Utopía, tecnología y prosperidad

En la historia económica hay un antes y un después de 1870. Antes de esa fecha, el ser humano vivía en una situación de pobreza casi extrema. Dedicaba la mitad de los recursos a conseguir 2.000 calorías diarias y el resto, a protegerse de las inclemencias del tiempo. Después de esa fecha, todo cambia gracias a la tecnología, que hace que el tamaño de la economía crezca. La tarta es más grande, pero no hemos sabido repartirla en porciones equitativas. Esta es la historia económica del siglo XX, del camino a la utopía de la prosperidad. Lo explica J. Bradford Delong, catedrático de economía en la Universidad de California Berkeley.

La utopía se acerca

Antes de 1870, muchas personas vivían la misma vida de penalidades que las generaciones anteriores. Cuando había recursos adicionales, se destinaban a sacar adelante a un hijo. Las élites, a su vez, jugaban juegos de poder para quedarse con todo lo que pudieran. Esa era la situación. La utopía quedaba muy lejos.

Después de esa fecha, todo cambia, señala el profesor Bradford Delong. Las invenciones tecnológicas se aceleran y la economía se vuelve cada vez más productiva. Opina que ahora tenemos una riqueza muy superior a la que nadie pudo imaginar antes, con lo que la utopía empieza a hacerse realidad. Pero no hemos sabido distribuir esa riqueza para que todo el mundo se sienta seguro y goce de buena salud.

Globalización, tecnología y utopía

También tenemos la globalización, que implica que solo hay una narrativa después de 1870. Antes de esa fecha, las cosas que sucedían apenas tenían impacto en otras partes del mundo. Pero, a partir de 1879, esto cambia. Pensemos en Brasil. A finales del siglo XIX su sociedad se vio transformada porque los británicos se llevaron las plantas de caucho de Brasil y las trasplantaron a Asia. Allí, capital y maquinaria inglesa y trabajadores chinos, cosecharon el caucho y consiguieron plantaciones tres veces más productivas. Fue así porque dejaron atrás las plagas de Brasil y los trabajadores chinos cobraban la mitad que los brasileños. Así es que la mitad de la exportación de Brasil cambió porque unos financieros a 10.000 kilómetros de distancia tomaron la decisión de producir en Malasia. La utopía parecía alejarse.

A continuación, llegó la cornucopia tecnológica, que es el resultado de los laboratorios industriales modernos. La cooperación moderna que coge los resultados de los laboratorios y los despliega por todo el mundo a través de las fábricas. El mundo de la comunicación y del transporte, en el que es fácil y rápido saber qué esta pasando en otras partes del mundo, también procede de la tecnología. Esto es lo que hace que cada nueva generación que pasa vea una economía nueva. De hecho, por vez primera en la historia es poco probable que trabajemos en lo mismo que nuestros abuelos porque tenemos una nueva economía. Es una utopía distinta. Por eso, tenemos que reescribir el software político, económico y social puesto que ahora la realidad es totalmente distinta. La tecnología nos ha ayudado a desarrollarnos rápidamente, pero nos supera a la hora de afrontar sus consecuencias sociales.

Economía y crecimiento

De cara al futuro, muchos economistas dicen que la economía va a crecer más despacio. Además, habrá que dedicar recursos a afrontar los problemas del calentamiento global. Para ello, será preciso llegar a acuerdos, lo que será más fácil si sobra riqueza para poder distribuirla.

A partir de 1870 se avanza como nunca antes se había hecho en el bienestar humano, en el nivel de vida. Aun así, el sistema político económico heredado de la sociedad imperial encaja cada vez peor a partir de 1914 y vamos viendo reacciones distintas a través de los pueblos. Los agricultores alemanes estaban acostumbrados a vender el trigo a Hamburgo. Pero, de repente, se encontraron con que el trigo que llegaba de América o de Rusia era más barato. Así es que empezaron a pensar que el mercado mundial era su enemigo.

Descomposición

Su solución fue que Alemania se convirtiera en un país que dominase la economía mundial. De pronto, la política alemana se centró en hacerse con el carbón y el hierro de los franceses y en colonizar y explotar Rusia. Así, se llegó a una situación en la que los políticos dijeron que lucharían por la supervivencia de la nación, y las cosas se descompusieron.

Todo se hubiera podido recomponer si hubiera habido lo que había antes de 1914 o después de 1945. Se trataba de una potencia dominante, para la que la gestión de la economía mundial era un asunto de su incumbencia. Lo era porque era tan grande que ningún otro país podía planteárselo. Pero después de 1918, Gran Bretaña ya no tiene ese poder y Estados Unidos no tuvo ni las ganas ni el poder de hacerlo hasta el final de la Segunda Guerra Mundial. Así es que los intentos de reconstruir la economía no cuajaron y la utopía se alejó de nuevo.

Adiós a la utopía

A pesar de todo, siguió habiendo tecnología, hubo disrupción pero no una riqueza creciente. Por eso, la población se enfadó y se pasó al fascismo, al comunismo, al nacionalismo, se volvió ultracatólica. Surgieron movimientos distintos, pero todos dijeron que había que reformar la sociedad totalmente, porque con la economía de mercado las cosas no iban a funcionar. Esta fue la situación a partir de 1914.

En 1933, Franklin D. Roosevelt fue elegido presidente de Estados Unidos. Fue una persona muy pragmática, que dijo que había que hacer algo y lo intentó todo. Había que gastar dinero para que la economía se moviera. Había que dar ayudas al desempleo. Roosevelt intentó todo y reforzó lo que tuvo éxito. Cuando falleció, en mitad de la Segunda Guerra Mundial, ya había un plan elaborado. El plan consistía en una economía de mercado junto con un estado que garantiza una protección social, con un sistema impositivo avanzado. Esto parece que funciona perfectamente durante los treinta años que siguieron a la Segunda Guerra Mundial. En perspectiva, fue un tiempo maravilloso en el que casi lo conseguimos.

Sin vuelta atrás

Ahora no podemos volver al sistema anterior. Carecemos de esas grandes industrias, no hay sindicatos, no tenemos los vínculos sociales. No hay una comunidad que crea en el interés común, no hay solidaridad para poder cooperar y avanzar. Esta erosión de la confianza es una razón por la que podemos ver con temor al futuro.

Hayek dijo que las burocracias son ineficientes. Que los sistemas de planificación son peores. Y que lo que necesitamos es que toda la humanidad piense para resolver los problemas. Necesitamos ver los precios para que el mercado cuente con los soportes necesarios. Que las personas sean responsables y que las decisiones las tomen personas con información, sin tener que depender de un burócrata que no sabe lo que sucede. La economía de mercado quizá es la forma de conseguir lo que precisamos y la necesitamos, sin duda. Pero Hayek dice que no es justa porque da a las personas que están en el momento y el lugar adecuados, pero da poco a los demás. Advierte de que, aunque es injusto, si intentamos retocar este sistema se vendrá abajo.

Una utopía lúgubre

Karl Polanyi dijo que la economía de mercado es una utopía lúgubre. Las únicas personas a quienes ve son los ricos, porque son los únicos que pueden pagar. Por tanto, los únicos derechos que reconoce son los de propiedad. Pero las personas no van a soportar una sociedad en la que los únicos derechos vindicados sean esos. Así es que, si empujamos demasiado, la sociedad va a explotar. Polanyi, básicamente, nos avisa de que, si empujamos demasiado, la sociedad rompe la economía de mercado y luego tendremos que recoger los trozos. De hecho, la mayor parte de la economía política intenta recomponer el marco institucional para hacer frente a la tecnología cambiante.

Keynes, a su vez, dijo que había que gestionar la demanda agregada porque podríamos tener pleno empleo y distribución de la renta. Básicamente, considera Bradford Delong, tenía razón. Pero también se equivocó porque estos quince años de tipos de interés bajos han sido tiempos de incremento de la desigualdad económica. Keynes no lo previó.

Acceda a la conferencia completa

“La Fundación Rafael del Pino no se hace responsable de los comentarios, opiniones o manifestaciones realizados por las personas que participan en sus actividades y que son expresadas como resultado de su derecho inalienable a la libertad de expresión y bajo su entera responsabilidad. Los contenidos incluidos en el presente resumen, realizado para la Fundación Rafael del Pino por Emilio J. González, son resultado de los debates mantenidos en el encuentro realizado al efecto en la Fundación y son responsabilidad de sus autores.”
Artículo anteriorEndeudamiento público y sus implicaciones
Artículo siguienteDeep-Tech: emprender en España

No hay publicaciones para mostrar