La América hispana en los albores de la emancipación

Historia y patrimonio cultural
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El 17 de marzo de 2006 tuvo lugar en la Real Academia de la Historia la presentación de las Actas del IX Congreso de Academias Iberoamericanas de la Historia, publicadas por la Fundación Rafael del Pino en su Colección Historia con el título “La América Hispana en los albores de la emancipación”. En el acto tomaron la palabra Gonzalo Anes, Director de la Real Academia de la Historia, los Académicos de la Historia, Guillermo Céspedes y José Antonio Escudero López, y Amadeo Petitbò Juan, Director de la Fundación Rafael del Pino.

El Director de la Real Academia de la Historia comenzó su intervención agradeciendo a la Fundación el patrocinio que ha permitido “reunir el conjunto de ponencias y comunicaciones del IX Congreso de Academias Iberoamericanas de la Historia, celebrado en esta Institución y en la Fundación Rafael del Pino del 4 al 6 de noviembre de 2004, y que se dedicó a la América Hispana en los albores de la emancipación”.

Gonzalo Anes recordó que “la acción ibérica en el continente americano desde finales del siglo XV hasta el XIX no tuvo otra equiparable en la historia humana, desde Roma hasta hoy. En efecto, lo que los ibéricos de esos siglos consiguieron en América, lo que allí se aprendió y lo que allí se transmitió al resto de Europa y del mundo, es quizá la contribución mayor que un pueblo puede haber hecho a lo que llamamos la civilización occidental”. En este sentido, el Director la Real Academia de la Historia insistió en que el descubrimiento del Nuevo Mundo vino a ampliar “el ámbito espacial y humano de Occidente, hasta conseguir que el Océano Atlántico llegara a convertirse, como en la Antigüedad lo fue el Mediterráneo para Roma, en un verdadero Mare Nostrum, un mar propio del Occidente cristiano”.

Por su parte, el Director de la Fundación quiso recordar que “el deseo de Rafael del Pino y Moreno era que la Fundación creada por él, y que lleva su nombre, tuviera entre sus fines contribuir al conocimiento de la historia, así como favorecer el patrimonio cultural hispano”, añadiendo que” en nuestros escasos cinco años de andadura hemos cumplido fielmente su anhelo “.

El Director de la Real Academia de la Historia, prosiguió señalando que la acción hispana significó, en primer lugar, la incorporación de casi todo el continente americano a los valores culturales y científicos y a los planteamientos políticos y económicos de la civilización occidental. Además, el conocimiento de América aceleró la tendencia a sustituir el criterio o principio de autoridad como fundamento del saber, por los de la observación y experimentación: “Para describir y entender las realidades del Nuevo Mundo no cabía fundarse en los saberes griegos y latinos, por lo que el criterio de autoridad fue sustituido por la observación, que, junto con la experimentación, fue lo que propicio un más rápido y más general desarrollo científico y técnico”.

Otro de los rasgos esenciales de la acción ibérica en América fue el desarrollo urbano en aquellos territorios, que trajo como consecuencia un crecimiento económico sin precedentes: “Cabe medirlo por el acelerado proceso de urbanización, tanto en el número como en la población de las ciudades. En 1850 se contaban unas 225 ciudades en la América hispana. En el cuarto decenio del siglo XVII su número era de 300. La población que albergaban, en esos cincuenta años, se había multiplicado por tres y tendió a concentrarse en las grandes ciudades, con calles de trazado rectilíneo, en cuadrícula, grandes plazas y magníficos edificios. Durante el siglo XVIII, lo mismo que en Europa, las principales ciudades indianas mejoraron con alcantarillado, traídas de aguas, fuentes, alamedas, paseos y empedrado de sus calles y plazas”. Paralelo a este crecimiento urbano y económico tuvo lugar el demográfico, también impulsado por el desarrollo general de la agricultura, de las manufacturas, de la minería, de los transportes y del comercio. “La ciudad de México pasó de tener unos 115.000 habitantes en 1790 a 130.000 en 1810. La Habana, por los mismos años, pasó de 51.000 a 85.000. Buenos Aires, de 24.000 en 1778 a 55.000 en 1822. Caracas, de 24.000 en 1772 a 42.000 en 1812”.

Este crecimiento, y los cambios derivados del mismo, se fundaron en la unidad política y económica formada por el conjunto hispano-indiano: “El libre comercio en el gran conjunto, aplicado en los últimos decenios del siglo XVIII, permitió intensificar los intercambios y favoreció el crecimiento económico en ambos espacios”. No obstante, el devenir político y el rosario de pérdidas y entregas de algunos de aquellos territorios a otras potencias europeas, principalmente Inglaterra y Francia, hicieron que los habitantes de ultramar perdieran la seguridad de que pudiera perpetuarse el gran conjunto hispano-indiano.

“La derrota de Trafalgar y la invasión de España por los ejércitos de Napoleón favorecieron la ruptura, previsible desde que los habitantes más ilustrados de ciudades como México, La Habana, Lima, Quito, Popoyán o Caracas, influidos por la lectura de obras francesas e inglesas, y por la declaración de independencia en 1776, como ejemplo, en los Estados Unidos, comenzaron a organizarse y a proyectar la posibilidad de seguir el ejemplo de la colonia británica del norte. Todo ello, a pesar de que en las Cortes reunidas en Cádiz en 1810 participarán diputados americanos, que en la Constitución de 1812 contribuirán a definir la nación española como la reunión de todos los españoles en ambos hemisferios”.

Como conclusión a sus palabras, el Director de la Real Academia de la Historia destacó el hecho de que, a comienzos del siglo XIX, los reinos de Indias “gozaban de mayor prosperidad y de un grado más alto de civilización que los independientes Estados Unidos desde tres decenios antes. Las divergencias se dieron después de la emancipación, muy intensamente en el siglo XX, hasta alcanzar los desniveles de hoy. Como historiadores hemos de estar atentos a estos hechos para mantener nuestra objetividad, sin dejarnos influir por los intereses de los gobiernos de turno. La investigación y la independencia de criterio han de ser el norte de nuestra conducta y no el complacer a los poderes establecidos”.

El contenido de esta investigación se materializó en la obra “La América hispana en los albores de la emancipación” publicada en 2005.

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