
La advertencia de Hayek sobre el colectivismo
En 1944, Friedrich Hayek publicó Camino de servidumbre y dedicó el libro a los socialistas de todos los partidos. La dedicatoria escondía una tesis provocadora. Para el economista austriaco, el colectivismo no conocía fronteras ideológicas. Habitaba tanto en la izquierda como en la derecha. Comunistas y nazis, sostenía, disputaban en Alemania el mismo tipo de mentalidad. Los jóvenes, precisamente por eso, saltaban con facilidad de unas filas a otras. Ochenta años después, aquella idea sigue resultándole incómoda a mucha gente. ¿Son el comunismo y el nazismo enemigos irreconciliables? ¿O dos ramas del mismo árbol?
La tesis del nazi-comunismo de Axel Kaiser
Axel Kaiser, abogado chileno-alemán, doctor en filosofía por la Universidad de Heidelberg y presidente de la Fundación para el Progreso, apuesta por la segunda respuesta. Su libro Nazi-comunismo los presenta como gemelos ideológicos. Hayek, Hannah Arendt y otros autores rozaron la cuestión, pero ninguno, explica Kaiser, la abordó de forma sistemática. ¿Por qué ahora? Porque el tema no pertenece al pasado. En Chile, una candidata del Partido Comunista, marxista-leninista según los principios de su partido, rondó el 40% de los votos en la segunda vuelta presidencial. Y en Estados Unidos, el socialismo goza de la mejor imagen desde que existen registros.
La doble vara de medir de los totalitarismos
Kaiser denuncia además una doble vara de medir. El filósofo Peter Singer reparó hace años en un bar neoyorquino ambientado en la KGB soviética. Nadie toleraría un local decorado con símbolos nazis. Hitler y Stalin, sin embargo, fueron igual de criminales. Esa asimetría, sostiene Kaiser, otorga a la izquierda un enorme capital político. Le permite presentarse como heredera de la lucha contra el nazismo. Y le permite tildar de fascista a cualquier adversario, liberales clásicos incluidos. La reacción a su libro confirma su vigencia. Gustavo Petro, entonces presidente de Colombia, lo atacó en las redes sociales. María Corina Machado, en cambio, lo recomienda.
Las raíces ideológicas del fascismo y el comunismo
¿Dónde está el parentesco? Kaiser lo busca en las raíces. Mussolini empezó su carrera como dirigente del Partido Socialista Italiano. Rompió con el marxismo durante la Primera Guerra Mundial, pero nunca dejó de admirar a Marx. Según Kaiser, llevaba en el bolsillo un medallón con su efigie. En La doctrina del fascismo, el Duce definió su movimiento como una reacción contra el liberalismo. El Estado, escribió, está por encima del individuo. Para Kaiser, el fundamento epistemológico del nacionalsocialismo también remite a Marx. Hay, eso sí, una diferencia relevante. El marxismo es internacionalista. El nazismo, nacionalista y racial.
Los rasgos compartidos según Kaiser
Kaiser articula el parentesco en cinco rasgos compartidos. Ambos movimientos rechazan la razón, el individuo y el capitalismo. Ambos combaten el cristianismo y el humanismo occidental. Pero el núcleo común está en la lógica del exterminio. El marxismo divide la sociedad en clases. El nazismo, en razas. En los dos casos, la historia avanza a través de una lucha a muerte entre grupos. Kaiser recuerda que el Manifiesto comunista admite sin rodeos el recurso a la violencia y que Engels llegó a reclamar una guerra de exterminio contra los pueblos eslavos. No hablamos, por tanto, de una mala interpretación posterior. Hablamos, según Kaiser, de una ideología genocida desde su origen.
Daniel Lacalle y el mito del hombre nuevo
Daniel Lacalle, doctor en economía, economista jefe de Tressis y presidente del Instituto Mises Hispano, aporta al debate un experimento revelador. Tomó textos de Alfred Rosenberg, ideólogo del nazismo, y de Antonio Gramsci. Les quitó la firma. Sus lectores encontraron el mismo mensaje en ambos. Los dos dividen la sociedad entre amigos y enemigos. Los dos odian la iniciativa individual. Y los dos diseñan una estrategia de poder basada en la eliminación del discrepante. A ello se suma el mito del hombre nuevo, presente en ambos credos. Un ser idéntico a todos los demás, con los mismos principios y los mismos fines. El camino hacia él, advierte Lacalle, exige eliminar al disidente.
Autoritarismo y totalitarismo: una distinción clave
De ahí surge una distinción clave. No todo régimen antidemocrático es igual. Kaiser separa el autoritarismo del totalitarismo. Pinochet encarnó, a su juicio, un autoritarismo instrumental de Guerra Fría. En el Chile de Pinochet hubo represión, pero no vocación de crear un hombre nuevo, y después llegó la transición a la democracia. Nazis y comunistas fundaron, en cambio, religiones políticas. Su meta era arrasar la sociedad existente para levantar un orden nuevo. Lacalle, por eso, insiste en la idea de liderazgo mesiánico. Un autócrata quiere el poder. Un líder mesiánico quiere, además, moldear el alma de cada ciudadano. Por eso, concluye, una dictadura comunista resulta casi imposible de desalojar del poder.
Esperanza Aguirre y el debate político actual
Para Esperanza Aguirre, expresidenta de la Comunidad de Madrid, la tesis encuentra una traducción inmediata en la política española. Los gemelos, sostiene, viven hoy destinos opuestos. Uno ha desaparecido. El otro goza cada vez de mejor imagen. Nada tiene que ver Orbán con Hitler. El socialismo del siglo XXI, en cambio, reproduce el comunismo de siempre. Aguirre teme la hegemonía colectivista en escuelas, universidades, medios y productoras. Lacalle añade un matiz decisivo. Orbán perdió las elecciones y abandonó el poder. Ahí reside la diferencia.
Colectivismo frente a individualismo
Aun así, siempre surgen las objeciones habituales. ¿El comunismo nunca se aplicó como es debido? Lacalle invita a imaginar a un nazi con el mismo argumento sobre Rosenberg. ¿Los nazis persiguieron a los comunistas? Bolcheviques, estalinistas y nazis purgaron también a sus propios compañeros. Las purgas, explica Lacalle, responden a estrategias de poder, no a diferencias doctrinales. Kaiser recurre además a los datos. El historiador alemán Jürgen Falter estudió durante una década los registros de afiliación al partido nazi. Cerca del 40% de sus militantes procedía de la clase obrera. Para Kaiser, el eje relevante no separa izquierda y derecha. Separa colectivismo e individualismo.
La batalla cultural del liberalismo
Al final, aparece la pregunta verdaderamente incómoda. ¿Por qué el liberalismo, con autores tan sólidos, no frena esa hegemonía cultural? Kaiser apunta a las universidades. En Estados Unidos, el equilibrio ideológico de hace medio siglo dio paso a un dominio abrumador de la izquierda radical. El posmodernismo, una derivada del marxismo, erosiona desde allí los cimientos de Occidente. Pero Kaiser trae también una lección de esperanza. Chile vivió el auge del colectivismo y el proyecto de una nueva Constitución. Los ciudadanos la rechazaron en las urnas. Hoy gobierna un presidente de derechas y abiertamente partidario del mercado. La batalla cultural, advierte Kaiser, nunca está ganada para siempre. Pero puede ganarse.
Hayek dedicó su gran obra a los socialistas de todos los partidos. No buscaba ofender. Buscaba advertir. El colectivismo, venía a decir, no lleva un único uniforme. Puede vestir camisa parda o roja. Puede hablar de clases o de razas. Pero siempre sacrifica al individuo en el altar del grupo. Kaiser, Aguirre y Lacalle recogen hoy esa advertencia. Sus tesis provocan polémica, y la provocarán todavía más. Pero obligan a juzgar ambos totalitarismos con la misma vara. Esa coherencia moral sigue pendiente. Y la dedicatoria de Hayek, ochenta años después, todavía espera respuesta.









