En junio de 2025, algunos de los economistas más influyentes del mundo —Pol Antràs, Oded Galor, Dani Rodrik, David Laibson, Diego Comin, Christopher Snyder, David Lagakos y David Weil— se reunieron en Harvard en el XIV Workshop in International Economics, organizado por la Fundación Ramón Areces, la Asociación de Técnicos Comerciales y Economistas del Estado y la Fundación Rafael del Pino.
Durante las sesiones, abordaron cuestiones que están en el centro de los grandes debates actuales: guerras comerciales, política industrial, innovación, productividad, bienestar más allá del PIB, psicología económica y el desafío demográfico. De ese conjunto de ponencias emerge una visión renovada de los retos económicos y sociales del siglo XXI.
Estas son las ocho ideas más relevantes.
1. Las guerras comerciales pueden ser mucho más costosas de lo que creemos
Pol Antràs mostró que los modelos tradicionales subestiman el impacto real de los aranceles en un mundo dominado por cadenas globales de valor y grandes multinacionales. Cuando se interrumpen estas redes, los costes se multiplican, aparecen efectos de histéresis (difíciles de revertir) y la incertidumbre frena la inversión.
Además, recordó un principio poco conocido: un arancel a las importaciones actúa como un impuesto a las exportaciones. En un contexto de represalias cruzadas, el resultado suele ser una pérdida neta de bienestar.
La geopolítica ha elevado tanto el valor otorgado a la seguridad nacional que, en palabras de Antràs, su “precio de reserva” parece acercarse al infinito.
2. Para entender la desigualdad entre países hay que mirar miles de años atrás
Oded Galor presentó su Teoría del Crecimiento Unificado, que explica cómo la humanidad pasó de milenios de estancamiento a crecimiento sostenido.
La clave fue la transición demográfica: cuando el progreso tecnológico empezó a exigir más capital humano, las familias tuvieron menos hijos pero mejor educados. Esto permitió que la renta per cápita creciera sin quedar absorbida por el aumento de la población.
Las diferencias actuales entre países tienen raíces profundas en geografía, instituciones, cultura y diversidad humana acumuladas durante milenios. La historia no es destino, pero ignorarla impide diseñar buenas políticas.
3. El gran fallo del mercado está en la innovación
Christopher Snyder explicó por qué el sector privado invierte menos de lo socialmente óptimo en I+D en ámbitos críticos como pandemias, antibióticos o tecnologías limpias.
La solución no pasa solo por subvenciones (push funding), sino por combinar estas con recompensas condicionadas a resultados (pull funding), como compromisos públicos de compra futura. Este diseño reduce el riesgo moral y alinea mejor los incentivos privados con los beneficios sociales.
4. La productividad no depende tanto de adoptar tecnología como de usarla de verdad
Diego Comin presentó una nueva forma de medir la tecnología en las empresas. Su hallazgo central es sorprendente: en la mayoría de los casos, las empresas sí adoptan tecnologías avanzadas, pero apenas las utilizan en su operativa diaria.
La diferencia clave no está en tener acceso a la frontera tecnológica (MAX), sino en difundirla de manera intensiva en los procesos productivos (MOST). La productividad está mucho más ligada a esto segundo.
El mensaje es claro: el problema no es adoptar la innovación, sino integrarla.
5. La política industrial ha vuelto, y esta vez para quedarse
Dani Rodrik defendió que la política industrial es imprescindible para afrontar tres retos: reconstruir la clase media, luchar contra el cambio climático y reducir la pobreza global.
Bien diseñada —con información, distancia regulatoria y ayudas condicionadas— puede transformar la estructura productiva sin caer en la captura regulatoria. En el ámbito climático, los subsidios verdes han sido más eficaces que los impuestos al carbono para acelerar la transición.
Su principio rector: “vive y deja vivir”. Los países deben tener margen para aplicar sus propias políticas industriales siempre que no perjudiquen gravemente a otros.
6. El bienestar no depende solo del PIB: trabajo y comunidad dan sentido a la vida
David Lagakos presentó un estudio fascinante que utiliza inteligencia artificial para analizar relatos de vida de estadounidenses durante la Gran Depresión.
Los resultados muestran que lo que más sentido daba a sus vidas no era el consumo, sino el trabajo, la comunidad y las relaciones personales. El trabajo aparece como fuente de orgullo y realización, no como simple coste.
Esto cuestiona la visión económica tradicional del trabajo como desutilidad.
7. No somos tan racionales como creemos: el sesgo hacia el presente domina nuestras decisiones
David Laibson explicó el Present Bias and Paternalism: tendemos a sobrevalorar las recompensas inmediatas frente a los beneficios futuros. Esto explica por qué procrastinamos, ahorramos poco o tomamos decisiones subóptimas.
La solución no es el paternalismo duro, sino diseñar mejor la arquitectura de las decisiones: simplificar trámites, obligar a elegir activamente, reducir fricciones. Pequeños cambios en el entorno producen grandes mejoras en el comportamiento.
8. La fertilidad de reemplazo no es natural, ni óptima, ni probable
David Weil desmontó una de las grandes preocupaciones demográficas actuales. Las bajas tasas de natalidad en países ricos no son una anomalía temporal, sino el resultado lógico de la modernización.
Además, sus efectos económicos son más moderados de lo que se suele pensar, y desde el punto de vista ambiental pueden incluso ser positivos. Las políticas pronatalistas han demostrado una eficacia muy limitada y costes fiscales elevados.
La conclusión es clara: no debemos esperar un retorno espontáneo a los 2,1 hijos por mujer.
El Workshop dejó varias idea transversales:
Una visión conjunta: economía, sociedad y política están más entrelazadas que nunca.
Los grandes retos actuales —comercio, innovación, productividad, clima, bienestar, demografía— no pueden entenderse desde compartimentos estancos.
La economía internacional del siglo XXI exige integrar historia, psicología, tecnología, demografía e instituciones para diseñar políticas más realistas y eficaces.
Y, sobre todo, que detrás de las cifras están las personas: cómo trabajan, cómo deciden y qué da sentido a sus vidas.











