Interdependencia global y la actitud hacia los extranjeros

Jeremy Adelman


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Resumen

El 30 de enero de 2019 tuvo lugar en la Fundación Rafael del Pino la conferencia de Jeremy Adelman, catedrático de Historia de la Universidad de Princeton, titulada “Interdependencia global y libertad de movimientos transfronterizos de personas”.

Adelman empezó recordando que Adam Smith dijo que 1492, el año del descubrimiento de América, había sido el más importante del mundo porque dio inició a la interdependencia global. Ahora nos encontramos en una situación en la que mucha gente se pregunta si lo construido en estos cinco siglos está desmoronándose.

Hoy podría decirse que nos encontramos al final de un ciclo de integración global muy largo, en el que todos necesitamos a todos. Dependemos, por ejemplo, del comercio internacional y tenemos que afrontar juntos problemas como el del cambio climático. Dicho de otra forma, tenemos un interés egoísta en lo que hacen los demás.

En este contexto, la crisis de los inmigrantes es un problema mundial, ya que la integración global plantea límites a la integración social entre países y dentro de los mismos. Pero la crisis de los inmigrantes también tiene que ver con la comprensión. La cuestión, por tanto, es cómo plantear esa relación entre intereses y comprensión. Adam Smith pensaba que, cuanto más integrados estuviéramos, más comprensión habría en el mundo. Y es que necesitamos a los extranjeros, pero en las sociedades domina el rechazo a los mismos, lo que implica el agotamiento de la integración.

¿Estamos, entonces, ante el fin de la globalización? Adelman cree que no, pero sí que piensa que estamos atravesando una fase dolorosa vinculada con ella, que podría desencadenar una crisis como la de 1929. En estos momentos, estamos atrapados en una situación de espera en la narrativa sobre la interdependencia. Además, nos cuesta entender una paradoja en relación con la globalización, que es que necesitamos a los extranjeros y que ellos nos necesitan a nosotros. Si comprendemos estos, podremos formular una nueva narrativa de la integración basada en la necesidad de estar todos juntos.

El mundo que teníamos a finales del siglo XX ya no nos sirve porque le falta legitimidad y desgarra nuestro tejido social. Así es que nos vemos atrapados entre los argumentos en favor de la globalización que se han quedado obsoletos y el atractivo que tiene el atacarlos desde todos los frentes.

Vivimos en un mundo que no hace el menor esfuerzo por tratar de comprender, lo que supone un problema porque las narrativas son las que crean el contexto de nuestras identidades compartidas. Son las que definen los límites de quienes somos. También tienen una función económica, porque dan lugar a externalidades que facilitan que comerciemos entre nosotros. Por tanto, cuantas más narrativas tengamos, más comerciaremos y mayor será nuestra prosperidad.

Una de las condiciones más importantes que, desde 1945, permiten la integración global es el recuerdo de la Gran Depresión y de la Segunda Guerra Mundial, así como de los treinta años de gran desarrollo económico que siguieron al conflicto bélico. Pero, a medida que se han ido perdiendo estos recuerdos, también se han ido deteriorando los elementos de unión que permitían que las sociedades comerciaran entre sí. Este deterioro también se debe al surgimiento de las modernas desigualdades de renta.

Otras partes del mundo también perseguían estas narrativas comunes, que ayudaron a legitimar el poder de las élites y a movilizar a las sociedades para un fin común. Eran los tiempos en los que el comunismo, el anticolonialismo y el régimen liberal y democrático compitieron entre sí. Pero la caída del comunismo y el fin de los imperios coloniales supusieron la desaparición de esa competencia y el ganador, la democracia liberal, perdió su energía.

Occidente, de hecho, sufrió dos golpes. El primero, de naturaleza positiva, fue la caída del muro de Berlín. Aquél fue un tiempo de euforia y de una sola narrativa, la del régimen liberal y democrático, que no tenía alternativa. Este sistema parecía funcionar en zonas del mundo que se beneficiaban de la apertura.
El segundo, que fue negativo, fue la crisis financiera de 2008. Aquí hubo muchas fuerzas que se solaparon, fuerzas como la crisis, la creciente desigualdad, el cambio tecnológico o el cambio climático. Hacía falta que la economía se recuperase y volviese a crecer, pero tenía que hacerlo sin dañar al planeta. Por todo ello, la historia que ahora domina es catastrofista, y podría convertirse en una profecía autocumplida, como sucedió con el pánico de los años 30.

Estamos atrapados entre esas dos narrativas y quienes se benefician del desastre son el club de los que toman represalias, de los que abogan por olvidarse de los demás. Son los que quieren los beneficios que depara el compartir, sin pagar ningún precio por ello. Son quienes prefieren un modelo de interdependencia extractivo y predador. Esta visión tiene un atractivo cada vez mayor en muchos sectores de la sociedad.

Siempre ha habido una tensión entre el modelo extractivo y el modelo competitivo. Ahora estamos intentando ampliar la narrativa, pero es muy difícil comprenderla. Es un debate entre visiones rivales que se remonta a 1848, el debate entre Karl Marx y John Stuart Mill. Ambos pensadores descubrieron que, con la revolución industrial, estaba surgiendo algo nuevo, que ampliaba los horizontes de oportunidad. Mill vio que se abrían muchas oportunidades que compensaban la reducción de las conexiones entre la gente. Marx vio lo contrario.

La narrativa actual dejó de lado tres efectos importantes de la integración. En primer lugar, la interdependencia produce una paradoja y es que la comprensión por los extranjeros no es tan ilimitada: cuanto más necesitamos al extranjero, menos le comprendemos.

En segundo término, se piensa que las necesidades de los extranjeros se satisfacen a expensas nuestras, con lo que nos volvemos más intransigentes. Esto produce efectos estructurales contradictorios, ya que la ampliación de horizontes no produce bonanza y bienestar para todo el mundo, sino que lleva a la aparición de jerarquías y desigualdades.

Por último, el ciudadano de un país y el extranjero no se dan la mano, sino que se producen incentivos para que los líderes busquen beneficios a costa de los que no pueden expresarse, esto es, los extranjeros, que pasan a no ser bien recibidos.

En consecuencia, resulta complejo el reconciliar interdependencia con democracia. Esto es algo que hemos de entender si queremos comprender, por ejemplo, las condiciones de la popularidad de Trump o el Brexit. La historia del mundo es la de estas dos visiones rivales. Podemos reconciliarlas, pero la cuestión es cómo vamos a organizar el mundo para que nos vaya bien.

“La Fundación Rafael del Pino no se hace responsable de los comentarios, opiniones o manifestaciones realizados por las personas que participan en sus actividades y que son expresadas como resultado de su derecho inalienable a la libertad de expresión y bajo su entera responsabilidad. Los contenidos incluidos en el presente resumen, realizado para la Fundación Rafael del Pino por el profesor Emilio González, son resultado de los debates mantenidos en el encuentro realizado al efecto en la Fundación y son responsabilidad de sus autores.”

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