Consolidar y completar la democracia en España

El poder político y los contrapesos democráticos

Montesquieu dedicó buena parte de su obra El espíritu de las leyes a una idea sencilla y muy poderosa. La existencia de la libertad, sostenía, exige un poder capaz de frenar al poder. Sin un sistema de contrapesos a su poder, cualquier gobierno tiende al abuso. Por esta razón, las democracias modernas se asientan sobre ese principio: división de poderes, controles, garantías. Pero los principios necesitan instituciones que los fortalezcan y protejan. A su vez, esas instituciones necesitan de la existencia de la voluntad política de respetarlas. ¿Qué ocurre cuando esa voluntad falta? España ofrece hoy un buen laboratorio para tratar de responder a esta pregunta.

La Transición y la reforma democrática pendiente

Miriam González, abogada especializada en comercio internacional y Derecho de la Unión Europea y fundadora de Democracia 21, plantea una paradoja. España cumple cincuenta años de democracia. Sus ciudadanos son adultos. Pero muchas de sus instituciones nacieron en un tiempo de tutela de la sociedad desde el poder político. La Transición, explica, cumplió con brillantez su primera misión: llevarnos de forma pacífica de la dictadura a la democracia. Por eso, merece todo nuestro reconocimiento. Sin embargo, el proceso dejó pendiente una segunda tarea. El poder debería haber pasado de los partidos a los ciudadanos, pero eso nunca sucedió. ¿Por qué? Pues porque, según González, faltó un último capítulo constitucional dedicado a los controles y garantías frente al poder político.

La politización de la justicia desde 1985

El punto de inflexión en el proceso de incorporar el capítulo de controles y garantías tiene fecha. González lo sitúa en 1985, con la Ley Orgánica del Poder Judicial. Con esa norma empezó la injerencia de los partidos políticos en una justicia que debería ser independiente de ellos. Ahí entró también la primera oleada de aforamientos. Los padres de la Constitución concentraron mucho poder en pocas manos para evitar el descarrilamiento del país. Quizá acertaron, dadas las circunstancias y el contexto histórico del momento. Pero los partidos cogieron ese poder, lo acapararon y nunca se lo devolvieron al pueblo. Al contrario, acumularon cada vez más y más poder en sus manos. Desde entonces solo cambia la intensidad de esa acumulación y, en general, no para bien. Ningún Gobierno que asume el poder reduce los privilegios de su antecesor. Por el contrario, todos los heredan y los amplían. El ansia de poder de los partidos políticos, en palabras de González, no conoce la marcha atrás.

Libertad de prensa y dependencia económica

La prensa ofrece el mejor termómetro de esta deriva. Para González, la libertad de expresión encapsula como ningún otro derecho la esencia de la democracia. Votar no basta. En España no hay censura, pero sí algo muy parecido a la autocensura. La raíz de este problema es de naturaleza económica. El mercado español de medios de comunicación es pequeño y la crisis cogió a muchos de ellos a contrapié, con dificultades para sobrevivir. En el Reino Unido, el acceso a los inversores estadounidenses blinda la independencia de los medios. Aquí, en cambio, los medios dependen, en buena medida, del sostén económico del Gobierno para poder sobrevivir. La publicidad institucional fluye hacia ellos sin transparencia en cuanto a su concesión. Las administraciones patrocinan actos. Los tertulianos afines ocupan los platós. El poder, resume González, tiene mil maneras de influir.

La independencia de los medios de comunicación

La solución no pasa solo por las leyes. González conoce bien el modelo de la BBC. Allí el primer ministro elige al presidente de la cadena. Sin embargo, la BBC figura entre las televisiones más independientes del mundo. La diferencia está en la práctica, en los códigos no escritos, en la contención del poder. En España, casi todos los Gobiernos han metido mano en la televisión pública. Por eso, González echa en falta el clamor de la propia prensa frente a los intentos del poder por controlarla. Los periodistas deben exigir su independencia, porque nadie lo hará por ellos. Y, sin unos medios independientes, la libertad y la sociedad sufren las consecuencias. Por algo se les caracteriza como el cuarto poder en las sociedades libres.

Los partidos políticos y la sociedad civil

El problema de fondo, insiste González, es de naturaleza política. Los partidos bloquean cualquier iniciativa ajena a sus estructuras. Todo tiene que pasar por ellas y fuera de ellas no puede existir nada que las ponga en tela de juicio. Ella lo vivió con España Mejor, una plataforma de la sociedad civil. Al principio nadie la recibía. En la Oficina del Defensor del Pueblo le advirtieron incluso del riesgo de polarización de la sociedad civil. Todo un sarcasmo, con unos partidos dedicados casi en exclusiva precisamente a dividir y polarizar a la opinión pública. Después, con el reconocimiento, llegaron los fotógrafos y los comunicados de prensa. Pero eso no cambio nada. Y cuando González dio el paso a la política, el sistema reaccionó como un erizo, porque no tolera cuerpos extraños.

Clientelismo político y meritocracia

¿Y las dos Españas? Pues la verdad es que, a la hora de repartir cargos y eludir límites, advierte González, solo existe una España. Aquí no hay diferencias. Todos los partidos actúan igual: llegan al poder, colocan a los suyos y después luchan por sobrevivir. Así surgen y se desarrollan las redes clientelares. No hablamos de funcionarios. Hablamos de asesores, de nombramientos y ceses a conveniencia, de cuotas de sueldo para el partido, de contratos públicos a cambio de favores. Desde la basura del pueblo hasta las grandes empresas, todo depende de caerle en gracia al poder de turno. Por desgracia, la consecuencia de esta realidad es demoledora porque losos jóvenes reciben un mensaje perverso: la cercanía a un partido pesa más que el talento y el esfuerzo.

Independencia judicial y reforma del CGPJ

La justicia representa la última línea de defensa frente al poder. Cuando todo falla, la independencia judicial debe resistir. González reconoce la politización del Consejo General del Poder Judicial, obra de los partidos desde 1985. Pero defiende a los jueces. En su día a día, actúan contra el sistema. Por eso, hay que cambiar las reglas. Los jueces deben elegir a los jueces, sin injerencia de las asociaciones judiciales. Así, por cierto, lo viene reclamando la Unión Europea desde hace años. Pero, por desgracia, y de forma contradictoria, los dos grandes partidos pactaron el último reparto del Consejo en Bruselas, con la bendición de una comisaria europea. Así es que, al final, todo fue un intercambio de cromos sin el concurso del Parlamento, los jueces y la sociedad. Y, en este mismo sentido, toca revisar también la forma de elegir al fiscal general.

Regeneración política y reforma económica

Muchos ven la regeneración política y la reforma económica no como parte de un proyecto único y completo, sino como agendas distintas, que es lo que debe ser. González lo niega. Sin romper las redes clientelares, resulta imposible reformar la economía. Tampoco es posible abrir el necesario margen fiscal para aliviar a las clases medias. Y, de la misma forma, es del todo imposible agilizar la actividad económica. La burocracia, explica, actúa como escudo protector de esas redes. Estonia ofrece la prueba. Su Estado digital permite hacer la declaración de la renta en tres minutos. El obstáculo, por tanto, no está en la tecnología ni en el tamaño del país. Está en quienes viven de la corrupción, que son quienes siempre rechazarán la transparencia digital.

Propuestas para devolver el poder a los ciudadanos

¿Por dónde empezar a cambiar las cosas? González defiende las listas abiertas y desbloqueadas. Reconoce, eso sí, la enorme dificultad de esa reforma, porque toca las cosas del comer de todos los partidos. Sin embargo, hay palancas más inmediatas que se pueden tocar. La primera, recortar un 90% el número de asesores. Después, aplicar el mérito y la capacidad en toda la Administración, desde los nombramientos hasta los ascensos. También, crear juzgados especializados en corrupción. Y cortar la financiación a los partidos con cargos implicados en tramas corruptas. Cada hilo arrastra a los demás. Basta con tirar de uno para deshacer la madeja clientelar.

Los desafíos de España en la Unión Europea

El diagnóstico trasciende nuestras fronteras. González trabajó doce años en la Comisión Europea. Para ella, la Unión Europea ha sido siempre la red de seguridad de España. Hoy esa red pende de un hilo. Europa no crece lo suficiente ni aumenta su productividad. Tampoco logra engancharse de forma adecuada a la era de la innovación. Sus políticos todavía celebran cada nueva regulación como un triunfo. Ese estancamiento alimenta la nostalgia y la actitud defensiva. Además, abona el terreno a un extremismo nacionalista a punto de conquistar los cinco grandes países de la Unión. España, uno de ellos, debe dejar de lamentarse y coger el timón de su destino.

La responsabilidad ciudadana en la democracia

Queda la responsabilidad individual. González la considera decisiva, pero entiende la desesperanza de la gente. Muchos ciudadanos votan con la nariz tapada. Dar la cara, además, tiene consecuencias reales. Por eso pide un paso al frente a quienes gozan de más libertad. No basta con contemplar los problemas desde el sofá y volver al teléfono. Montesquieu, en este sentido, acertó de lleno: solo el poder frena al poder. En España falta ese contrapeso. Los partidos acumulan un poder sin límite. La única fuerza capaz de equilibrarlo reside en los ciudadanos. Devolverles la democracia significa, por tanto, devolverles el poder.

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