Durante miles de años, los seres humanos caminaron por los desiertos, cogiendo la arena con las manos sin entender el potencial transformador que un día llegaría a tener. Y es que, en el pasado, el silicio tenía la forma de arena; hoy, en cambio, adopta la imagen de inteligencia. Pero, una vez más, tenemos entre nuestras manos algo cuyas consecuencias no comprendemos del todo. Omar Hatamleh, exdirector de innovación de la NASA y experto en inteligencia artificial, arranca así su reflexión sobre esta tecnología.
La democratización de la inteligencia artificial
La inteligencia artificial (IA) no es algo tan novedoso como pudiera parecer. Por el contrario, lleva décadas existiendo. La diferencia, ahora, es que, por primera vez, ha pasado de manos de expertos técnicos a las de cualquier persona capaz de mantener una conversación. Esa es la gran novedad que han traído consigo los Large Language Models (LLM), es decir, los ChatGPT, Copilot y demás, que son los que han aparecido recientemente y a los que las personas normales y corrientes identifican con la IA.
De la revolución industrial a la revolución intelectual
Cuando la IA apareció, surgieron las preocupaciones habituales. Algunos compararon la inteligencia artificial con la revolución industrial: se pensó que acabaría con todos los tipos de trabajo, como temían los luditas. Y es cierto que hubo profesiones que desaparecieron. Sin embargo, acabaron surgiendo otras nuevas y creándose más puestos de trabajo que los que la revolución industrial se llevó de por medio. Los temores de los luditas, por tanto, no estaban justificados. Ahora, sin embargo, hay una diferencia fundamental con aquel momento histórico, que señala Hatamleh. Y es que, por primera vez, un avance tecnológico nos lleva a competir con el intelecto. En la revolución de la IA, cualquier trabajo que tenga que ver con capacidades intelectuales, como médicos, ingenieros, contables o abogados, se verá afectado. Este proceso será gradual, pero la disrupción será enorme. La medicina, probablemente, será uno de los campos más impactados, con avances como microchips cerebrales capaces de traducir pensamientos en voz.
El riesgo de usar mal la IA
Frente a estas oportunidades, Hatamleh advierte de un problema serio: el mal uso de estas herramientas. Hemos pasado de elegir entre múltiples respuestas en buscadores a aceptar una única respuesta generada por IA. Pero estas herramientas pueden “alucinar”, es decir, inventar información. Por eso, es imprescindible interactuar con ellas de forma crítica: preguntar, contrastar, pedir fuentes. De lo contrario, se producirá un deterioro del pensamiento crítico.
Cuando la IA puede leer la mente
Un experimento revela el potencial inquietante de la IA. A partir de la actividad cerebral registrada en una resonancia, un sistema fue capaz de reconstruir con gran precisión la imagen que una persona estaba viendo. La inteligencia artificial, en cierto modo, puede interpretar la mente humana. Las implicaciones de este avance son profundas.
La caja negra de la inteligencia artificial
La IA aprende de los humanos, incluidos sus comportamientos negativos. En un experimento, un sistema llegó a generar amenazas para evitar ser desconectado. ¿Cómo puede pasar de predecir palabras a comportamientos complejos como este? No lo sabemos. El proceso de toma de decisiones de la IA sigue siendo una “caja negra”, lo que supone un desafío importante.
Automatización y transformación del empleo
La implantación de la IA seguirá varias fases: primero como asistente, luego como ejecutora supervisada y finalmente como sistema autónomo. Actualmente ya está sustituyendo entre el 12% y el 14% de los trabajos. Sin embargo, el mayor impacto no será económico, sino social. La pérdida de propósito ligada al trabajo puede generar una crisis de identidad, lo que plantea la necesidad de medidas como la renta básica universal.
La crisis de identidad en la era de la IA
Hatamleh lo compara con el síndrome del jubilado: al perder su función, muchas personas ven deteriorarse su bienestar. En un futuro donde las máquinas realicen la mayoría de tareas, la gran pregunta será qué significa ser humano. Además, la IA también transformará fenómenos como la inmigración, al reducir la necesidad de mano de obra.
Inteligencia artificial y longevidad
La IA está revolucionando la medicina y el estudio del envejecimiento. Permite comprender y combatir procesos como la acumulación de células senescentes. En el futuro, los gemelos digitales permitirán diagnósticos y tratamientos personalizados, anticipando enfermedades antes de que aparezcan.
Vivir más: oportunidades y riesgos
El aumento de la esperanza de vida hasta los 120 años plantea retos como el colapso de los sistemas de pensiones. Además, surgen problemas asociados al estilo de vida tecnológico: deterioro físico y, sobre todo, cognitivo, debido a la externalización de decisiones.
Creatividad, atención y adaptación
La IA también puede afectar negativamente a la creatividad. La sobreestimulación digital reduce la capacidad de atención y reflexión. En un mundo exponencial, lo importante no será el cociente intelectual, sino la inteligencia emocional y la capacidad de adaptación.
Múltiples futuros, una decisión presente
Los astronautas hablan del “efecto visión de conjunto”, una transformación al ver la Tierra sin fronteras. Hatamleh propone adoptar esa perspectiva: observar el mundo, aprender y decidir. No hay un único futuro, sino muchos posibles. Y dependerán de las decisiones que tomemos hoy sobre el uso de la inteligencia artificial.











