La libertad de expresión en la era de internet

James Harding

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Resumen

Todavía no ha cumplido los cincuenta años, pero ya se puede considerar a James Harding como un mito del periodismo mundial. Empezó su carrera profesional en el Financial Times, un periódico que solo suele contratar a los mejores alumnos de las distintas carreras de Oxford y Cambridge. En 2007, cuando tenía 38 años de edad, fue nombrado director de The Times, uno de los grandes periódicos mundiales y toda una institución de la prensa británica. Era el director más joven que había tenido hasta la fecha el rotativo conservador y, probablemente por su edad y su procedencia periodística, era la persona más adecuada para capitanear la transformación digital del diario. Cinco años después dejó el diario, a causa de sus diferencias con Rupert Murdoch, el propietario, y fue nombrado director de la otra gran institución informativa británica, BBC News, un puesto que acaba de abandonar para iniciar un nuevo proyecto periodístico del que se tendrán noticias este mismo año.

Mientras se producen las novedades, Harding ha tenido tiempo para pasar por Madrid y participar, el 1 de febrero, en el acto “Conversaciones con”, organizado conjuntamente por la Universidad de Navarra y la Fundación Rafael del Pino, en el que pasó revista al panorama actual de los medios de comunicación. Y, como cabía suponer de una persona que tuvo que negociar con el Gobierno de Su Majestad un nuevo modelo de regulación de la prensa, para instaurar un sistema independiente, uno de los grandes mensajes que dejó Harding fue que los gobiernos deben intervenir en ese desorden que es, hoy por hoy, el mundo de internet.

La petición resulta cuando menos sorprendente, en tanto en cuanto Harding defendió con total firmeza que el nuevo modelo de regulación de la prensa debe basarse en la separación estricta del Parlamento y los periódicos. Pero es que la visión que tiene de internet es que es constituye una enorme fuente de generación de riqueza, pero también un vasto escenario de conflictos, que los regímenes dictatoriales aprovechan para perseguir sus propios fines, ante la pasividad manifiesta de los estados libres. Es como una versión actualizada de la guerra fría. De hecho, el ex director de la BBC News advirtió de que la democracia en el mundo está retrocediendo, debido a la guerra informativa que han abierto los países totalitarios y ante la falta de respuesta de Occidente. Y es que la difusión de noticias falsas, especialmente en el mundo digital, están dañando la confianza en la libertad de expresión en las sociedades abiertas. Un problema este que no tiene fácil solución, pero que pasa, necesariamente, en primer lugar, por una medición objetiva de lo que circula por la red.

A Harding le preocupan las noticias falsas, las ‘fake news’. Pero le parecen aún más peligrosas las noticias basura, aquellas que buscan la intoxicación con piezas parcialmente verdaderas que se han ensamblado de forma muy ingeniosa para disfrazar la auténtica historia. De eso es de lo que se valen los regímenes autoritarios mientras Occidente sigue sin poner orden en el funcionamiento de las grandes empresas tecnológicas que transmiten esa información.

Harding considera que internet es una revolución con grandes méritos, hasta el punto de que se esperaba de ella que ampliara la libertad de las personas, lo mismo que lo hizo la aparición del ordenador personal en la segunda mitad de la década de los 80. De hecho, para remarcar el mensaje, al referirse a este extremo puso el video con el anunció del primer ordenador personal de Apple. El problema es que la red, en lugar de redistribuir el poder, lo ha concentrado en muy pocas manos. Para evitarlo, y reconducir la situación, cree que es necesario implantar un sistema de incentivos y prohibiciones que establezca unas relaciones adecuadas entre gobiernos y tecnología para garantizar la libertad de expresión y afianzar la democracia. Para conseguirlo, Los gobiernos tienen que intervenir para acabar con los monopolios de los gigantes tecnológicos o para establecer unas reglas de juego muy claras si se quiere evitar que ese sector acabe ocupando una posición de privilegio como el que disfrutaron los bancos hace más de una década.
Este debate, sin embargo, va con mucho retraso, en especial en Europa. Ahora bien, no siempre es fácil actuar, porque a las propias dificultades tecnológicas a la hora de hacerlo se suman los hechos de que la red es internacional y de que las empresas de Silicon Valley son demasiado ricas y poderosas como para que se las pueda domesticar fácilmente. Esta visión fatalista que predomina en Occidente contrasta con las medidas que están desplegando países como China, Turquía o Rusia. Y es que Harding considera que el Estado, si quiere, puede exigir a las empresas un comportamiento al servicio del interés público, y también puede intervenir como hizo el Gobierno británico en 1922, cuando decidió crear la BBC por temor a los barones de los periódicos. Desde esta perspectiva, Harding estima que el Reino Unido es muy afortunado por tener una BBC que crea un espacio público en el mundo digital, definido por unos fines concretos: un periodismo responsable, un entretenimiento distinguido, un aprendizaje permanente y una experiencia compartida de los grandes momentos de la vida nacional.

A pesar de todo lo anterior, Harding quiso transmitir también un mensaje optimista. Y es que, en sus propias palabras, “vivimos el momento más emocionante desde el advenimiento de la televisión para ser periodista” por las enormes posibilidades que brinda internet para decir la verdad al poder, aunque el ruido de la era digital amortigüe las noticias. Pero esa capacidad requiere reflexión y trabajo, algo que entra en contradicción con la inmediatez que ofrece la red. Desde esta óptica, el mejor antídoto frente a las mentiras, distorsiones y exageraciones que se vierten en internet son las noticias lentas y trabajadas. Es más, pueden ser un modelo de negocio viable en tanto en cuanto, según estima Harding, la gente pagará por esa información de igual forma que se suscribe a plataformas de cine o de música. Se pagará también por un periodismo de calidad que exige crear una opinión pública correctamente informada, con noticias bien trabajadas, contrastadas y capaces de explicar el mundo en que vivimos

Las redes sociales, por supuesto, realizan aportaciones inimaginables, pero también causan estragos al facilitar la difusión del discurso del odio o la pornografía infantil, estimular la adicción a la pantalla o el saqueo de la privacidad con el secuestro de los datos personales, favorecer el comunalismo y la polarización, mientras las empresas que están detrás de ellas eluden el pago de impuestos y sustituyen a las personas por algoritmos o robots. No obstante, Harding considera que está situación está a punto de cambiar ante la ola regulatoria que se avecina.

“La Fundación Rafael del Pino no se hace responsable de los comentarios, opiniones o manifestaciones realizados por las personas que participan en sus actividades y que son expresadas como resultado de su derecho inalienable a la libertad de expresión y bajo su entera responsabilidad. Los contenidos incluidos en el presente resumen, realizado para la Fundación Rafael del Pino por el profesor Emilio González, son resultado de los debates mantenidos en el encuentro realizado al efecto en la Fundación y son responsabilidad de sus autores.”

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