El rostro más conocido en Yorktown

Francisco de Quevedo dedicó al dinero una de sus letrillas más célebres. Lo llamó poderoso caballero y le trazó una biografía fulminante. Don Dinero nacía honrado en las Indias, venía a morir en España y acababa enterrado en Génova. En pocos versos, el poeta resumía la gran paradoja de la plata americana. España la acuñaba, pero otros la disfrutaban: banqueros genoveses, mercaderes flamencos, comerciantes ingleses. Quevedo, sin embargo, no llegó a ver el final del viaje. Aquel caballero no paró en Génova. Recorrió el mundo entero durante tres siglos. Y en el camino ayudó a nacer a una nación nueva.

El real de a ocho y la independencia de Estados Unidos

Una imagen basta para comprobarlo. En la batalla de Yorktown, en 1781, el rostro más conocido no fue el de George Washington, ni tampoco el del marqués de Lafayette. Por el contrario, fue el del rey Carlos III de España. La plata reunida en La Habana, de hecho, ayudó a financiar aquella campaña decisiva de la Guerra de la Independencia estadounidense. Su efigie lucía en los pesos de ocho reales en los bolsillos de los soldados americanos y franceses. Aquella moneda, el real de a ocho, no era solo dinero. Era la infraestructura monetaria sobre la que nacía Estados Unidos.

Esa es una historia casi olvidada, pero dos historiadores se han puesto manos a la obra para reconstruirla. Uno es Carlos Fernández Andrade, historiador y abogado, autor de El peso hispano. Real de a ocho, primer dólar de los Estados Unidos de América y moneda del mundo. El otro es Manuel Lucena Giraldo, historiador e investigador científico del CSIC. Ambos coinciden en una tesis que resulta bastante incómoda para la historiografía anglosajona. Se trata del hecho de que las trece colonias nacieron sin soberanía monetaria propia y dependieron de una moneda que llevaba siglos circulando por todo el planeta.

Las trece colonias y el problema de la moneda

Lucena comienza con una escena que resulta muy reveladora. En la década de 1720, unos funcionarios propusieron a Robert Walpole, primer ministro británico, empezar a cobrar impuestos a los colonos americanos. Walpole descartó la idea en una carta memorable. A su juicio, nadie podía exigir tributos a unos desdichados condenados a vivir en un lugar infernal. Ese era el punto de partida. Las trece colonias ocupaban un papel residual en el imperio británico. Nadie quería ir allí. El negocio donde estaba realmente era en el Caribe. Y en aquellas tierras faltaba dinero líquido. La plata hispanoamericana llegaba, pero no permanecía en el territorio porque las leyes inglesas la drenaban hacia la metrópoli.

El Spanish dollar y el nacimiento del dólar

Fernández Andrade describe aquel caos con una expresión de su propia cosecha: despiporre monetario. Cada colonia emitía sus propios pagarés, sus libras, sus chelines y sus peniques. Esos instrumentos de pago solo compartían el nombre. Thomas Jefferson advirtió al Congreso del problema con toda claridad. Había nueve libras distintas y nueve chelines distintos. En ese escenario, el acuerdo monetario resultaba imposible. Pero el país necesitaba una moneda fuerte, accesible y conocida. Y solo había una: el Spanish dollar. Así es que Estados Unidos lo adoptó, y no solo como moneda de curso legal. Lo convirtió también en la moneda oficial de la República. El nombre del dólar rinde, por tanto, homenaje al peso de ocho reales. Australia, Canadá y Nueva Zelanda heredaron también ese nombre.

Lucena, a su vez, propone un concepto de vocación reivindicativa: la pesificación de las trece colonias porque la moneda española permitió funcionar a aquel puñado de rebeldes. La clave estaba en la confianza. El peso contenía plata de verdad. Una economía integrada, de escala planetaria, lo respaldaba. Estados Unidos dio sus primeros pasos sobre esa infraestructura, levantada desde el siglo XVI. Su crédito era inmenso. En China, todavía en 1860, los reales de a ocho españoles circulaban con normalidad. Allí, ni en ninguna otra parte, nadie rechazaba aquella moneda. De hecho, el propio Estados Unidos, recuerda Fernández Andrade, no la desmonetizó oficialmente hasta 1857.

La circulación mundial del peso español

Fernández Andrade aporta un dato asombroso. En China brillaba el célebre Carolus, el real de a ocho con la efigie de Carlos IV. Cotizaba entre un 40% y un 50% por encima de su valor intrínseco. Mientras, británicos y estadounidenses contemplaban enfurecidos la depreciación de sus propias monedas. Así es que, en 1855, los cónsules europeos y estadounidenses acudieron en bloque a Cantón. Allí presionaron a las autoridades chinas para imponer la equiparación de las monedas nuevas. Los británicos intentaron, además, desbancar al peso en Hong Kong, Australia, Nueva Zelanda y China, pero en todas partes cosecharon sendos fracasos. El prestigio del real de a ocho obligó incluso a crear imitaciones para competir con él en Asia: el dólar comercial estadounidense, el yen japonés, la piastra francesa.

Lucena añade otra pieza al rompecabezas monetario. Entre 1792 y 1815, las guerras revolucionarias y napoleónicas enfrentaron a Francia y Gran Bretaña. Cada país bloqueó el comercio de su rival. Solo un pabellón podía seguir con sus negocios en todos los puertos: el estadounidense. Buenos Aires acumulaba cueros. Caracas, cacao. La economía global de Carlos IV quedó paralizada, y solo los barcos estadounidenses entraban en sus puertos. El espíritu comercial del norte, de Maine a Baltimore, encontró una oportunidad de oro. Esa competencia provocó enormes fricciones con España y también con Gran Bretaña. Para Lucena, la guerra de 1812 respondió en parte a esa pugna. Los británicos llegaron a incendiar Washington.

La plata hispanoamericana y el comercio internacional

Lucena recuerda también otro circuito poco conocido. La plata hispanoamericana financió la revolución industrial británica. Los españoles llevaron plata a China. Los británicos, opio. Y los chinos pagaron ese opio con la plata llegada antes a través del Pacífico hispano. La historiografía anglosajona prefiere no conectar estos dos circuitos. La historia la escribieron, en buena medida, unos autores incapaces de leer español. Walt Whitman lo advirtió ya en 1883. Concebir Estados Unidos solo desde la perspectiva anglosajona, sostenía, constituía un grave error. Las cosas cambian poco a poco, admite Fernández Andrade. Pero los documentos más antiguos de la historia de Estados Unidos hablan español. Sin ellos, falta una pieza clave.

El legado del real de a ocho

Fernández Andrade cierra con una reflexión sobre el lema Plus Ultra grabado en las monedas. Aquella divisa superó su función decorativa. Describió el destino de la propia moneda. Fue más allá de ríos, mares y océanos. Fue más allá de lo económico, porque los indígenas de América la colgaban al cuello como símbolo de lealtad al rey. Y fue más allá de los siglos. Quevedo imaginó al poderoso caballero enterrado en Génova. Erró. Don Dinero siguió su viaje hasta Filadelfia, Cantón y Sídney. Hoy el rostro de Carlos III descansa en museos y colecciones. Pero su legado más duradero no está en el metal. Está en la palabra dólar. Millones de estadounidenses la pronuncian a diario. Pocos conocen su origen hispano.

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