
España y México: dos memorias de una historia común
En 1882, Ernest Renan pronunció en la Sorbona una célebre conferencia, ¿Qué es una nación? Una nación, sostuvo, necesita recordar muchas cosas en común. Pero necesita también olvidar otras muchas. El olvido, e incluso el error histórico, figuran entre los ingredientes esenciales de cualquier nación. Renan no hablaba de historia. Hablaba de memoria, de los relatos de una comunidad sobre sí misma. Casi siglo y medio después, su intuición conserva toda su fuerza y su vigencia. Basta con mirar a dos países unidos por la lengua, la cultura y la sangre y separados, sin embargo, por su pasado: España y México.
El origen de las tensiones entre España y México
Tomás Pérez Vejo, profesor-investigador en el Posgrado en Historia y Etnohistoria de la Escuela Nacional de Antropología e Historia de México, parte de una constatación para tratar de explicar ese distanciamiento. De todos los Estados nacidos de la disgregación imperial hispánica, ninguno mantiene con España unas relaciones tan conflictivas como México. México fue la primera república americana con un tratado de paz con España, en 1836. Pero ningún otro país rompió tantas veces sus relaciones con ella. Y ese conflicto llega hasta hoy. Andrés Manuel López Obrador puso las relaciones en pausa. En sus ruedas de prensa matinales, España era con diferencia el país más citado. Siempre para mal, por supuesto. Y Claudia Sheinbaum, como no, excluyó al rey de su toma de posesión.
Los gachupines y el conflicto del siglo XIX
Pérez Vejo, sin embargo, no oculta una parte de la verdad. Durante el siglo XIX, la conflictividad entre las dos naciones se asentaba en motivos reales. Los mexicanos llamaban gachupines, con desprecio, a los españoles residentes en el país. Eran cántabros y vascos, unidos por redes familiares trenzadas durante siglos. Eran blancos en una sociedad mestiza y profundamente racista y ocupaban desde su llegada la parte alta de la pirámide social. Cada pueblo tenía su tendero gachupín, a menudo también ejercía como prestamista. Esas personas representaban la cara menos amable del capitalismo. Además, en todo el siglo XIX no hubo en una sola asonada conservadora en la que no hubiera gachupines. Todavía en 1910, los seguidores de Emiliano Zapata pedían su muerte.
Los intereses de España en el México independiente
El Estado español tampoco permaneció al margen en esta situación. Por entonces, su gran obsesión era Cuba, en un Caribe disputado por todas las potencias. Estados Unidos ofrecía su compra desde 1823. Y México, el país con más peso de la región, resultaba clave en esa partida. Por eso Madrid apoyó siempre a los conservadores mexicanos. Ellos veían en España a la madre patria y en Estados Unidos al enemigo. Los liberales, en cambio, pensaban justo lo contrario. La intervención de Prim marcó el punto culminante de esa injerencia. Pero tras la pérdida de Cuba y la Revolución mexicana, los intereses españoles en México desaparecieron. Los motivos objetivos del conflicto, también. ¿Por qué persiste entonces?
La conquista, la independencia y el virreinato
Pérez Vejo responde sin rodeos. El conflicto no es de intereses ni ideológico. Es identitario. España y México comparten una historia, pero no una memoria. De los tres grandes episodios comunes, solo la conquista vive en ambas memorias, y con significados opuestos. La independencia existe solo para los mexicanos. Todas sus ciudades tienen una calle Hidalgo en el centro. El virreinato, por su parte, no existe para nadie. Para los mexicanos, representa un paréntesis o una negación. Para los españoles, apenas un escenario de sus hazañas. Las pinturas de Cabrera cuelgan en el Museo de América, no en el Prado.
Cómo se construye la memoria colectiva
Las memorias colectivas, advierte Pérez Vejo, no recuerdan el pasado. Por el contrario, lo construyen. Así, el descendiente de braceros extremeños, sin un solo antepasado en América, siente como propia la gesta de los conquistadores. Y el mexicano sin sangre mexica llora la caída de Tenochtitlan. Pero aquella ciudad cayó ante miles de indígenas aliados y unos pocos cientos de españoles. Una ocurrencia atribuida al historiador Edmundo O’Gorman lo resume con ironía. La conquista la hicieron los indios y la independencia, los españoles.
El nacimiento de los relatos nacionales
¿Cómo llegamos hasta este punto? El origen está en el nacimiento de un nuevo orden político. La legitimidad nacional sustituyó a la dinástica y religiosa. Sin nación ya no había Estado legítimo posible. Por eso España, México y una docena de nuevos Estados tuvieron que inventar sus naciones. Y una nación, recuerda Pérez Vejo, no es más que la fe en un relato. En México compitieron dos. El conservador imaginaba a un hijo adulto, emancipado de la casa paterna. El liberal recurría a una versión laica del rosario: nacimiento prehispánico, muerte en la conquista, resurrección en la independencia. Los dos situaban a España en el centro. Para unos, como origen. Para otros, como verdugo.
El mestizaje y la identidad mexicana
El fusilamiento de Maximiliano en 1867 dio la victoria definitiva al relato liberal. Pero los conflictos identitarios, a diferencia de los económicos, no admiten negociación. Quedan latentes. Y la herencia española seguía allí, en la lengua, en la fe, en las catedrales y palacios virreinales. México llegó a borrar a golpe de cincel los escudos de la monarquía. Valladolid pasó a llamarse Morelia. Antequera, Oaxaca. El porfiriato ensayó una salida elegante: el mito del mestizaje. Ni indios ni españoles, sino mexicanos. Pero aquel mestizaje fue desigual. El Museo Nacional de Antropología preside la capital. El del Virreinato queda en las afueras.
La hispanofobia y la política contemporánea
La realidad, además, desborda los esquemas ideológicos. En 1939, Lázaro Cárdenas, mito fundacional de la izquierda mexicana, abrió las puertas a los republicanos españoles exiliados. Ante las críticas, defendió su decisión con un argumento sorprendente: los españoles eran de la misma raza y la misma sangre. Cualquier conservador del siglo XIX habría suscrito esa frase. Aun así, la hispanofobia rebrota en épocas de conflicto político. La Cuarta Transformación de López Obrador lo demuestra. Las teorías decoloniales, importadas de las universidades estadounidenses, le aportan nuevo combustible.
España ante su pasado imperial
El problema tiene también su reverso español. España no tiene un problema con México. Lo tiene con su pasado imperial. Tras el fracaso de Cádiz, los liberales españoles imaginaron una nación imperial con colonias. Asumieron la obra de la vieja monarquía católica como obra de la nación y convirtieron la conquista en seña de identidad. Pérez Vejo habla de un imperialismo de sustitución. España ya no era un gran imperio, pero lo había sido. América ocupaba el centro de esa epopeya. No en vano, la fiesta nacional cae el 12 de octubre. Y dentro de América brillaba México, más rico que Perú y con un héroe más luminoso que Pizarro: Hernán Cortés.
Hubo otra opción. El liberalismo radical, de los diputados gaditanos a Castelar, imaginó una nación muerta en Villalar y resucitada en 1808. Pero casi nadie llevó esa idea hasta el final. Hoy, sin embargo, el relato imperial incomoda a parte de la izquierda española. Una nación de guerreros y conquistadores no es la mejor tarjeta de presentación en el mundo actual. La conclusión de Pérez Vejo, por eso, es clara. El conflicto es identitario, polariza y ofrece un arma fácil para la movilización política. Y resulta mucho más mexicano que español. El nacionalismo mexicano, al fin y al cabo, es mucho más beligerante.
Un pasado que sigue vivo en ambos países
Renan veía en el olvido un cimiento de las naciones. México y España muestran la otra cara de esa verdad. Ninguno de los dos olvida. Ambos recuerdan, pero recuerdan cosas distintas. El poeta José Moreno Villa, exiliado en México, lo vio con claridad. Allí, escribió, no muere nadie. Cuauhtémoc, Cortés, Maximiliano y don Porfirio siguen vivos. Para él, el pasado no había muerto ni pasado. Había quedado detenido. Quizá el gran reto de ambos países consista en ponerlo de nuevo en marcha.





