
En noviembre de 1693, Carlos II emitió una proclamación real que concedía la libertad a todos los esclavos fugitivos que llegaran a la Florida española desde las colonias inglesas. La orden incluía una frase reveladora: para que con su ejemplo y con mi liberalidad otros hagan lo mismo. No era un gesto humanitario aislado. Era la culminación de una tradición jurídica que venía del derecho romano de Justiniano y que distinguía radicalmente la esclavitud española de la inglesa. Jane Landers, historiadora de la Universidad de Vanderbilt, ha dedicado su carrera a reconstruir esa historia. Una historia que los archivos españoles documentan con una riqueza que no tiene equivalente en el mundo anglosajón.
La esclavitud en el mundo hispánico: una condición jurídica
El punto de partida es una distinción fundamental. En el imperio español, la esclavitud era una condición judicial, no una cuestión racial. El código de Justiniano la consideraba contraria a las leyes de la naturaleza y la razón. Así es que había personas de muchas razas y etnias que compartían el mismo estatus legal por distintas razones: prisioneros de guerras justas, condenados por delitos, incluso españoles que se habían vendido a sí mismos para escapar de la pobreza. Todos tenían derecho a la protección legal contra los dueños que pretendieran abusar de ellos, así como a incorporarse a la Iglesia Católica y a obtener la libertad mediante manumisión del Estado o del dueño. Y como los esclavizados tenían derecho a la propiedad privada, el llamado peculio, también podían comprar su propia libertad.
Trabajo, manumisión y cofradías religiosas
Sus dueños permitían que los esclavos trabajaran para sí mismos los domingos y en los numerosos días de fiesta del calendario católico. Podían contratarse por un salario acordado, el jornal. De esta forma, con esfuerzo, acumulaban ingresos suficientes para comprar su libertad o la de sus familias.
La Iglesia Católica también desempeñó un papel importante. Las cofradías religiosas negras establecían capillas y hospitales, ayudaban a sus miembros y reforzaban su integración en la comunidad.
Africanos libres y esclavizados en la expansión española
Los africanos libres y esclavizados ayudaron a España a explorar y reclamar las fronteras de Norteamérica durante siglos, mucho antes de la creación de Estados Unidos.
Juan Garrido acompañó a Ponce de León y posteriormente a Hernán Cortés. Pedro Menéndez de Avilés, fundador de San Agustín, incorporó a su servicio a Luis, un mulato náufrago cuyo conocimiento de las lenguas y de la política indígena resultó fundamental para la supervivencia de la colonia.
Las milicias de negros libres al servicio de la Corona
España organizó milicias de negros libres en distintos puntos de su imperio: La Española, Veracruz, Puerto Rico, Panamá, Caracas, Cartagena o la Florida.
En 1663, la Corona reconocía expresamente el valor militar de mulatos y negros que defendían los dominios españoles. Para muchos de ellos, el servicio militar representó una vía de ascenso social y reconocimiento.
La llegada de los británicos y el choque entre dos sistemas
Todo cambió en 1670, cuando colonos británicos procedentes de Barbados fundaron Charleston.
Los códigos esclavistas ingleses consideraban a los esclavos como bienes muebles con escasas protecciones legales y mínimas posibilidades de obtener la libertad. El contraste con el sistema hispánico era evidente y rápidamente conocido por las poblaciones esclavizadas.
Los primeros fugitivos que llegaron a San Agustín
En 1687, ocho hombres negros, dos mujeres y un niño llegaron a San Agustín desde Carolina en una canoa robada.
Solicitaron bautismo y asilo religioso. El gobernador Diego de Quiroga los protegió, los bautizó y rechazó las reclamaciones de sus antiguos propietarios. La noticia se difundió rápidamente entre las plantaciones británicas, provocando nuevas fugas hacia territorio español.
La fundación de Gracia Real de Santa Teresa de Mose
La experiencia de estos fugitivos desembocó en la proclamación de Carlos II de 1693.
Décadas después, en 1738, el gobernador Manuel de Montiano creó Gracia Real de Santa Teresa de Mose, considerada la primera ciudad de negros libres en el actual territorio de Estados Unidos. Su líder fue Francisco Menéndez, un antiguo esclavo mandinga convertido en capitán de la milicia local.
Los libertos que defendieron España
Los habitantes de Mose prometieron defender la Corona española y cumplirían su palabra.
Francisco Menéndez y sus hombres combatieron durante la invasión británica de San Agustín en 1740. Más tarde, participaron como corsarios y en distintas campañas militares por el Atlántico y el Caribe.
Las milicias negras también desempeñaron un papel destacado en la defensa de La Habana, en Nueva Orleans y en las campañas de Bernardo de Gálvez durante la Guerra de Independencia de Estados Unidos.
Los archivos españoles y la recuperación de una historia olvidada
Jane Landers destaca la extraordinaria riqueza de los archivos españoles para reconstruir estas trayectorias vitales.
Documentos militares, pleitos civiles y registros eclesiásticos permiten conocer con detalle la vida de personas que, en otros contextos, habrían desaparecido de la historia. Su trabajo de digitalización a través del Slave Society Digital Archive ha contribuido decisivamente a recuperar este legado.
El legado de Mose y la memoria histórica
Mose es hoy un monumento histórico nacional en Estados Unidos y un símbolo de una historia poco conocida.
La proclamación de Carlos II y la decisión de aquellos primeros fugitivos que llegaron a San Agustín siguen recordando una realidad compleja: la existencia de comunidades afrodescendientes libres que defendieron la Corona española y participaron activamente en la construcción de la frontera norteamericana.





