
Hace más de 60 años, el presidente Kennedy ya advirtió a la nación que la historia de Estados Unidos está incompleta sin el conocimiento de su raíz hispana. Y no se trata solo de las exploraciones que llevaron a cabo los españoles, de su presencia durante siglos, directa o indirectamente, en la mayor parte de lo que hoy son los Estados Unidos de América. Es que, además, resulta difícil imaginar que los estadounidenses pudieran haberse independizado de los británicos de no haber sido por toda la ayuda española que recibieron los revolucionarios. Una ayuda que se materializó no solo en el campo de batalla, sino también con dinero, armas, espías y acciones diplomáticas antes incluso de que se iniciara la Guerra de la Independencia norteamericana. Gonzalo Quintero, diplomático e historiador, reconstruye esa intervención que la historiografía ha olvidado durante demasiado tiempo.
Floridablanca y la estrategia española ante la revolución americana
El Conde de Floridablanca, primer ministro de Carlos III, definió la estrategia española ante la revolución americana con una frase que resume toda una doctrina: prepararse para la guerra como si fuera inevitable, pero hacer todo lo posible por evitarla. España no entró en la Guerra de Independencia de Estados Unidos hasta junio de 1779, cuatro años después de que se produjeran los primeros disparos en Lexington y Concord. Pero cuando lo hizo, cambió el equilibrio de fuerzas de forma decisiva. Y mucho antes de entrar, los españoles llevaban ya años ayudando a los revolucionarios con dinero, armas, espías y diplomacia.
La Guerra de los Siete Años y el nuevo equilibrio en América
Todo empieza con la guerra de los Siete Años. En 1756, las posesiones españolas cercaban casi por completo el Golfo de México, como elemento estratégico para poder defender el Caribe. La parte que España no controlaba lo hacía Francia, que era aliada. Pero en 1763 termina la guerra con una derrota absoluta de los ejércitos franco-españoles.
A raíz de ello, los británicos procedieron a rediseñar el mapa de América del Norte y arrebatarle a España elementos estratégicos que permitían a nuestro país la defensa efectiva del Caribe. De esta forma, España pierde la Florida y recibe la Luisiana, un “regalo envenenado” en palabras del Marqués de Grimaldi.
La ayuda secreta a los revolucionarios
La primera fase de la intervención española en la revolución americana es secreta. Bueno, secreta en teoría, matiza Quintero. Incluso antes de las primeras batallas de 1775, ya había empresarios españoles que traficaban con armas para los revolucionarios.
El más importante es Diego de Gardoqui, cuya red comercial permitió enviar armas, municiones, uniformes y suministros a los rebeldes norteamericanos.
Beaumarchais, La Habana y la financiación de la revolución
También está Beaumarchais, el famoso autor teatral francés, que funda una empresa financiada conjuntamente por Francia y España. A través de esta estructura se canalizan fondos y suministros destinados al ejército continental.
Los envíos llegaban a La Habana, subían por el Mississippi hasta Nueva Orleans y desde allí eran recogidos por los representantes de George Washington. Incluso las telas utilizadas para confeccionar los primeros uniformes del ejército continental procedían de España.
Espionaje y diplomacia contra Gran Bretaña
España desplegó además una amplia red de espionaje con centros de operaciones en Londres, París y La Habana.
En el frente diplomático, las embajadas españolas trabajaron para aislar a Gran Bretaña. Una de las maniobras más sofisticadas fue el apoyo a la Liga de Neutralidad Armada promovida por Catalina la Grande, que permitía a los países neutrales comerciar libremente con las partes en conflicto.
La entrada de España en la guerra y el cambio de equilibrio militar
Cuando España entra oficialmente en la guerra en junio de 1779, la situación estratégica cambia radicalmente.
La incorporación de la armada española permitió que la superioridad naval aliada superara a la británica. Gran Bretaña perdió la iniciativa y pasó a una posición defensiva, alterando el curso del conflicto.
Bernardo de Gálvez y las campañas en Norteamérica
En Norteamérica, Bernardo de Gálvez lidera las campañas militares desde la Luisiana.
Tras consolidar la posición española en el territorio, conquista Baton Rouge, Manchac, Mobile y Pensacola. La participación española en el frente norteamericano fue comparable en magnitud a la francesa y resultó decisiva para el esfuerzo aliado.
Gibraltar, Centroamérica y la dimensión global del conflicto
La guerra entre España y Gran Bretaña no se limitó a las trece colonias.
Mientras Bernardo de Gálvez combatía en Norteamérica, el Conde de Aranda dirigía el asedio de Gibraltar y Matías de Gálvez frenaba los intentos británicos de establecer un canal interoceánico en Centroamérica. Además, Menorca fue recuperada para la Corona española.
Las consecuencias para Gran Bretaña, Francia y España
Las consecuencias de la guerra fueron diferentes para cada potencia.
Gran Bretaña perdió su primer imperio y reformuló su estrategia colonial. Francia recuperó prestigio internacional, pero agravó su crisis financiera, contribuyendo indirectamente al estallido de la Revolución Francesa.
El cenit del imperio español
Para España, la guerra representó el momento de máxima expansión territorial de su imperio.
Sin embargo, como señala Quintero, el dominio español se sostenía en gran medida mediante acuerdos con los pueblos indígenas y mecanismos de negociación política. Era un sistema sofisticado, pero también vulnerable. El imperio alcanzó tal dimensión que terminó enfrentándose al problema de su propia gobernabilidad.
Conclusión: las consecuencias de la victoria
Floridablanca tenía razón al insistir en la necesidad de prepararse para la guerra mientras se intentaba evitarla. Pero la experiencia histórica demuestra que también era necesario prepararse para las consecuencias de ganarla. El apoyo español a la independencia de Estados Unidos fue decisivo para la derrota británica, pero también marcó el punto culminante de un imperio que pronto comenzaría a enfrentarse a sus propios límites.











