Bernard Mandeville escribió en el siglo XVIII que los vicios privados, cuando se regulan, se convierten en virtudes públicas. El interés egoísta de cada uno, sometido a normas, produce beneficios para todos. Adam Smith tomó la idea, la criticó, la refinó. Y sobre ella se construyó buena parte del pensamiento económico moderno. Branko Milanovic, economista del Banco Mundial y uno de los mayores expertos en desigualdad global, propone ahora una inversión del argumento. Lo que estamos viendo, advierte, es un Mandeville a la inversa. Las virtudes privadas se están convirtiendo en vicios públicos.
Dos preguntas incómodas sobre convergencia y desigualdad
Para entender la paradoja, Milanovic plantea dos preguntas incómodas. La primera: ¿estamos de acuerdo con que los países se parezcan cada vez más en renta per cápita? Por supuesto, todo el mundo contesta de manera afirmativa. La convergencia es buena. Pero si esa convergencia genera un conflicto entre potencias hegemónicas, entre el poder establecido y el poder emergente, entre Estados Unidos y China, entonces tenemos una virtud privada que produce un vicio público. La segunda pregunta: ¿estamos de acuerdo con que es bueno reducir la desigualdad? Nadie se va a negar, nadie se va a oponer. Pero si los países que crecen deprisa, como China, India, Indonesia o Vietnam, nos superan en las clasificaciones internacionales por nivel de ingresos, a los occidentales no nos va a gustar. Llevamos dos siglos acostumbrados a estar entre el 20% más rico del mundo. Así es que, que alguien nos supere no nos va a resultar agradable.
El cambio en la distribución de la economía mundial
Milanovic presenta los datos que sustentan su tesis. El cambio en la distribución de la actividad económica mundial ocurrido en los últimos cincuenta años ha sido espectacular. China superó a Estados Unidos en producción total ajustada por paridad de poder adquisitivo en 2015. A los chinos no les gusta que se les llame la mayor economía del mundo. Prefieren decir que son la segunda. Cosas suyas. Pero, en términos reales, ya no lo son. La comparación entre Países Bajos e Indonesia resulta dramática. Y el caso de Reino Unido e India es revelador. En 1985 ambos países producían el 3% del PIB mundial. Hoy India está en el 9% y Reino Unido en el 2%.
Un retorno histórico en el equilibrio económico global
Lo que está sucediendo, indica Milanovic, es un retorno a la distribución de la actividad económica que existía hace cuatro siglos, antes de la revolución industrial y de los imperios económicos que surgieron a raíz de ella. Antes de la revolución industrial, el espacio euroasiático estaba relativamente equilibrado en términos de desarrollo económico. Luego Occidente se disparó y el resto se quedó atrás. China pasó de representar el 40% de la renta británica a menos del 5%. Pero en los últimos cuarenta años ha recuperado todo el terreno perdido entonces. Con lo cual, estamos volviendo al punto de partida. Los niveles de renta ahora son muy superiores, por supuesto. Pero la distribución relativa se parece cada vez más a la que existía antes del periodo de hegemonía occidental.
La nueva distribución de ingresos y la clase media global
Este cambio, de hecho, tiene consecuencias para los individuos, no solo para los países. Milanovic muestra cómo ha variado la distribución de ingresos a nivel personal entre 1988 y 2018. En estos treinta años han sucedido dos cosas. La primera es que la renta mundial ha crecido. La segunda es que la distribución se ha vuelto más simétrica. Las personas de países pobres que estaban en la parte baja de la distribución de la renta han avanzado hacia el centro. Gracias a ello, ahora se habla de una clase media global. Ahora bien, Milanovic matiza que no se trata de clase media en términos occidentales. De lo que estamos hablando es de una renta de entre 5 y 10 dólares diarios. Es decir, estamos hablando de niveles de renta que el Banco Mundial considera como medios-altos. Pero están en la mitad de la distribución mundial.
China y la nueva dinámica de la desigualdad
China ha sido el motor de este cambio, pero aquí se produce otra paradoja. Durante décadas, el crecimiento chino redujo la desigualdad global porque era un país pobre con mucha población que crecía rápido. Ahora ya no. China se ha vuelto tan rica que su crecimiento aumenta la desigualdad porque la distancia con los países asiáticos africanos pobres se amplía: Nigeria, Egipto, Sudán, Congo, Tanzania, Bangladesh. China, por tanto, ya no es el motor de antaño para avanzar en la igualdad. Ahora, el peso de las acciones para la reducción de la desigualdad global se traslada a India y a los grandes países africanos.
El impacto en Occidente y el descenso relativo
Estos fenómenos conllevan un problema político, que surge cuando miramos qué ha pasado con Occidente. Milanovic pone el ejemplo de Italia, que no ha crecido en treinta años en términos de renta per cápita y de mejora del nivel de vida de la población. Los italianos que estaban en el percentil 75 de la distribución mundial hace tres décadas ahora están en el 55. Han perdido veinte puntos. Y no es solo Italia quien sufre de este mal. Este hecho se produce en todos los países ricos: Alemania, España, Estados Unidos. Los que estaban arriba en Occidente han bajado porque los asiáticos han subido. Es un juego de suma cero en términos de posición relativa. Si alguien pasa del percentil 50 al 75, el que estaba en el 75 baja.
Percepción del deterioro y malestar social
Mucha gente dice que no sabemos en qué percentil vivimos. Milanovic discrepa. Hay bienes que antes podías comprar y ahora no te los puedes permitir, hay destinos turísticos que se han vuelto inaccesibles, hay universidades que ya no puedes pagar. Por tanto, el descenso relativo se nota y los que lo sufren no están contentos. Aquí está la raíz del malestar político occidental. Los ciudadanos situados en la parte inferior de la distribución de la renta en los países ricos han perdido posiciones. Mientras, la clase media asiática las ganaba y los muy ricos de todas partes seguían subiendo.
Las nuevas élites económicas
Milanovic también hace una referencia a las élites. En Estados Unidos ha surgido lo que llama el nuevo capitalista: se trata de personas que están simultáneamente en el 10% que más gana trabajando y en el 10% que más posee por el capital acumulado. Son el 3% de la población del país. No son los gestores de la vieja literatura, que administraban propiedades ajenas. Son propietarios que además cobran sueldos altísimos. Por eso, les interesa la defensa de la propiedad privada, puesto que son los mayores capitalistas. Con lo cual, se produce un desarrollo ideológico muy importante.
El caso chino: capitalismo y poder político
En China el fenómeno que se da es distinto, pero igualmente revelador. En 1988, la élite del 5% superior apenas incluía capitalistas, sino que casi todos sus ingresos venían del sector público. Hoy los capitalistas, pequeños y grandes, representan más del 50% de esa élite. Y el dato que resulta más sorprendente es que los grandes capitalistas, que, además, son miembros del Partido Comunista, ganan un 30% más que los capitalistas que no lo son. ¿Cómo puede ser esto? Gran capitalista y miembro del Partido Comunista en teoría es algo contradictorio, un oxímoron. Pero en el sistema chino tiene sentido. Si tienes una gran empresa, conviene estar dentro del partido para poder influir en las decisiones del gobierno.
El giro político global
Hay tres líderes que han canalizado el malestar contra la globalización neoliberal: Putin, Xi Jinping y Trump. Milanovic los llama contrarrevolucionarios. No porque se parezcan entre sí, sino porque los tres han utilizado fuerzas sociales descontentas con los excesos del neoliberalismo. Sería difícil imaginar un mundo donde los tres desaparecieran a la vez y volviéramos a la década de los noventa. Ese mundo, por desgracia, no va a volver.
Conclusión: Mandeville a la inversa
Mandeville tenía razón en que los vicios privados pueden convertirse en virtudes públicas. Lo que no previó es que el mecanismo también funciona a la inversa.











