo robado, que no haya gente en nuestro Parlamento con las manos manchadas de sangre. Las instituciones que no se cuidan pierden toda su credibilidad y empiecen a surgir voces que digan que la democracia no sirve.

La libertad no es buena porque nos hace más ricos. La libertad es buena y punto. Si la libertad implica ser más pobres, perder calidad de vida, la perdemos porque no es un valor en sí mismo. La libertad no es un medio, es un fin. Eso es algo que no hemos entendido.

La Fundación Rafael del Pino no se hace responsable de los comentarios, opiniones o manifestaciones realizados por las personas que participan en sus actividades y que son expresadas como resultado de su derecho inalienable a la libertad de expresión y bajo su entera responsabilidad. Los contenidos incluidos en el resumen de esta conferencia, realizado para la Fundación Rafael del Pino por el profesor Emilio González, son resultado de los debates mantenidos en el encuentro realizado al efecto en la Fundación y son responsabilidad de sus autores.

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