La democracia acorralada

George Orwell escribió:

«quien controla el pasado, controla el futuro; y quien controla el presente, controla el pasado».

Esta advertencia resuena con fuerza en la actualizad, cuando se observa lo que está sucediendo en Washington. En la capital de Estados Unidos, la Guardia Nacional patrulla las calles, como si estuviera en guerra. Al mismo tiempo, las decisiones del gobierno acaban recurridas ante el Tribunal Supremo. A su vez, la prensa libre sufre presiones desde el poder político, algo que no es nuevo, pero no con la intensidad con que sucede ahora. La Reserva Federal, mientras tanto, ve cuestionada su independencia desde la presidencia de la nación. Y quienes ejercen el poder no se molestan lo más mínimo en ocultar nada de esto. Por el contrario, dicen abiertamente que representan a los americanos de verdad, no a todos, solo a los importantes. Ese es el mismo lenguaje que usó Chávez, el mismo que usa Orbán, el lenguaje de los líderes populistas, el lenguaje del nuevo mesianismo político.

Anne Applebaum, historiadora, periodista y premio Pulitzer, lleva años estudiando cómo mueren las democracias en el siglo XXI. Su caída ya no viene provocada por golpes de Estado de los militares, advierte. Las cosas se han vuelto sofisticadas. De esta forma, los ataques ahora tienen en el punto de mira al Estado de Derecho, a la división de poderes, a los frenos y contrapesos al poder político. Líderes que han sido elegidos de forma democrática ahora aprenden a cambiar el sistema para no perder el poder en un proceso electoral. Estos personajes han estudiado la experiencia de Hungría, de Turquía, de Venezuela. Y aunque nunca lo reconocerán abiertamente, los paralelismos están ahí, resultan más que evidentes.

Para facilitar la comprensión de lo que ocurre en Estados Unidos actualmente, Applebaum analiza la coalición que rodea a Trump. Esta coalición está formada por tres grupos. El primero lo componen los nacionalistas cristianos, que creen que Estados Unidos debe ser un estado cristiano, no secular. El segundo son los tecnólogos autoritarios de Silicon Valley. Peter Thiel lo ha dicho abiertamente: no cree en la democracia. Estos personajes quieren fusionar el poder de sus empresas con el poder del gobierno. El tercer grupo son los MAGA tradicionales, con su definición étnica de Estados Unidos como país de nativos blancos. Entre estos tres grupos, sin embargo, hay diferencias profundas. Los tecnólogos quieren que se permita inmigración cualificada; los demás no quieren ninguna. En consecuencia, lo más probable es que, en el próximo año, veamos como estallan cada vez más fricciones entre ellos.

Lo que sorprende desde Europa es la falta de resistencia interna ante estos embates. El Congreso, el Senado y el Tribunal Supremo tienen una mayoría republicana o conservadora. Y el Partido Republicano está dominado por Trump. Applebaum, por eso, explica que se están produciendo dos cosas nuevas en la política norteamericana. La primera es que nunca antes el líder parlamentario había controlado su partido hasta el punto de decidir quién ocupa qué escaño. La segunda es más inquietante: hay un nivel subyacente de violencia. Muchos congresistas tienen miedo. Si votas contra el presidente, te van a amenazar. Van a amenazar a tu familia. Mitt Romney lo contó a su biógrafo. Le preguntaron por qué no había dicho nada cuando veía que Trump violaba la ley. Respondió que Trump era muy rico y podía pagarse su protección.

Las empresas tampoco tienen capacidad de resistencia. Applebaum no espera lealtad alguna de ellas porque son cortoplacistas. En un momento determinado, la situación les favorece, pero seis meses ya no. Y cuando pierdes el Estado de Derecho, que es el garante de las libertades y su defensor, ya no tienes tribunales que te protejan. Hay muchas empresas de Musk que están subvencionadas por el gobierno. Así es que lo que les interesa es no molestar. El problema es que ese es un cálculo suicida.

En este contexto, la estrategia de seguridad nacional que acaba de publicar la administración Trump es un documento extraño. Applebaum lo describe como una nota suicida. No identifica ninguna amenaza contra Estados Unidos. Ni Irán, ni terrorismo islámico, ni Corea del Norte. China aparece solo como un rival comercial. A Rusia se la menciona únicamente como un problema de Europa. La sensación que transmite es como si Estados Unidos viviera en una isla aislada, sin enemigos. Lo único que le preocupa a los redactores del documento es la inmigración y la Unión Europea. El texto dice que la civilización europea puede desaparecer en veinte años. Dice, también, que el problema más importante de Europa son las actividades de la Unión Europea, que socavan la soberanía de los estados. Elon Musk, conviene recordarlo, ha dicho que la Unión Europea tiene que ser desmantelada.

La única institución en el planeta capaz de regular a las grandes empresas tecnológicas norteamericanas es la Unión Europea.

Applebaum cree saber por qué. La única institución en el planeta capaz de regular a las grandes empresas tecnológicas norteamericanas es la Unión Europea. Eso es lo que les preocupa de verdad. Todo lo demás, la civilización que va a desaparecer, etc, no es más que ruido para desviar la atención del verdadero núcleo de la cuestión. La multa que la UE  impuso recientemente a Twitter (hoy X) no tenía que ver con censura, sino con verificación. ¿Quién eres cuando hablas? Pero ellos usan el concepto de libertad de expresión para defender sus argumentos. Las plataformas gritan sobre libertad de expresión mientras deciden mediante algoritmos quién lee tus comentarios, cuántas personas los ven, quién puede responder. Esas decisiones las toman en California. Twitter se ha estructurado para promocionar a la extrema derecha. Las demás plataformas buscan que la gente esté en línea el mayor tiempo posible, furiosa, para venderles anuncios. La polarización política no la crea internet, pero internet ayuda mucho en su promoción y expansión.

¿Qué es lo que hacen mal las democracias cuando se enfrentan a sus enemigos? Para Applebaum, el error reside en la fragmentación, en no ver el momento en que las reglas han cambiado. El centro derecha y el centro izquierda pueden discrepar sobre el aborto o los impuestos, pero tienen que trabajar juntos para proteger la democracia. Orwell, por eso, tenía razón. Quien controla el presente, controla el pasado. Y quien controla el pasado controla el futuro. La pregunta es si las democracias occidentales van a dejar que eso suceda.

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