Diálogo entre Michael Ignatieff y Francisco Beltrán
El futuro vuelve a estar abierto. Libertad y democracia después del desencanto
La Fundación Rafael del Pino organizó, el día 16 de septiembre, el diálogo «El futuro vuelve a estar abierto. Libertad y democracia después del desencanto» entre Michael Ignatieff y Francisco Beltrán.
El diálogo nos permitió adentrarnos en el pensamiento de Michael Ignatieff, construido en torno a la defensa de los derechos universales y de la legalidad constitucional, y en su convicción de que la democracia liberal merece ser defendida precisamente por lo que tiene de frágil: por ser el único orden político que admite estar siempre sometido a prueba. Tras décadas en las que sus fundamentos han sido puestos en entredicho, será también una ocasión idónea para preguntarnos qué papel le corresponde al liberalismo en los tiempos que se avecinan
Michael Ignatieff (Toronto, 1947) es historiador, ensayista y académico. Doctor en Historia por la Universidad de Harvard, ha desarrollado su carrera en Cambridge, Oxford, Toronto y la propia Harvard, donde ocupó la cátedra Edward R. Murrow en la Kennedy School de Gobierno. Entre 2016 y 2021 fue presidente y rector de la Central European University, a la que condujo durante los años de su expulsión de Budapest y su refundación en Viena: un episodio que convirtió su trayectoria académica en un capítulo de la historia política europea reciente. Hoy es rector emérito y profesor en el Departamento de Estudios Históricos de la CEU. Su obra combina el rigor del historiador con la escritura de quien ha frecuentado el periodismo, el ensayo y el debate público. El profesor Ignatieff fue diputado en el Parlamento canadiense y lideró el Partido Liberal y la oposición entre 2008 y 2011, una experiencia que relató después sin complacencia en “Fuego y cenizas”. Pocos autores contemporáneos han pensado la democracia liberal desde dentro de sus instituciones y desde el reverso de sus derrotas. En el año 2024 fue distinguido con el Premio Princesa de Asturias de Ciencias Sociales.
Francisco Beltrán es Director de REMCO. Es Licenciado en Economía por la Universidad de Valencia y en Ciencia Política por la UNED, Posgrado en Economía por la London School of Economics, Máster en Gobierno por la Universidad Autónoma de Madrid, y Doctor en Ciencia Política también por la UAM. Es Profesor de Ciencia Política en IE University, en la Universidad Autónoma de Madrid, y en New York University Madrid. Ha sido Profesor de Política Comparada en Munk School of Global Affairs and Public Policy, y en el Departamento de Ciencia Política de la Universidad de Toronto entre 2013 y 2021. Anteriormente fue Profesor Visitante en la Universidad de Lund, Investigador en Wissenschaftszentrum Berlin für Sozialforschung (WZB), Profesor Visitante en Munk School of Global Affairs, Research Fellow en la Universidad de British Columbia, Vancouver, y Profesor en la Universitat Oberta de Catalunya.
Resumen:
La Fundación Rafael del Pino organizó, el 16 de septiembre, el diálogo «El futuro vuelve a estar abierto. Libertad y democracia después del desencanto», protagonizado por Michael Ignatieff y Francisco Beltrán. La conversación abordó la crisis del orden liberal, la capacidad de las democracias para corregir sus errores, el futuro de Europa y los grandes desafíos que condicionan el horizonte de las próximas generaciones.
De la revolución liberal a un nuevo tiempo de incertidumbre
Michael Ignatieff inició su reflexión desde su propia experiencia generacional. Nacido en 1947 y profundamente marcado por la experiencia de sus padres durante la Segunda Guerra Mundial, alcanzó la edad adulta en medio de las grandes transformaciones de las décadas de 1960 y 1970.
Los derechos civiles en Estados Unidos, la incorporación de las mujeres a la vida profesional, los derechos de las personas homosexuales y la descolonización conformaron, en su interpretación, una auténtica «revolución liberal» que amplió progresivamente el espacio de la libertad individual.
Hoy percibe una fuerte contestación a aquel legado. Sin embargo, rechazó una visión exclusivamente pesimista: muchas de aquellas conquistas son difícilmente reversibles porque han transformado profundamente las sociedades y han ensanchado de manera permanente «el círculo de la libertad humana».
Una libertad que no puede darse por garantizada
Francisco Beltrán planteó una de las paradojas centrales de la conversación: las nuevas generaciones no comparten necesariamente el relato histórico de quienes vivieron aquellas conquistas y, al mismo tiempo, serán ellas quienes afronten las consecuencias de las decisiones actuales.
Ignatieff reconoció la dificultad de transmitir experiencias políticas entre generaciones. Pero defendió que las libertades que hoy pueden parecer naturales no surgieron espontáneamente: fueron conquistadas y, precisamente por ello, no deberían darse por garantizadas. La democracia liberal aparece así menos como una herencia asegurada que como un patrimonio que cada generación debe comprender y renovar.
Las contradicciones del «mundo libre»
Uno de los momentos más autocríticos llegó al analizar el concepto de «mundo libre». Ignatieff recordó sus contradicciones: dentro de aquel bloque convivieron democracias con regímenes autoritarios y, en nombre de la libertad, las potencias occidentales protagonizaron intervenciones con graves consecuencias.
También reconoció su propio error al apoyar la intervención en Irak. Las atrocidades que había presenciado contra la población kurda, junto con experiencias como los Balcanes o el genocidio de Ruanda, explicaban el impulso moral que llevó a muchos liberales a defender la intervención militar. Irak terminó demostrando, admitió, que esas decisiones podían producir «mucho más daño que bien».
Pero advirtió también del riesgo contrario: que las democracias renuncien a cualquier forma de solidaridad más allá de sus fronteras. Para Ignatieff, uno de los grandes problemas actuales es precisamente el debilitamiento de la idea de una comunidad internacional de pueblos comprometidos con la libertad.
Europa necesita recuperar capacidad estratégica
La conversación se desplazó después hacia Europa y su posición en el nuevo escenario internacional. Ignatieff destacó especialmente el desafío tecnológico. Europa y Canadá cuentan, señaló, con científicos, conocimiento y talento, pero encuentran dificultades para movilizar las grandes concentraciones de capital necesarias para competir en inteligencia artificial y otras tecnologías estratégicas.
A su juicio, Europa necesita superar la fragmentación de sus mercados financieros y movilizar capital a escala continental. El problema no es únicamente disponer de buenas ideas, sino crear las condiciones para convertirlas en innovación, productividad y empleo.
Este desafío exige además una clase política capaz de mirar más allá de la coyuntura. La presión cotidiana y los ciclos electorales, explicó desde su propia experiencia política, reducen el horizonte de los gobernantes. Por ello reivindicó también el papel de la sociedad civil y de los espacios de debate para introducir los grandes problemas estructurales en la agenda pública.
La democracia como «máquina de falibilidad»
En el centro intelectual del diálogo apareció una de las definiciones más características de Ignatieff: la democracia como una «máquina de falibilidad».
Su fortaleza, explicó, no reside en asumir que los ciudadanos siempre tienen razón o toman decisiones racionales, sino en ofrecer mecanismos que permiten reconocer errores, sustituir a quienes gobiernan y modificar el rumbo. Mediante el ensayo y el error, sostuvo, las democracias han demostrado una mayor capacidad de corrección que otros sistemas políticos.
Esa capacidad depende también de la confianza entre representantes y representados. Los gobernantes deben reconocer las preocupaciones de los ciudadanos y ser capaces, cuando sea necesario, de explicar decisiones difíciles. Sin esa relación de confianza, la democracia pierde parte de su capacidad para afrontar reformas y sacrificios colectivos.
Liberalismo, crecimiento y Estado del bienestar
Beltrán planteó entonces otra cuestión fundamental: si el liberalismo ha contribuido históricamente a ampliar la prosperidad y los derechos, ¿por qué encuentra tantas dificultades para traducir sus principios en gobiernos eficaces y duraderos?
El caso de Francia permitió a Ignatieff señalar una tensión que afecta a numerosas democracias europeas: el desfase entre las promesas acumuladas por el Estado del bienestar y la capacidad productiva de las economías para sostenerlas.
Su argumento no fue abandonar el modelo social europeo. Al contrario, se declaró partidario de una economía fuertemente igualitaria y de amplios servicios públicos. Pero insistió en que su sostenibilidad depende del crecimiento de la productividad y de la calidad de esos servicios. Cuando los ciudadanos pagan impuestos elevados y perciben servicios excelentes puede generarse un círculo virtuoso de confianza; cuando esa relación se rompe, aumenta la desafección.
Un futuro abierto y las razones para la esperanza
La pregunta final de Beltrán retomó el título del encuentro: que el futuro vuelva a estar abierto no significa necesariamente que resulte tranquilizador. Ignatieff identificó tres grandes fuentes contemporáneas de incertidumbre: el cambio climático, la transformación del orden internacional y el desarrollo de la inteligencia artificial.
La política puede actuar sobre estos desafíos, pero Ignatieff introdujo un límite esencial de su concepción liberal: no todos los problemas humanos pueden resolverse políticamente.
Preguntado entonces por las fuentes de esperanza, desplazó la mirada fuera de las instituciones. Contemplar a Velázquez, escuchar a Bach o Beethoven, compartir una comida con un amigo, acompañar a alguien durante una enfermedad o recordar a quienes han muerto son, para él, experiencias capaces de sostener la confianza en el futuro.
En Madrid eligió un símbolo concreto: el Museo del Prado. Ante Velázquez, Goya o El Greco, explicó, es posible recordar de qué es capaz el ser humano. La belleza se convierte así en una respuesta inesperada al desencanto: no elimina los riesgos del futuro, pero permite recuperar la confianza en nuestra capacidad para construirlo.
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