
El capitalismo y la destrucción creativa
Joseph Schumpeter nos dejó en 1942 una de las definiciones más certeras del capitalismo. El sistema capitalista, sostenía, es por naturaleza una forma de cambio económico. Nunca permanece quieto, ni puede permanecer en ese estado. El motor que lo impulsa no es otra cosa que la destrucción creativa. De ella surgen nuevos productos, nuevos mercados y nuevas formas de organización que se llevan de por medio a los anteriores. Esta idea hoy nos parece evidente. Sin embargo, con frecuencia nos olvidamos de ella y vemos al capitalismo como una especie de orden natural, eterno, casi geológico. Un sistema que siempre ha existido y siempre existirá. Damos por supuesto que siempre está ahí, lo mismo que el aire que respiramos. ¿Pero, que pasaría si no fuera así, si, por el contrario, se tratase en realidad no de un hecho de la naturaleza, sino de un fenómeno histórico, con su origen, sus metamorfosis y quizá su final?
Sven Beckert y la historia global del capitalismo
Sven Beckert, catedrático Laird Bell de Historia de Estados Unidos en la Universidad de Harvard, ha dedicado buena parte de su carrera a tratar de encontrar una respuesta para esa pregunta. En su libro El imperio del algodón ya reconstruyó la historia global de una sola mercancía. Ahora va mucho más lejos. Con Capitalismo: una historia global abarca todo un milenio y a todo el planeta. Y el propósito que persigue se puede resumir en tres simples palabras, pero que tienen mucha profundidad y mucho contenido detrás: capitalismo, historia y global. A partir de ellas, Beckert construye una tesis verdaderamente ambiciosa. Desde su perspectiva, la expansión del capitalismo figura entre los procesos decisivos de los últimos mil años. Este carácter le viene de la capacidad que ha mostrado para transformar la producción, el comercio y el trabajo. Y, con ello, también la vida cotidiana de miles de millones de personas. Sin esa historia, sostiene Beckert, nos resulta imposible el poder comprender el presente.
El capitalismo como fenómeno histórico
Para poder estudiar a fondo el capitalismo, Beckert propone desnaturalizarlo. Al hacerlo, se aprecia que sus rasgos esenciales no se dan en todas las sociedades, es decir, la acumulación de capital, la conversión de bienes y actividades en mercancías, la extensión de las relaciones monetarias. Por eso, en lo que se centra su estudio es en lo que llama el capitalismo realmente existente. Una expresión que evoca, con ironía, el socialismo real. A Beckert, por ello, no le interesa el modelo de los manuales. Lo que de verdad le importan son las prácticas concretas de comerciantes, productores, trabajadores y gobernantes en lugares y épocas distintas. Y de esa observación surge una cronología reveladora. Hace unos mil años, aproximadamente, los comerciantes que recorrían largas distancias ya mostraban rasgos de lógica capitalista. El capitalismo como sistema, sin embargo, no empezó a arraigar hasta hace unos cinco siglos.
Dónde nació el capitalismo
¿Dónde nació en realidad el capitalismo? Los seres humanos solemos tener que datar y localizar el inicio de un acontecimiento en un punto concreto del tiempo y del espacio geográfico. Es nuestra forma de hacer las cosas para tratar de entenderlas mejor. Pero Beckert rechaza esa pregunta tal como suele plantearse de forma habitual. Para él, el capitalismo no tiene una fecha ni una ciudad de nacimiento. Los mercaderes crearon centros de actividad comercial en el mundo islámico, en China, en la India occidental, en África oriental y en Europa. Las distintas rutas comerciales conectaron esos núcleos de actividad entre sí, dando lugar a una red que, desde entonces, creció sin cesar. El nacimiento del capitalismo, por tanto, no se localiza en un lugar concreto, sino que surgió de forma simultánea y global. Incluso las historias que parecen locales exigen una mirada planetaria. Esa perspectiva, en consecuencia, obliga a revisar el papel de Europa en el desarrollo del capitalismo tal y como nos lo han venido contando. Su auge no puede explicarse realmente sin sus conexiones con otras regiones del mundo y sin la influencia de estas regiones sobre su desarrollo.
Una historia del capitalismo más allá de Europa
Lo que estamos viendo y viviendo en el momento presente refuerza ese argumento. Por un lado, el peso de la producción mundial vuelve a desplazarse hacia Asia. Por otro, los relatos centrados solo en Europa y Norteamérica explican cada vez peor el mundo real. Beckert no niega el papel de ambas regiones, sino todo lo contrario: lo reconoce. Pero también reclama un lugar en el análisis para todos aquellos territorios que también fueron partícipes en la génesis del capitalismo. No se trata de sustituir un centro por otro. De lo que se trata es de abandonar la idea de que solo hubo un único centro. Por eso, la historia del capitalismo, en su visión, se parece más a una red que a una pirámide.
El papel del mundo rural en el capitalismo
La segunda revisión de toda esta historia afecta al campo. Mejor dicho, al mundo rural. Solemos asociar el capitalismo con la ciudad y la fábrica. Pensamos que los comerciantes vivían en los centros urbanos. Y la industrialización pasó después a ser su manifestación más visible. Beckert, empero. reivindica el papel de los espacios rurales en el desarrollo del capitalismo. ¿Por qué? Pues porque a lo largo de los siglos, el medio rural aportó trabajo, materias primas, recursos naturales y oportunidades de inversión. Las ciudades y la industria crecieron gracias a esas relaciones con el campo y su participación en el entramado económico. En su anterior libro, Beckert lo mostró con claridad: sin el algodón de las plantaciones, las fábricas de Manchester nunca habrían podido fabricar tejidos. El campo, en suma, no fue un decorado del capitalismo. Todo lo contrario. Fue uno de sus motores.
Capitalismo y Estado: una relación histórica
La tercera revisión afecta al papel del Estado en todo este proceso. La imagen tradicional muestra a un capitalismo enfrentado al poder público, pero Beckert describe una relación estrecha entre ambos. El crecimiento del poder estatal y la expansión de las actividades capitalistas avanzaron juntos de la mano. En Europa, la convergencia temprana entre unos Estados cada vez más fuertes y unas élites mercantiles pujantes ayuda a explicar la trayectoria histórica del continente. En realidad, no se entiende sin ella. Para un economista liberal, esta tesis resulta bastante incómoda. No obstante, la idea encuentra ecos en autores muy distintos. Fernand Braudel, el gran historiador de la economía-mundo, llegó a una conclusión parecida. El capitalismo, venía a decir, solo triunfa cuando se identifica con el Estado.
Trabajadores, comerciantes y esclavitud en la historia del capitalismo
Beckert amplía también el abanico de protagonistas de esta historia. En su libro reúne a empresarios y comerciantes, pero también a trabajadores, campesinos y esclavos. La trayectoria del capitalismo, sostiene, no dependió solo de los dueños del capital o del poder político. Las acciones individuales y colectivas de grupos muy distintos también contribuyeron a conformarla. Esa diversidad alcanza a sus formas de organización. El capitalismo utilizó el trabajo asalariado, pero también otros regímenes laborales, la esclavitud entre ellos. Operó en ciudades Estado, en imperios y en grandes Estados territoriales. Convivió con sistemas políticos muy distintos. Esa capacidad de combinación de unos elementos con otros, concluye Beckert, explica su dinamismo y su permanencia. Por cierto, los economistas liberales siempre denunciaron ese modelo que esclavizaba a otras sociedades, que pretendió imponerles las ideas y las formas de hacer de las potencias europeas sin respetar a las sociedades que encontraron los imperios mercantiles cuando se formaron. Y, por supuesto, a ese sistema no le califican de capitalismo, pues el verdadero capitalismo es causa y consecuencia de la libertad, a la que acompaña de forma indisoluble.
El futuro del capitalismo y el orden neoliberal
Llegamos así al presente. Beckert distingue entre los cambios continuos de la actividad económica y las grandes transformaciones del orden institucional. A los periodos de relativa estabilidad los llama regímenes. Durante esas etapas, ciertas reglas y formas de organización predominantes parecen llamadas a durar para toda la eternidad, pero en realidad no es así. En su opinión, hoy estamos asistiendo a una transición. El orden neoliberal ha sufrido crisis y críticas desde posiciones políticas muy diferentes. Pero nadie sabe todavía qué configuración institucional vendrá a ocupar su lugar. La historia, defiende Beckert, nos ayuda a comprender ese momento, nos recuerda el carácter cambiante del capitalismo. Y nos recuerda, también, el peso que tienen las decisiones humanas en su evolución.






