El pueblo de los demonios y la cooperación

Kant escribió en La paz perpetua una frase que resume el dilema de nuestro tiempo:

Hasta un pueblo de demonios preferiría un Estado de Derecho a un estado de naturaleza.

Lo dijo, pero con una condición: que los demonios tengan inteligencia. Esta advertencia resulta inquietante, cuando no perturbadora, porque describe perfectamente lo que nos sucede hoy en día. Vivimos en un mundo global en el que dependemos unos de otros como nunca antes había sucedido en la historia. Y, sin embargo, seguimos pensando en términos locales, actuando en términos locales, sintiendo en términos locales. Los demonios estúpidos, decía Kant, no caen en la cuenta de que la cooperación les conviene. Nosotros, por lo visto, tampoco.

La solidaridad global como obligación moral

Evidentemente, la falta de cooperación entre nosotros es un problema. Para entender por qué, Adela Cortina, catedrática de Ética de la Universidad de Valencia, plantea la cuestión en sus términos más directos. La solidaridad global, indica, es una obligación. Lo es por justicia y lo es por prudencia. Por justicia, porque todos los seres humanos tienen derecho a no ser pobres. Y pobre, según la definición del Nobel de Economía Amartya Sen, es aquel que no puede llevar adelante aquellos planes que son importantes para él. Esa pobreza no es solo material. Es, también, espiritual, cultural, existencial. Las sociedades tienen la obligación de poner las bases para que cada persona pueda desarrollar su vida de acuerdo con sus deseos y capacidades. Sin esas bases, la libertad es una palabra vacía de contenido, como dijo Sen en su libro Development as Freedom. Se puede tener libertad formal, pero esa libertad se ve constreñida cuando la persona carece de los medios materiales para poder siquiera intentar llevar a cabo sus planes, aunque luego fracasen.

Cooperar por prudencia: una cuestión de inteligencia

Pero el argumento de la justicia no basta para convencer a todo el mundo de la importancia de la cooperación. Por eso, Cortina apela también a la prudencia. Resulta mucho más inteligente vivir en un mundo donde las gentes se encuentran a gusto. Algunos dirán que esto rebaja la solidaridad a mero cálculo. Cortina, sin embargo, rechaza esa interpretación. No es egoísmo, indica: es sencillamente inteligencia. La misma que Kant atribuía a los demonios capaces de preferir el Derecho al caos. La alternativa es un mundo donde cualquiera puede quitarte la vida en cualquier momento y no hay juez que pueda decir nada. Eso es el estado de naturaleza. Eso es lo que tenemos cuando falla la cooperación global.

El escándalo del hambre en el mundo

Desde esta perspectiva, Emilio Lamo de Espinosa, presidente del Real Instituto Elcano, aporta el dato que debería avergonzarnos como seres humanos. En este momento, el 10% de la humanidad pasa hambre. Son unos 800 millones de personas. Decir que pasan hambre no es una abstracción estadística. Significa que muchos están muriendo ahora mismo. Lo más grave es que podríamos solucionarlo, pero, por desgracia, no hemos sabido hacerlo. La buena noticia es que hace cuarenta años la cifra no era del 10%, sino del 50%. Los programas del milenio de Naciones Unidas consiguieron reducir ese porcentaje de forma espectacular. Por tanto, es evidente que la solidaridad global funciona cuando se aplica. El problema es que cada vez se aplica menos, que cada vez somos más egoístas.

Un mundo global sin gobernanza global

Para entender esta paradoja, Lamo de Espinosa describe la situación con una imagen reveladora. Llevamos el mundo en el bolsillo, afirma. El teléfono móvil que todos usamos contiene coltán, silicio, programación, transporte, envasado. Son varias docenas de países los que han contribuido a su fabricación y distribución hasta llegar a nuestras manos. Lo mismo sucede con el coche, con la comida, con la energía. La realidad que sustenta nuestra existencia cotidiana ya es global. El problema es que carecemos de la capacidad de gestionar esa interdependencia. Los estados son competentes en su territorio, pero los problemas son transfronterizos. Entre ambos espacios se ha abierto un vacío que nadie llena.

El vacío de los bienes públicos globales

Las preguntas que plantea Lamo de Espinosa no tienen respuesta fácil. ¿Quién provee los bienes públicos globales? ¿Quién se ocupa del hambre, del clima, de las migraciones? No hay nadie. No tenemos un estado mundial. Si lo tuviéramos, podríamos atribuirle la responsabilidad de llenar esos vacíos. Pero, como no lo tenemos, solo nos queda la solidaridad voluntaria. Y esa solidaridad ahora no pasa precisamente por su mejor momento. Las presiones geopolíticas la erosionan mientras que el repliegue nacionalista la socava. El resultado es que cada vez miramos menos hacia afuera.

Empatía local, indiferencia global

Para poder analizar mejor este estado de cosas, Cortina propone una distinción que ilumina el problema. La empatía es natural, indica. Cuidamos de los bebés, de las mujeres embarazadas, de los ancianos. Lo hacemos en todas las culturas. Pero esa solidaridad cálida, fraternal, solo cubre el espacio de las relaciones cara a cara. La familia, los amigos, el vecindario. Cuando Valencia sufrió la dana, nos sentimos solidarios. Cuando algo similar ocurre en Singapur, lo somos mucho menos. Esa es nuestra forma de ser. Evolutivamente, nos preocupan más quienes están próximos que quienes son lejanos. El desafío, por tanto, consiste en extender esa solidaridad más allá de lo que sentimos de forma espontánea.

De la empatía a la compasión

Para ello, Cortina distingue entre empatía y compasión. El empático puede ser un verdugo, advierte. Sabe dónde le duele a la víctima y golpea precisamente ahí. El compasivo, en cambio, se pone en el lugar del otro, en la alegría y en la tristeza, y adquiere el compromiso de ayudarle a salir del sufrimiento. Eso hay que enseñarlo, educar a las personas en esta forma de ser. En los institutos, en las universidades, en las empresas. La economía del futuro será social o no será. Las universidades con alma forman ciudadanos compasivos, no solo profesionales competentes. Sin esa formación, la solidaridad global seguirá siendo una quimera.

El papel de los medios y la ceguera informativa

Además de la compasión, o de su falta, Lamo de Espinosa señala otro obstáculo que a menudo pasamos por alto. Los medios de comunicación informan de forma sesgada sobre la realidad. Para explicarlo pone un ejemplo revelador. Pregunta a cualquiera cuál ha sido la guerra más letal después de la Segunda Guerra Mundial. Nadie acierta. Fue la Gran Guerra Africana, que duró diez años y causó casi ocho millones de muertos. Pero los periódicos no nos informaron de eso, no nos lo contaron. Los medios cubren lo próximo, su área de influencia, su espacio cultural. Del resto, silencio. Y ese silencio genera ceguera. Por esta razón, cuando llega la hora de articular programas de ayuda, los programas se dirigen al espacio que conocemos. El resto no existe para nosotros.

Incentivos, empresas y cambio social

Lamo de Espinosa, sin embargo, defiende los Objetivos de Desarrollo Sostenible de Naciones Unidas. Están siendo vapuleados, estigmatizados, politizados. Pero representan una estrategia inteligente. Establecen métricas. Los estados tienen que mojarse. Cada país aparece en el ranking. El lugar 15 o el 140. Eso humilla a algunos y los moviliza. Es crear incentivos sobre la base del orgullo nacional. Cortina añade el papel de las empresas. Han evolucionado mucho. Ya no basta con aportar dinero. Se les pide que sean motores del cambio social. Atraen talento porque la gente quiere trabajar en organizaciones con sensibilidad social. Algunos preguntan si esto es ética o cosmética. Pero la cosmética se descubre con el tiempo. La ética se construye día a día.

La inteligencia de cooperar

Kant tenía razón. Hasta un pueblo de demonios preferiría cooperar si tuviera inteligencia. La pregunta es si nosotros la tenemos. O si seguiremos comportándonos como esos demonios estúpidos que no caen en la cuenta de que su supervivencia depende de los demás. El teléfono en el bolsillo nos lo recuerda cada día. Pero no queremos escuchar.

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