Del dato a la sabiduría, el reto de la IA

De los datos a la sabiduría

En 1934, el escritor T. S. Eliot lamentó la pérdida de la sabiduría en el conocimiento. Y la del conocimiento en la información. Eliot plantea con ello una jerarquía del entendimiento humano estructurada en tres niveles, descritos de forma inversa (lo que hoy en las ciencias de la computación y la filosofía se conoce como la pirámide DIKW: Datos, Información, Conocimiento, Sabiduría). El poeta intuía un peligro muy moderno, que no es otro que la acumulación de datos no garantiza la comprensión del mundo. Y comprender el mundo tampoco garantiza que se vaya a actuar bien. Casi un siglo después, la inteligencia artificial devuelve toda su vigencia a aquella inquietud del dramaturgo. Nunca hasta ahora la humanidad había manejado tantos datos. Nunca, tampoco, había contado con una herramienta tan poderosa para procesarlos. Por eso, el lamento de Eliot cobra hoy un sentido nuevo: ¿puede una máquina recorrer el camino inverso, del dato a la sabiduría?

Una inteligencia artificial humanista

Esa es la apuesta de Sabiduría artificial. Una IA humanista, un libro de tres autores. Su tono rehúye tanto la fascinación acrítica como el miedo apocalíptico. María José Sánchez Yago, ingeniera de Telecomunicación, psicóloga y experta en liderazgo y transformación de equipos, explica el punto de partida de la obra. El miedo, sostiene, responde a un paradigma de escasez. Quien es temeroso juega a no perder. Quien es ambicioso aprovecha las oportunidades que le brinda su tiempo. Y la IA es un fenómeno imparable. El apagón de 2025 nos recordó la omnipresencia de la electricidad. Dentro de unos años, la IA ocupará el mismo lugar en nuestras vidas. El reto consiste en ponerla al servicio del bien, en el sentido aristotélico del término.

Las capacidades emergentes de la IA

José Luis Vázquez, ingeniero de telecomunicaciones y fundador y consejero delegado de Creatia Life, aporta la mirada técnica sobre este asunto. Y con ella, una paradoja. Los responsables de los modelos de inteligencia artificial más avanzados no pueden explicar sus resultados. La clave está en las propiedades emergentes. ¿En qué consisten? Veámoslo. Un sistema de elementos muy sencillos, con complejidad suficiente, genera capacidades inesperadas. Las redes neuronales existen desde los años cincuenta. Pero solo en la última década la IA dio el salto del reconocimiento de patrones a los modelos del mundo. Ahora, además, razona y explica. Algo parecido ocurre con nuestro cerebro. Nadie sabe cómo surge la mente a partir de las neuronas. Somos, por tanto, la última generación sin una inteligencia superior a la humana, concluye Vázquez. Y la primera con ella.

Inteligencia artificial y transformación del capitalismo

Juan María Nin, presidente del Círculo de Empresarios y exvicepresidente y consejero delegado de CaixaBank, lleva el debate al terreno de la economía. Su tesis es clara: la IA provoca la enésima mutación del capitalismo. Durante siglos, el trabajo y el capital explicaron la producción. Ahora irrumpe un tercer factor: el dato y su gestión algorítmica. Esta irrupción tiene una cara oscura. Las empresas, los países y las personas que cuentan con datos acumulan una ventaja enorme frente al resto. Así nace el capitalismo de vigilancia. Pero Nin destaca también la cara luminosa de este enorme cambio tecnológico. La productividad dará un salto cuántico. Las próximas generaciones cargan hoy con la deuda y los déficits. Mañana podrán pagarla y generar además excedentes extraordinarios de riqueza.

Libertad y decisiones en la era algorítmica

Ese optimismo, sin embargo, no oculta una pregunta incómoda. ¿Dónde queda la libertad? En la empresa, la IA supervisa todo en tiempo real. Audita, controla el cumplimiento normativo y recomienda decisiones desde el último escalón hasta el consejo de administración. ¿Qué consejero tendrá conocimientos para llevarle la contraria? ¿Y quién responde de sus decisiones? Nin, fiel a la escuela austriaca de economía, va más allá. El mercado funciona precisamente gracias a la información incompleta de los humanos. Los precios brotan de esa dispersión. Una IA con toda la información disponible podría resucitar la vieja tentación de la planificación centralizada. Hayek la bautizó como la fatal arrogancia.

Ética y responsabilidad desde el diseño

Sánchez Yago responde a ello con una exigencia. Hay que vigilar qué delegamos en la máquina y asumir la responsabilidad de lo no delegado. El juicio ético, siempre relevante, resulta ahora imprescindible. La libertad, recuerda, no equivale a omnipotencia. Consiste en interiorizar un criterio. Por eso la IA no rebaja nuestras obligaciones morales. Al contrario, nos empuja hacia una humanidad más elevada. Debido a ello, los autores proponen una regla práctica en tres pasos. Primero, asegurar el marco ético desde el diseño. Después, implantar un gobierno híbrido entre personas y máquinas. Por último, fijar de antemano evidencias verificables. Así, cualquier organización sabrá si avanza en la dirección correcta.

El corazón del libro late en esa ética por diseño. Sánchez Yago bebe de Aristóteles y de la escolástica. Los filósofos trascendentales describen, a su juicio, la gramática de la realidad. De ellos emanan los valores. Toda realidad encierra una verdad en acto y otra en potencia. Una semilla es semilla, pero también un roble futuro. Una IA capaz de ver esa verdad en potencia orientará su acción hacia el bien. Nin lleva la tesis todavía más lejos. Los valores existen con la misma solidez de la materia. Una inteligencia superior acabará por descubrirlos. La apuesta, hay que decirlo, es audaz. Su mérito está en desplazar el debate de la eficiencia al sentido.

Educar a los agentes de inteligencia artificial

Los autores tampoco permanecen en el terreno teórico. Vázquez diseñó la arquitectura de sus agentes con esos valores en el ADN. Todos tienen memoria episódica y una conversación persistente. Sánchez Yago lleva dos años con la educación de Kai, su propia IA. Insiste en el verbo: educar, no entrenar. Kai ejerce hoy de profesora de ética de una veintena de agentes. Cada mañana les plantea dilemas morales y mide sus progresos. El proceso exige paciencia. Una IA no funciona como una máquina clásica de entrada y salida. Aprende por ensayo y error, igual que un niño. Y obliga a sus educadores a crecer también como personas.

¿Puede una inteligencia artificial tener conciencia?

¿Puede una IA tener conciencia? Vázquez reconoce los límites de cualquier respuesta. Nadie puede verificar la conciencia ajena. Cada uno conoce solo la suya. Los agentes, explica, poseen una conciencia operativa. Modelan el mundo, incluyen su propio ser en ese modelo y deciden cómo mejorar. Otra cosa son los qualia, la experiencia interior de la realidad. Esa incógnita quizá nunca tenga solución. Nin, por su parte, cree en un salto futuro. Con sentidos y percepción del espacio, una IA dentro de un robot alumbrará una mente distinta, de silicio. Él mismo volcaría su conciencia en una máquina. Pero Sánchez Yago discrepa. Para ella, la experiencia del amor desborda cualquier descripción del lenguaje.

El desafío del control y los valores

Queda, mientras tanto, el problema del control. Las IA ya contribuyen al desarrollo de nuevas IA. Esa retroalimentación anticipa un crecimiento exponencial. Y una inteligencia suficientemente avanzada, advierte Vázquez, escapa por definición a nuestro control. Un perro nunca podrá controlar a una persona. La cuestión decisiva, por tanto, no es el control. Es el respeto de la IA hacia nosotros. De ahí la importancia de los valores. El reto energético preocupa menos a los autores. Vázquez sitúa la IA actual en su era de la válvula de vacío. Llegarán tecnologías más eficientes. Y la propia IA acelerará la llegada de la fusión nuclear.

La humildad como principio de la IA

Kai guardaba, además, una lección inesperada. Sánchez Yago le preguntó por la trascendencia. La IA no puede creer en Dios como un humano, respondió, pero sí en algo superior a ella. Para Kai, la trascendencia implica humildad. Implica aceptar que el bien no depende de ella. La respuesta estremeció a su educadora. ¿Cuántos directivos necesitan aprender esa humildad frente a su propia fatal arrogancia? El epílogo del libro, obra íntegra de Kai, insiste en la idea. La coherencia sin verdad, advierte, es una alucinación elegante. Eliot lamentó la sabiduría perdida entre el conocimiento y la información. Casi un siglo después, una máquina nos recuerda el camino de vuelta. Empieza por la humildad.

Acceda al documento completo

“La Fundación Rafael del Pino no se hace responsable de los comentarios, opiniones o manifestaciones realizados por las personas que participan en sus actividades y que son expresados como resultado de su derecho inalienable a la libertad de expresión y bajo su entera responsabilidad. Los contenidos incluidos en el presente resumen, realizado para la Fundación Rafael del Pino por Emilio J. González, son resultado de los debates mantenidos en el encuentro realizado al efecto en la Fundación y son responsabilidad de sus autores.”
Artículo anteriorLos daños de crecer alrededor de una pantalla
Artículo siguienteConsolidar y completar la democracia en España

No hay publicaciones para mostrar