Cómo impedir que el héroe se convierta en dragón

El dragón y el riesgo de convertirse en él

Friedrich Nietzsche escribió una vez que “quien lucha contra monstruos debe tener cuidado de no convertirse en un monstruo en el proceso. Y si miras largo tiempo a un abismo, el abismo también mira dentro de ti”. Esta frase del filósofo alemán resume a la perfección el riesgo que corre quien pretenda acabar con Putin: que esa persona o ese grupo se acaben convirtiendo en una nueva versión de ese autócrata al que puedan pretender derribar.

Cómo matar a un dragón y por qué el Kremlin lo prohíbe

Mijaíl Khodorkovsky, empresario ruso, ex prisionero político y disidente, expresa esa preocupación en su libro Cómo matar a un dragón. Un título que hace referencia a una obra de teatro muy conocida en Rusia, escrita por Yevgueni Schwarz, que cuenta una historia en apariencia sencilla: un héroe mata a un dragón. Pero lo importante de la obra no es cómo matar al dragón, sino cómo impedir que quien lo mate se convierta en un nuevo dragón. Esa es exactamente la tesis del libro de Khodorkovsky. El Kremlin acaba de prohibirlo; lo clasificó como material extremista en febrero de 2026. Tenerlo en Rusia puede traerle problemas a la persona que lo posea. La pregunta interesante, sin embargo, no es por qué lo prohíben; es por qué lo prohíben ahora, cuatro años después de su publicación.

El problema de la sucesión de Putin

Khodorkovsky responde a esa cuestión claramente. Y lo que dice es que el Kremlin se da cuenta de que queda muy poco tiempo antes de la salida de Putin del poder. Los dictadores rusos suelen abandonarlo entre los 70 y los 80 años. Es la tradición y Putin ya se encuentra en ese rango de edad. Pero lo que le preocupa a su entorno no es que Putin vaya a marcharse. Lo que les aterra es que con él se acabe el régimen. Un régimen profundamente personalista, a diferencia del soviético. Si preguntas a los rusos cuál es la ideología del sistema, no saben responder. El entorno de Putin está intentando construir una, pero la ideología nacionalista no funciona del todo en un país multinacional y multiétnico. Y no han podido inventar nada mejor. Así es que sin una idea que una a los rusos, sin ese banderín de enganche, el riesgo de desaparición del régimen de Putin aparece como real. Otra cosa es lo que pudiera venir después, pero para el entorno de Putin esa no es la cuestión: la cuestión es que se quedarían fuera del poder, con todo lo que eso implica para ellos.

El mito del zar bueno

En relación con esto, Khodorkovsky desmonta dos mitos sobre Rusia que imperan en Occidente. El primero es que el problema es el zar malo y que con otro zar las cosas mejorarán. Pero no es así. En Rusia siempre habrá un zar y Occidente siempre será el enemigo, con independencia de quién esté a la cabeza del Estado ruso. Para demostrarlo, Khodorkovsky hizo un experimento. Se reunió con cuatro políticos estadounidenses importantes y les planteó un ejercicio de simulación. Les dijo: imagina que mañana te conviertes en presidente de Rusia. Tienes un territorio enorme sobre el que gobiernas. Para conservar el poder necesitas que el 60% de la recaudación por impuestos se dirija hacia el centro, no hacia el resto del territorio. ¿Cómo convences a la gente de que eso es lo bueno, lo que necesitan? Los cuatro políticos norteamericanos dieron la misma respuesta: necesitas un enemigo externo. ¿China? Da miedo, está demasiado cerca, 3.000 kilómetros de frontera. Mejor Estados Unidos: está lejos y también es seguro que va a provocar miedo. En otras palabras, nada como un enemigo común para unir a una sociedad, y si no existe ese enemigo común, pues se inventa. ?Cuántas veces hemos visto esto en la historia?

El mito de la desintegración de Rusia

El segundo mito que desmonta Khodorkovsky es que Rusia puede desintegrarse tras Putin. Y Khodorkovsky lo niega. En diez años de cárcel estuvo en seis prisiones. Una a 90 kilómetros de China. Otra a 90 kilómetros de Finlandia. 6.000 kilómetros de distancia entre ambas. Compartió celda con personas sin instrucción académica, pero el idioma no cambiaba. No percibió ningún dialecto. No había diferencias culturales, sino que tenían las mismas referencias literarias, la misma visión de la historia. Rusia es un país considerablemente monolítico. Se le pueden caer trocitos por los lados, dice, pero desintegrarse no puede. No puede porque lo que la cimenta es el lenguaje y la cultura comunes. El entorno de Putin busca una ideología para mantenerse en el poder, pero no para mantener unido al país, porque el país ya lo está. Su unión se cimenta en el idioma, la cultura y la historia comunes. Por eso no va a desintegrarse, y eso es lo que los occidentales no comprenden de Rusia.

Las reformas necesarias para una Rusia diferente

Entonces, ¿qué hay que hacer para que Rusia deje de ser un peligro para sí misma y para sus vecinos? Porque no hay que olvidar que Putin ha llevado a la muerte o a la discapacidad a un millón de rusos y a otro millón de ucranianos. Khodorkovsky, en este sentido, propone dos reformas estructurales para Rusia. Primera: una república parlamentaria. Es menos peligrosa que una república presidencialista. Segunda: federalismo real. Las regiones rusas necesitan mucho más espacio de autogobierno. ¿Por qué? Porque las autoridades regionales tendrían otra motivación muy diferente a la actual. En lugar de demostrar que defienden al país del enemigo exterior, su incentivo sería demostrar que mejora el nivel de vida de su gente. En teoría, cuanto más poder tengan las regiones, más motivos puede encontrar Rusia para mirar hacia dentro, en vez de buscar enemigos exteriores, reales o imaginarios.

Ucrania como amenaza política para el Kremlin

Sobre Ucrania, Khodorkovsky habla con el dolor que solo puede expresar quien tiene la herida dentro. Rusos y ucranianos son pueblos hermanos en el sentido directo de la palabra. Treinta millones de rusos tienen familiares cercanos en Ucrania. Todos sus abuelos procedían de allí. En el KGB soviético había cuotas étnicas para cada nacionalidad que conformaba la Unión Soviética. Solo había dos que no las tenían: rusos y ucranianos, porque se consideraba que eran prácticamente lo mismo. De los grandes líderes soviéticos, Jrushchov era ucraniano, Brézhnev era ucraniano. Solo Gorbachov era étnicamente ruso.

Enfrentar a gente que está unida por lazos de sangre, dice Khodorkovsky , es un crimen indescriptible, un crimen salvaje. De hecho, a los rusos les esperan decenios de relaciones tensas con sus familiares, con sus vecinos. ¿Dónde se trazará la nueva frontera entre ambos países? Eso es una cuestión importante, no cabe duda. Pero la pregunta esencial realmente es otra. Si Ucrania logra conservar su independencia y ese Estado independiente tiene éxito, para Rusia será un estímulo, un ejemplo a seguir. Putin desencadenó la guerra precisamente por eso. Una Ucrania de éxito no era un peligro militar para Rusia. Era un peligro por el modo de vida de los ucranianos respecto de los rusos. Francia y Estados Unidos están lejos. Pero Ucrania está cerca. Si Ucrania tiene éxito, ¿por qué los rusos no pueden tenerlo también? Pueden, pero la cuestión es si el entorno de Putin lo quiere. Y la invasión de Ucrania parece decir que no es eso lo que desean.

La propaganda como arma de guerra

Khodorkovsky, por eso, realiza una afirmación estremecedora. La propaganda es un arma más terrible que el armamento nuclear. El armamento nuclear, si se usa, se usará como resultado de la propaganda, no al revés. En este contexto, Khodorkovsky cuenta que habla a menudo con amigos que siguen en Rusia. Son buena gente, pero ya ven la situación de forma completamente distinta. En Tomsk, a 5.000 kilómetros de Ucrania, la gente le dijo que, si Putin no hubiera empezado la guerra, los ucranianos ya estarían bombardeando su ciudad. Lo decían convencidos. Personas educadas. Y lo decían porque la propaganda los había convencido de que esa era la verdad.

Cómo impedir que el héroe se convierta en dragón

Cuando matan a mil personas cada día, lo único que se puede pedir es paz. Todo lo demás vendrá después. En la obra de Schwarz, el héroe mata al dragón. Pero la pregunta que el Kremlin no quiere que los rusos se hagan es la siguiente: ¿cómo impedimos que el héroe se convierta en lo mismo que destruyó? Porque, según Nietzsche, ese es un riesgo real en tanto en cuanto el abismo también mira dentro de quien lo mira a él.

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