Libertad y democracia: ¿retroceso o esperanza?

La esperanza ante las amenazas del mundo actual

En El idiota, Dostoievski atribuye al príncipe Mishkin una convicción tan audaz como enigmática: la belleza salvará el mundo. Esa sentencia, hoy, recobra toda su actualidad. Por un lado, vivimos un tiempo de incendios que cada verano resultan más voraces. Por otro, las grandes potencias pugnan abiertamente por la supremacía global. Y, además, hemos creado máquinas que son capaces de escaparse del control humano. El miedo al futuro, por tanto, tiene razones de peso más que sobradas para atenazar a las sociedades modernas. Así es que la gran cuestión en este contexto es dónde hallar esperanza. Pero la respuesta quizá esté más cerca de lo que creemos.

Michael Ignatieff y una generación marcada por la historia

Michael Ignatieff, historiador, ex líder del Partido Liberal de Canadá y ex rector de la Central European University, conoce bien ese temor. Su forma de contemplar la situación actual parte de una biografía singular. Empezó con su padre, que huyó de Rusia tras la revolución bolchevique. A su vez, su madre trabajó para la inteligencia militar británica durante la Segunda Guerra Mundial. Así es que, con estas experiencias personales, ambos progenitores quisieron ahorrar a su hijo el sufrimiento que conlleva una guerra. Por eso, Ignatieff creció en un Ottawa tranquilo, de inviernos gélidos cargados de nieve. Cumplió veintiún años en mayo de 1968, con un París ardiendo por las protestas estudiantiles y obreras mientras los utopistas buscaban bajo los adoquines la arena de unas playas que no existían. Aquellos acontecimientos marcaron a toda una generación.

La revolución liberal y la conquista de derechos

Para Ignatieff, esos hechos trajeron una verdadera revolución liberal. En aquellos años, Martin Luther King encabezó la lucha por los derechos civiles de los negros en Estados Unidos. Después llegaron el feminismo y los derechos de los homosexuales. En 1965, cuando entró en la universidad, Ignatieff no conocía a ningún gay declarado. Al mismo tiempo, la descolonización envió a los imperios europeos al cajón de la historia. En 1947, el año de su nacimiento, los holandeses dominaban Indonesia y los británicos, la India. Dos décadas más tarde, aquel mundo imperial había desaparecido. Con él murió también una idea muy arraigada hasta entonces, la del hombre blanco destinado por naturaleza a gobernar al resto. Cada uno de esos cambios, admite Ignatieff, dejó tras de sí problemas pendientes de resolver. Pero todos ellos, individualmente y en conjunto, ampliaron el espacio de la libertad del hombre.

El retroceso de las libertades y sus límites

Ignatieff, por eso, nunca pudo imaginarse que pudiera surgir una tendencia contrarrevolucionaria contra todos aquellos avances. Hoy, sin embargo, siente que vive esa contracción del espacio de libertad en primera persona. Donald Trump, que tiene casi su misma edad, quiere devolver a Estados Unidos a los años cincuenta, a esa América anterior a los derechos civiles, al feminismo y a la igualdad de los homosexuales. Ese es el verdadero sentido del Make America Great Again, explica Ignatieff. Ahora bien, a pesar de todo ello no hay motivo para ser pesimista. ¿Por qué? Porque algunos cambios son irreversibles. Las mujeres no volverán a los años cincuenta. Los homosexuales, tampoco. Ni los negros estadounidenses. La razón, para él, es muy sencilla. Todas esas personas hoy son nuestros vecinos, nuestros amigos, nuestra familia. Y nadie renuncia a la libertad conquistada.

La solidaridad entre las democracias

Aquella generación creció, además, bajo una idea hoy casi olvidada: la idea del mundo libre. Un mundo que, como reconoce Ignatieff, tenía sus contradicciones. En él convivían dictaduras como la de Franco o la del sha de Irán junto con países democráticos donde el espacio de libertad se fue agrandando. Aquello, en sus palabras, era una mentira noble, pero tenía un aspecto muy valioso: la solidaridad entre pueblos libres. En los años ochenta, muchos intelectuales viajaban a Praga o a Varsovia para apoyar a los disidentes del otro lado del Telón de Acero. Esa solidaridad, por desgracia, hoy se encuentra en estado agonizante, se lamenta Ignatieff. Trump, por ejemplo, prefiere al dictador norcoreano antes que a los demócratas de Seúl. Y en España, lejos del frente, el apoyo a Ucrania apenas va más allá de las palabras.

Las lecciones de Irak y la guerra de Ucrania

Esa misma solidaridad explica las intervenciones militares de los años noventa y dos mil. Ignatieff cubrió como reportero la guerra de la antigua Yugoslavia. Allí vio a unos europeos matar a otros europeos mientras el resto de Europa observaba con pasividad. En el norte de Irak contempló los efectos del gas venenoso de Sadam Husein contra los kurdos. Ese hecho alimentó su rabia moral, de la que nació su apoyo a la invasión de Irak en 2003. Hoy, sin embargo, admite que se equivocó. La verdad es que aquella guerra provocó mucho más daño que bien. Pero la lección que se debe extraer de ello no puede ser la de la justificación de la pasividad absoluta, por lo que está en juego en cada uno de los frentes actuales. Por eso, advierte de que, si Rusia gana en Ucrania, la seguridad de toda Europa estará en peligro. Por eso, esta situación nos lleva a los europeos a tener que plantearnos necesariamente si somos un continente o no lo somos, puesto que lo que está en juego es nuestra supervivencia, ni más, ni menos.

Europa, Canadá y el desafío de la inteligencia artificial

Así es que la pregunta que viene a continuación es inmediata: ¿qué puede hacer Europa en este nuevo mundo? Para buscar la respuesta, Ignatieff mira hacia Canadá. Europeos y canadienses comparten valores democráticos y, por desgracia también, el temor a Trump. Los lazos económicos entre ambos, sin embargo, siguen siendo muy débiles, a pesar de que ya han transcurrido diez años desde la firma del CETA, el tratado de libre comercio entre la Unión Europea y Canadá. El gran terreno en el que puede florecer la colaboración necesaria entre ambas partes es el de la inteligencia artificial. En este sentido, hay un dato que resulta demoledor. Estados Unidos concentra el 60% de la capacidad de computación mundial, China, el 30% y Europa apenas llega al 5%. En palabras sencillas, un continente rico, democrático y poderoso como el europeo tiene un papel marginal en la tecnología decisiva de nuestra era. No es porque falte talento, porque no es el caso ni en Europa ni en Canadá. Lo que de verdad falta es capital. Sin la financiación necesaria para esos proyectos, nuestros hijos y nietos afrontarán un futuro laboral muy incierto.

La necesidad de un mercado europeo de capitales

El problema es quién reunirá ese capital y lo pondrá a trabajar en ese ámbito tan necesario para Europa. Mario Draghi viene repitiendo desde hace años la misma advertencia: sin un mercado único de capitales, Europa queda fuera del juego. Esa es la visión de largo plazo, la que tiene China. Los políticos europeos, sin embargo, viven atrapados en la urgencia del día siguiente y los ciclos electorales estrechan todavía más su horizonte. Por eso, insiste Ignatieff, la sociedad civil debe situar estos debates en el centro de la agenda política. Estos asuntos son demasiado importantes para dejarlos solo en manos de los políticos.

La democracia y su capacidad para corregir errores

Ignatieff también plantea la inquietante cuestión de si la democracia, a la que define como una máquina de falibilidad, funciona todavía. Lo cierto es que la democracia no garantiza las decisiones acertadas. Su virtud es otra: corrige los errores mejor que cualquier otro sistema conocido. Hungría ofrece un ejemplo reciente. Viktor Orbán expulsó del país a la Central European University, entonces bajo la dirección de Ignatieff. Tras dieciséis años en el poder, Orbán perdió las elecciones frente a Péter Magyar, un político de centroderecha que recorrió cada pueblo, escuchó a la gente, recogió su indignación. Ignatieff acudió a sus mítines. Al principio había treinta personas. La semana anterior a las elecciones, mil. Así funciona la democracia. Y si funciona en Hungría, puede funcionar en cualquier parte.

Populismo, nostalgia y reformas políticas

La democracia sirve también para desmantelar las malas ideas. En Francia, Emmanuel Macron vio la necesidad de reformar su país y chocó contra una sociedad sin voluntad de cambio. El Estado del bienestar, admite Ignatieff, creó derechos adquiridos muy caros, como la jubilación a los 62 años. Sin productividad, esos derechos resultan insostenibles. Macron fracasó. Pero ¿alguien cree en serio en el éxito de Marine Le Pen allí donde él falló? La extrema derecha ofrece una política de nostalgia radical. Quiere volver a la Francia de antes de la llegada de los argelinos o a la España de 1960. Pero el tiempo nunca vuelve atrás. Por eso, basta con comparar sus propuestas con los hechos y la realidad hará el resto.

La belleza como fuente de esperanza

¿Dónde hallar esperanza ante tantas amenazas? En este sentido, Ignatieff reconoce los límites de la política. La política alivia muchos problemas, pero no todos. La esperanza brota de otras fuentes, mucho más cotidianas. Una buena comida con un amigo. El consuelo a quien sufre, la compañía al enfermo, el recuerdo de los muertos. Y, sobre todo, la belleza. Para Ignatieff, ningún lugar de Madrid inspira tanta esperanza como el Prado. Allí, ante Velázquez, Goya o El Greco, cualquiera descubre de qué es capaz el ser humano. Quizá Dostoievski tenía razón. Quizá la belleza no salve el mundo por sí sola. Pero nos recuerda por qué merece la pena salvarlo.

Acceda al documento completo

“La Fundación Rafael del Pino no se hace responsable de los comentarios, opiniones o manifestaciones realizados por las personas que participan en sus actividades y que son expresados como resultado de su derecho inalienable a la libertad de expresión y bajo su entera responsabilidad. Los contenidos incluidos en el presente resumen, realizado para la Fundación Rafael del Pino por Emilio J. González, son resultado de los debates mantenidos en el encuentro realizado al efecto en la Fundación y son responsabilidad de sus autores.”
Artículo anteriorLibertad económica, el detonante de la prosperidad

No hay publicaciones para mostrar