Rosario Silva de Lapuerta, exvicepresidenta del Tribunal de Justicia de la UE, Daniel Calleja, director general de la Comisión Europea, y Javier Cremades, abogado y autor de El imperio de la ley, advierten de los peligros que acechan al estado de derecho en Europa.
Abraham Lincoln dejó escrita una frase que resume el proceso de construcción europea: “Tengamos fe en que el Derecho hace la fuerza. No al revés. No la fuerza imponiendo el Derecho, sino el Derecho generando la única fuerza legítima.” La advertencia resulta especialmente pertinente para entender lo que es la Unión Europea. Porque la Unión carece de ejército propio, no dispone de un cuerpo de policía, carece de poder coercitivo. La única herramienta con la que cuenta son las normas que los estados miembros se dan a sí mismos y que deciden cumplir voluntariamente. Sin embargo, esa aparente fragilidad esconde una fortaleza sin precedentes en la historia. Pero también representa una gran vulnerabilidad si la fe en el Derecho se resquebraja.
Los valores del artículo 2 y el acervo comunitario
Daniel Calleja, director general de la Comisión Europea, lo formula con claridad: no existe ninguna organización en el mundo que dependa tanto del Derecho como la Unión Europea. Los valores del artículo 2 del Tratado de la UE no admiten regateo alguno. Esos valores son la dignidad humana, la libertad, la democracia, la igualdad, el Estado de Derecho. No son declaraciones de intenciones ni adornos retóricos, sino que se trata de obligaciones jurídicas vinculantes que los estados miembros asumieron al entrar en el club europeo, lo que se llama acervo comunitario. Y deben cumplir con esas obligaciones mientras permanezcan en él. Esos son los pilares fundamentales de la Unión Europea como unidad política, que cimentan y fortalecen lo que es de verdad el proceso de construcción europea. Un proceso que va mucho más allá de la unión económica y monetaria, pues se trata de un proyecto de naturaleza política que solo puede existir si encuentra su base de apoyo en el Derecho.
El Tribunal de Justicia y la garantía del Estado de Derecho
El Estado de Derecho, sin embargo, no se defiende por sí mismo. Por el contrario, necesita de un cuerpo institucional que vigile e imponga el cumplimiento de las normas que se derivan de él. Y en el centro de ese entramado institucional se encuentra el Tribunal Europeo de Justicia. Rosario Silva de Lapuerta, exvicepresidenta del Tribunal de Justicia de la UE, subraya que la corte europea ha sido siempre tajante al respecto. El Estado de Derecho constituye una obligación de tener resultados. No basta con proclamarlo; hay que garantizarlo. El principio de no regresión completa el cuadro. Este principio viene a decir, simple y llanamente, que no vale con cumplir los requisitos del Estado de Derecho para entrar en la Unión Europea y luego dar marcha atrás. Quien entra, se compromete para siempre; quien incumple, paga. Podemos verlo en el caso de Hungría, que tiene bloqueado el 66% de sus fondos estructurales debido, precisamente, a sus incumplimientos sistemáticos de los postulados del Estado de Derecho. Con Polonia sucedió tres cuartos de lo mismo y llegó a acumular 320 millones de euros en multas. El Derecho europeo, por tanto, no es papel mojado, aunque algunos quisieran que lo fuera.
La dignidad como límite al poder
Pero ¿qué significa realmente el Estado de Derecho? Javier Cremades, abogado y autor de El imperio de la ley, sitúa el debate en su dimensión más profunda. El Estado de Derecho, indica, significa una sola cosa: la dignidad de cada persona constituye un límite infranqueable para el poder. Da igual quién mande. Da igual qué mayorías respalden una decisión. Los derechos fundamentales están por encima de todo eso. Cremades lo ilustra con una imagen poderosa: la del tanque que se detiene ante un ciudadano. Todos los tanques deben detenerse ante cada persona. Esa es la promesa que Europa hizo al mundo después de dos guerras mundiales. Romperla sería traicionar todo lo que somos.
Independencia judicial y protección de derechos
La promesa, por sí sola, no basta para construir ese espacio de libertad que es la UE. Las murallas que defienden al individuo de los avances del poder político no se defienden por sí solas. Por el contrario, exigen de una vigilancia constante. Silva de Lapuerta, por ello, advierte de que la independencia judicial ocupa el centro del sistema. Sin jueces independientes no hay tutela de derechos. Sin tutela de derechos no hay Estado de Derecho. El Tribunal Europeo de Justicia lleva años creando jurisprudencia sobre esta cuestión. Ha condenado a estados que sancionaban a jueces por plantear cuestiones prejudiciales al tribunal europeo. Ha declarado contrarias al derecho comunitario leyes que creaban salas políticas para jubilar a magistrados incómodos. La línea roja existe; el Tribunal la traza. El problema es si los estados la respetan.
Cuando el poder ignora a los jueces
Por desgracia, no siempre lo hacen, como denuncia Cremades. Para ello, pone un ejemplo revelador. Europa creó una lista de sancionados tras la invasión rusa de Ucrania. Un empresario demostró ante el Tribunal que no tenía relación alguna con Putin. El Tribunal ordenó sacarlo de la lista. El Consejo se negó a cumplir la sentencia. Inventó otra razón y lo volvió a incluir. El poder ignoró a los jueces. Cuando eso sucede, advierte Cremades, el Derecho deja de ser la fuerza vital. Y la fuerza empieza a hacer el Derecho. Así es que, de esta forma, volvemos al punto de partida, al estado de naturaleza salvaje que Lincoln quería superar.
Emergencias y erosión del Estado de Derecho
Las situaciones de emergencia siempre se usan para justificar excepciones contrarias al Estado de Derecho que acaban por cosificarse. Cremades alerta de que la guerra reproduce el patrón que ya vimos durante la pandemia. Europa se cree moralmente hegemónica. Piensa que aquí nació el Estado de Derecho y que, por tanto, no puede equivocarse. Pero lo hace, se equivoca. El poder tiende a extenderse, luego a perpetuarse, luego a corromperse. Aristóteles lo sabía hace dos milenios. Nosotros parecemos olvidarlo cada vez que surge una crisis.
Geopolítica y necesidad de más Europa
La geopolítica añade un sentido de urgencia al debate. En este sentido, Calleja recuerda la advertencia de Borrell: si no estás en la mesa, estás en el menú. Europa vivía en un mundo muy cómodo. China vendía barato, Rusia suministraba energía y Estados Unidos garantizaba la defensa. Ese mundo, sin embargo, ya no existe, se ha acabado. Por eso, ahora nos toca decidir si queremos seguir existiendo como proyecto político. La respuesta exige más Europa, no menos; más unidad política, económica, energética, militar. Y más Estado de Derecho, porque la seguridad jurídica es también un factor de competitividad. Las empresas, no lo olvidemos, invierten donde las reglas son claras y los jueces independientes.
España y los retos pendientes
En este contexto, sin embargo, Silva de Lapuerta, se declara optimista. Europa siempre ha salido reforzada de las crisis. La pandemia forzó una política sanitaria común que no existía. La guerra de Ucrania está acelerando la integración en defensa. Las unanimidades bloquean muchas decisiones, pero se van superando paso a paso. Juntos podemos hacer cosas. Por separado, nada. El diálogo entre tribunales constitucionales nacionales y el Tribunal de Justicia Europeo no siempre resulta fácil. Pero esa tensión es productiva cuando ambas partes respetan las reglas del juego.
España tiene deberes pendientes en este terreno. El informe europeo de 2025 los enumera sin contemplaciones: desvincular al fiscal general del gobierno, reformar el sistema de elección del Consejo General del Poder Judicial, crear un registro obligatorio de lobbies, acortar los procedimientos de corrupción, regular los conflictos de intereses, aprobar una ley de secretos oficiales. La lista no es nueva. Llevamos años oyendo las mismas recomendaciones. Silva de Lapuerta lo plantea con sencillez: si avanzáramos en uno solo de estos puntos cada año, habríamos progresado mucho. No se piden milagros. Se pide voluntad. El problema es que la voluntad escasea cuando el poder prefiere la opacidad.
Cultura cívica y legitimidad del sistema
Calleja eleva la mirada por encima de los mecanismos institucionales. Lo que sostiene el edificio, indica, es la conciencia cívica. El respeto a las leyes no porque te vayan a sancionar, sino porque garantizan la libertad de todos. Las leyes deben cumplirse. Pero para que se cumplan tienen que ser justas. Adoptadas con transparencia. Con consenso. Sin retroactividad. Sin trampas. Cuando los ciudadanos perciben que las reglas solo valen para algunos, la fe en el sistema se desmorona.
Conclusión: el Derecho como única fuerza legítima
Cremades cierra con una idea que lo resume todo. El Estado de Derecho funciona cuando un ciudadano acepta la decisión de un juez aunque crea que está equivocada. Porque entiende las consecuencias de hacer lo contrario. Es la adhesión voluntaria de la comunidad política. Eso es lo que distingue a Europa de quienes gobiernan con tanques.
Lincoln tenía razón. El derecho hace la fuerza. Pero solo mientras creamos en él. La adhesión voluntaria de los ciudadanos libres es lo único que sostiene el edificio. Si perdemos esa fe, perdemos todo. Y nadie nos lo devolverá.











