
La infancia frente a las pantallas
Blaise Pascal dejó en sus Pensamientos una observación tan sencilla como demoledora. Toda la desgracia de los hombres, decía, procede de una sola cosa: su incapacidad para permanecer en reposo dentro de una habitación. Para Pascal, el reposo no es simplemente un descanso físico o tumbarse en la cama a dormir; se refiere a la capacidad de estar a solas con uno mismo, en silencio y en calma interior, confrontando la propia realidad. El filósofo francés llamaba diversión a ese impulso de huir de nosotros mismos. Una diversión entretiene, pero también vacía. Pascal nunca conoció un teléfono inteligente. Sin embargo, su diagnóstico describe con una precisión asombrosa la vida de millones de niños y adolescentes de ahora. Hoy ninguno necesita pasar un solo minuto de aburrimiento, porque la pantalla siempre está ahí. La cuestión es qué precio pagan por ello.
La generación ansiosa de Jonathan Haidt
Jonathan Haidt, catedrático Thomas Cooley de Liderazgo Ético en la Escuela de Negocios Stern de la Universidad de Nueva York, tiene una respuesta inquietante a esta pregunta igualmente inquietante. Hacia 2014 o 2015, explica, algo cambió en la historia. Durante años, Haidt buscó la causa. Hoy apunta a la tecnología. Su libro La generación ansiosa describe cómo los móviles y las redes sociales transforman a nuestros hijos. Para entenderlo, propone una imagen. Las raíces de un árbol siguen el rastro del agua y rodean cualquier obstáculo. Las neuronas crecen igual. El entorno moldea su forma.
El cuerpo ofrece pruebas visibles de ese moldeado. Muchos jóvenes tienen el meñique curvado por sujetar el móvil horas y horas durante la pubertad. Sus ojos, privados de horizontes lejanos, crecen demasiado y necesitan gafas de por vida. El teléfono acompaña a los niños hasta la cama y el tiempo de sueño se reduce. Si el cuerpo cambia así, ¿qué ocurre con el cerebro? Desde 2012, sostiene Haidt, el cerebro de los adolescentes crece alrededor del teléfono. Como el árbol de una de sus fotografías, enroscado en torno a una lápida.
La gran reconfiguración de la infancia
Haidt resume el proceso como una tragedia en dos actos. En el primero, las familias anglosajonas suprimieron la infancia del juego libre. Durante los años noventa, el miedo a los extraños encerró a los niños en casa. Pero la salud mental de los jóvenes resistió. El segundo acto llegó entre 2010 y 2015. Haidt lo llama la gran reconfiguración de la infancia. En apenas cinco años, el teléfono inteligente y las redes sociales ocuparon el centro de la vida adolescente. Entonces la salud mental juvenil colapsó en medio mundo. La síntesis de Haidt resulta impecable. Hemos sobreprotegido a nuestros hijos en el mundo real y los hemos desprotegido en el virtual.
El deterioro de la salud mental adolescente
Los datos son contundentes. En Estados Unidos, hasta 2010, un 11% de los universitarios acudía a los servicios de orientación por ansiedad o depresión. Desde entonces, la cifra crece sin freno. Las urgencias por autolesiones entre niñas de 10 a 14 años multiplicaron casi por cinco su nivel. Los suicidios también crecieron. No hablamos de percepciones ni de criterios diagnósticos. Hablamos de niños muertos. El mismo patrón aparece en el Reino Unido, en el resto de Europa y, cada vez más, en Asia y América Latina. Para Haidt, alguien encendió un interruptor. Estaba en Menlo Park, la sede de Meta.
España no escapa a esta tendencia, aunque con menor intensidad. Los datos de Cataluña muestran un aumento de la ansiedad y la depresión juveniles entre 2010 y 2015. Pero la aportación española más valiosa es otra. Un grupo de investigadores estudió el despliegue de internet de alta velocidad provincia a provincia. En 2010 nadie la tenía. En 2016 ya llegaba a todas, con ritmos muy distintos. Los ingresos psiquiátricos por autolesiones e intentos de suicidio entre chicas siguieron con fidelidad ese despliegue. La conclusión, según Haidt, es clara. No estamos ante una simple correlación. Estamos ante una prueba de causalidad.
La economía de la atención
¿Por qué precisamente 2012? Haidt lo explica con dos niñas imaginarias. La primera nació en 1990. Atravesó la pubertad con un Motorola Razr en el bolsillo. Podía llamar, enviar mensajes y jugar a la serpiente, pero nada más. Cuando llegaron el iPhone e Instagram, ya era adulta. La segunda nació diez años después. Su pubertad empezó en 2012, el año de la compra de Instagram por parte de Facebook. Esa niña creció como producto de la economía de la atención. Miles de empresas compiten cada día por su mirada. Y su infancia pasó de la calle a la soledad de la pantalla.
El impacto de las pantallas en el aprendizaje
Con el tiempo, Haidt descubrió un daño todavía mayor: la erosión de la atención. En Estados Unidos, los resultados escolares mejoraron despacio durante cuatro décadas, hasta 2012. Después empezaron a caer. Muchos culparon a la pandemia. Pero la mitad inferior de los alumnos ya retrocedía antes del cierre de las escuelas. Y esa tendencia no se frenó tras la reapertura. El informe PISA confirma el fenómeno en todo el mundo desarrollado. España firmó en la última edición sus peores resultados, aunque con un retroceso menor al de sus vecinos. El analfabetismo funcional de los adultos, estable hasta 2010, avanza desde entonces. Una alumna de Haidt lo resumía bien: abre un libro, lee una frase, siente aburrimiento y salta a TikTok.
Inteligencia artificial y rendición cognitiva
La inteligencia artificial amenaza con agravar el problema. Al principio, los expertos hablaban de descarga cognitiva. Ahora el término de moda es otro: rendición cognitiva. La máquina piensa por nosotros y nosotros dejamos de intentarlo. El daño, además, adopta formas distintas en chicas y chicos. Las redes sociales amplifican la agresión típica de las adolescentes: el rumor, la exclusión, la destrucción de la reputación. Los chicos, en cambio, caen en las redes de la dopamina rápida. Videojuegos, pornografía, vapeo, apuestas deportivas, inversiones convertidas en juego. A los 21 años, advierte Haidt, muchos llegan sin capacidad alguna de concentración y arruinados.
La pérdida de sentido y conexión
Haidt va más allá y habla de degradación espiritual. No es creyente, pero conoce bien las tradiciones de sabiduría de la humanidad. Todas coinciden en algo. La vida plena exige rituales compartidos, presencia física, silencio, contacto con lo sagrado. El teléfono dificulta cada una de esas experiencias. El resultado aparece en la encuesta más triste de su libro. A los jóvenes estadounidenses de 17 años les preguntan si la vida les parece a menudo carente de sentido. Entre los millennials, apenas un 14% asentía. Con la generación Z, la cifra crece de forma abrupta. Chicos y chicas llegan por caminos distintos al mismo lugar: el vacío.
Cuatro medidas para recuperar la infancia
El panorama, por tanto, es sombrío, pero Haidt detecta un movimiento de cambio global sin precedentes. Para consolidarlo, propone cuatro normas sencillas. Ningún teléfono inteligente antes de los 14 años. Ninguna red social antes de los 16. Colegios sin móviles. Y más independencia, juego libre y responsabilidad en el mundo real. Solo así, explica, las familias escaparán de la trampa de la acción colectiva. España va por delante. Algunas comunidades prohibieron los móviles en las aulas hace más de una década. Y el Gobierno impulsa, junto a Francia, el límite de los 16 años en toda la Unión Europea. Para los padres, Haidt adapta una consigna de Orwell: historias largas, bien; dopamina rápida, mal.
Pascal veía en la diversión una huida de nosotros mismos. La pantalla ha llevado esa huida hasta el extremo. Ofrece entretenimiento infinito y, a cambio, roba atención, sueño, amistad y sentido. La propuesta de Haidt no exige grandes inventos. Basta con devolver a los niños la calle, el juego y el aburrimiento. Y la capacidad de permanecer en una habitación con un libro, sin nada más. Quizá ahí empiece la cura de esta generación ansiosa.





