Henry Kissinger lo dijo con esa claridad meridiana propia de quien conoce los mecanismos del poder: controla el petróleo y controlarás las naciones. La frase ya tiene medio siglo, pero su vigencia actual resulta aterradora. No hay más que ver lo que está sucediendo a raíz de la guerra de Irán para comprenderlo en toda su magnitud.
El estrecho de Ormuz y el riesgo energético global
Occidente siempre temió que un conflicto en Oriente Medio pudiera cerrar el estrecho de Ormuz, ese estrecho pasillo marítimo entre Irán y la península arábiga por el que transita el 20% del petróleo que se consume en el mundo y el 30% del gas natural. La interrupción de ese flujo de energía supone un grave problema para las economías occidentales, para China y para muchos otros países. Ese temor ahora se ha materializado. El estrecho de Ormuz no se ha cerrado, porque a los iraníes no les ha hecho falta bloquearlo. Les ha bastado con suscitar el temor de las aseguradoras a unas posibles pérdidas multimillonarias para que las compañías de seguros marítimos hayan dejado de cubrir a los barcos que lo cruzan. En consecuencia, ningún navío se atreve a pasar por ahí, con lo que el efecto que han conseguido los iraníes es el mismo que si hubieran bloqueado físicamente el estrecho.
Oriente Medio como tablero geopolítico
Para poder entender mejor lo que sucede y sus implicaciones, José Luis Moreno, profesor de la Universidad Francisco de Vitoria y autor de Geoeconomía Estratégica, sitúa el conflicto en su contexto real. Lo que ocurre en Oriente Medio, indica, es un combate entre China y Estados Unidos, en el que el estrecho de Ormuz se ha convertido en el tablero sobre el que se disputa esta partida. En ella, Irán actúa como socio estratégico de Pekín y Moscú, con Venezuela que completaba el eje. ¿Qué hace Europa mientras tanto? Pues, en vez de afrontar la realidad, se dedica a discutir sobre transiciones verdes y neutralidad de carbono. Así es que mientras esta batalla se libra con petróleo, Europa acude a ella armada tan solo con eslóganes.
La amenaza iraní y la realidad nuclear
Quienes están en contra de esta guerra dicen que Irán no suponía amenaza alguna para Estados Unidos. Daniel Lacalle, economista jefe de Tressis, sin embargo, desmonta la propaganda antiamericana con datos. En este sentido, Lacalle recuerda que el ayatolá Jamenei lo dejó claro en el Parlamento iraní: muerte a América no es un eslogan, es una política. La Agencia Internacional de la Energía Atómica, además, certificó que Irán había enriquecido más de 400 kilos de uranio al 60%. El uso civil requiere un enriquecimiento de tan solo el 4%. Cuando es del 60%, su propósito es militar. Por tanto, los datos estaban ahí, pero nadie quiso verlos, con lo que ahora tenemos que pagar la onerosa factura que pasa esa ingenuidad deliberada.
El declive del petróleo como arma geopolítica
De todas formas, el petróleo ya no es el arma geopolítica de antaño, sostiene Lacalle. En 2008, cuando el barril tocó los 140 dólares, Estados Unidos producía 5 millones de barriles diarios. Hoy produce 13,8 millones. En gas natural pasó de 150 millones de BTUs a casi 1.000 millones. En consecuencia, Estados Unidos se ha vuelto independiente en materia de energía. Además, la OPEP es enemiga de Irán, con la excepción de Venezuela, y lleva meses aumentando la producción de crudo. Por tanto, el arma energética está perdiendo su capacidad de infligir dolor económico y social para quienes han sabido adaptarse. Por desgracia, ese no es el caso de Europa y, mucho menos, de España. Claro que la perdida de potencia del arma energética lo será siempre y cuando Irán no destruya instalaciones e infraestructuras vitales para la extracción y transporte de petróleo y gas desde el Golfo Pérsico.
España y el deterioro de su posición energética
Pero volviendo al caso de España, Moreno aporta un dato demoledor. Nuestro país ha empeorado su posición en el ámbito energético desde 2019. Desde entonces, hemos pasado de depender de Rusia y Argelia a hacerlo de Rusia, China y Estados Unidos. Y, además, nos hemos peleado diplomáticamente con los tres proveedores alternativos: Argelia, Israel y Estados Unidos. De hecho, nuestro gobierno, que es el que más habla de Ucrania, resulta que luego es el quinto mayor importador de gas natural licuado ruso, con lo que da a Rusia recursos económicos con los que seguir financiando la guerra contra Ucrania. Solo un burócrata puede conseguir semejante hazaña, sentencia Lacalle. Y como la incoherencia tiene consecuencias, seguramente vamos a verlas pronto.
La falsa independencia energética renovable
El gobierno trata de negar la mayor en este sentido. Recientemente, la ministra de Transición Ecológica ha dicho que el sol y el viento no se frenan en el estrecho de Ormuz. Cierto. El problema es lo que apunta Lacalle al respecto. Se trata de que el 80% de los paneles solares viene de China. O de que los rotores eólicos necesitan cobre, litio, tierras raras. Todo esto España tiene que importarlo. Por tanto, la dependencia energética, lejos de disminuir, se ha incrementado. Lo único que ha cambiado es su origen y el nuevo proveedor es el mismo país que alimenta a Irán. Kissinger sonreiría ante tamaña ingenuidad estratégica.
Impacto económico: inflación y pérdida de poder adquisitivo
Las consecuencias para España podrían resultar bastante duras. Lacalle aporta los datos en este sentido. La inflación española ya triplica la francesa, supera la alemana en medio punto y duplica la italiana. Y no es solo cuestión de la gasolina. Los fertilizantes suben, el plástico sube, los envases suben, el transporte sube. En consecuencia, la cesta de la compra puede encarecerse entre un 7% y un 11% este año, así es que todos nos volveremos más pobres. Por supuesto, el crecimiento económico y el empleo lo notarán. Así es que volvemos a los tiempos de la guerra de Ucrania, solo que ahora estamos en peor posición que entonces.
Recursos desaprovechados y decisiones energéticas
Lo triste es que España no tendría por qué verse en esta tesitura. Moreno recuerda que nuestro país tiene uranio y litio, pero está prohibido extraerlos. Podríamos vivir de la energía nuclear y tenemos una situación sísmica estable, pero cerramos centrales nucleares mientras Francia, Reino Unido y Alemania las amplían o las reabren. Cortar el suministro de electricidad a la industria se ha convertido en norma. Estamos en unos juegos del hambre por la energía: o hay para los centros de datos o hay para las viviendas. Este es el país que hemos construido.
China y el control de las cadenas estratégicas
La geopolítica también pasa factura. China no tiene aliados, advierte Lacalle: tiene clientes y deudores. Xi Jinping fue mochilero en Madrid, recuerda Moreno. Conoce el país. Sabe que se lo ponemos fácil. Compra empresas. Compra minas en Galicia. Los coches eléctricos chinos reciben subvenciones europeas. Los fondos Next Generation financian la destrucción de nuestra industria automovilística. Lo mismo pasó con los paneles solares. Lo mismo pasa con las baterías. China controla los imanes. Sin imanes no hay baterías. Controla las tierras raras. Controla el litio. Controla, en definitiva, las naciones. Kissinger tenía razón.
Alianzas estratégicas y seguridad energética
España no puede ganar en una alianza con China, Rusia e Irán, concluye Lacalle. Son regímenes extractivos. Entran, se llevan lo que quieren y se marchan. Funcionan como una tribu vikinga. Por eso, el próximo gobierno tendrá que recomponer las relaciones con Estados Unidos e Israel. No es cuestión de simpatías, es cuestión de supervivencia. La pérdida de confianza con Washington no afecta solo a una administración. Afecta a Estados Unidos como sistema. Y ese sistema es el único que puede garantizar nuestra seguridad energética.
Conclusión: energía, poder y futuro
Kissinger escribió que quien controla el petróleo controla las naciones. España ha decidido no controlar nada. Ni su energía, ni sus alianzas, ni su futuro. Mientras tanto, paga la factura de haberse puesto del lado equivocado. Cuando despierte, quizá sea demasiado tarde.











