Tucídides, el historiador griego que narró la guerra del Peloponeso hace 2.300 años, distinguió dos mentalidades imperantes en la Grecia de entonces. Por un lado, estaba la visión ateniense, que es la mentalidad de salir al mundo, viajar a lugares lejanos, buscar ideas nuevas, nuevos métodos, nuevas riquezas. En el extremo opuesto se encontraba la mentalidad espartana, que se queda en casa para proteger lo que ya tiene. Ambas formas de ver el mundo cumplían su función en determinados momentos. Pero si se quiere dar lugar a una edad de oro, para eso hay que ser ateniense. Es decir, hay que aprender más, adaptarse e innovar más. Johan Norberg, historiador sueco y autor de libros sobre progreso y libertad, ha estudiado siete edades de oro a lo largo de la historia para entender qué las hizo posibles, qué es lo que tienen en común. Su conclusión se resume fácilmente: todas las civilizaciones llevan dentro un ateniense y un espartano. Lo que diferencia unas de otras es a cuál dejan salir.
Qué es una edad de oro
Pero para poder hablar de edades de oro, en primer lugar, hay que dejar claro qué se entiende por tal. Para Norberg, el concepto no se refiere a los grandes imperios del pasado, ni a la expansión territorial. Si el criterio fuera ese, cuando Rusia invadía a sus vecinos parecería una gran civilización, pero está claro que ni lo ha sido, ni lo es. Una edad de oro consiste en algo muy distinto, es un episodio histórico en el que una sociedad aúna creatividad cultural, curiosidad científica, innovación tecnológica y crecimiento económico. Todo a la vez, de forma simultánea y con todos los elementos interrelacionados e interactuando entre sí. Una edad de oro es un momento en el tiempo en el que se producen muchas innovaciones en distintos campos al mismo tiempo. Mary Beard, la historiadora clásica experta en Roma, cuenta que mucha gente dice que le habría gustado vivir allí. Esas personas creen que habrían sido senadores. Lo más probable, sin embargo, es que hubieran sido esclavos en una mina. En este sentido, Norberg recuerda que casi todas las civilizaciones practicaron la esclavitud. Los vecinos de Roma, en cambio, no veían en ella solo opresión. Veían, también, que esas sociedades habían logrado que hubiera menos personas viviendo en situación de miseria. Eso es lo que admiraban.
Las siete civilizaciones del progreso
Para poder mapear las edades de oro, Norberg recorre siete culturas. Empieza por Atenas, que nos dio la filosofía, la democracia y la idea misma de innovación intelectual. Los atenienses, de hecho, fueron los primeros en decir que estaba bien mirar el mundo de otra manera. Roma, conquistadora del mundo helénico, aprendió de Atenas y construyó un imperio integrado donde las ideas viajaban rápido. El califato abasí de Bagdad, hace 1.200 años, integró mediante el comercio todo el territorio desde el norte de África hasta Afganistán. Fue la civilización más tolerante intelectualmente. Términos como álgebra, algoritmo, aritmética son todos palabras árabes. La China de la dinastía Song, a su vez, produjo la brújula, la pólvora y la imprenta mil años antes de que Marx las llamara innovaciones de la burguesía. El Renacimiento italiano aprendió de todos ellos. En Florencia decían que el comercio debería ser libre hasta las puertas del infierno.
De Holanda al mundo moderno
La República Holandesa del siglo XVII enlazó el Renacimiento con la Ilustración. Aprendieron de la Escuela de Salamanca las ideas sobre derechos individuales y mercados libres. Nadie esperaba que ganaran la guerra contra España. Como no tenían monarquía, ni aristocracia, ni tierra donde cultivar. Esa carencia los obligó a innovar y a abrir sus universidades a los intelectuales procedentes de otros países que buscaban refugio allí. Spinoza huyó de Portugal; Descartes, de Francia; John Locke, de Inglaterra. Todos acabaron en Holanda porque era el lugar más abierto. Lo más importante que hicieron los holandeses fue invadir Inglaterra en 1688 para trasplantar sus ideales. De esta forma, las ideas de la Escuela de Salamanca se convirtieron en ideales británicos. Cuando los británicos perdieron sus colonias, esas ideas se convirtieron en los ideales americanos. Así nació el orden mundial que ha reducido la pobreza extrema del 90% al 10% de la población mundial.
Qué tienen en común las edades de oro
¿Qué tienen en común estas siete culturas? La geografía no, porque el centro del progreso cambia constantemente. La religión tampoco, porque hemos visto paganos, católicos, musulmanes y confucianos. La clave está en cómo cimentaron sus ideales. ¿Construyeron ortodoxias cerradas o mantuvieron la capacidad de seguir aprendiendo? Norberg identifica dos elementos clave en este sentido.
Imitación: aprender de otros
El primero es la imitación. Es difícil dar con una idea completamente nueva. Es mucho más fácil escuchar las ideas de otros y combinarlas entre ellas y con las propias. Por eso, todas estas civilizaciones surgieron en cruces de caminos. Los romanos eran conquistadores brutales, pero estratégicamente tolerantes. La tolerancia no era bondad. Era un arma estratégica. Así es que no tuvieron reparo alguno en copiar la organización de sus legiones de los etruscos, los escudos de los samnitas, las espadas de los españoles.
Innovación, libertad y descentralización
El segundo factor clave es la innovación. Joel Mokyr, el historiador económico que ganó el Nobel de Economía, lo expresó así: todo acto de innovación es un acto de rebelión contra los intereses creados. Si esos intereses tienen poder de veto, no sucede nada, nada cambia. Por eso, la libertad se convierte en un ingrediente esencial. Por eso, también, se necesita un Estado de Derecho que impida al gobierno elegir a los ganadores. China tenía los mayores barcos del mundo en el siglo XIV. Una armada que podría haber descubierto el planeta entero si se lo hubiera propuesto. Pero para poder llevar a cabo las exploraciones necesarias, esos barcos necesitaban que el emperador estuviera interesado en el progreso, lo que no fue el caso. De hecho, a principios del siglo XV, llegó un emperador Ming que quiso estabilidad, por lo que prohibió el comercio internacional. El resultado para China fue 500 años de estancamiento. En Europa, Colón fue rechazado en Italia, Inglaterra, Francia y Portugal. Hasta que Isabel y Fernando dijeron que sí. Por eso, los sistemas descentralizados permiten que los actos rebeldes de innovación triunfen.
El papel del optimismo y la competencia
Si la imitación y la innovación funcionan, se puede construir una cultura de optimismo. Una percepción de que el cambio es posible. Para eso, hace falta mirar hacia otros que experimentan, triunfan y se hacen ricos. Esos modelos animan a los demás. Por eso hay clústeres en la historia: filósofos en Atenas, pintores en Florencia, tecnólogos en Silicon Valley. Leonardo y Miguel Ángel no se soportaban. Miguel Ángel decía que Leonardo nunca terminaba nada. Leonardo decía que las figuras de Miguel Ángel parecían sacos de nueces. Pero esa rivalidad los condujo a ir más allá.
Por qué decaen las civilizaciones
La pregunta más deprimente es por qué todas estas culturas acaban declinando. Un historiador alemán recopiló 210 razones para la caída de Roma. Norberg prefiere la fórmula del historiador Somerville: las culturas no mueren de viejas, mueren de asesinato o de suicidio.
Complacencia y pánico
¿Cómo se explica ese declive? Norberg identifica dos elementos causantes. El primero es la complacencia. Te vuelves cómodo, piensas más en consumir lo que tienes que en crear más, construyes capas de intereses que protegen los viejos sistemas. El segundo es el pánico. Entregas el poder a un líder fuerte, abandonas el debate, buscas chivos expiatorios. Atenas condenó a muerte a Sócrates porque ya no quería alborotadores. De esta forma, el pesimismo se convierte en profecía autocumplida.
La elección final
Tucídides tenía razón. Todas las civilizaciones llevan dentro un ateniense que quiere salir al mundo y un espartano que quiere quedarse en casa. Nosotros decidimos a cuál dejamos salir. Si queremos construir una edad de oro, la elección está clara.











